La familia que el mafioso viudo rechazó (Cartel de los García n°2) Capítulo 62
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Capítulo 62

Se me llenan los ojos de lágrimas, quiero llorar por tener a Júlio de nuevo, porque estamos bien, porque nos hemos perdonado.

—Siento muchísimo todo lo que te hice. —Me coge las manos y besa cada una—. Lo siento de verdad. Sé que te hice daño, que fui una persona horrible contigo. Debería haberte apoyado...

—Le diste un puñetazo en la cara a Jorge para defenderme, y sabemos que solo no le diste más porque te sujetaron.

—Se ríe—. Y lo hiciste porque me abandonó.

Imagino cómo tenías la cabeza cuando me viste defendiendo a Safira; al fin y al cabo, hablé fatal de ella y era verdad, fue mala en muchísimos momentos.

Pero vi sinceridad en ella. Durante los últimos meses que viví con Safira conseguía distinguir la manipulación de la sinceridad, y allí solo vi a una mujer perdida, acorralada, asustada y vengativa, pero al mismo tiempo había cierto arrepentimiento, y creo que tiene que ver con haberle quitado la vida a una persona...

—Pecado.

—Exacto. Allí, viendo su sufrimiento, no conseguí darle la espalda, jamás lo habría hecho. Y, sinceramente, me arrepiento de lo que te dije, pero no me arrepiento de haberme quedado a su lado.

Sonríe y me coloca un mechón de pelo detrás de la oreja.

—Y tienes razón. Si no hubiera sido por tu fuerza, si Cassio no hubiera estado a tu lado, quizá nunca hubiéramos puesto el punto de mira sobre Jorge.

No voy a decir que hayamos avanzado contra él; al contrario, hay más cosas en contra de tu madre.

—Cierro los ojos—. Pero me quedaré a tu lado.

—Abro los ojos y me encuentro con su sonrisa—.

Ella es importante para ti. Mi estúpido ego me dijo que preferías a tu madre antes que a mí, pero en realidad salvaste a tu madre.

Te quiero aún más por eso. No debería haber dicho tantas gilipolleces.

—Yo también las dije. Nuestro ego, ¿verdad? —Me encojo de hombros—. Tú pensaste que te había cambiado y yo pensé que me habías abandonado, que preferías el cartel antes que a mí.

—¡Nunca! También he tomado otra decisión: ya no quiero tener una relación tan familiar con mi padre.

—¿Por qué?

—Porque la familia que realmente importa, la que está a mi lado, siempre ha estado aquí y siempre ha vuelto a mí. —Le sonrío—. Cassio es increíble, ¿verdad? Fue él quien os salvó del punto de mira de Jorge.

—Me dio las cartas, todas. La primera la leía todas las noches. Quería responder, mandar un mensaje, llamar, pero por desgracia todavía era demasiado pronto.

—Lo entiendo, pero ¿por qué has vuelto ahora? No es que me queje, jamás, pero pensé que Cassio esperaría al ataque contra la Doce.

—Lo comentó, por eso volví. Jorge y ese tal Afonso estarán muy ocupados con eso: Afonso para vengar a su hija y a su nieta, y Jorge quizá para librarse de una delación.

—Ah, entonces ha sido para aprovechar el momento.

—¿Gui está dormido?

—Sí, está deseando veros.

—Me dio muchísima pena, quería haberle tranquilizado el corazón.

—Gui siempre supo que volverías, solo que no sabíamos cuándo. Tú nunca lo abandonarías.

—No, lo quiero muchísimo, lo he echado tanto de menos...

Nico estaba igual. Os echábamos muchísimo de menos.

Y sobre el motivo de haber vuelto... —Respiro—.

Cuando nos mudamos de casa por primera vez, cuando murieron Camila y Helena, me puse muy mal.

—Sus ojos se abren de par en par—. Pero preferí no contártelo para no preocuparte.

—¿Estás enferma y necesitarás tratamiento? —Me aprieta la mano con fuerza—. No te preocupes, pagaré los mejores médicos...

