La Habitación Perfecta (El Protocolo de Absorción 3) Capítulo 2 — París, la ciudad que seduce
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Capítulo 2 — París, la ciudad que seduce

P arís sabía posar incluso cuando nadie la miraba.

Samir Benkacem pensó eso al salir del taxi y decidir hacer a pie el último tramo hasta la galería.

El cielo de otoño tenía una palidez estudiada; no amenazaba lluvia, pero dejaba sobre la piedra una humedad fina que volvía más profundas las cornisas, más nobles las aceras, más indulgentes las fachadas.

Las terrazas de la rive gauche ya estaban llenas de gente que parecía haber ensayado durante años la manera exacta de inclinarse sobre una taza, de encender un cigarrillo, de fingir que no escuchaba la mesa vecina.

Incluso los camareros se desplazaban con una economía de movimientos que rozaba la coreografía.

París no embellecía la vida: la corregía hasta volverla presentable.

Samir llevaba el abrigo abierto y una bufanda oscura suelta al cuello.

Iba sin prisa, aunque llegaba tarde para cualquier estándar razonable.

No le preocupaba. En París, a ciertas personas no se las esperaba pese a lo que dijera la hora; se las aguardaba como parte del decorado.

Había aprendido a moverse dentro de esa cortesía desde hacía años y, aun así, aquella tarde la sintió más evidente que de costumbre.

Las librerías de cristal tenían los escaparates dispuestos como altares laicos.

Los taxis parecían deslizarse sin peso. Desde algunas ventanas salía una luz cálida, tan bien medida que casi resultaba ofensiva.

Todo anunciaba una ciudad convencida de que la belleza, si se administra con suficiente elegancia, puede confundirse con la verdad.

O con un excelente servicio de relaciones públicas.

Debería haber estado satisfecho. La exposición era importante.

Había ministros culturales confirmados, prensa continental, dos coleccionistas que nunca compraban sin pedir permiso al clima general y una galería dispuesta a llamarlo madurez a cualquier concesión que vendiera bien.

Samir conocía ese lenguaje; durante mucho tiempo incluso le había parecido un premio justo.

Trabajaba mucho. No era un improvisado. Había pagado con horas, con hambre y con humillaciones discretas la posibilidad de exponer en salas donde nadie subía la voz.

Y, sin embargo, bajo aquella satisfacción legítima, algo se había ido enrareciendo.

No era desdicha. Era peor: una asfixia suave, el presentimiento de que la ciudad ya no le exigía verdad, solo una belleza utilizable.

La vio antes de oírla. Leïla Haddad estaba apoyada en la verja baja de un edificio, fumando con una paciencia irónica que en ella siempre había sido una forma de puntería.

Llevaba un abrigo claro, demasiado ligero para la estación, y sostenía la boquilla entre dos dedos como si no le debiera nada al frío.

—Has elegido una ciudad muy discreta para convertirte en institución —dijo ella cuando Samir llegó a su altura.

—He intentado evitarlo. Pero París insiste en premiar mis defectos.

Leïla lo miró de arriba abajo sin disimulo. No era una mirada tierna ni hostil; era peor. Conservaba memoria.

—París ya no quiere genio —dijo, acercándose lo suficiente para que él notara su perfume limpio, casi seco—. Quiere obras que se comporten bien en una pared cara. Si además combinan con el sofá, te canonizan en vida y te arruinan para todo lo demás.

Samir siguió andando sin contestar. Leïla caminó a su lado con la naturalidad insolente de quien no pide permiso para entrar de nuevo en una vida.

Entre ambos persistía una vieja tensión sin resolver, hecha de deseo diferido, orgullo y una intimidad que nunca había sabido domesticar del todo.

Él recordaba con excesiva precisión la forma en que Leïla sabía arruinarle la autocomplacencia con una sola frase.

También recordaba otras cosas. La curva de su espalda en una habitación a media luz.

Su manera de reírse sin alegría cuando alguien decía algo verdadero demasiado tarde.

La sequedad casi misericordiosa con la que lo había dejado la última vez.

Encontraron a Adrien Solal en la terraza de un café, solo, con una libreta cerrada y un vaso de vino que aún no había decidido si merecía respeto. Levantó dos dedos al verlos acercarse y pidió otra silla sin consultarles, como si el azar fuera una forma menor de mala educación.

