Bonus final
Dos meses después
—Todos los que tenían una gran conexión con Nacho han muerto —informa Pablo—. Eso incluye a sus hijos, esposa, tíos, primos, ¡a todos!
—No queda ningún vínculo con él, ni siquiera con Perez —añade Verdugo.
—Tengo que hacer una pregunta, aunque no queráis responder —los dos hombres miran a Ignácio, una especie de «nuevo Perez» de la Doce—. ¿Estás seguro de que ni Natasha ni el ruso te vieron? ¿De que nunca oyeron hablar de ti?
—A todos los efectos, aquí y allí soy Pablo Santos, miembro de la Doce al que Nacho envió para conseguir noticias. Nada más.
—No hablo de eso, Pablo. —Ignácio se burla del nombre—. Hablo de tu cara...
—¡No les enseñé mi cara, joder! —«Pablo» se irrita porque lo están tratando como a un novato—. Llevo décadas en esto. Sé entrar y salir sin que me vean.
—¿Igual que Jorge también sabía? —Verdugo arquea una ceja.
—Jorge intentó culpar a su ex pensando que así ella sufriría más. Pero esa Safira fue capturada y el cartel quiso escucharla. Cassio fue quien la salvó; si no hubiera sido por eso, ahora mismo estaríamos al mando.
—El mando sigue con Anthony y después pasará a Julio —Verdugo piensa durante un momento—. Deberíamos dejar esta historia atrás. Jorge sigue encerrado a día de hoy, ya debe de haberse vuelto loco...
—¡No! —Ignácio habla en voz alta—. Nos hemos gastado una puta fortuna, entregamos las cabezas de Nacho y Perez, ¡acabamos de aniquilar toda su dinastía! No todo el grupo sabe eso. Si descubren que traicionamos a la familia, estamos jodidos. Ahora que hemos empezado, tenemos que continuar.
—Además, queráis o no, secuestrasteis a Natasha. —Miran a Pablo, que es quien habla—. Cassio todavía quiere venganza. Solo no ha hecho nada porque, técnicamente, está centrado en Jorge como principal culpable.
—Y tú también eres culpable —Ignácio acusa a Pablo—. Puedes decir lo que quieras, puedes intentar decir que nosotros tenemos más culpa, pero piénsalo bien...
—¿Ahora vamos a volvernos unos contra otros?
—Pablo abre los brazos—. Lo que intento decir desde el principio es que Natasha no vio mi rostro, pero el ruso es inteligente y sigue por ahí.
—Baja los brazos—. Si en algún momento va detrás de esa mujer, la información llegará hasta él y comprenderán lo que ocurrió o, como mínimo, notarán que hay algo raro.
—Jorge no contó nada —dice Ignácio—. No tienen mucho que pensar, y el ruso tampoco tiene motivos para buscar a esa mujer.
—En realidad sí los tiene —dice Pablo con calma, mirando a los dos hombres que tiene delante—. Acabo de enterarme de que Natasha ha tenido gemelos y, por las fechas, se quedó embarazada durante el secuestro.
—¡Joder! —Verdugo se lleva las manos a la cabeza.
—El ruso es el padre —continúa Pablo—. Si descubre quién es Natasha, irá tras ella y entonces puede contar muchas cosas, incluida la forma en que murió Nacho.
—Entonces, ¿tenemos que matar a Natasha o al ruso? —pregunta Ignácio.
—Preferiblemente a los dos —responde Pablo.
Verdugo se limita a observar la discusión que se desarrolla a continuación, comprendiendo que, una vez más, quizá él no sea el futuro líder de la Doce, sino otro hombre con una diana en la espalda, destinado a morir sin que nadie sepa la verdad.
Sin embargo, la verdad es que él mató a Helena y participó en el secuestro de Natasha.
Quiera o no, también tiene mucha culpa y muchos motivos para morir a manos del cartel.
Por otro lado, mirando a esos dos hombres frente a él, Ignácio era el operador de Jorge en el país, futuro marido de Camila, su «hombre de los recados». No puede ser considerado un traidor, porque nunca perteneció al cartel. En cuanto a Pablo...
—¿Estás pensando en algo? —pregunta Pablo—. Ilumínanos con tus pensamientos.
—No —responde Verdugo—. Solo pensaba en formas de matar a Natasha, pero creo que estará metida en una fortaleza. Nuestra mejor oportunidad es encontrar al ruso. Y tú, «Pablo», no debes aparecer nunca delante de Natasha, porque si consiguió huir, no dudo que te haya visto en algún momento.
—Tiene razón —coincide Ignácio—. Creo que tú estás más jodido que todos nosotros. Nosotros ya somos enemigos, pero tú... —se encoge de hombros, casi burlándose de la situación de su «aliado»—. Podrías acabar como Jorge, o incluso peor.
Continúa en el libro 3...