6. La roña
La roña
A la mañana siguiente, mi mentira tenía membrete.
Lo que yo me había inventado de rodillas detrás de un biombo —«un tema de acabado»— había subido en una noche por toda la jerarquía de Casa Vela, se había puesto traje, y bajaba ahora convertido en doctrina oficial.
Lo decía un correo del departamento de no sé qué, reenviado a todo el edificio: «Estamos detectando una incidencia de acabado en una partida concreta de la colección.
Producción ya está sobre ello. Se ruega no hacer comentarios externos.
» Lo decían los jefes de equipo en sus reuniones de la mañana.
Lo decía la chica de prensa al teléfono, con una calma de azafata de vuelo turbulento.
Incidencia de acabado. Tres palabras para no decir que la ropa había empezado a confesar.
Mi abuela tiene una palabra mejor. La palabra es «se pudre». Pero en Casa Vela las cosas no se pudren. Tienen incidencias.
Mi problema esa mañana era sencillo de enunciar y endiablado de resolver: necesitaba saber cuántas prendas estaban tocadas y cómo viajaba aquello de una a otra, y necesitaba averiguarlo sin que nadie me preguntara por qué me importaba tanto a mí, la de los bajos, una incidencia de acabado.
Porque me importaba demasiado. Y la gente que pregunta «por qué te importa tanto» suele tener razón en preguntarlo.
Empecé por la reunión, que es donde uno cree que va a enterarse de algo y se entera de lo contrario.
La presidía Cristina Madrigal, la del fondo, la única persona del edificio que no le pedía permiso a nadie.
No se sentó. La gente con poder de verdad, ya lo sabéis, hace cosas distintas de las que hace la demás gente; Bibiana no gritaba, Macarena no gritaba, y Cristina no se sentaba.
—Vamos a ser muy claros, equipo, porque tengo el board encima y no tengo tiempo —dijo, con un español que cada tres palabras pisaba el inglés—.
Esto es una variación de producción. Pasa.
En toda manufactura pasa. Lo que no puede pasar es que salga de aquí.
Tenemos la licencia a punto de firmarse, tenemos el desfile encima, y tenemos un activo de marca que vale exactamente lo que vale porque nadie ha visto nunca una grieta.
—Miró alrededor, despacio—. Así que la incidencia se queda dentro.
No hay fotos. No hay tuits. No hay «se lo he contado a mi prima».
Y producción no para. Repito: no para. Lo que sea que esté pasando, lo arreglamos escalando, no frenando.
Frenar es perder la temporada. ¿Lo tenemos?
Lo teníamos. Nadie dijo nada, que es como se dice «sí» en estas casas.
Y yo me quedé con una cosa pegada en el oído, una de esas frases que en su momento parecen de jerga y luego resultan ser una sentencia: lo arreglamos escalando, no frenando.
Estaban proponiendo curar una plaga que se contagiaba copiando…
haciendo más copias. Era como apagar un fuego repartiendo cerillas.
Pero eso solo lo sabía yo, y yo era la de los bajos.
Salí de la reunión con mi cobertura ya pensada.
En Casa Vela, si quieres meter las narices en algo, no preguntas: dices que estás haciendo «una auditoría de calidad».
Suena a que alguien de arriba te lo ha mandado, y nadie comprueba si alguien de arriba te lo ha mandado, porque comprobarlo implicaría reconocer que no sabe qué le han mandado a quién.
Así que cogí una tablet, puse cara de tener un Excel, y me fui a ver la ropa.
Y a la ropa la fui a ver con la Bisa.
Esto no se lo había contado a nadie y no se lo iba a contar: la cinta métrica de mi bisabuela mide cosas que un metro normal no mide.
Pasé por el showroom, donde Yaiza tenía colgadas en fila las piezas que salían prestadas a revistas y a famosas, y fui dejando caer la Bisa, como sin querer, sobre cada percha.
Sobre las prendas sanas no hacía nada. Sobre las tocadas se enfriaba, un frío seco y rápido, y en las peores se enroscaba sola en mi muñeca como si quisiera apartarme.
No es magia de feria. Es una herramienta.
Igual que un electricista pasa un aparato por la pared para saber por dónde va la corriente, yo pasaba la Bisa por la ropa para saber por dónde iba la roña.
Y la roña iba por todas partes.
No eran quince prendas. Las quince eran solo las primeras.
La Bisa se enfrió sobre tres piezas del showroom que ya estaban prestadas y que iban a volver, sobre una falda que ni siquiera era de la partida defectuosa pero que había estado colgada al lado de una que sí, y —esto me dejó un momento sin saber qué pensar— sobre la tablet que yo llevaba, en la pantalla, encima de una foto del photocall de la víspera. La foto. No la prenda. La foto.
—Yaiza —dije, intentando que sonara a conversación de café—. Esas tres de ahí, las que están fuera. ¿Adónde han ido?
—A un editorial de una revista, a una influencer para un evento y a una estilista que viste a media tele —recitó Yaiza, sin levantar la vista de su ordenador, con la voz muerta de quien lleva tres años haciendo de pegamento de una empresa que se cae—.
Las muestras se mueven, Cande. Eso es lo que hago yo.
Muevo muestras. Una prenda no se queda quieta nunca.
Va, se fotografía, vuelve, se vuelve a prestar, se vuelve a fotografiar.
—Le dio una calada a un vape que no podía encender—.
Si tú me dices que hay una «incidencia de acabado», yo te digo que esa incidencia lleva dos semanas saliendo en fotos por todo Madrid. Buena suerte recogiéndola.
Ahí lo tuve. Ahí entendí cómo se movía aquello, y se me quedó frío el estómago, más frío que la Bisa.
