Capítulo 23
¡Me cago en la puta! La vida tiene un sentido de la ironía de cojones.
Cierro la puerta de mi habitación y suelto una carcajada que llena el silencio de la noche. Me siento en la cama y me paso las manos por la cara, frotándome los ojos como si necesitara despertar de un delirio. Pero no es un delirio, es la puta realidad, y nunca me había parecido tan perfecta.
Daniele es Jade.
La mujer que lleva jodiéndome la cordura estas últimas noches, la mujer que me ha dejado obsesionado, con la polla dura y el instinto posesivo gritando cada vez que bajaba esos ojos castaños... Es la misma mujer que mi hermano Pedro intentó encasquetarme diciendo que sería ideal para mí.
Recuerdo las veces que mandé a Pedro a la mierda cuando venía con el cuento de que la mejor amiga de Mariana sería perfecta para mí.
Estaba demasiado ocupado pensando en la posibilidad de tener un hijo, y la otra parte de mí estaba obsesionada con aquella mujer demasiado tímida del club; no tenía ningún motivo para escuchar las tonterías de Pedro.
Y, al final, el destino tuvo el detalle de ponerme a la misma mujer en el regazo de dos formas distintas.
Esto lo cambia todo.
Saber que Daniele y Jade son la misma persona me da un alivio de la hostia.
No estoy metiendo en mi casa a una desconocida cualquiera ni a una oportunista.
Pedro ya me había asegurado una y otra vez lo leal, luchadora y buena que es esta mujer.
Y ahora, sabiendo todo esto, mis ganas de matar al desgraciado que le puso una mano encima no hacen más que multiplicarse.
Voy a partir a ese hijo de puta por la mitad...
En cuanto a su madre, bueno, lo único que puedo hacer es mantener a Jade y a Nico lejos de esa loca.
Pensar en Jade me provoca una euforia que no sentía desde hacía años.
La mujer a la que quiero follar hasta dejarla sin aliento y proteger va a vivir en mi casa. Estará bajo mi techo, dormirá a unas pocas paredes de mi cama. Y, de regalo, será la niñera de Guillermo.
El pecho llega a hinchárseme de orgullo y alivio cuando pienso en mi hijo.
Necesita estabilidad, cariño, una presencia femenina que no sea tóxica ni enfermiza.
Jade me parece ideal para eso. ¿Y lo mejor de todo?
Mi hijo va a ganar un amigo. Nico es un niño listo, aunque sea dos años menor.
Guillermo siempre ha estado solo, encerrado y aislado del mundo.
Ahora tendrá un hermano de crianza con quien correr por la mansión, jugar y hacer todas las cosas que los niños de su edad deberían hacer.
El sonido de dos niños corriendo por mi casa y la voz suave e irritada de Jade regañándolos o riéndose en mitad del jardín...
Una sonrisa arrogante e invencible se instala en mi rostro.
¡Joder, por fin! Después de tanto dolor, de tanta sangre derramada y de noches sin dormir creyendo que mi vida se limitaría a dirigir el cartel y vivir en la oscuridad, parece que por fin todo está encajando a la perfección.
He encontrado a mi hijo, he encontrado a la mujer que me hace hervir la sangre. Y ahora he traído a los dos a mi territorio.
Jade puede hacerse la difícil todo lo que quiera, puede empujarme y fingir que no está empapada por mí cada vez que la provoco.
Me da igual. Ya está atrapada en mi red.
Con ella bajo mi techo, siendo la niñera de mi hijo y conviviendo conmigo veinticuatro horas al día, es solo cuestión de tiempo.
Va a ceder. Y cuando lo haga, le enseñaré lo que significa tener a un hombre de verdad cuidándola y follándole todas sus inseguridades hasta arrancárselas del cuerpo.
La sonrisa arrogante todavía juega en mis labios por culpa de Jade, pero mi atención cambia rápidamente. Mi mente ya está funcionando y planificando el día de mañana. El día en que arrancaré la última punta de sufrimiento que todavía ata mi vida al pasado.
Mañana a primera hora entraré en ese hospital y sacaré a Guillermo de allí.
Sé perfectamente que Blanca intentará impedírmelo, vendrá con protocolos de mierda, burocracias, discursos sobre autorizaciones o cualquier puta norma que crea que se me aplica.
Si ella o cualquier otra persona intenta bloquearme el paso...
Olvidaré por completo todas las conversaciones amistosas que he tenido con Blanca.
Nadie me impedirá llevarme a mi hijo conmigo.
Han sido cuatro años. Cuatro malditos años en los que me robaron el derecho a ser padre.
Cuatro años en los que mi hijo lloró a oscuras, con miedo, creyendo que no era querido y que no tenía adónde ir, mientras yo vivía en el infierno haciendo el gilipollas por culpa de su madre loca.
Me perdí sus primeros pasos, sus primeras palabras...
¡Joder, me robaron la vida de mi niño! El dolor que eso me causa es una herida que ni toda la sangre derramada del mundo podrá curar.
No pasaré ni un solo día más lejos de Guillermo.
