La habitación que nadie reservó Capítulo 22
96%

Capítulo 22

Marcos

Han pasado treinta y seis días desde que encontramos a Adrián. Hoy lo enterramos.

El informe de identificación ocupa varias páginas.

Lucía y yo necesitamos una sola línea: compatibilidad genética superior a cualquier duda razonable.

La odontología confirma lo que la pulsera, el llavero y la forma de una antigua fractura ya nos habían dicho.

El análisis inicial de los restos encuentra una lesión en la sien coherente con el impacto que registra la cámara y con la caída contra el banco de piedra.

En el pie metálico de la lámpara quedan residuos que los peritos seguirán estudiando.

Marta repite que la investigación no termina con una prueba ni con una confesión grabada.

Álvaro permanece en prisión provisional mientras el juzgado ordena diligencias.

Su abogado habla de accidente, de coacción paterna y de archivos manipulados.

Las cuentas de Levante Azul abren otra investigación.

Rafael no puede responder ante ningún tribunal, pero su muerte no borra su nombre de los hechos.

Daniel también declara como investigado por el borrado de las cámaras y por lo que calló después.

Sale de cada comparecencia más cansado y sin contarme detalles que su abogado le pide reservar, pero nunca utiliza esa reserva para construir otra pared.

Me dice lo que puede. Cuando no puede, me explica por qué.

No sé cómo terminará la parte legal. Por primera vez, no necesito que una sentencia me diga qué ocurrió.

El cementerio es pequeño y blanco. Desde la parte alta se ve una franja de mar entre dos lomas volcánicas. Mi madre está enterrada tres filas más abajo. Pienso en el tiempo que pasó mirando ese mismo azul, convencida de que Adrián no tenía tumba porque el agua no había querido devolverlo.

Lucía coloca sobre el ataúd una fotografía que tomé el último verano de los tres juntos.

Adrián sale desenfocado porque se movió en el instante del disparo.

Durante años me molestó no haber repetido la foto.

Hoy agradezco que sea así. Mi hermano nunca permanecía quieto el tiempo suficiente para convertirse en la versión perfecta de sí mismo.

Merche deja una ramita de romero. Iván, todavía con una cicatriz rosada junto al pelo, se inclina y toca la madera con dos dedos. Inés permanece a su lado. Daniel está detrás de mí, lo bastante cerca para que note su presencia y lo bastante lejos para no ocupar un duelo que no le pertenece.

Cuando termina la ceremonia, me giro y busco su mano.

La sorpresa le dura apenas un instante. Después entrelaza los dedos con los míos.

No es absolución. Es compañía.

Lucía nos ve. Su cara no cambia, pero al pasar junto a Daniel le dice:

—Cuídalo a plena luz.

Él no responde con una promesa. Solo asiente.

Volvemos al Hotel La Sal al final de la tarde.

El precinto de la lavandería ha desaparecido, aunque el aljibe sigue bajo custodia hasta que concluyan las pruebas.

El resto del edificio puede abrirse. Hay polvo en los muebles y sal acumulada en los cristales.

Las veintidós habitaciones llevan más de un mes sin huéspedes.

La venta está cancelada.

Inés reúne en el comedor a seis trabajadores de la última temporada, a Iván, a Merche, a Daniel y a mí. Sobre una mesa donde antes se servía el desayuno hay carpetas, un informe de auditoría y una cafetera que pierde agua. No es una escena elegante. Me gusta por eso.

—No quiero volver a abrir como si bastara con cambiar de administrador —dice Inés—. El hotel se sostuvo durante años con dinero desviado y con gente a la que se pagó menos de lo que correspondía. La familia Aranda no puede seguir tomando sola todas las decisiones.

Una camarera llamada Rosa pregunta lo que nadie se atreve a preguntar.

—¿Vais a venderlo más adelante?

Daniel responde antes que su hermana.

—No mientras dependa de mí. Y mi parte no tendrá mayoría en la nueva gestión.

Extiende un documento. No es todavía un contrato, sino la propuesta que han preparado con una asesora laboral: una cooperativa de trabajo gestionará La Sal.

Los empleados que quieran incorporarse tendrán voto, acceso a las cuentas y participación en los beneficios.

Inés conservará una parte del inmueble; Daniel aportará la suya al proyecto bajo condiciones que le impiden recuperarla si decide marcharse.

