16. La alfombra roja
La alfombra roja
A Lola Bravo la conocí dos horas antes de que se hundiera delante de cuatro millones de espectadores, y en esas dos horas aprendí que no era nada de lo que yo creía.
Yo me la había imaginado tonta. Es lo que una se imagina de una chica que empezó cantando en vídeos de quince segundos y acabó siendo la cara de Casa Vela, la embajadora, la que iba a consagrar la colección esa noche en la alfombra roja de unos premios retransmitidos en directo.
Me la imaginé guapa y hueca. Y entré a vestirla en su camerino y me encontré a una mujer leyendo un contrato de licencia con un bolígrafo en la mano, subrayando cláusulas, que levantó la vista y me dijo, sin saludar:
—Tú eres la de las manos buenas. La que salva las cosas. —Volvió al contrato—. Bien. Esta noche voy a necesitar que alguien salve algo, lo presiento. Siempre hay algo.
Era la persona más inteligente del edificio, y el edificio estaba lleno de gente que se creía la más inteligente.
Lola Bravo sabía exactamente lo que era: un personaje.
Lo había construido ella, ladrillo a ladrillo, sabiendo lo que hacía.
Sabía cuánto valía cada foto suya, qué cláusula la protegía y cuál no, y qué parte de sí misma vendía y cuál se guardaba.
Mientras la vestía, no paró de grabarse notas de voz, en susurros, entre frase y frase de conversación: «recordar llamar a la abogada», «el azul de la izquierda queda mejor en foto», «estoy agotada, esto es lo último que hago de gala este año, lo juro».
Recordatorios. Una mujer entera, la de verdad, guardada en cincuenta audios de su propio móvil.
—Me grabo a mí misma porque es el único sitio donde puedo decir lo que pienso sin que salga en ningún lado —me dijo, viéndome mirar—.
Tú lo entiendes. Se te nota. Tú también tienes una de fuera y una de dentro.
—Se pintó los labios—. Las que sobrevivimos en estos sitios somos todas así.
Dos. La que enseñamos y la que escondemos. El truco es que no se toquen nunca.
No supe qué contestar, porque me acababa de describir entera sin conocerme. Y porque, mientras lo decía, le colgué del brazo el bolso de la colección, la pieza estrella, y noté en los dedos lo que llevaba meses temiendo notar en el peor momento posible.
El bolso estaba tocado. Y el vestido también.
Se lo había puesto sin que yo lo revisara, porque la habían vestido a medias antes de que yo llegara, y para cuando lo toqué ya estábamos a diez minutos de la alfombra, con un coche esperando y un equipo de prensa contando los segundos.
No me dio tiempo a dormirlo. No me dio tiempo a nada.
Solo me dio tiempo a entender, con el estómago cayéndose, que Lola Bravo, la mujer que llevaba toda su vida cuidando de que su yo de dentro y su yo de fuera no se tocaran nunca, iba a salir a una alfombra roja retransmitida llevando encima dos prendas cuya única función, por culpa de mí, era hacer que se tocaran.
Salió. No pude pararla. Salió a la alfombra, deslumbrante, perfecta, saludando, y durante treinta segundos fue la consagración que Casa Vela había pagado: las cámaras, los flashes, el vestido espectacular, el bolso en el brazo.
Y al segundo treinta y uno, el bolso habló.
Con su voz. Con la voz de Lola, en susurro, a todo volumen, por los altavoces de la alfombra y por el directo de cuatro millones de casas: «estoy agotada, esto es lo último que hago de gala este año, lo juro».
La gente se rio, creyó que era una gracia, un truco de marketing.
Pero el bolso siguió. «No me creo nada de lo que voy a decir esta noche en la alfombra.
» «Si me vieran como soy de verdad a las tres de la mañana no me ficharía nadie.
» «Estoy sola, estoy cansada, y tengo miedo de que un día se den cuenta de que solo soy una chica de un pueblo que aprendió a fingir. »
Y mientras el bolso desnudaba a la mujer, el vestido desnudaba al personaje.
Empezó a exagerarse solo, a volverse más brillante, más imposible, más it-girl, una caricatura grotesca de «Lola Bravo, icono», hasta que sobre la espectacular tela apareció escrito, en negro, lo que ella era por debajo de todo aquello: SOLO UNA CHICA QUE APRENDIÓ A FINGIR.
Las dos se tocaron. La de dentro y la de fuera. Delante de cuatro millones de personas, en directo, para siempre.
Eso es lo que nadie había entendido hasta esa noche, y lo que entendí yo de golpe, viéndola: por qué la plaga era tan terrible en una alfombra roja y no en un taller.
Porque la alfombra roja es el rito. Es el rito de las imágenes.
Cuatro millones de cámaras, de móviles, de pantallas, multiplicando una imagen en el mismo segundo.
Lo que en una prenda suelta es una costura negra, en una alfombra roja retransmitida es una explosión.
La plaga no necesitaba copiarse prenda a prenda si encontraba un rito así: una sola imagen ritualizada, vista por millones, la propagaba a la velocidad de la luz.
Por eso Bibiana montaba actos. Por eso vivía de fotos.
Y por eso esto, esta noche, ya no se podía contener.
Ya era de todos. Ya era viral. Ya era irreversible.