Viajaba de dos maneras. Por la tela: una prenda tocada contagiaba a la de al lado, una muestra prestada llevaba la roña a donde fuera.
Y por la foto. Por la foto ritual, la de plató, la de campaña, la del posado, esa foto que en este mundo no es una foto cualquiera sino casi una ceremonia, con sus focos y su gente repitiendo «perfecto, perfecto» mientras nadie dice la verdad.
Cada vez que se ritualizaba una imagen de una prenda tocada, la cosa saltaba.
No me preguntéis por la física. En mi familia esto se sabe sin entenderlo, como se sabe que la levadura sube.
Copiar lo pudre. Fotografiar lo reza. Y aquella casa hacía las dos cosas a escala industrial, todo el día, como respiración.
Estaba apuntando en mi falso Excel adónde habían ido las tres muestras cuando me vibró el móvil. Un audio. De la tía Reme. Lo abrí por reflejo, con el volumen alto, en mitad del showroom de la casa de moda más cara del país.
«Candela, hija, dos cosas. Una, que me he enterado de que las del mercadillo venden las telas a peso y te lo digo porque tú con eso harías un negocio, ya lo verás, escalar, te lo digo yo.
Y dos, que el táper de las lentejas me lo dejaste en el taller y lo necesito, que es el bueno, el de la tapa azul, no el de la roja que ese pierde.
Un beso, hija, y come, que estás muy delgada para el frío que hace. »
Yaiza me miró. Yo guardé el móvil.
—Mi tía —dije.
—Quédatela —dijo Yaiza, y por una vez no había sorna, había casi envidia—. La gente que te llama por un táper es gente que sabe dónde estás. Aquí dentro nadie sabe dónde estás. Aquí dentro solo saben dónde deberías estar.
No le contesté, porque tenía razón y porque, además, me había dado un escalofrío que no venía de la Bisa: mi tía, desde Carabanchel, sin saber nada, acababa de decir la misma palabra que Cristina. Escalar. Las dos mujeres más distintas del mundo, queriendo lo mismo, y yo en medio.
Encontré a Bruno en producción.
No me sorprendió, y eso ya empezaba a ser una costumbre fea entre nosotros: encontrarnos donde no tocaba, persiguiendo cada uno por su lado lo mismo sin querer decírnoslo.
Él tenía delante una carpeta de albaranes y fichas técnicas, y la lupa colgada del cuello, y la cara de quien lleva horas remontando un río.
—Está usted haciendo lo mismo que yo —dijo, sin saludar, sin levantar la vista—. Solo que usted lo hace con esa cinta métrica vieja que no le sirve para medir nada, y yo lo hago con papeles. —Pasó una ficha—. Curioso método el suyo. Eficaz, además, que es lo que me fastidia.
—Yo audito calidad —dije.
—Y yo autentifico. Qué casualidad que la calidad y la autenticidad lleven dos semanas paseándose por el mismo pasillo.
—Me miró por fin—. ¿Sabe lo que he descubierto, señora Acebo, remontando estos albaranes?
Que todas las piezas tocadas, todas, vienen del mismo patrón.
Un patrón maestro. La pieza original de la colección, de la que se sacó todo lo demás.
Si encuentro qué tiene ese patrón que no tienen los sanos, encuentro el origen.
Y yo siempre encuentro el origen. Es lo único que se me da bien del todo.
Lo dijo sin saber que me estaba devolviendo mi propia frase.
Y por un segundo, uno solo, los dos nos quedamos callados delante de aquellos albaranes, dos personas buscando exactamente la misma cosa por dos puertas distintas, sin poder decírselo, porque si yo le decía lo que sabía, perdía la casa, y si él me decía lo que sospechaba, me acusaba.
Leí su cara. Muro, frontera, cazador. No leí lo otro, que esta vez estuvo a punto de asomar y no lo dejé.
—Pues que tenga suerte con su origen —dije, y me fui antes de que la voz dejara de salirme colocada.
Pero ya sabía dónde estaba el patrón maestro. Lo había dicho él. Y llegué yo primero, porque él iba con papeles y yo iba con las manos.
El archivo de patrones era una sala fría, de estanterías metálicas, donde se guardaban los moldes de cartón de cada prenda que la casa había hecho jamás, colgados como esqueletos planos.
El de la colección estaba apartado, en su funda, etiquetado con un número y la palabra ORIGINAL.
Lo saqué. Lo abrí sobre la mesa. Y pasé la mano por encima, despacio, como se pasa la mano por la frente de alguien para ver si tiene fiebre.
Tenía fiebre. La Bisa, en mi muñeca, se enroscó hasta hacerme daño.
Y entonces lo vi. En el patrón maestro, cosido al canto, donde se cose la firma de quien hace una prenda de verdad, había un retal.
Un retal de forro. Verde botella.
De ese verde. De ese exactamente. Del que no tiene ninguna casa de este país porque solo lo tenemos nosotras, las Acebo, desde mi bisabuela, el verde con el que aquella misma mañana mi tía me pedía un táper sin saber que yo lo tenía delante, cosido a la pieza original de la que estaba saliendo, copia a copia, foto a foto, toda la plaga.
No me lo había encontrado en una prenda de otra mano, como creí en el taller. Me lo había encontrado en casa.
En el bolso ya no, porque la llevaba en la muñeca: la Bisa se quedó fría, fría del todo, fría como la noche de la que no me gusta acordarme.
Y por primera vez desde que entré en aquel edificio entendí que el origen que Bruno buscaba con tanta paciencia, el que iba a encontrar porque él siempre encontraba el origen, no estaba en Casa Vela.
Estaba en Carabanchel. Y tenía mi apellido.