Capítulo Cincuenta y Dos
Evie
Oigo llanto a través de la puerta.
Llamo suavemente.
—¿Steph?
Como no contesta, entreabro la puerta.
—¿Puedo entrar?
Steph está sentada, mirando su reflejo. El velo de novia le cuelga torcido sobre la cabeza. Tiene las mejillas húmedas. Su dura fachada ha desaparecido.
—Oh, cariño —digo, acercándome por detrás—. No llores.
Steph habla mirando al espejo.
—He soñado con llevar este velo desde que era niña. Era de mi abuela. La misma cuyo anillo llevas tú.
Ajusto el velo y extiendo la organza.
—Mañana lo llevarás en tu boda.
Steph niega con la cabeza.
—Qué vergüenza. Todos nos vieron discutir.
—Las parejas discuten a veces.
—¿En el fin de semana de su boda?
—Claro. Las bodas son maravillosas, pero también muy estresantes.
Sus ojos entrecerrados me dicen que no me cree.
—Brad está locamente enamorado de ti.
—No lo dirías después de esa pelea.
Inclino la cabeza.
—¿De verdad dudas de que te quiere?
Steph niega con la cabeza.
—No, pero la fastidié a lo grande. Me pidió que no trajera a mis compañeros del FBI, pero no le hice caso. Supongo que se pasaron de entusiastas. Ahora toda la familia de Brad me odia.
—Cuando me fui, el abuelo de Brad se estaba riendo de algo que había dicho Adam.
Steph me mira, esperanzada.
—¿De verdad?
Asiento.
—Todo va a salir bien. Tu boda será increíble. Volvamos a la fiesta. Me muero por saber cuál era la otra cosa que querías que tuviera tu marido.
Steph sonríe.
—Adam no va a contar esa historia.
—Oh, sí que lo hará.
Nos reímos juntas.
Steph se seca los ojos.
—Ahora tengo que rehacer el maquillaje.
—Solo necesitas un retoque. Déjame ayudarte.
Giro la silla de Steph para que me mire y me pongo manos a la obra.
Cuando terminamos, Steph está más tranquila.
—Gracias, Ronna. Puede que te cueste creerlo, pero no tengo muchas amigas. Mis damas de honor son más bien conocidas que se ofrecieron a ayudar, no amigas íntimas.
—Eso es porque eres una mujer fuerte y directa.
—Intimidante.
Sonrío.
—Claro, eso también. No todo el mundo sabe apreciarte. Pero eso es precisamente lo que te hace tan especial.
Steph sonríe, esta vez de verdad.
—¿Sabes qué? Serías una madre estupenda.
Me sonrojo.
—Gracias.
—Sé que es una locura, pero ¿puedo pedirte algo?
—Claro.
—¿Serías mi dama de honor? No tengo hermana ni mejor amiga, nadie a quien quisiera pedirle que asumiera esa responsabilidad. A estas alturas solo sería un título, pero aun así.
Trago saliva con dificultad, emocionada. Y culpable.
No tiene ni idea de quién soy en realidad.
Pero los ojos recién delineados de Steph me suplican. De perdidos al río...
Retiro con cuidado el velo de la cabeza de Steph y lo dejo a un lado.
—Por supuesto. Sería un honor.