Capítulo 9 — El club del riesgo mínimo
E l sótano reformado olía a humedad reciente, vino barato y pintura nueva aplicada con la esperanza de que nadie mirara demasiado de cerca las paredes originales.
Elise De Smet bajó la escalera detrás de Jonas Keller y tuvo la impresión de estar entrando en una versión menor, obstinadamente burguesa, del peligro.
El edificio había pertenecido durante años a una dependencia administrativa en desuso; alguien con dinero y aburrimiento lo había transformado en club semiclandestino para jóvenes bien educados que necesitaban rozar el borde sin sufrir la grosería de un daño verdadero.
En la puerta de abajo no había portero, solo una lámpara roja, un perchero improvisado y una muchacha con chaqueta de terciopelo que apuntaba nombres en una libreta como si llevar un registro aumentara el espesor de la transgresión.
Dentro, el espacio estaba dividido en pequeñas estaciones de excitación controlada.
Una sala con música demasiado alta para la prudencia habitual de Bruselas, pero todavía demasiado correcta para parecer amenaza.
Un cuarto lateral donde se celebraban juegos de confesión bajo una luz casi inexistente.
El ascensor detenido de la planta superior, convertido ya en pieza fija del repertorio.
Un pasillo estrecho que desembocaba en un patio interior donde algunos corrían por turnos, riéndose con esa intensidad particular de quienes necesitan exagerar el entusiasmo para que la experiencia no se desinfle en el acto.
Todo tenía algo de parque temático para almas perfectamente aseguradas.
Elise sabía que aquello era ridículo. También sabía que el ridículo no agotaba la verdad del lugar.
Lo que la rodeaba era una generación entrenada en la comodidad, la prevención y la buena educación, buscando con torpeza cualquier dispositivo que les devolviera la sensación de que algo todavía podía salirse de cauce.
Había ternura y vulgaridad en partes casi iguales.
Chicos y chicas de familias bien colocadas pagando por oscuridad pactada, por carreras absurdas, por música agresiva que dejara intacta la acústica moral de sus vidas.
Elise los miró con una mezcla de desprecio y solidaridad.
Nadie allí quería destruir el mundo. Solo querían, durante unas horas, dejar de sentirse tan impecablemente contenidos por él.
Miriam Dardenne estaba sentada en el borde de una mesa de ping-pong abandonada, con una copa en la mano y la expresión de quien ha decidido asistir al espectáculo sin prometerle respeto.
Jonas, en cambio, parecía encontrarse en su elemento natural: no porque disfrutara de verdad, sino porque el vacío decorativo del lugar le permitía desplegar su mejor talento, que era convertir el desajuste generacional en una forma elegante de seducción.
—Has venido vestida como si fueras a desaprobarnos con método —dijo Jonas al verla acercarse.
—Alguien tiene que mantener un mínimo de nivel mientras os rebeláis contra la tapicería.
Miriam dejó escapar una risa breve.
—No seas injusta. Algunos de estos chicos han arriesgado mucho. Por ejemplo, llevar una chaqueta arrugada delante de apellidos respetables. Y beber vino malo sin convertirlo en metáfora política.
—Dales tiempo —dijo Elise—. Todavía es temprano para la teoría.
A su alrededor, la noche proseguía con un entusiasmo aplicado.
Una pareja salía del cuarto de confesiones fingiendo un estremecimiento que no convencía ni a ellos mismos.
Tres muchachos regresaban del patio como si acabaran de huir de algo más importante que sus propias pulsaciones.
Alguien anunció que el ascensor volvía a estar operativo para la siguiente ronda de encierros y una pequeña multitud respondió con la gravedad ceremonial de quienes acaban de ser convocados a una liturgia.
Elise sintió de nuevo esa mezcla de ironía y compasión.
Todo era falso. Y, sin embargo, el hambre que lo movía tenía algo desesperadamente real.
Llevaba la reproducción de Samir doblada con cuidado dentro del abrigo, entre el forro y el bolsillo interior.
No había planeado enseñarla tan pronto. De hecho, durante el trayecto hasta el sótano había pensado varias veces en no sacarla.
Le desagradaba la idea de convertir algo que la había inquietado de verdad en una pieza más del entretenimiento de la noche.
Pero cuanto más avanzaban las horas y más visible se hacía el cansancio elegante del simulacro, más empezó a sentir que aquella imagen no pertenecía al mismo orden de cosas.
Jonas, apoyado ahora en un pilar desconchado con una copa nueva en la mano, observó la cola que se formaba junto al ascensor y dijo en voz lo bastante alta para que lo oyeran los cercanos:
—Lo más humillante no es que tengamos que pagar por sentir algo. Es que encima lo hagamos con reserva previa. Si al menos incluyeran una pequeña catástrofe con la entrada, podría llamarse servicio.
Elise metió la mano en el abrigo y sacó la reproducción sin anunciarla.
La desplegó sobre la mesa de ping-pong, apartando con dos dedos una copa vacía y una cajetilla de tabaco.
Miriam fue la primera en inclinarse. Jonas tardó un segundo más, quizá porque su instinto le advirtió enseguida que aquello no iba a dejarle margen para la pose.