—No. —Me río, enternecida por su preocupación—. No es una enfermedad, pero necesitaré médicos. —Inclina la cabeza hacia un lado, sin entender—. Hace un mes que lo descubrí y, otra vez, no podía contártelo; podía ser peor...

—Dios...

Mira mi vientre, como si por fin entendiera lo que quiero decir.

—Pues sí, aquella vez que follamos sin condón, aun tomando la píldora, terminó en un bebé. —Tiene los ojos como platos—. El anticonceptivo que me recetó el médico lo tomé solo unos días, fue un caos, se me olvidaba. Estoy embarazada.

Las dos palabras por fin salen de mi boca.

Estoy embarazada.

Observo a Júlio, ansiosa por su reacción.

Sus ojos se abren de una forma que rara vez he visto. Lentamente, como si estuviera atrapado en un trance profundo, la mirada de Júlio baja de mi rostro directamente hasta mi vientre.

Contengo la respiración cuando veo temblar su mandíbula. Las lágrimas no llegan a caer, pero están ahí, brillando y ardiendo en sus ojos. Antes de que pueda decir nada más, Júlio me atrae hacia él. Un segundo después, su boca está sobre la mía.

Toma mis labios en un beso apasionado. La urgencia con la que su lengua invade mi boca, mezclada con la emoción que emana de cada parte de su cuerpo, hace que cierre los ojos y me derrita entre sus brazos.

Es un beso cargado de alivio, pasión y una gratitud que parece desbordarse sobre mi propia piel.

Le correspondo con la misma pasión, pasando la mano por su pelo, sintiendo que todo el terror y el dolor de los últimos tres meses acaban de quedar reducidos a cenizas por este beso.

Cuando por fin interrumpe el beso, los dos estamos sin aliento. Júlio no se aparta, mantiene la frente pegada a la mía, los rostros tan cerca que nuestras respiraciones se mezclan. Sus ojos buscan los míos.

—Esta ha sido la mejor noticia que podría haber recibido. —Su voz no pasa de ser un susurro ronco, tembloroso y completamente desprovisto de cualquier armadura—. Vamos a tener un hijo. Vamos a tener a nuestro hijo.

Las lágrimas no dejan de caer por mi rostro, pero por primera vez en meses son ligeras. Se llevan toda la amargura, el terror y la añoranza que me asfixiaron durante este tiempo lejos de él.

Deslizo mi mano sobre la suya, que aún acaricia mi rostro con tanta devoción, entrelazo nuestros dedos y los aprieto con fuerza.

—Por eso volví —susurro entre lágrimas—.

Cuando vi el resultado de aquel test supe que no podía dejarte sin conocer esta noticia.

No sería justo contigo. Ya te privaron de los primeros años de vida de Gui; no sería justo que tampoco pudieras acompañar otro embarazo.

Eres el padre de mi hijo, mereces vivir cada segundo de esto.

Mereces ver crecer mi barriga, hablar con nuestro bebé, sentir las primeras patadas y estar allí cuando abra los ojos por primera vez.

La mandíbula de Júlio vuelve a temblar y cierra los ojos una fracción de segundo, asimilando la magnitud de lo que estoy diciendo. Pongo la mano sobre su corazón, sintiendo los latidos fuertes y descompasados.

—Te quiero a mi lado. Quiero que tú y Gui estéis conmigo todos los días. Ya no quiero huir, ya no quiero esconderme. Quiero recuperar nuestra vida, la familia que tanto deseamos construir y proteger. Los cinco, juntos.

—Ya somos una familia, Jade, y siempre lo seremos. Y ahora todo será todavía más perfecto.

Júlio se arrodilla delante de mí y deja un beso largo sobre mi vientre.

—Os lo prometo... —susurra contra mi barriga, con los ojos cerrados y la voz ronca, quebrada por la emoción—. Lo juro por cada gota de mi sangre: seré el mejor padre y el mejor marido que este mundo haya visto jamás.

La elección de esa palabra hace que mi corazón se salte un latido. Trago saliva, con la emoción mezclándose con una sorpresa repentina.

