EL CHOQUE DE DOS MUNDOS #2
La nube de la victoria muy pronto la bajó a la tierra.
Ya no estaba en Asolo, en la calidez de su pueblo; el frío de Inglaterra y la rigidez de las personas serían su primer gran obstáculo.
Al bajar del avión, esperaba encontrarse con un Reino Unido tan elegante como Dante, pero se topó con un cielo color plomo, una lluvia fina, una espesa bruma matinal y un frío que dolía hasta los huesos.
Recordó que su madre preparó una maleta con calcetines, guantes, gorros y jersey de lana, todo para que se sintiera cómoda.
Recordó los chocolates y el café que venían muy bien envueltos —un poco de contrabando— «Para que recuerdes el hogar», le había dicho su padre al ayudarla a cerrar la maleta.
Al llegar a la sede de la Academia no hubo alfombras ni café para el frío. Solo un guardia de seguridad con rostro de piedra le entregó una llave magnética y un sobre con el logo del Halcón de Plata.
—Habitación 402, ala este —dijo el guardia sin mirarla—. El toque de queda es a las 2200 horas. Siga las instrucciones que están en el sobre —. Le abrió la puerta y la cerró en cuanto ella entró.
La Academia era como un museo. Recorrió pasillos con trofeos, historia y pinturas; todo olía a limpio, con espejos de pared a pared, alfombras mullidas y varios salones. Su habitación estaba en la última ala de la sede.
Vanessa recorrió los pasillos en un silencio absoluto.
Todo era un juego de texturas alfombras que tragaban el sonido de sus pasos, espejos que multiplicaban su soledad y ventanales gigantes donde la humedad empañaba la vista de los prados grises.
Dentro, el calor era artificial y seco; fuera, el invierno devoraba las hojas.
Cuando llegó a su habitación, abrió la puerta y se quedó helada. No era la suite de una heredera, sino una celda de lujo una cama individual perfectamente simétrica, un escritorio de metal, un armario con uniformes de la escudería y un ventanal que daba a las pistas de pruebas, ahora mojadas.
Sobre la cama descansaba su nuevo mono de carreras, esta vez de un color plateado oscuro con su nombre bordado V. Filippis.
—¿Buscabas el servicio de habitaciones? —la voz de Dante resonó en el pasillo antes de que apareciera en el umbral.
Él no vestía el traje impecable de Italia, sino una chaqueta técnica del equipo que lo hacía ver más imponente y atlético. Se cruzó de brazos, bloqueando la salida.
—Eres un número en mi sistema, y estás por debajo del promedio físico de mis pilotos masculinos; debemos ponerte en forma —sentenció Dante con frialdad —.
Vanessa dejó su maleta en el suelo sintiendo el cansancio del viaje y la frialdad del lugar.
—Pensé… o… creí… que la beca incluía algo más que una habitación de castigo, ingeniero —replicó ella, haciendo una reverencia a modo de burla.
Ningún músculo de Dante se movió, aunque sus pensamientos fueran distintos. Había aprendido el arte de no mostrar sus emociones.
—La beca incluye la posibilidad de llegar a la Fórmula 1.
—Dante dio un paso hacia adentro; su presencia llenó la habitación.
—Para ganar el derecho a dormir en un lugar mejor, tienes que sobrevivir a las exigencias.
Mañana a las 700 am. en el gimnasio; no llegues tarde o estás fuera —sentenció él, pero titubeó antes de irse—. En el sobre están las instrucciones —.
Cerró la puerta tras de él y la habitación quedó en silencio. La Real Academia no es solo una sede para jugar a los autos chocadores; por ejemplo, el entrenamiento de cuello es uno de los más brutales en el automovilismo, ideal para probar si un novato tiene la resistencia corporal necesaria.
Vanessa se quedó leyendo las instrucciones del sobre reglas para las comidas, vestimenta, horarios y clases.
Había, además, una agenda y un lápiz. Marcó las actividades del día siguiente; necesitaba descansar y comer.
Se puso un mono de entrenamiento, que era el uniforme para las clases en sala.
Se dejó el pelo suelto y arregló un poco su cara para no verse tan pálida; sus ojos resaltaban más que nunca con el tono gris del día.
Salió con su llave magnética. Dios, estoy hambrienta , pensó.
Cuando llegó a un salón, el mundo se detuvo. Un silencio marcó el espacio y se quedó paralizada. Había pocas mesas; era un lugar bastante acogedor. Varias personas, casi todos hombres, vestían el mismo mono o chaquetas técnicas.
Titubeo un poco, avergonzada por las miradas, y no sabía si entrar o salir corriendo de allí.
—¡Hey, novata, acá! ¡Ven! —gritó una voz amigable.
Vanessa caminó hacia la voz con la cabeza agachada, mirándose la punta de sus deportivas, escondiendo su rubor.
—Denle espacio a la señorita —dijo una voz—. Puedes sentarte aquí; te traerán el menú enseguida —señaló uno de los pilotos novatos.
Su voz era amable. Los otros tres chicos le dieron la bienvenida con un apretón de manos. Uno de ellos habló
—Yo soy Tony Gruber, él es Max Vargas y el que habla por teléfono es Joshua Vogel; novato igual que tú —dijo presentándolos.
