La heredera del halcón PRINCIPADO A SUS PIES LA MURALLA DE SEDA
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PRINCIPADO A SUS PIES LA MURALLA DE SEDA

[RADIO DANTE] —Halcón, no necesitas imaginar. Vas a sentir a través del asiento cómo el motor entrega la potencia de forma lineal. Te permitirá acelerar antes que nadie al salir de la mítica curva Rascasse.

Tras el podio, el equipo se volcó a la piscina del Energy Station.

Joshua, eufórico, saltó con el mono de carreras puesto.

Vanessa, contagiada por la adrenalina, se quitó el casco y las botas y, con una sonrisa que iluminó las cámaras de todo el mundo, se lanzó al agua.

Al salir a la superficie, con el traje empapado moldeándose a su cuerpo, buscó a Dante.

Él estaba allí, al borde de la piscina; le extendió la mano para ayudarla a salir y, en ese breve contacto, sus ojos le dijeron, eres mi obra maestra.

Horas después, la fiesta en el yate The Singularity era un despliegue de lujo obsceno. Vanessa, vestida de seda negra, se alejó del ruido hacia la cubierta superior. Fue allí donde Viktor Draken la interceptó.

—¿Disfrutas del Prosecco? —le susurró el jefe de Silver Arrow al oído—. Quiero hablar contigo. —Recuerda que, en un tablero de ajedrez, la reina es la que más se mueve para proteger al rey. Ese motor no es solo física, es un fraude legal y te vas a hundir con él.

Vanessa lo miró con desprecio, pero cuando Draken se marchó, la duda quedó vibrando en su pecho. Se miró las manos y se preguntó si el auto que manejaba era realmente la maravilla ecológica que Dante proclamaba.

Buscó a Dante en el camarote principal, lejos de los invitados. Él observaba las luces de Mónaco reflejadas en el agua.

—Draken dice que me usas —soltó ella, con una vulnerabilidad que rara vez mostraba.

Dante se giró lentamente y acortó la distancia hasta que Vanessa tuvo que inclinar la cabeza para sostenerle la mirada. Sus manos grandes rodearon su rostro.

—Draken solo tiene palabras; yo tengo la realidad. Es el auto más rápido, ¿no fue eso lo que pediste? —respondió él con una voz profunda que acalló cualquier duda que ella pudiera estar sintiendo por ahora.

Él la besó con una intensidad que borró a Draken, a la FIA y a los motores del mundo. Esa noche, en la suite de lujo del yate, la pasión fue un refugio.

Dante la envolvió con una mezcla de adoración y dominio; ella se entregó a él, dejando que el movimiento del mar y sus caderas marcaran la dirección. El calor de los cuerpos sofocó el sudor en el deseo de ser uno solo.

Dante, con su capacidad de anticipar cada necesidad, la notaba abrumada por el asedio periodístico. Entendió que ella no buscaba la fama, sino la gloria de cada carrera.

—Te tengo una sorpresa —le escribió Dante por WhatsApp.

Vanessa lo buscó con la mirada y lo encontró tomando un café fuera del motor home.

—¿Qué sorpresa? —preguntó ella mirándolo con cara de niña traviesa y las manos en las caderas.

Él bajó sus lentes de sol negros.

—Nos vamos a Brujas, a un refugio. Solo nosotros, sin el equipo —anunció Dante.

Vanessa saltó a sus brazos riendo. Dante se acercó; sabía que estaban a la vista de todos, pero sus ojos se volvieron oscuros con ese brillo acalorado.

—No sabes las ganas que tengo de besarte completa —le susurró él al oído.

Vanessa se sorprendió; Dante solía ser precavido con sus frases candentes. Fue inesperado para ambos.

El avión privado los llevó a Bélgica, a una villa de ladrillo visto y techos altos que parecía salida de un cuento de hadas. La casa estaba rodeada por un jardín salvaje con sauces llorones cuyas ramas besaban el agua de un canal privado.

Al entrar, Vanessa sintió una sensación de bienestar. El hogar era una mezcla de modernidad y pasado grandes ventanales de hierro negro, suelos de madera recuperada y chimeneas de piedra. Aquí no había cámaras, solo el viento. Dante la abrazó por detrás, apoyando su barbilla en su coronilla.

—Aquí solo eres tú. Este será nuestro refugio lejos del ruido —sentenció él.

Ese fue el momento en que ella sintió que podía soltar los hombros y simplemente respirar. En el jardín, esperándolos con una mesa con frutas frescas y té, estaba la madre de Dante Allegra de Imperi.

A diferencia de la rigidez tecnológica de su hijo, Allegra era una explosión de vida.

A pesar de su edad, conservaba un aspecto increíblemente joven y vital.

Su estilo era puramente hippie-chic vestía túnicas de lino en tonos azules, llevaba varias pulseras que tintineaban al moverse y su cabello de un gris plateado brillante caía en ondas naturales hasta sus hombros.

Se veía distinguida. Allegra es una mujer que emana paz, pero también una energía arrolladora.

—Por fin —le dijo, envolviéndola en un abrazo cálido que olía a sándalo y lluvia. Tenía los ojos tan inteligentes y analíticos como los de Dante, pero mucho más dulces—. Dante me ha hablado de tu talento, pero se olvidó de mencionar que tienes una luz muy hermosa —.

Vanessa no supo qué responder y se aventuró con un «gracias» que resultó demasiado formal.

