Capítulo 18 — Samir en el sur
A rgel los recibió con una luz menos interesada en ordenar el mundo que en hacerlo respirar.
Samir Benkacem lo sintió al bajar del coche y notar otra vez el golpe del aire del sur, más espeso, más salino, incapaz de comportarse con la disciplina de las ciudades que habían intentado educarlo durante años.
Leïla iba a su lado con la cámara al hombro y el cansancio hermoso de los viajes que todavía prometen algo.
En la plaza donde los esperaba Nabila Serhani, el rumor del mar se mezclaba con voces, motores lejanos, el roce de platos y cubiertos procedente de un café cercano.
Nada en aquel recibimiento tenía forma de ceremonia.
Precisamente por eso resultaba más hospitalario.
Mientras Michel ordenaba en Bruselas una carpeta destinada a llegar tarde, Samir empezaba allí a comprender que sus imágenes solo iban a sobrevivir si aprendían también a circular sin él.
Nabila los abrazó sin solemnidad, como si llevar meses poniendo sus nombres en circulación por cartas y copias no obligara todavía a ninguna clase de épica.
Youssef apareció unos segundos después desde la sombra fresca de un portal, más delgado que la última vez que Samir lo había visto y, sin embargo, igual de firme en esa mezcla de ironía y ternura clínica con la que parecía leer a las personas antes de decidir si merecían diagnóstico o afecto.
—Has tardado demasiado en traer la obra a un sitio donde la gente todavía discute antes de aplaudir —dijo Youssef—. En París a veces hacen lo contrario por higiene.
Samir sonrió con una fatiga que ya no buscaba disimular.
—París me educó mal en algunas cosas.
—Argel no promete curas —dijo Nabila, echándose el bolso al hombro—. Pero al menos no confunde el silencio con salud.
Leïla miró alrededor y asintió.
—Ya mejora —dijo—. Nadie ha usado todavía la palabra «madurez». Si seguimos así, podríamos incluso tener una noche decente.
El espacio no era una galería, ni quería serlo.
Era un patio ancho comunicado con una sala blanca de paredes irregulares, abierto en un extremo a una azotea desde la que se veía la ciudad bajar hasta el mar.
Había sillas desparejadas, cables demasiado visibles, un ventilador ruidoso que no conseguía imponerse al calor y una mesa con vasos, botellas y comida fría que nadie había dispuesto para complacer a un comité.
Las obras de Samir se apoyaban en muros encalados o colgaban de ganchos sencillos, sin la mediación solemne de focos civilizados.
El espacio no las ennoblecía; las obligaba a convivir con cuerpos, con discusión, con temperatura.
La gente fue llegando sin uniforme social claro.
Un profesor de instituto con las mangas remangadas.
Dos estudiantes que discutían ya antes de ver la primera pieza.
Una mujer mayor que traía pan envuelto en un paño.
Un joven médico del hospital donde trabajaba Youssef.
Vecinos, amigos, curiosos, familiares de familiares.
Nadie preguntó por la línea conceptual de la serie.
Nadie fingió una reverencia preventiva. Miraban, se apartaban, volvían a mirar, hablaban entre ellos con la libertad incómoda de quienes aún creen que una obra puede ser contradicha sin por ello dejar de importar.
Samir pasó la primera media hora con una inquietud casi física, esperando sin quererlo el tipo de elogio equivocado al que París lo había acostumbrado.
Pero no llegó. Lo que llegó fue mejor y más duro.
Una estudiante preguntó por qué en esos interiores la luz parecía castigar en lugar de consolar.
Un hombre dijo que una de las habitaciones le recordaba a ciertos despachos donde la cortesía sirve para no nombrar el cansancio.
Nabila discutió con un arquitecto sobre si la belleza de esos espacios era parte del daño o precisamente lo que lo volvía más difícil de resistir.
Youssef, sin prisa, escuchaba y de vez en cuando dejaba caer una observación médica que convertía la conversación en algo más grave sin volverla académica.
En un momento de respiro, mientras Leïla ajustaba una pieza apoyada contra el muro y el patio se llenaba del olor de la noche que subía desde la calle, Nabila se acercó a Samir y habló sin bajar demasiado la voz.