—¿«Marido»?

Júlio levanta la cara, todavía de rodillas a mis pies.

—Eres mi mujer desde la primera noche en que puse los ojos sobre ti. Desde el segundo en que te cruzaste en mi camino. Y ahora haré que sea oficial.

Un sollozo acompañado de lágrimas de pura felicidad sale de mí sin que pueda contenerlo.

Júlio se levanta de golpe y yo me lanzo a sus brazos.

Me sostiene con fuerza, levantándome del suelo, y nuestras bocas chocan.

Es un beso desesperado, apasionado y arrollador.

Le sujeto la nuca, entrelazando los dedos en su pelo, mientras él me aprieta contra su cuerpo, sellando allí, en medio de nuestro salón, la promesa de que nuestra familia por fin ha encontrado la paz.

—Te quiero muchísimo, Jade —susurra.

—Yo también te quiero, Júlio.

—Nunca volveremos a separarnos. —Me besa la mano—. Todo irá bien y estaremos más unidos que antes. Y solo una cosa más.

Lo miro.

—Espero que Safira sea una suegra simpática.

—¿Qué quieres decir con...? —Cuando sonríe todavía más, salto a sus brazos y casi lo tiro al suelo, pero consigue mantener el equilibrio—. Gracias.

—No puedo permitir que maten a la abuela de mis hijos, que además los cuida tan bien. Pero exijo que Safira sea una suegra agradable, si puede ser, como mi madre. Está aquí en casa, deseando conocerte.

—Anthony debe de odiarme.

—Me importa una mierda su opinión, ángel. —Me besa la frente—. Tú eres mi familia y eso es lo único que importa.

—Te quiero tanto... —suspiro—. Quiero ver a Gui, me muero por abrazarlo.

—Ven, vamos con él. Creo que debe de estar como yo, pensando que es un sueño teneros de vuelta.

—¿Por eso te quedaste quieto mirándonos? ¿Pensaste que era un sueño?

—Sí, siempre soñaba con que habíais vuelto, pero luego abría los ojos y descubría que era una ilusión. —Me acaricia el rostro—. Gracias a Dios que esta vez era real.

—Yo también soñaba con vosotros y es increíble comprobar que todo es real.

Me da la mano y vamos hasta la cocina a por Nico, que está con Andreza comiendo palomitas. Ella me abraza con fuerza, diciendo que menos mal que he vuelto, porque Gui y Júlio estaban muy tristes sin mí; no pasaba un solo día sin que mencionaran mi nombre y el de Nico. Eso me hace sonreír.

Júlio coge a Nico en brazos y vamos hasta la habitación de Gui.

Me acerco despacio al entrar en la habitación y enciendo la luz; siento que las lágrimas vuelven a acumularse en mis ojos.

Gui está tumbado en medio de las sábanas, encogido y abrazado a una almohada.

Parece tan frágil, tan pequeño. Recordar que ha pasado los últimos meses triste, pensando que lo habían abandonado otra vez, me duele.

Me siento en el borde de la cama con el máximo cuidado para no asustarlo. Levanto la mano temblorosa y, con una delicadeza que lleva toda la añoranza acumulada durante noventa días de tormento, empiezo a acariciarle el pelo.

Aparto un mechón que le cae sobre la frente y sonrío entre lágrimas.

—Abre los ojos, mi amor, estamos aquí —susurro muy bajito, con la voz quebrada y serena, rompiendo el silencio de la habitación con la promesa de que la pesadilla ha terminado.

Suspira profundamente mientras duerme, el rostro se le relaja al oír mi voz y siento el pecho oprimirse de una forma casi asfixiante. Es una presión llena de un amor tan inmenso, tan puro, que trasciende por completo cualquier vínculo de sangre.

Observo a Gui dormir y pienso en cuánto eché de menos a este niño cada segundo que estuve lejos.

Lo que siento por él no es solo cariño, no soy únicamente la mujer de su padre.

En lo más profundo de mi alma, en cada latido acelerado de mi corazón, ya me siento la madre de Gui.