Allegra había convertido la villa en un santuario rincones con libros antiguos, textiles hechos a mano y una cocina que siempre olía a pan recién horneado. Para Vanessa, este lugar era un regalo sensorial; no necesitaba imaginar la paz, podía olerla y sentirla en cada rincón.

Dante observaba a las dos mujeres con una media sonrisa.

Por un momento, el ingeniero calculador había desaparecido para dejar paso al hombre que solo quería proteger el bienestar de la mujer que amaba.

Esa noche, el silencio fue el mayor lujo de todos.

No había planes de carrera ni estrategias, solo la promesa de que, pase lo que pase en el campeonato, ese refugio sería de ellos.

—A mis padres les encantaría este lugar —observó Vanessa—. Son personas sencillas que aún no se acostumbran a ver a su hija en las portadas de las revistas o siendo noticia en internet —. Añadió apesadumbrada por la fama.

—Pueden venir a pasar unos días —dijo la madre con una sonrisa dulce—. Los recibiré con los brazos abiertos —.

Allegra fue muy sensata con el espacio que necesitaban, permitiéndoles mantener su privacidad en la suite principal.

Por las tardes, a las 700 pm, organizaban cenas largas bajo los sauces llorones, con vino belga y comida orgánica del huerto.

Ver a Dante, el ingeniero más temido de la F1, sentado a la mesa y relajado, hacía que Vanessa se enamorara más de él con cada historia de su infancia.

Una de esas tardes, mientras Dante revisaba detalles de la próxima carrera en el despacho, Allegra invitó a Vanessa a recoger hierbas aromáticas al jardín.

—Dante siempre ha sido estricto consigo mismo.

Prefería saber cómo funcionaba un reloj antes de salir a jugar como los otros niños —comentó Allegra con nostalgia—.

Su padre es un hombre poco estructurado.

Al principio me enamoró su forma de vida relajada, pero con los años esa inmadurez me agotó, tú entiendes —.

Allegra cortaba lavandas mientras Vanessa la observaba con cautela.

—Mi hijo siempre busca la perfección porque, en el fondo, tiene miedo al caos —añadió ella.

Allegra se detuvo y miró a Vanessa a los ojos. —Él nunca había traído a una novia aquí. Ten cuidado con rompérmelo; ama con la misma intensidad con la que construye motores. Le gusta que todo sea eterno —le advirtió.

Vanessa se quedó pensativa, pero pronto divisó la figura de Dante y saltó de un pensamiento a otro.

—Vive el presente —sentenció Allegra marchándose hacia la casa.

Esa noche, cuando la madre de Dante ya se había retirado, la casa quedó en un silencio absoluto, como si la nada se hubiera tragado el planeta.

—Mi madre está feliz de que estés aquí —susurró Dante. Vanessa apoyó la cabeza en su hombro y se rindió al momento.

—Este lugar es nuestro. Siempre que el mundo te agobie o se vuelva demasiado ruidoso, podemos volver —dijo él, besando los labios que tanto le gustaban.

Juntos se marcharon a la privacidad de su habitación, donde el amor se sentía más real ahora que ya tenía raíces.

Mientras Allegra servía el café con aroma a canela, Vanessa se sintió totalmente cómoda. Miró a Dante con una chispa de travesura.

—Dante, tú me ves ahora tan técnica y seria, pero te voy a contar una historia. Siempre tuve esa obsesión por la velocidad, pero como tengo un tema con imaginar cosas, tenía que probarlas —le dijo ella.

A esa altura, Vanessa ya no podía dejar de reír.

—Un domingo, mi papá estaba lavando su viejo auto y dejó la puerta abierta.

Me subí, solté el freno de mano —no me preguntes cómo tuve fuerza— y el auto empezó a avanzar muy despacio por la pendiente de la entrada.

Mis padres gritaban «¡Se va a estrellar!

». Cuando llegaron a mí, yo estaba firme al volante y con un colador en la cabeza.

No estaba asustada; me bajé y le dije a mi papá «La dirección está un poco floja hacia la izquierda, deberías revisarla». ¡Tenía 7 años! —exclamó divertida.

Las carcajadas rompieron el silencio de la noche. —El colador fue tu primer casco —dijo Dante riendo.

Al día siguiente, Brujas pareció un escenario diseñado para ellos.

El cielo era de un azul pálido y el aire traía el aroma del chocolate dulce de cada esquina.

Vanessa vestía unos jeans cómodos y un jersey de lana ancho; Dante, una chaqueta de cuero negra que lo hacía ver joven y relajado.

Caminando por los puentes de piedra, jugaron a ser turistas.

Vanessa lo amenazó cada vez que pasaran bajo un puente, él debía besarla o traería mala suerte a la carrera; Dante no objetó.

Compraron un gofre belga cargado de crema y fresas. Vanessa, en un arranque de travesura, le manchó la cara con crema. Dante, siempre solemne, se quedó helado un segundo ante de soltar la risa y perseguirla por las calles adoquinadas.

La atrapó por la cintura, levantándola en vilo mientras ella reía a gritos, algo imposible en el paddock. Al final de la tarde, alquilaron una bicicleta tándem por la pura ridiculez del momento.

Dante pedaleaba delante con fuerza, mientras Vanessa dejaba de hacerlo a propósito para que él hiciera todo el esfuerzo.

La tarde finalizó caminando hacia la casa. Ella apoyó la cabeza en su hombro mientras iban de la mano.

—Podría acostumbrarme a esto —dijo Dante pensativo.

—Yo podría acostumbrarme a ti. Dante sonrió y le dio un beso cargado de promesas.