La familia que el mafioso viudo rechazó (Cartel de los García n°2) Capítulo 69
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Capítulo 69

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—¡Estoy segura de que os van a encantar las clases! —les digo a Nico y Gui, que me miran con el ceño fruncido.

—Quiero quedarme en casa. —Los ojos de Nico buscan los míos y me sonríe dulcemente.

—Pero os quedaréis en casa. Estudiaréis aquí mismo.

Su sonrisa desaparece y vuelve a fruncir el ceño.

—No sé de qué te quejas, Nico. Lo máximo que harías en la escuelita sería cantar, dibujar y aprender «a, e, i, o, u». Ni siquiera has llegado a la parte aburrida. Y mira que hasta tenéis la hora de la siesta. Sinceramente, no sé por qué los niños se quejan de eso.

—Puedo dormir en casa, cantar en casa y aprender a leer en casa, sin profesores —replica Gui.

Está en la sangre. Nico y Gui son García, y solo los García conocen la dificultad de llevar a un niño a clase. Todos los chantajes emocionales, los lloros sin sentido, las enfermedades inventadas. Creo que somos alérgicos a los sistemas educativos.

Ahora que hemos atrapado a Jorge, ha llegado el momento de tener una vida normal, y eso incluye el colegio. Claro que serán clases particulares, con profesores cuya vida investigaré por completo para garantizar nuestra seguridad.

—¡Mira lo que hice ayer! —Gui coge el cuaderno para enseñarme un dibujo que me hace reír—. Mi madre dice que es exagerado. Te ha gustado, ¿verdad?

—¡Me encanta! —Vuelvo a mirar el dibujo—. Jade nunca había sido representada con tanta fidelidad.

El dibujo consiste en un Julio alto lleno de garabatos por el cuerpo, que representan mis tatuajes.

Gui y Nico son los más normales de todos y Jade...

Ah, ¡Jade! Jade tiene dos bolas enormes en el culo, y cuando digo enormes, son enormes de verdad, hasta parece real.

Y además tiene dos pelotas de tenis como pechos.

—Mi madre dijo que ella no tiene nada que ver con este dibujo.

—Está ciega, no hay otra explicación. —Me levanto del sofá y ellos me siguen hasta la cocina, donde saco cinta adhesiva de un cajón y pego el dibujo en la nevera—. Listo. Una obra de arte expuesta.

—A mi madre no le va a gustar —murmura Nico.

—Algún día se acostumbrará. —Vuelvo a mirar a Nico—. Y entonces, ¿de qué trata el dibujo de tu futuro?

Me enseña el dibujo de un camión.

—¿Vas a ser camionero?

—Camión que lleva coches y tractores.

—Con el dinero que tenemos, podemos comprar una empresa entera llena de camiones.

—¿Se puede comprar un muñeco grande de Iron Man que se ilumine y haga sonidos? —pregunta Gui.

—Sí, se puede.

—¿Chocolate? —pregunta Nico.

—Sí.

—¿Y cosas para hacer lasaña todos los días? —Gui está a un paso de saltar de alegría.

Me encanta decirles que pueden comprar varios camiones y que ellos no entiendan que, si podemos comprar camiones, también podemos comprar esas cositas pequeñas que han mencionado.

—Con el dinero compramos muchas cosas. —Hasta personas, si tienen un precio—. Pero tenemos que ser humildes.

—Mira, alguien transmitiendo valores morales a los niños. —Jade entra en la cocina después de llamar a su madre—. Me gusta. Pensaba que les enseñarías tonterías como Pedro.

—Simplemente no me va lo de Juliett.

—¡Gracias a Dios!

—El tío Pedro dijo que Juliett es el mejor invento del hombre. —Miro a Gui—. Junto con hacer ruido de moto.

—¡Ah, pues eso sí que no! —dice Jade en voz alta—. ¡Ni gafas feas ni el ruido insoportable de una moto!

—¿Puedo pintarme el pelo de azul como los Youtubes? —Gui tiene una mirada esperanzada.

Jade parece medio indignada al ver tanta moda rara a su alrededor.

—Señor del cielo, ¿qué harías sin mí, Julio?

—Probablemente a los doce años Gui llevaría pendientes, el pelo de algún color distinto, iría por ahí cazando jovencitas...

—Pero yo no quiero cazar a la tía Mari. —Gui hace una mueca—. Suena raro.

—Ah, claro, Pedro llama así a Mari. —Ahora recuerdo ese detalle, su apodo supercariñoso para su esposa: «Jovencita deliciosa».

—¿Por qué está este dibujo aquí? —Jade coge la hoja que estaba pegada a la nevera—. ¡Julio!

—¡Me ha parecido bonito! ¡Hay que exponerlo!

—Pero esto no se parece en nada a mí. —Enseña el dibujo—. No sé por qué insistís en representarme con bolas en ciertos sitios.

—Mi padre dijo que dibujara a la familia como es. —Gui levanta las dos manos a la altura de los hombros y después las mueve.

—¿Y qué opinó tu padre de esto?

—Se rio.

—¡Esto es bullying contra mi persona, Julio!

—A mí me parece lo mejor del mundo entero. Los dibujos y la realidad.

—¡Julio, cállate!

Odia mis dobles sentidos, aunque los niños nunca entienden nada de lo que quiero decir.

—Haremos un mural para exponer dibujos. Creo que es mejor que ponerlos en la nevera y que tú seas el chiste de la casa. Aunque yo prefiero la nevera.