Una auditoría externa revisará salarios y retenciones desde los años en que sea posible documentarlos.

—No podemos devolver todo —dice Daniel—. Hay personas que ya no están y dinero que quizá nunca se recupere. Pero podemos empezar por reconocer las deudas y dejar de llamarlas errores contables.

Iván hojea la propuesta.

—¿Y tú qué vas a hacer?

—Trabajar aquí si la cooperativa me contrata.

—¿De gerente?

—Del puesto para el que me consideréis útil.

Rosa lo observa por encima de su carpeta.

—Sabes llevar un hotel.

—También sé cómo no debe llevarse.

Nadie se ríe. Tampoco era un chiste.

Hablamos durante dos horas. Turnos, contratos de temporada, alojamiento para quienes llegan de fuera, proveedores, la posibilidad de retrasar la apertura hasta primavera.

Escucho a Daniel responder sin colocarse en la cabecera.

Cuando no sabe algo, lo dice. Cuando una decisión no le corresponde, no intenta recuperarla mediante una sugerencia más larga.

La última carpeta lleva el nombre de Adrián.

Lucía y yo hemos autorizado una beca, pero con condiciones.

No habrá paquetes turísticos sobre el crimen, placas en la fachada ni visitas al aljibe.

El nombre de mi hermano financiará formación para trabajadores temporales que quieran completar estudios de hostelería, fotografía, idiomas o gestión.

La selección dependerá de una asociación ajena a los Aranda.

El dinero inicial saldrá de la venta de un terreno de la familia y, si el juzgado recupera fondos de Levante Azul, de la parte que legalmente pueda destinarse a reparar el daño.

—Adrián no necesita que una habitación sea un monumento —digo—. Necesita no convertirse en publicidad.

—De acuerdo —responde Inés.

La 17 no volverá al inventario. Cuando la investigación permita reformarla, será una sala de lectura y fotografía para los trabajadores y para la familia Vidal. Sin rótulo en recepción. Sin historias contadas a los huéspedes para añadir misterio a su estancia. Una puerta abierta, no una atracción.

Después de la reunión, Daniel y yo subimos solos.

El pasillo de la segunda planta conserva el calor del día. La puerta de la 17 está entreabierta. Dentro faltan el banco de piedra, la lámpara y el azulejo verde agua marcado con la cruz, todos bajo custodia. La habitación parece más pequeña sin el secreto.

Daniel se queda en el umbral.

—No sé si debería entrar.

—Hoy no.

No pregunta si algún día. Cierra la puerta sin llave.

Vamos al apartamento del gerente. Durante estas semanas he dormido allí más noches que en la casa que alquilé en el pueblo.

Mi ropa ocupa media balda. Mis cámaras están sobre la mesa.

El cepillo de dientes azul junto al de Daniel parece una evidencia doméstica demasiado evidente para dos hombres que aprendieron a quererse escondiéndose.

—Me han ofrecido un trabajo en Lisboa —le digo.

Daniel se detiene.

—¿Cuánto tiempo?

—Tres semanas. Un hotel nuevo. Quieren que empiece en noviembre.

Su cara realiza todos los cálculos que antes habría hecho en silencio: distancia, fechas, la posibilidad de que marcharme signifique otra cosa.

—¿Quieres hacerlo?

—Sí.

—Entonces hazlo.

—Podrías venir unos días.

La sorpresa esta vez se convierte en una sonrisa completa.

—Si consigo que la cooperativa me dé vacaciones antes de contratarme.

—Negocia duro.

—Tengo fama de ser terrible con los empleados.

—Precisamente por eso necesitas supervisión.

Me acerco. Le desabrocho el primer botón de la camisa, no para desnudarlo, sino para apoyar la palma donde ya no hay golpes. Daniel me besa la frente.

—He pensado en buscar una casa —dice—. Algo que no esté dentro del hotel.

—Yo también.

—¿Con dos habitaciones?

—Tres. Una para trabajar, otra para discutir y una para reconciliarnos.

—Eso son usos, no habitaciones.

—Por eso tú llevas hoteles y yo hago fotografías.

Se ríe. El sonido atraviesa el apartamento sin pedir permiso.

Lo beso. Afuera aún queda luz. La puerta está abierta y ninguno de los dos se mueve para cerrarla.