Es mío, tanto como el bebé que crece en mi vientre y tanto como Nico, que ahora está en brazos de Júlio en silencio, mirándonos y sonriendo, como si entendiera la importancia que este momento tiene para mí.

Sigo acariciando el pelo de mi pequeño, esperando el instante exacto en que esos ojitos se abran, prometiéndole en silencio que nunca volverá a saber lo que es el dolor del abandono.

El movimiento suave de mi mano lo despierta. Gui frunce el ceño, deja escapar un murmullo bajito y sus largas pestañas tiemblan antes de abrir los ojos despacio. Parpadea unas cuantas veces, con la confusión del sueño todavía desenfocándole un poco la mirada.

Pero entonces su visión se aclara. Los ojos de Gui se abren de golpe, perdiendo cualquier rastro de sueño. No respira, como si estuviera intentando asegurarse de que soy real. Y, sin pensárselo dos veces, lanza la almohada a un lado y se arroja contra mi pecho con una fuerza sorprendente.

—¡Has vuelto! —Su grito sale amortiguado contra mi cuello y enseguida se rompe en un llanto fuerte y desesperado de alivio.

Sus bracitos se agarran a mi blusa con tanta fuerza que los nudillos de sus deditos se ponen blancos.

—He vuelto, mi amor... He vuelto. —Mis lágrimas caen junto a las suyas. Acuno a mi niño, enterrando el rostro en su pelo—. Nunca volveré a alejarme de ti. Nunca. Me moría por volver a tener a mi pequeño.

Gui solloza y aparta el rostro solo lo suficiente para mirarme.

—Te echaba muchísimo de menos... —sorbe por la nariz, limpiándosela con el dorso de la manita, con la voz temblorosa—. Pero yo sabía que no venías porque tenías que ser la heroína de tu madre.

Dejo escapar una risa débil, con el corazón derritiéndose por completo ante la palabra que se ha inventado. No entiendo muy bien cómo le explicó Júlio mi ausencia, pero saber que me veía como una heroína me hace sonreír todavía más.

—Pero ahora he vuelto para quedarme. Para siempre.

Antes de que Gui pueda contestar y volver a abrazarme, Nico grita llamándolo.

En brazos de Júlio, Nico se retuerce sin parar, mueve las piernecitas y estira los brazos hacia Gui. Riéndose, Júlio inclina el cuerpo y deja al pequeño Nico sobre la cama.

La escena siguiente es la definición más pura de la felicidad. Nico gatea deprisa y se lanza encima de su amigo. Los dos niños caen entre las sábanas en un enredo de brazos, piernas y carcajadas. Ruedan por el colchón, abrazados de forma torpe, gritando en una celebración ruidosa y llena de vida.

Me quedo sentada en el borde de la cama, riéndome y contemplándolos. Júlio se sienta a mi lado, me pasa un brazo por los hombros y me atrae hacia un abrazo. Apoyo la cabeza en su pecho, viendo a nuestros hijos celebrar nuestro regreso.

Observo, completamente maravillada, el pequeño caos eufórico que se ha instalado en la habitación.

Gui y Nico saltan encima de la cama. El sonido de sus carcajadas infantiles y puras llena el ambiente, expulsando y borrando para siempre cualquier rastro de dolor que alguna vez se atrevió a rondar nuestro hogar.

Instintivamente llevo una mano hasta mi vientre y la dejo allí. Dentro de unos años, esta cama será demasiado pequeña para tanta locura. Habrá otro niño ahí, saltando entre ellos, riéndose, gritando y completando este vínculo indestructible de hermanos.

Nuestro bebé.

Siento el fuerte brazo de Júlio apretarme un poco más el hombro, atrayendo mi cuerpo hasta pegarlo perfectamente al suyo. Me abraza de lado, acomoda el rostro en la curva de mi cuello y respira hondo, absorbiendo aquel instante como si fuera el aire que lo mantiene vivo.

—Por fin... —susurra—. Nuestra familia vuelve a estar completa.