No soportaré ni un puto segundo más sin saber que está seguro y durmiendo bajo mi propio techo.
Mañana, cuando salga el sol, mi hijo volverá a mis brazos y al lugar del que nunca debería haber salido.
Y desde el momento en que cruce la puerta de ese hospital con él en brazos, quien se atreva a intentar separar de mí otra vez a mi propia sangre tendrá que rendir cuentas directamente al diablo.
A partir de mañana, mi vida por fin tendrá sentido.
El despertador ni siquiera ha tenido oportunidad de sonar. Ya estoy de pie, despierto antes de que el sol aparezca en el horizonte.
Termino de arreglarme frente al espejo de mi vestidor.
La imagen que me devuelve no es la del frío heredero del Cartel de los García, sino la de un hombre al que el pecho le late con una ansiedad casi juvenil, una euforia que me mantiene eléctrico.
Hoy no es un día cualquiera, es el comienzo de mi vida.
Mi mente viaja directamente a la habitación de invitados. ¿Por qué cojones me fascina tanto esa mujer?
Me paso una mano por el pelo y suelto un suspiro pesado, observando mi propio reflejo.
No tengo ni idea de cuál es el motivo exacto por el que me gusta tanto Jade.
Si intentara racionalizarlo, supongo que es esa forma suya de ser callada, retraída, siempre desconfiando y rodeada de muros, pero que aun así, en medio de todo el miedo, tiene el descaro de levantar la barbilla y desafiarme.
El hecho de que me empuje y me plante cara crea un contraste que me vuelve completamente loco.
Además, claro, del hecho más evidente de todos: está buenísima.
Un pecado con forma de mujer, con esos muslos gruesos, los pechos generosos, el culo grande, la cintura fina, los labios carnosos y esa boca cabezota que me pone la polla dura con solo recordar su puto olor.
Pero soy un hombre práctico. No pierdo el tiempo mintiéndome ni romantizando incertidumbres; lo asumo desde el principio: me gusta, siento una atracción de la hostia y quiero a esa mujer en mi cama y en mi vida.
Y, sinceramente, me lo merezco. Ya está bien de fantasmas en esta puta vida.
Pasé por lo menos los últimos seis años centrado única y exclusivamente en Georgia.
Fui leal a aquella locura que teníamos, cerré los ojos ante cualquier otra mujer, intentando sujetar las riendas de una familia que solo existía en mi cabeza.
Y cuando murió... Joder... ¡Viví un infierno!
Seguí atrapado en ella. Me sentía una mierda, culpable, torturándome día y noche por no haber estado a su lado cuando ocurrió todo.
Cargué con ese maldito duelo y esa culpa como una cuchilla en el cuello.
Pero el juego ha cambiado. La verdad apareció para limpiar mi alma y darme motivos para seguir adelante.
Cuando descubrí lo que hizo, cuando supe que la mujer por la que me había culpado simplemente dejó a nuestro hijo pequeño en un orfanato, mi culpa se evaporó en ese mismo instante.
En fin, quiero y voy a seguir adelante.
Salgo de la habitación y camino por el pasillo silencioso con los pasos firmes de quien por fin ha tomado el control de su propio destino.
Al acercarme a lo alto de la escalera, oigo a lo lejos un sonido bajo, pero inconfundible. Una risita infantil seguida de un murmullo dulce y de regañina. Nico y Jade.
Me detengo detrás de la pared para que no me vean.
En el comedor, bajo la luz de la mañana que entra por los grandes ventanales, Jade está sentada a la mesa.
Lleva ropa sencilla, el pelo recogido en una coleta y está concentrada en intentar que su hijo se coma un trozo de pan antes de salir corriendo para ver la piscina.
Verlos a los dos llenando la frialdad de esta casa gigantesca me hace sonreír.
¡Joder, siempre he querido esto! El sonido de un niño en mi casa, la presencia de una mujer esperándome...
Dentro de unas horas cruzaré la puerta de aquel hospital y por fin tendré a Guillermo de nuevo en mis brazos. Con mi hijo aquí, ganando un hermano de crianza y recibiendo todo el cariño que a Jade le sobra, esa familia que siempre imaginé estará completa.
Me acerco. Jade levanta la mirada y me encuentra. Su cuerpo se pone rígido al instante y sus ojos se abren un poco, como una cierva frente a un lobo. Ese nerviosismo tan bonito, el rubor que le sube por las mejillas y la forma en que intenta disimularlo arreglándose un mechón rebelde...
—Buenos días. —Mi voz sale ronca, llenando el silencio de la planta baja mientras me acerco a la mesa.
—¡Tío Junio! —grita Nico con la boca llena de migas, abriendo los bracitos y casi tirando el vaso de zumo.
La sonrisa aparece en mi rostro sin que pueda controlarla. Le revuelvo los rizos y me siento en la cabecera de la mesa, clavando la mirada en los ojos asustados y brillantes de la mujer que voy a hacer mía.
—Buenos días, Júlio. —Murmura en voz baja, desviando la mirada hacia el pan que tiene delante. Su respiración se vuelve claramente más pesada solo porque estoy cerca.