Ella sonrió, un poco tímida
—Hola a todos. Gracias por acogerme en su mesa —respondió Vanessa.
Max Vargas, un chico algo altanero de mirada audaz, rubio y de ojos azules, la observó y concluyó con soberbia
—No es que queramos; es que esta será tu mesa. Eres la nueva novata y no puedes sentarte en otro lado; esas son las reglas —exclamó mientras bebía de su jugo verde de forma brusca.
—Ah… entiendo. Llegué hoy e intento memorizarlo todo —ella sonreía mientras un mayordomo traía el servicio—. Muchas gracias, señor.
El mayordomo le ofreció 2 menús. Ambos tenían mucha proteína.
—¿Tendrá algo más liviano? No suelo comer tanto a esta hora —preguntó ella.
—Puedo traerle sopa, pasta y un postre, pero mañana sí tiene que comer proteína; está muy delgada —le dijo el mayordomo cerrándole un ojo.
Ella sonrió y sus compañeros comenzaron a observarla, evaluando su talla.
Al terminar la cena, caminaron juntos hacia las habitaciones; era hora de estudiar, sin trasnochar.
Cuando llegó a su cuarto, todo estaba ordenado y desempacado.
Incluso habían puesto un mini bar con agua, jugos y algunos dulces; ella recordó sus chocolates y su café; los guardó antes de sentir su aroma para no olvidar el hogar.
Se tiró, literalmente, en su cama. Lo cierto era que resultaba muy cómoda a pesar de ser pequeña; tenía una almohada ergonómica y algunos cojines de adorno.
El cobertor era esponjoso, de plumas realmente la cama de una heredera.
—Extraño mi casa, mi cama, la sopa de papa, el café de mi madre… —repetía Vanessa en voz alta, como una lista interminable de cosas que no quería olvidar.
A estas alturas, dormir no era una opción; estaba muy nerviosa por el día de mañana. Definitivamente, Asolo había quedado atrás hacía más de 1 día, pero era fácil recordar su pueblo.
Lo llaman «la ciudad de los 100 horizontes»; su estética es un sueño de piedra.
Vivir en Asolo es como habitar dentro de una acuarela que nunca termina de secarse.
El pueblo está suspendido en las colinas de la región del Véneto, donde el aire siempre huele ligeramente a madreselva, pino y al sutil aroma del vino Prosecco que se sirve en las terrazas al atardecer.
Las calles tienen pasadizos estrechos de piedra desgastada por los siglos, flanqueados por palacios con fachadas de color ocre y rojo veneciano.
Las ventanas tienen contraventanas de madera que se abren cada mañana para dejar entrar la brisa del monte Grappa.
La luz es el detalle más romántico de Asolo al amanecer, una neblina suave envuelve los valles, dejando al pueblo flotando como una isla sobre las nubes; al atardecer, el sol golpea las rocas de la fortaleza medieval que corona la cima y todo el pueblo se tiñe de un dorado rosado.
Vivir allí no es solo el paisaje, es participar en rituales lentos, como el sonido de las campanas en lugar de bocinas.
El día comienza con el repique de la catedral Duomo di Santa María Assunta y la vida arranca con el sonido del empedrado en el Caffè Céntrale, donde los locales toman su primer expreso de pie.
Se puede oler la ropa tendida en los callejones; es común ver sábanas blancas meciéndose como banderas de paz.
Tras los portones de hierro pesado se esconden jardines de rosas antiguas con vistas que llegan hasta la laguna de Venecia en los días claros.
Vanessa suspira. Recuerda estar sentada en un banco frente a la casa de Eleonora Duse, la famosa actriz.
Un ruido interrumpió sus pensamientos era una golondrina. En el vuelo, allí mirando al cielo, pensó por primera vez Cuando sea grande, seré piloto. Fue todo lo que necesitó para decretarlo a sus 5 años.
—¡ Vanessa, a dormir ! —se dijo a sí misma. Se puso el pijama que su mamá colocó en la maleta junto con calcetines felpudos, puso la alarma y llamó a sus padres. Al verlos, sus ojos se llenaron de alegría. Su madre lloraba y su papá le mostraba el clima por la ventana.
—Papá, solo llevo 1 día fuera de casa, no es que ya se me olvidara todo. Los 3 rieron, emocionados y melancólicos. Al cortar, el sueño la invadió.
Al día siguiente, la alarma sonó puntual. El recuerdo de la exigencia del ingeniero la obligó a levantarse. La ducha matutina la ayudó a despertar; se puso el mono de la Academia y salió rumbo al desayuno. Al salir del ala este, vio a sus compañeros caminando animados.
—Hola, buen día a todos —saludaba Vanessa, mientras ellos la miraban con curiosidad.
—¡Filippis! —gritó Joshua—. —¿Cómo dormiste? —Ella bajó la cabeza y contestó un escueto «bien», mientras él la guiaba a la fila.
A las 800 am de la mañana ya estaba en el gimnasio, un bloque de hormigón e iluminación quirúrgica. Allí estaba Dante, observando un cronómetro.
—Llegas a tiempo, Filippis —dijo Dante—. Pero en este deporte, llegar a tiempo es llegar tarde. Los otros pilotos ya van a la pista de atletismo; tú te quedas conmigo.