La imagen mostraba una estancia impecable y, en esa perfección, algo peor que el vacío: una vida detenida sin violencia visible, como si hasta el deseo hubiera aceptado comportarse.
Durante unos segundos, el sótano siguió sonando igual.
Luego, de una forma casi imperceptible, el ruido alrededor empezó a perder autoridad.
Dos personas se acercaron desde el pasillo.
Uno de los muchachos que esperaba turno para el ascensor dejó de mirar hacia la puerta.
Incluso la muchacha de la libreta en la entrada asomó la cabeza, atraída no por un escándalo, sino por el raro silencio que se estaba formando.
La noche entera, tan entregada hasta entonces a su propio teatro, había encontrado algo que no sabía convertir enseguida en juego.
Miriam pasó el dedo a unos centímetros del papel sin tocarlo.
—Esto no quiere divertirnos —dijo Miriam—. Qué falta de educación por su parte.
Elise levantó la vista y vio en los demás algo que no había aparecido en toda la noche: vergüenza, atención, hambre sin adorno. Miriam la miró con una seriedad inhabitual.
—Déjamela —dijo—. Tiene que seguir moviéndose.
✽✽✽
Después, la copia empezó a viajar con la lógica irregular y precisa de las cosas que todavía no organizan una red, pero ya han encontrado una necesidad.
Pasó de las manos de Miriam a las de un estudiante de arquitectura que la llevó enrollada en una carpeta de planos hasta un café de Amberes.
De allí siguió hacia Ámsterdam en el bolso de una violinista cansada de tocar para recepciones correctas.
Apareció unos días después en una residencia universitaria donde alguien la clavó con chinchetas sobre una pared de yeso y la dejó dos noches enteras frente a un grupo de muchachos demasiado jóvenes para saber aún qué hacer con la desolación elegante que irradiaba.
Nadie hablaba de revolución. Ni siquiera de programa.
Hablaban, en el mejor de los casos, de una respiración extraña que la imagen les alteraba por dentro.
En Bruselas volvió a aparecer en pisos impecables donde el alcohol no lograba ya producir suficiente desorden, en mesas de biblioteca donde circulaba entre apuntes de derecho y teoría política, en trenes nocturnos donde dos desconocidos la miraban sin hablar durante un rato excesivo antes de devolvérsela al tercero que la transportaba.
Cada nuevo lector añadía una interpretación y, sin embargo, todas giraban alrededor de una intuición común: aquel interior inmóvil no denunciaba una catástrofe visible, sino algo más difícil de combatir, la educación perfecta de una asfixia.
El aparato comenzó a notar el rumor antes de comprenderlo.
No había manifiestos, ni pintadas, ni reuniones con nombres altisonantes.
Solo comentarios sueltos en residencias, menciones laterales en cafeterías, una imagen fotocopiada en un escritorio donde no debería estar, un pequeño cambio de tono en ciertas conversaciones de jóvenes demasiado bien formados.
A falta de una categoría mejor, algunos informes menores hablaron de «circulación estética de baja intensidad».
La fórmula tranquilizaba mucho y explicaba poco.
Michel oyó los primeros ecos en un seminario interno sobre clima generacional y formación de cuadros.
Un director adjunto comentó con ironía un «fetichismo melancólico» que empezaba a circular entre becarios.
Otro mencionó una imagen parisina recurrente en ciertos entornos universitarios, todavía sin nombre fijo ni valor políticamente significativo.
Michel escuchó sin intervenir, con esa atención silenciosa que en él siempre había indicado algo más que interés técnico.
No preguntó de inmediato. Le bastó una vaga descripción para notar el mismo ajuste en el estómago que ya asociaba al expediente de AC-Σ y al llanto en el pabellón: la sensación de que algo estaba empezando a conectar generaciones antes de encontrar todavía su lenguaje completo.
Días después la vio. No en un expediente ni en el despacho de Colette, sino en manos de un becario joven del aparato transnacional que esperaba el ascensor con una carpeta mal cerrada.
La reproducción asomaba apenas entre apuntes, doblada por la mitad, ya gastada en las esquinas por el uso y el viaje.
Michel la reconoció al instante. El muchacho, al notar su mirada, intentó guardarla con una mezcla de pudor y desafío, como si no supiera todavía si estaba infringiendo una norma o inaugurando una sensibilidad.
Michel no dijo nada. Solo sostuvo la vista un segundo más de lo razonable y comprendió que la imagen había salido ya de cualquier perímetro controlable.
No podía saber entonces qué harían esos jóvenes con lo que la obra estaba empezando a abrir en ellos.
Solo supo que la circulación había dejado de ser anecdótica.
La copia seguía pasando de mano en mano, silenciosa, imprecisa, sin organización visible y con una eficacia que ningún comité habría sabido diseñar.
Años más tarde, uno de aquellos muchachos sería alguien importante para la historia que aún no había empezado del todo.
Pero en ese momento no era más que eso: un rostro joven, una carpeta mal cerrada y una pregunta que ya no obedecía con la antigua gratitud.