EL CHOQUE DE DOS MUNDOS #4
En la cabina, los instructores estaban asombrados.
—¿Hizo el staccato de Senna? —uno de ellos repetía el video una y otra vez—. Su técnica es… ¡sorprendente ¡
Al bajar de la plataforma, Vargas pasó por su lado como un vendaval y la golpeó con el hombro con mucha fuerza, haciéndola caer al piso.
—Quítate de en medio —masculló él.
Con ayuda de Joshua, ella se reincorporó. — Siguiente parada taller de mecánica básica —dijo una voz en off.
—Y ahí la heredera perderá su corona —bromeó Vanessa en voz alta para romper el hielo.
—Todos se pueden retirar; Filippis, quédate —ordenó Dante.
Esperó a que el resto saliera del simulador—.
No te equivoques. No te odian por ser la nueva.
Te odian porque eres una anomalía en su sistema de privilegios.
Algunos aquí tienen el apellido, otros el dinero, pero todos tienen el instinto de un tiburón.
No esperes cortesía en un ecosistema donde solo sobrevive el más rápido —
—¿Es porque soy mujer? —preguntó ella, con una chispa de nostalgia por los brazos de su padre.
—No. Es porque eres un desafío más grande para ellos. Por eso estás en el Ala Este; allí estarás más tranquila y segura.
Vanessa abrió mucho los ojos, sorprendida por su cambio en el tono protector.
—Entiendo, gracias —respondió ella.
—Bien, vete a clases —ordenó Dante.
Frente a un motor desarmado, sus manos se sentían torpes. Mientras Vargas montaba una suspensión con facilidad insultante, ella se bloqueó ante la caja de cambios.
—Si no entiendes los engranajes, nunca sabrás por qué el coche falla a 300 km/h —le advirtió el profesor Salazar.
La clase terminó y ella decidió quedarse sola en el taller. Su terquedad le decía que sus manos debían entender el motor tan bien como su mente entendía el aire. Dante apareció, apoyándose en el banco de trabajo.
—La mecánica no es magia, es lógica. Si quieres, puedo mostrarte un par de trucos —dijo con voz suave.
Ella asintió agradecida, pero cuando él se marchó y las luces se apagaron, ella no se movió.
Se puso los guantes y tomó la llave inglesa.
Vargas cree que me ganó… ya veremos. Ganó porque sabe montar un motor, y el jefe cree que mi debilidad es el metal, pensó Vanessa.
Analizó la situación y puso la llave en el mesón.
Ok… entendí, por hoy terminé. Vanessa sonrió; pensaba que tenía un Pepe Grillo en su cabeza que la condicionaba a que sus pensamientos fueran a viva voz.
Dante observaba la pantalla de su monitor, pero su mente estaba lejos de las gráficas de telemetría.
Había pasado mucho tiempo en los boxes, escuchando el rugido de motores que ya ni existían y viendo a jóvenes pilotos quemarse antes de llegar a la primera curva.
Conocía el olor del miedo y de la arrogancia; Max Vargas apestaba a lo segundo, pero ella… ella era diferente.
Se frotó los ojos cansados. Recordó el momento en el que la vio por primera vez en los karts, muchos años atrás. Había algo en su forma de trazar las curvas que no se enseñaba en las escuelas de pilotaje una especie de diálogo privado con el viento.
«¡Es una locura, ¡Dante, es una jovencita de 16 años!
», le había dicho el jefe de equipo esa misma tarde.
«Es una apuesta demasiado arriesgada. No tiene la fuerza de otros pilotos ni experiencia técnica».
«Entonces esperemos a que la tenga en unos años más», fue lo que Dante respondió.
Así fue como mantuvieron vigilada a Vanessa desde muy joven para ver si su técnica mejoraba con los años.
Mientras él caminaba por los pasillos vacíos de la sede en la noche, se detuvo frente a la puerta del taller.
A través del cristal, vio una única luz encendida.
Allí estaba ella aún, ordenando el desorden de su mesón.
Dante sonrió; la mayoría de los pilotos se habían ido a descansar a su habitación confiando en su talento natural.
Pero ella estaba allí sola, así que Dante fue con su café humeante, intentando mantener esa máscara de indiferencia que le había servido de escudo durante años.
Se detuvo al ver que ella estaba por salir; al acercarse, sus ojos se posaron en un cuaderno abierto. No eran solo notas de mecánica. Eran dibujos trazos precisos de un halcón cuyas alas se transformaban en alerones de un monoplaza, flujos de aire que parecían plumas plateadas.
De repente, un recuerdo punzante lo golpeó el estruendo de un choque, el olor a metal quemado y el silencio que siguió.
Dante cerró los ojos con fuerza. Él también había tenido dibujos, sueños y alguien a quien amaba que esa misma pista se llevó.
Decía a sus amigos que el asfalto siempre se cobraba una deuda y él no quería a nadie tan cerca; por eso prefirió encerrar sus emociones en una caja.
Ella no se percató de que Dante estaba ahí con la taza de café en la mano mirando su dibujo. Desorientada, cerró el cuaderno con rapidez cuando lo vio.
