Capítulo 41
En cuanto me doy cuenta de lo que acabo de decir, todo encaja. Abro los ojos de par en par e intento apartar la mirada de la suya, muerta de vergüenza por mi impulsividad.
La risa baja de Júlio no tiene ni una pizca de burla, está llena de alivio. Vuelve a acercar nuestros rostros y apoya la frente contra la mía.
—Seguro que estás pensando que es demasiado pronto, que no nos conocemos ni desde hace un mes, pero el tiempo no significa una puta mierda para nosotros, ángel.
El amor no necesita años para ser real; puede suceder exactamente así, rápido, en cuestión de días.
Nos cambiamos la vida el uno al otro en un abrir y cerrar de ojos.
Tú trajiste luz a mi vida oscura y yo te di la protección que necesitabas.
Yo también te quiero, Jade. Te quiero como no he querido a nadie en toda mi vida.
Contigo es diferente. Siento que es para siempre.
Se me corta la respiración. El último resto de inseguridad que vivía dentro de mí queda completamente aniquilado por esa confesión.
Sin necesidad de ninguna palabra más, Júlio vuelve a tomar mi boca.
Esta vez es como una entrega de almas. Es lento, rebosante de todo el sentimiento que acabamos de poner en palabras.
Rodeo su cuello con los brazos, hundo los dedos en el pelo de su nuca y le correspondo con toda la pasión que siento.
Lo quiero. El pasado ha quedado atrás, enterrado entre cenizas, y ahora, en el presente, tengo a un hombre que me ama, a unos niños que juegan felices y, por primera vez en mi vida, tengo la esperanza de que seré feliz.
Los labios de Jade son mi adicción más nueva y peligrosa. La beso saboreando la palabra «amor».
Nos queremos.
Necesito celebrarlo. Quiero celebrar el comienzo definitivo de nuestra vida, el punto cero de nuestra historia como pareja de verdad, de la única manera que mi mente corrompida y mi cuerpo en llamas exigen ahora mismo.
Me aparto un poco de su boca. Sin dejar de mirarla, llevo las manos a los botones de mi camisa, me la quito y la lanzo a cualquier rincón de la habitación.
Mientras me quito los pantalones y los calzoncillos, Jade vuelve a sorprenderme. La timidez, el pánico y el miedo que la paralizaban semanas atrás han quedado completamente carbonizados por nuestro fuego.
Con la mirada fija en la mía, lleva las manos hasta su vestido.
Con un movimiento lento, casi coreografiado y absurdamente provocador, deja que la tela resbale por sus hombros.
El vestido baja por las curvas perfectas de su cuerpo con una lentitud torturante hasta caer a sus pies.
Las bragas siguen el mismo camino en cuestión de segundos.
No intenta cubrir su cuerpo desnudo, no aparta la cara. No hay ni una pizca de vergüenza en la postura de Jade. Solo existe la entrega más absoluta, el deseo brotándole por los poros y la certeza de que tiene un dominio total sobre mí.
Mi mirada recorre su cuerpo, devorando cada centímetro, y mi cordura sale volando. Jade es la visión más espectacular y obscena que se ha cruzado en mi camino.
Sus pechos son abundantes, con los pezones ya duros, erizados y suplicando que mi boca los chupe, los muerda y los marque. Su cintura fina es una curva diseñada para encajar perfectamente entre mis manos, para que pueda apretarla mientras me la follo de todas las maneras posibles.
Sus muslos gruesos están ligeramente separados, exhibiéndome el coño sin el menor pudor.
Su coño, perfectamente depilado, rosado y húmedo por la excitación, ya brilla. Mi polla, dura de cojones, da una sacudida contra mi propio abdomen, palpitando y goteando de anticipación.
Jade está increíblemente buena. Y, sabiendo todo lo que acabo de hacer fuera, viéndola exhibirse así solo para mis ojos, mi única certeza es que voy a follarme a esta mujer hasta el amanecer.
—Túmbate en la cama y abre las piernas para mí.
No vacila, no pregunta, ni siquiera parpadea.
Jade me da la espalda y el balanceo de sus caderas y su culo redondo me hipnotizan mientras camina hasta el borde de la cama. Sube, gatea hasta el centro y, sin apartar los ojos de los míos, se tumba y abre las piernas, exponiéndose por completo ante mí.
¡Joder!
Jade me está ofreciendo el coño sin una pizca de vergüenza.
Su coño es lo más bonito que he visto nunca. Está absurdamente buena, perfecta, tan mojada, pidiendo en silencio que la devore, la lama y la tome sin piedad con mi polla.
Sigo de pie, a pocos metros del borde de la cama, limitándome a observar a mi mujer exhibirse para mí.
Llevo una mano hasta mi polla, que palpita tan dura que duele.
Rodeo la base con los dedos y empiezo a masturbarme, deslizando la mano arriba y abajo con movimientos lentos y firmes, sin romper el contacto visual con ella.
En cuanto Jade se da cuenta de lo que estoy haciendo, abre ligeramente los ojos. Se muerde el labio inferior y un rubor sube por su cuello, encendiéndole las mejillas.
