YAS MARINA TWILIGHT RACE #3
Un mes después, el sol de invierno en Asolo teñía las colinas de un dorado pálido, casi místico.
En la terraza de la villa, el aire frío se mezclaba con el aroma a leña quemada y té de jazmín.
Era una estampa de paz que parecía imposible tras el rugido de Abu Dabi.
La mesa estaba servida con elegancia rústica Clara, la madre de Vanessa, acomodaba una bandeja de biscotti mientras Matt, su padre, compartía anécdotas de viejos motores con Allegra, la madre de Dante.
Vanessa observaba a su padre. Matt tenía las manos entrelazadas, las mismas manos que le entregaron la bujía de plata antes de la final. Sintió a Dante acercarse por detrás; él le depositó un beso suave en la coronilla y se sentó a su lado, envolviéndola con una manta.
— Joshua llamó —dijo Dante en voz baja—. Siena ya está instalada en el nuevo colegio en Viena. Dice que todavía no puede creer que el trofeo de Abu Dabi esté en su sala y no en la Escudería de Imperi.
Vanessa sonrió, pero su mirada seguía fija en el horizonte de las viñas.
— Se lo ganó, Dante. Ese niño dejó de ser un pichón en la Curva 11. Ahora es el Halcón. El equipo está en buenas manos.
Dante le tomó la mano con suavidad, acariciando sus dedos aún marcados por el esfuerzo.
—Lukas dice que la FIA cerró el caso del Chasis 00. No pudieron probar nada ilegal, pero el reglamento del próximo año prohibirá la Resonancia Acústica. Tendremos que inventar algo nuevo para el próximo campeonato —le explicó Dante.
Vanessa se giró hacia él. Con una lentitud deliberada, tomó la mano de Dante y la guio hasta que su palma descansó firme sobre su vientre.
—El próximo año no podré ser tu piloto, mi amor —susurró ella con una luz nueva en los ojos—. Voy a estar ocupada construyendo.
El mundo de frecuencias y algoritmos de Dante colapsó.
El ingeniero frío y contenido desapareció bajo el peso de esas palabras.
Se puso de pie de un salto, rompiendo el silencio sagrado de la tarde, y lanzó un grito que retumbó en cada rincón de la villa, una explosión de júbilo que ningún motor podría igualar
—¡VOY A SER PADRE! ¡VAMOS A TENER UN HEREDERO! —gritó él a los cuatro vientos.
En la terraza, el tintineo de las tazas de porcelana se detuvo.
Matt y Clara se levantaron de golpe, con las lágrimas asomando antes de que el grito terminara de ecoar, mientras Allegra corría hacia su hijo con una risa de pura victoria.
Los padres de Vanessa se fundieron en un abrazo con los nuevos padres; la Escudería Imperi acababa de ganar su carrera más humana.
Minutos después...
Vanessa está sentada en el banco de piedra, envuelta en la manta de lana gruesa que huele a hogar.
A su lado, la bujía de plata descansa sobre la mesa de madera rústica; ya no brilla con la furia de Abu Dabi, sino con un destello suave, mostrando las marcas del calor extremo que soportó en el mule car.
Dante salió de la casa, dejando atrás los planos de la Escudería Imperi. Se acerca en silencio y le pone las manos sobre los hombros, masajeando la zona que hace apenas un mes atrás estaba destrozada por la vibración de mil caballos de fuerza
Va a ser un niño —soltó Dante de repente, con esa seguridad analítica que no lo abandona—. Lo siento en la forma en que se mueve. Tiene estructura.
Vanessa soltó una risotada que espantó a los pájaros de las vides.
—¿Estructura? Dante, es un bebé, no un chasis. Va a ser una niña; lo sé porque ya me está dando peleas que ni tú te atreverías a darme —le respondió ella divertida.
—Científicamente improbable —replicó él, sentándose a su lado y rodeándola con el brazo—. Será un niño. Pero el nombre no se negocia Giovanni Imperi. Suena a potencia y a legado.
—En eso estamos de acuerdo, ingeniero —respondió ella, recostando la cabeza en su hombro—. Aunque si es niña, Giovanni tendrá que esperar al segundo.
Vanessa se acomodó la manta y suspiró, mirando su reflejo en la bujía de plata. Luego, miró a Dante con un gesto pícaro.
—Por cierto, necesito que me habilites fondos. Nada de lo que tengo en el armario me cierra ya. Me siento como si estuviera metida en el cockpit del mule car las veinticuatro horas. Todo me queda ajustado —se quejó ella.
Dante sonrió y, sin dudarlo, sacó de su bolsillo una tarjeta negra, nueva y reluciente, y se la puso entre los dedos.
—Eres dueña de mí, Vanessa, pero aquí tienes tu propio dinero. Úsala para lo que quieras —le dijo él.
Ella tomó la tarjeta con una sonrisa de suficiencia.
—Menos mal. Ya no tendré que inventar «fugas de presupuesto» con Joshua para pagar mis helados nocturnos y esos cafés extra que nos tomábamos a escondidas en el box —confesó ella riendo.
Dante fingió indignación, aunque sus ojos brillaban de diversión pura.
—¿Fugas? ¿Me estás diciendo que el presupuesto se fue en helado de chocolate y cerveza artesanal en Hungría? Con razón los sensores daban error —exclamó Dante fingiendo indignación.
—El error era tuyo por no alimentarnos bien ¿sabías que nos fugamos? —se burló ella, dándole un beso rápido en la mejilla—. Pero ahora Joshua tendrá que pagarse sus propios vicios. Ya no soy su cómplice de gastos; ahora soy su jefa… y la madre de una futura pilotina.
—¡Dios nos libre! No de nuevo mi úlcera… mis canas… Tengo un tic nervioso por tu culpa, mira. —Dante puso un dedo en su cara y Vanessa se acercó a él despacio.
—Yo no veo nada —exclamó ella.
—Debes acercarte más, mira mis ojos —le pidió él.
Al hacerlo, Dante se abalanzó sobre ella, tomándole la cara para besarla con travesura; ella gritó en su oído, riendo, pero muy pronto la travesura se convirtió en algo más apasionado.
Dante la tomó en brazos, cruzó el umbral de la puerta, subió las escaleras y abrió la puerta con una patada que resonó en toda la casa.
Vanessa lo miró sorprendida mientras él la acostaba suavemente en la cama.
Dante se puso encima de ella; sus besos fueron de pasión, de urgencia.
Con una mano acariciaba su pelo; Vanessa lo rodeó con sus piernas y la sincronía de sus cuerpos funcionaba milimétricamente.
Era todo lo que necesitaban la paz de Asolo y su propio refugio.
Dante regresó del estudio con su laptop para sellar el destino del equipo.
—¡Dante, mi amor, no vas a trabajar ahora! —dijo ella cubriéndose con la sábana.
—Mi amor, es que creí que dormías. Solo quiero ver algo, te juro que termino en un segundo —exclamó Dante mirándola por el reflejo de la pantalla.
Al leer «Posibles pilotos». Vanessa, se empezó a acercar gateando por la cama como una gatita curiosa.
Dante se quedó mirando una fotografía en la tablet, pero cuando Vanessa se acercó para ver quién era, él cerró la pantalla de golpe.
—¡DANTE! —gritó Vanessa. Pero solo se escuchó la risa de su voz barítona.
FIN