—Ahora sí —dijo—. Ahora estás pintando para gente viva, no para instituciones inmortales.
La frase no lo absolvió de nada. Le devolvió, en cambio, una respiración más honda.
Miró el patio, la azotea, las paredes que no pretendían comportarse, la ciudad visible al fondo como una promesa menos corregida que las del norte.
Comprendió entonces que quizá su destino nunca había sido conservar el centro, sino circular allí donde la fricción humana seguía siendo suficiente para que una obra no se confundiera con adorno.
No había redención completa en ese descubrimiento. Pero sí una forma habitable de sentido.
✽✽✽
Más tarde, cuando el patio se fue vaciando y solo quedaron los más cercanos, subieron a la azotea con una botella a medio terminar, la cámara de Leïla, varias carpetas y el eco todavía caliente de las conversaciones.
La noche del sur tenía una temperatura distinta a la de las ciudades donde todo termina demasiado pronto en interior bien iluminado.
Allí el aire seguía moviéndose entre cuerpos, plantas en macetas, sillas de metal y el rumor remoto del puerto.
Desde el borde se veía Argel extendida hacia el mar con una mezcla de cansancio, sal y vida obstinada que a Samir le pareció de pronto más bella que cualquier perfección.
Leïla empezó a fotografiar las piezas una por una, sin el ceremonial de los catálogos oficiales.
Buscaba ángulos que preservaran la respiración de las paredes, el roce del patio, la sombra de una barandilla o el reflejo de una ventana abierta.
Nabila, sentada en el suelo con las piernas dobladas, iba numerando copias y anotando destinos posibles en una libreta: amigos en Marsella, una residencia en Bruselas, una profesora en Ámsterdam, un primo que podía llevar dos reproducciones al norte sin llamar la atención.
Youssef sostenía algunas hojas contra el viento y comentaba, a media voz, qué rostros del hospital deberían ver ciertos cuadros si el mundo fuera más honesto con sus cansancios.
Samir los observó unos minutos sin intervenir.
Durante años había confundido el control con la forma adulta del cuidado.
Elegir dónde colgar, a quién mostrar, cuánto permitir, cuándo dejar que la obra se volviera legible.
Ver ahora sus imágenes entrar en otra economía —más pobre en garantías, más rica en vida— le produjo primero una incomodidad casi física. Después otra cosa, más rara: alivio.
—Te cuesta verlas irse —dijo Leïla sin dejar de mirar por el visor.
Samir apoyó la espalda en el pretil de la azotea.
—Me costaba más cuando todavía creía que tenían que obedecerme para seguir siendo mías.
Nabila levantó la vista de la libreta.
—Entonces ya has aprendido lo más difícil —dijo—. Que una obra empieza a vivir de verdad cuando deja de comportarse como propiedad.
Samir miró las fotografías apiladas, las copias numeradas, el gesto concentrado de Leïla, la escritura rápida de Nabila y las manos de Youssef sujetando el papel contra la noche.
Entendió que sus imágenes ya no le pertenecían enteramente y que, lejos de empobrecerlas, esa pérdida las acercaba por fin a su destino.
El arte verdadero, pensó, siempre trabaja para un lector tardío.
Quizá por eso necesita aprender a circular primero como rumor, como copia, como legado todavía sin nombre.
Leïla dejó dos reproducciones dentro de un sobre marrón sin cerrarlo del todo; Nabila dobló otras tres con cuidado práctico, no reverente, y anotó un nombre de Bruselas en la esquina superior; Youssef sostuvo una hoja a contraluz antes de entregársela a un estudiante del hospital que la guardó entre apuntes médicos como quien acepta llevar algo que aún no sabe explicar.
Una de aquellas series viajaría años después hacia el norte y caería en manos de jóvenes cuadros administrativos que aún no sabrían qué hacer con la respiración que les alteraba.
Pero esa noche, en la azotea de Argel, bastaba con ver cómo el legado empezaba a existir en objetos concretos: papel, sobres, manos jóvenes, nombres escritos deprisa para que la verdad no perdiera el tren siguiente.