Es lo más fascinante del mundo. Incluso después de haberse desnudado sin vacilar, de haberse tumbado en esta cama y haber abierto las piernas como la mujer más descarada y entregada que existe, Jade todavía conserva ese pequeño resto de timidez.
La mujer recatada sigue viviendo en el fondo, sonrojándose violentamente solo por verme tocar mi propia polla mientras la devoro con la mirada.
Y es precisamente esa dualidad —la descarada hambrienta en la cama y la inocente que se ruboriza con violencia— la que me confirma que soy el hombre con más puta suerte del mundo.
Mi sonrisa se ensancha. Continúo con el movimiento rítmico y firme de la mano alrededor de mi polla, viendo cómo su pecho sube y baja mientras intenta lidiar con la vergüenza y la excitación que la consumen.
Quiero más. Quiero romper absolutamente todas las barreras y pudores que todavía le quedan esta noche.
—Sonrojada así eres la visión más bonita del mundo. —Aprieto mi polla un poco más y su respiración falla en respuesta—. Pero quiero que me enseñes cuánto deseas esto. Quiero que demuestres cuánto me deseas.
Jade traga saliva y sus muslos tiemblan ligeramente.
—¿Cómo? —pregunta, con una voz fina, casi un gemido entrecortado.
—Baja la mano, mete los dedos en ese coño mojado y tócate para mí.
Abre los ojos de par en par y el rojo de sus mejillas baja hasta el escote y los pechos, tiñendo su piel con el color de la vergüenza más pura.
Se muerde el labio inferior con tanta fuerza que creo que va a sangrar.
La chica tímida lucha desesperadamente contra la mujer descarada que he despertado, pero al final la obediencia y el deseo que siente por mí ganan la guerra.
Sin apartar la mirada de mi polla, Jade obedece.
Su mano baja lentamente por el abdomen, pasa por el ombligo hasta llegar al coño. Suelta un suspiro tembloroso cuando las puntas de sus dedos encuentran su humedad.
Vuelvo a masturbarme, el roce de mi mano volviéndome loco mientras contemplo el espectáculo más maravilloso de mi vida.
Jade separa sus propios labios hinchados y, con dos dedos, empieza a frotarse el clítoris con movimientos cortos y precisos.
El sonido húmedo de sus caricias llena la habitación, mezclándose con mi propia respiración descompasada.
Cierra los ojos un segundo, echa la cabeza hacia atrás y gime sin pudor.
—Joder... Mírate... —aprieto mi polla con más fuerza, con la cordura yéndose por el desagüe—. Enséñame cuánto te gusta.
Animada por mis palabras, Jade abre los ojos, ahora completamente vidriosos, y desliza dos dedos dentro del coño de una sola vez.
El sonido de la carne mojada cediendo a sus dedos me pone todavía más cachondo.
Los mete y saca, aumentando el ritmo, abriendo aún más las piernas, mientras la mano libre sube para apretarse un pecho y pellizcar el pezón duro.
Gime mi nombre.
El sonido de mi nombre saliendo de su boca mientras se masturba para mí es mi puta perdición.
Me siento un rey. El dueño del mundo. Ver a la mujer de mi vida tumbada en mi cama, empapada, masturbándose con tantas ganas y exhibiéndose como una auténtica puta solo para mi placer me vuelve loco.
Con cada embestida de sus dedos, mi polla palpita, exigiendo que acabe de una vez con esa tortura y ocupe el lugar de sus dedos para follarla como los dos queremos.
El sonido húmedo y obsceno de sus dedos entrando y saliendo de ese coño perfecto llena la habitación y me empuja directamente al borde de la locura.
Acelero el movimiento de la mano alrededor de mi polla, apretando más fuerte, con una brutalidad que roza el dolor, masturbándome exactamente al mismo ritmo que las embestidas que ella se da a sí misma.
—Ah, Júlio... Es tan bueno... —jadea—. Pero quiero tu polla.
—Joder... Qué visión tan preciosa. Eres la mujer más buena que existe en el mundo.
Gime alto, con las mejillas rojas de vergüenza y excitación, apretándose el pecho y cerrando los ojos mientras echa la cabeza hacia atrás. Pero no quiero que se esconda.
—Mírame, ángel.
Inmediatamente, sus párpados tiemblan y sus ojos se clavan en los míos.
—¿Estás deseando mi polla, guarra? ¿Te estás tocando imaginando que es mi polla la que te está follando?
Jade asiente frenéticamente con la cabeza, las caderas elevándose de forma involuntaria contra su propia mano, incapaz de formar una frase completa mientras se frota el clítoris con aún más desesperación.
—Usa las palabras. Dímelo.
—Sí, quiero tu polla... Por favor, Júlio... Ven...
Doy un paso hacia la cama sin dejar de masturbarme ni un segundo.
—Lo veo, mi amor. Veo exactamente lo que quieres: tu delicioso coño palpitando contra tus dedos, completamente empapado.
Está suplicando que tu hombre se lo folle.
—Me detengo justo al borde de la cama—. Sigue.
Abre bien ese coño y enséñame cuánto necesitas que te folle.
Gime mi nombre mientras me preparo para darte exactamente lo que estás pidiendo.