—Solo… estaba intentando aprender sobre la resistencia al avance —dijo ella con la voz ronca por el cansancio.
Dante recuperó su expresión gélida.
—El dibujo no te hará más rápida si no ajustas bien la presión de la caja —soltó él, tenso, aunque por dentro su corazón dio signos de vida.
Ella bajó la mirada sintiendo un calor extraño en el pecho.
Dante la observó; se veía tan encantadora y agotada bajo la luz fluorescente que, por un instante, pensó que tal vez la estaba presionando demasiado.
En ese momento quiso dejar el café en el mesón, pero justo ella se movió para buscar su chaqueta, que quedó a la altura de él.
Sus manos chocaron y el café saltó por el aire, manchando al ingeniero de forma ruidosa y quemando la mano de ella. Él comenzó a soltar su chaqueta mientras su voz soltaba palabras de un lenguaje que ella no usaba con frecuencia, pero entendía.
—¡Uy! Lo lamento, ingeniero. Perdón, mi torpeza… —dijo ella mientras buscaba algo para secarlo.
—¿Tu mano está bien? —él tomó su mano y la examinó—. Se está poniendo muy roja; te llevaré a enfermería. —Dante observó con angustia en los ojos, desconcertado por la escena.
—No, tranquilo. Nada que agua helada no arregle —dijo ella dirigiéndose al lavamanos—. No es nada, solo fue un poco de café, estoy acostumbrada.
Él se acercó rápidamente, tomó su mano y comenzó a mirar de nuevo.
—Te conseguiré una pomada para eso —sentenció él.
Ella se puso a reír; le salió de la nada. Dante la observó, y también a su boca. Ella se relajaba y sonreía.
—¿De qué te ríes? —preguntó él, desconcertado.
—Es que es la primera vez que usted es amable conmigo y yo le tiro el café encima —respondió ella entre risas.
Él recordó su chaqueta, se tocó el pecho y asintió. Sí, estaba empapada .
Bajó el cierre y se la quitó. Usaba una camiseta negra que marcaba su cuerpo hombros y abdominales perfectos.
Era un hombre muy varonil y atractivo; a sus 35 años era un Adonis.
Encantador cuando no está enojado, pensó Vanessa.
Ella se acercó y sacó servilletas para secar la humedad de la camiseta de él.
Al tocarlo, una… Chispa empezó a encenderse.
Se alejaron pronto, como un cable pelado que da la corriente.
—Bien… a tu habitación —dijo Dante para romper el momento.
Ella lo observó con sus ojos de gata. Dante se tensó cuando ella pasó por su lado; pudo sentir su calor y el olor de su champú.
Fueron apenas 3 segundos en los que el muro de Dante crujió.
Vanessa caminó a su lado ; ojalá el lugar fuera más amplio para caminar junto a él más tiempo , pensó, moviendo la mano como para espantar esos pensamientos. Dante la observó intrigado.
—Llegamos. Ve a descansar; mañana hay clases —sentenció él.
Ella se dio vuelta hacia su puerta. Sentía la mirada de él, pero prefirió no girarse.
—Buenas noches, ingeniero —se despidió ella.
—Buenas noches, Vanessa —respondió él.
Era la primera vez que él decía su nombre, y a ella el corazón le latió como las alas de una avecilla.
Dentro de la habitación, miró su mano roja.
Entonces escuchó un golpe en la puerta. Al abrir, se encontró con Dante.
Ya no llevaba la camiseta manchada. En silencio, le extendió un pequeño tubo de pomada.
—Es para las quemaduras —dijo él, evitando mirarla directamente a los ojos—. No puedes pilotar mañana si no puedes cerrar el puño —.
Antes de que ella pudiera darle las gracias, él ya se había ido. Y lo más curioso lo vio entrar en la habitación de al lado.
Ala este, ingenieros, recordó ella. Dentro de la habitación se aplicó la pomada, que fue como un calmante muy efectivo.
La mañana del viernes comenzó en el aula de telemetría. Sobre la mesa, el instructor había desplegado una red de cables y pequeñas piezas metálicas los sensores.
—Un piloto que no entiende sus sensores es un piloto ciego —explicó el instructor, señalando un pequeño dispositivo—.
Estos son los nervios del monoplaza. Algunos miden la presión del aire, otros la temperatura de los neumáticos o la fuerza con la que frenan.
Todo lo que sienten en su cuerpo, el sensor lo convierte en números para que el ingeniero y el equipo puedan leerlo en sus pantallas.
Ella observaba con fascinación. Entendió que el monoplaza era solo metal; lo que estaba vivo era lo de adentro, lo que enviaba señales constantes.
En el simulador, minutos después, puso a prueba esa teoría.
Ya no solo conducía por instinto; ahora sabía que la parte trasera vibraba porque el sensor gritaba antes de perder el ángulo.
Al terminar, el jefe de equipo entró en la sala con una expresión inusual, casi relajada.
—Es viernes y han trabajado duro estos meses. Tienen libre hasta el domingo para que se desconecten. No quiero a nadie cerca de un simulador hasta el lunes —anunció él ante la alegría de todos.