—Aquí está el héroe de la noche —dijo Adrien—. Te felicito por adelantado. Así evitamos que el evento nos quite tiempo para el cinismo.

—Siempre tan generoso —dijo Samir.

Adrien se encogió de hombros.

—La cultura oficial se ha vuelto admirable —dijo—. Eso es lo inquietante. Ya ni siquiera miente con mal gusto. Dentro de poco habrá que agradecerle también el vino. Y la temperatura del vino. Y la intención civilizatoria del corcho.

—No exageres —dijo Leïla—. Aún quedan algunos salones capaces de cometer una vulgaridad memorable.

Adrien sonrió, pero no con los ojos. Samir pensó que París hacía eso con la gente inteligente cuando la temporada se alargaba demasiado: les limaba el entusiasmo hasta dejarles una ironía brillante, muy útil para circular por recepciones.

Pagaron, siguieron andando y, al despedirse, Adrien estrechó el brazo de Samir con una fraternidad fatigada.

Mireille Vautrin los esperaba ya cerca de la galería, bajo el toldo de una tienda cerrada. Su elegancia tenía algo térmico: no deslumbraba, regulaba. Llevaba guantes color marfil y una expresión de bienvenida cuidadosamente desprovista de necesidad.

—Querido —dijo a Samir, besándolo en ambas mejillas—. Esta noche París va a estar a tu altura, que no siempre es el caso.

—Espero que sobreviva.

Mireille apoyó una mano en su antebrazo con la autoridad suave de quien ha protegido a muchos hombres de sí mismos.

—Va a ir bien —dijo—. Has encontrado una forma madura. Sólida. Serena. Eso también es valentía, aunque los jóvenes se empeñen en llamar cobardía a todo lo que no sangra. Y aunque algunos críticos, en privado, prefieran llamarlo estabilidad decorativa.

Samir le dio las gracias con una inclinación mínima.

Sabía reconocer un elogio cuando llevaba dentro una jaula tapizada.

Leïla se había apartado unos pasos y fumaba de nuevo, mirando la puerta de la galería como si ya conociera el interior por adelantado.

Samir levantó la vista hacia los ventanales iluminados y sintió algo parecido al vértigo, pero sin su nobleza.

Tal vez iba a triunfar demasiado. Pensó eso justo antes de entrar, y el pensamiento le dejó en la boca un sabor metálico, impropio de una noche hecha para el champán.

✽✽✽

Dentro, todo estaba dispuesto para que la admiración circulara sin tropiezos.

Mármol claro en la entrada. Tela oscura en los paños laterales.

Focos suaves que no violentaban ninguna superficie.

Copas estrechas. Murmullo educado. Dos funcionarios del ministerio hablaban con la gravedad ligera de quienes administran prestigio ajeno.

Una periodista italiana sonreía a un escultor que llevaba quince años diciendo la misma frase con distinto pañuelo.

Las obras de Samir colgaban en una secuencia impecable; desde lejos ofrecían equilibrio, oficio, contención.

Desde demasiado cerca empezaban a verse también otras cosas, pero esa noche la mayoría del público no parecía interesada en acercarse tanto.

Mireille inauguró la velada con una breve intervención en la que pronunció las palabras «madurez», «síntesis», «civilización visual» y «serenidad contemporánea» con una convicción tan bien entrenada que casi lograba volverlas soportables.

Después habló un secretario de Estado de Cultura sobre el deber de las artes de acompañar la paz sin ceder a la nostalgia del caos.

Hubo aplausos. Samir escuchó su propio nombre repetido varias veces, cada vez más pulido, cada vez menos suyo.

Un diplomático felicitó a Mireille por la temperatura moral de la sala, expresión que Samir decidió no intentar comprender para no estropearse la noche antes de tiempo.

Se dejó conducir de grupo en grupo. Dio manos, inclinó la cabeza, aceptó felicitaciones por la contención de su paleta, por la inteligencia compositiva, por esa renuncia tan noble al exceso sentimental.

Una mujer con collar de ónice le dijo que sus cuadros «descansaban la mirada».