—Mural. Ni siquiera me gustan los imanes de nevera. Esta nevera, de acero inoxidable, con dos puertas grandes, side by side, agua en la puerta y una pantalla gigante, siempre fue mi sueño de consumo. No vamos a llenarla de cosas y quitarle el brillo a esta preciosidad.

—Siempre olvido que eres una auténtica ama de casa.

Jade intentó no demostrarlo, pero percibí su felicidad desde la primera casa en la que vivimos.

Su alegría al ver tantas ollas de buena calidad, la cocina táctil, una «isla» en la cocina, una batidora que gira mientras mezcla la masa...

Ella sabe el nombre de todas esas cosas.

Yo solo sé decir para qué sirven, nada más.

¿Y qué decir de la enorme puerta de madera de la entrada?

Pero es lo que hay: yo crecí teniendo todo eso, para mí es normal, no supone ninguna novedad.

Sin embargo, me encanta ver el brillo en sus ojos cada vez que descubren algo nuevo.

Gui y Nico son iguales, solo que en su caso tiene más que ver con la piscina, la bañera, los juguetes y algún aparato electrónico.

También pienso que Jade podría haber vivido todo esto, pero, por desgracia, Jorge se lo arrebató. Y ahora lo paga todo.

—Algún día voy a tener celos de esa nevera —susurro, observando cómo limpia con muchísimo cuidado cualquier resto del pegamento de la cinta.

—Lo siento, Julio, pero esta nevera es como un cumplido. Es la cosa más maravillosa.

—¿Y la puerta? —pregunta Gui.

—También es perfecta.

—¿La bañera que hace burbujas? —pregunta Nico.

—También es espectacular. Igual que mi tesoro, que estaba esperándome para que lo usara. —Señala la batidora—. Y encima es roja.

—Me parece increíble cuánto amas esas cosas, pero ignoraste todo el lujo de todas mis casas y mis coches.

—No ignoré el lujo de las casas. Me pareció exagerado tener trece habitaciones para una persona, que eras solo tú en aquella época, y sigue siendo exagerado. Igual que tener una sauna y no entrar nunca.

—Si esa mierda se bloquea, Jade, la persona muere sin aire.

—¡No digas palabrotas delante de los niños!

—Pero, Jade, ¿nunca viste «Destino final»? ¿La cabina de bronceado? Es como eso, pero en una sauna.

—Entonces, ¿por qué mandaste construir una sauna que no se abre por dentro?

—No fui yo, fue quien diseñó la casa.

—También conocido como ingeniero y arquitecto.

—Exactamente. Pero es la única habitación de la casa cuya visita me ahorro, y tampoco me apetece mandar cambiar la cerradura.

—¿Seguro que es el único lugar cuya visita te ahorras? Ni siquiera sabes dónde está la escoba.

—¿Por qué tendría que saberlo si no la uso?

—Ay, Julio. —Suspira—. Espero que hayas abandonado tu idea de construir una isla en la piscina de nuestra casa definitiva.

—¡No! —gritan los niños, porque también adoran mi idea.

—¡Claro que no, Jade! Es la mejor idea que he tenido. Ya verás, quedará tan perfecto que pensaremos que estamos en el Caribe. Tengo todo pensado para esa gran reforma. Cuando nos mudemos a nuestra casa de verdad, tendremos un oasis.

—¿Sigo pensando como pobre o simplemente tengo sentido común con el dinero?

—Mira, el dinero que tengo alcanza hasta para mis tataranietos.

Déjame gastar en mis caprichos, incluidos mis quads motorizados y más potentes que cualquier otro.

Y, aparte, el coche más nuevo que saldrá dentro de poco.

Y sí, Jade, ya estoy negociando. Solo fabricarán cinco y quiero uno para llamarlo mío. Para decorar mi garaje.

—Un coche de adorno. ¿Cuándo habría imaginado yo algo así?

—Tú coleccionas cosas aburridas para la casa, yo colecciono coches increíbles y exclusivos.

—Yo no colecciono cosas aburridas para la casa.

—Compraste un montón de paños de cocina.

—¡Tú no tenías paños de cocina!

—¿Para qué? Todo se seca en algún momento, y basta con coger cualquier trapo. No hace falta uno específico para eso.

Jade se pone las manos en la cintura y se ríe.

—Estoy feliz de que estemos bien, hablando con tanta normalidad —murmura—. Y por eso tenemos dos noticias que contaros, chicos. —Se acerca a mi lado—. La primera es que hoy visitaremos a Safira. Conocerás a tu abuela, Gui. —Él celebra—. Y la segunda es que vais a tener un hermanito.

—¿Dónde está? —preguntan los dos al mismo tiempo, ya queriendo echar a correr para buscarlo, pero les ordeno que se detengan.

—Está aquí. —Coloco la mano sobre el vientre de Jade.

—¿Te lo has comido? —Gui está aterrorizado, igual que Nico, que abre los ojos de par en par.

—No, no me he comido a nadie.

—A ti sí que te comieron. —Se lo digo al oído, solo para que ella me escuche, y recibo un codazo fuerte en las costillas.

—Así es como se hacen los bebés. Se queda en la barriga de la madre...

—¿Cómo? —lo más sorprendente es que Nico hace esa pregunta.

—Una semillita...

—¿Dónde consigo la semilla? —pregunta Gui.

—En la adolescencia —respondo—. Pero vosotros no pondréis ninguna semilla en ninguna chica durante la adolescencia. Si es posible, solo después de los treinta. No quiero ser abuelo pronto.

—¿Cómo se convierte una semilla en nuestro hermano?