Lola se quedó parada en la alfombra, con el bolso confesando y el vestido gritando su verdad en negro, y no se derrumbó.
Eso fue lo más impresionante. No lloró, no corrió, no se tapó.
Levantó la barbilla —ese gesto que yo conocía tan bien, el de doña Encarna, el de Macarena— y aguantó el chaparrón de pie, con la dignidad terrible de alguien a quien acaban de desnudar en público y decide que va a soportarlo mirando a cámara.
Su horror no era de tonta. Era de persona.
La habían visto. La cosa que más miedo le daba en el mundo —que la vieran como era— acababa de pasarle delante de todos.
A mí me sacó del trance Bruno, que apareció a mi lado entre bambalinas con la cara descompuesta.
—Está en todas las pantallas —dijo—. No se puede recoger.
Acebo, esto ya no es contención. Esto es público.
Lo que llevo meses temiendo. —Me agarró del brazo, y por una vez no medía nada, estaba tan asustado como yo—.
Y acabo de ver el bolso por dentro. La costura.
Y he entendido, por fin, cómo se transmite.
No es el contacto. Es la imagen. Es la foto.
Tenía usted razón desde el principio y yo no quise verlo porque era imposible.
—Me miró, deshecho—. Existe. Lo que sea esto, existe. Y usted lo sabía.
Estábamos los dos entre bambalinas, con el mundo entero ardiendo al otro lado de la cortina, con cuatro meses de mentiras y de hilos y de noches en un archivo entre nosotros, y él acababa de decir en voz alta, por fin, lo que llevaba toda su vida negando: que existía.
Que yo tenía razón. Que había algo que no se podía medir y que era verdad.
Y lo besé.
O me besó. No lo sé. Fue en el mismo segundo en que él dijo «existe», en la misma respiración, pegado a esa palabra, como si la palabra y el beso fueran la misma cosa, como si reconocer que la magia era real y reconocer lo que sentía por mí fueran, para Bruno Salaverría, el mismo acto imposible que llevaba meses negándose a aceptar.
Nos besamos entre bambalinas, con el desastre más grande de mi vida en directo a tres metros, y fue corto y fue fuerte y supo a adrenalina y a miedo y a meses de hilo suspendido, y no arregló absolutamente nada, y por eso fue verdad.
Nos separó la realidad, que es lo que separa siempre las cosas verdaderas. Porque por la cortina, hacia la alfombra, hacia el incendio, pasó Bibiana Vela.
Y lo que vi entonces me cambió para siempre la idea que tenía de ella.
No corrió. No se asustó. Bibiana Vela salió a una alfombra roja donde su embajadora acababa de ser desnudada por culpa de una plaga, en directo, ante cuatro millones de personas, y la gestionó con una calma que no era calma de quien improvisa.
Era calma de quien ya ha hecho esto antes.
En diez minutos, sin un titubeo, tenía a la prensa contando que era «una performance artística sobre la autenticidad», tenía a Lola riéndose en cámara como si todo fuera adrede, tenía un comunicado redactado, tenía un hashtag.
Sabía exactamente qué hacer con una catástrofe mágica hecha pública.
Exactamente. Como quien tiene un protocolo guardado para un incendio que sabe que va a llegar porque ya ha llegado otras veces.
Nadie improvisa así. Nadie convierte en diez minutos una maldición en una campaña a menos que conozca la maldición desde mucho antes que tú.
La vi trabajar, perfecta, terrible, y entendí que la mujer que me había seducido, que me había enseñado, que me había dicho «somos iguales», no estaba descubriendo nada aquella noche.
Estaba ejecutando un plan que tenía preparado.
Bibiana no solo sabía que la magia existía.
Bibiana sabía gestionar una plaga. Y solo se sabe gestionar una plaga si la has visto antes. Si has estado antes exactamente aquí.
Cuando todo se calmó, ya de madrugada, Bibiana me encontró entre bambalinas. Me miró a mí, me miró el carmín corrido —el mío, no el de Lola—, miró hacia donde se había ido Bruno, y sonrió con esa sonrisa suya que lo sabía todo.
—Buen trabajo conteniendo lo de antes, en lo que se pudo —dijo, dulce—.
Y, cariño. —Una pausa, de las suyas, medidas—.
Ten cuidado con el de las pruebas. Los hombres que necesitan demostrarlo todo son los que peor llevan descubrir que les han mentido.
—Me tocó la cara, la mejilla del carmín corrido, con un cariño que era una advertencia—.
Sería una pena. Justo ahora que empezabas a ser alguien.
Y se fue, dejándome con tres certezas nuevas en el pecho, las tres irreversibles, ninguna de las cuales me dejaría dormir.
Que el hombre del que me había enamorado ya creía en la magia, y que el siguiente paso, el que Bibiana acababa de adelantarme con una caricia, era que dejara de mirar la magia para empezar a mirarme a mí.
Que la plaga ya era del mundo entero, viral, imparable, y que la culpa, cosida en una chaqueta hacía tres años, seguía siendo mía.
Y que Bibiana Vela, mi mentora, la que me había elegido, no estaba viviendo conmigo el principio de una catástrofe.
Estaba viviendo, por segunda vez, el final de una que ya conocía.