Un profesor suizo celebró la disciplina interna de las formas.

Un joven diplomático, impecable y pálido, comentó que aquellas habitaciones parecían hechas para pensar sin interferencias, como si el aire mismo hubiera aprendido a comportarse.

Samir notó cómo algo se le tensaba por dentro con cada cumplido.

No porque fueran injustos. Porque eran exactos desde el ángulo equivocado.

Al otro extremo de la sala, Leïla lo observaba apoyada en una columna.

No llevaba copa. No fingía sociabilidad.

Cada vez que alguien se detenía ante una obra y sonreía con alivio, ella parecía registrar una pequeña derrota.

Cuando sus miradas se cruzaron, Samir leyó en la suya algo peor que el reproche: reconocimiento.

Leïla sabía que él había conseguido belleza amputada.

Sabía también que él empezaba a saberlo.

La joven apareció cuando la noche ya había entrado en esa fase en la que los invitados importantes empiezan a relajarse porque creen haber entendido la sala.

Samir la vio acercarse sin reconocerla. Tenía el pelo recogido con una prisa firme y una forma de mirar los cuadros que no parecía ni reverente ni agresiva, solo despierta.

Llevaba un abrigo demasiado sencillo para el lugar y una libreta bajo el brazo.

Cuando se detuvo ante una de las piezas centrales, no buscó enseguida la cartela. Miró primero la pintura. Luego a él.

—¿Es usted Samir Benkacem?

—A ratos.

La joven asintió, como si la ironía no la distrajera de lo esencial.

—Quería preguntarle una cosa —dijo—. ¿Su obra está pintada desde la nostalgia de algo que este mundo no permite vivir? Porque si no, la sala la está entendiendo fatal.

Durante un segundo, el murmullo de la galería siguió igual y, sin embargo, Samir sintió que la temperatura había cambiado.

Miró el cuadro junto al que estaban: una estancia impecable, un sofá bajo, una puerta entreabierta hacia ninguna promesa, un cuerpo apenas insinuado en un ángulo donde la composición obligaba a descubrirlo tarde.

Había trabajado mucho para que aquella tela no gritara.

La pregunta de la joven le devolvió, de golpe, todo lo que había callado para hacerla admisible.

—¿Cómo se llama? —preguntó.

—Nabila Serhani.

Samir repitió el nombre en silencio. Leïla se había acercado lo bastante para oír la pregunta, no la respuesta.

Desde la otra punta de la sala, Mireille seguía sonriendo a un subsecretario.

Adrien conversaba con una coleccionista como quien intercambia dos formas distintas de aburrimiento.

Y, sin embargo, la única presencia que de pronto le importó fue la de aquella estudiante argelina que había formulado en voz baja lo que toda la noche había estado evitando decirse.

Comprendió entonces que quizá su verdadero público no fuera el oficial. O no todavía.

El resto de la inauguración transcurrió con una perfección casi insultante.

Se vendieron dos piezas. Un cronista prometió una reseña generosa.

Un ministro le apretó la mano con la gravedad de quien agradece un servicio público.

Al despedirse, Mireille le susurró que había sido una noche impecable.

Samir asintió. Afuera, París seguía igual de hermosa, igual de disponible para el autoengaño.

Volvió a casa solo, en taxi, viendo pasar puentes, escaparates y ventanas cálidas que parecían conocer de antemano la postura correcta de cualquier tristeza. También la iluminación adecuada.

En el estudio no encendió todas las luces.

Dejó solo la lámpara de trabajo y se quitó el abrigo sin colgarlo.

Sobre la mesa había varios bocetos de los últimos días, entre ellos uno que no había querido mostrar a nadie: más crudo, menos obediente, una habitación demasiado quieta para resultar decorativa, un cuerpo casi presente y casi borrado por la composición.

Lo miró un momento con la fatiga agria de quien reconoce una cobardía exacta.

Luego lo rompió en cuatro, después en ocho, y dejó caer los fragmentos en la papelera.

Se quedó inmóvil unos segundos, con las manos vacías a ambos lados del cuerpo. Después se agachó, metió la mano en la papelera y fue sacando los trozos uno por uno, con una delicadeza casi vergonzosa, como si estuviera recogiendo algo que todavía respiraba.