La familia que el mafioso viudo rechazó (Cartel de los García n°2) Capítulo 15
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Capítulo 15

Estoy echando el zumo de Nico en el vaso cuando empieza a sonar mi móvil. Lo cojo enseguida y veo el nombre de Mari en la pantalla.

— Creo que he encontrado la solución a tus problemas, al menos a una parte de ellos. —Está tan entusiasmada que hasta consigo sentir algo de esperanza.

— Por tu tono de voz, tiene que ser algo increíblemente bueno.

— He conseguido una plaza en la guardería que hay cerca de tu casa.

— Espera, ¿cerca de mi casa? La única guardería que hay por allí es esa privada...

— ¡Exacto! —grita—. He movido unos hilos y he conseguido una plaza para Nico. Eso significa que estará lejos de la loca de Safira y que ahora ella tendrá que trabajar, sin la excusa de ser la niñera de su nieto. Y ni se te ocurra rechazar mi ayuda.

— No, claro que no. —Sonrío—. Regalo de madrina. —Suspiro—. Esta es la mejor noticia que he recibido en meses, quizá incluso en años. —Me sujeto el móvil con el hombro y sigo preparando el desayuno de Nico—. Safira está tan rara últimamente.

— ¿Más de lo normal?

— No sé cómo explicarlo. Parece que su mirada tiene más rabia, que su tono de voz está más cargado de ira. Te juro que me gustaría entender por qué es así.

— ¿No fue porque tu padre la abandonó y ella se volvió una amargada?

— Prefiero no hablar del tema. Cada vez que me acuerdo de él, me enfado.

Rabia porque me abandonó por culpa de mi madre, rabia porque nunca me buscó, rabia porque pasó de ser un padre a convertirse en un completo desconocido...

— No sé ni cómo agradecerte esta ayuda.

— No tienes que agradecérmelo. Estoy salvando a mi ahijado de su abuela loca. Podría ir allí para acompañarte, pero dentro de poco me voy de viaje con Pedro.

— No pasa nada. Ya me has ayudado muchísimo consiguiendo la guardería. Pasaré por allí dentro de un rato; así conozco mejor el sitio. —En ese preciso momento, Safira entra en la cocina de la mano de Nico. Ya me mira con el ceño fruncido, intentando averiguar de qué hablo—. Hablamos luego.

— Ha llegado la loca, ni hace falta que me avises. —Apuesto a que ha puesto los ojos en blanco—. Luego me cuentas qué tal. Hasta luego.

— Hasta luego.

Cuelgo y dejo el móvil encima de la mesa. Me agacho y abro los brazos; Nico viene corriendo y me da un abrazo muy fuerte.

— Buenos días, amor de mi vida. —Le lleno la carita de besos—. Mamá te ha preparado un desayuno especial.

— Buenos días. —Él también me llena de besos—. ¿Hay pan?

— Hay pan, queso, yogur...

— ¿Con qué dinero estás comprando todo eso?

Respiro hondo al oír la pregunta de Safira.

— Con mis propinas. —Siento a Nico en la silla y acerco su plato—. Y no se preocupe, doña Safira, quizá mañana ya esté libre, ligera y sin cargas.

— ¿Qué quieres decir con eso?

— Nico va a ir a la guardería...

— ¿Vas a dejar que un montón de desconocidas cuiden de mi nieto? —Cruza los brazos—. Ya hemos hablado de eso...

— ¿Qué es una guardería? —pregunta Nico.

— Una guardería es un sitio donde vas a jugar, aprender y hacer amigos...

— Donde unas desconocidas van a tocarte...

— Mamá vuelve enseguida. —Le beso la frente—. Mastica despacio, la comida no va a escaparse del plato, ¿vale? —Asiente—. Si necesitas algo, solo tienes que llamar.

Voy hasta Safira, le agarro del brazo y la llevo fuera de la cocina.

— Usted no ha parado de darme la lata hablando de cuidar de mi hijo, ¿se acuerda? Pues bien, he encontrado una guardería, una de las mejores...

— ¿Quién va a pagar eso?

— ¡Adivine!

— Mi nieto no será criado por unas desconocidas...

— ¡No van a criarlo, van a cuidarlo! —la corrijo—. Y son especialistas en ello. Así usted, por fin, podrá vivir como le dé la gana.

— ¡Nunca he dicho que mi nieto tuviera que ir a una guardería! ¡Es un error, solo tiene dos años, Jade!

— Dos años y siete meses. Dentro de poco cumplirá tres. A la guardería van niños incluso más pequeños...

— ¿Ya has llevado la documentación?

— No voy a renunciar a la idea. ¡Es mi hijo!

— Lo resolveremos con más calma.

— ¿Todo esto para no trabajar?

— Todo esto para evitar que mi nieto esté rodeado de gente extraña. —Me río—. ¿No ves las noticias? ¿Cuántos niños sufren malos tratos...?

— Un caso aquí y otro allí. Ya había investigado mucho sobre ese sitio, lo único es que no había plazas.

— ¿Y mágicamente tu amiguita ha conseguido una? ¡Claro que ha sido Mariana! Solo Dios sabe en qué estará metida esa asquerosa.

— No voy a discutir más con usted. El hijo es mío y va a ir a la guardería. Lo que usted haga ya no será problema mío.

— Tú no...

La dejo hablando sola y vuelvo con mi hijo.

El pequeño tenedor azul tiembla entre los deditos regordetes de Nico, pero no se lleva a la boca el trozo de plátano con avena. Su carita, que a estas horas suele ser una explosión de risas, está tensa. Sus ojitos oscuros y expresivos me miran con vacilación.

Empuja un poco hacia delante su platito de Mickey.

— Mamá... —Su vocecita sale baja, casi en un susurro—. No quiero ir.

Miro hacia un lado, donde Safira sonríe a Nico con mucho orgullo.

Su extremismo, esas paranoias oscuras que rozan la locura, están envenenando hasta el aire que respiramos.

Va a plantar el miedo en la cabecita inocente de mi hijo solo para manipularme, para intentar impedir que lo saque de esta burbuja tóxica y asfixiante que ella llama «cuidado».

Precisamente por esa locura la guardería ya no es una opción, sino una necesidad de supervivencia. Tengo que salvar a mi hijo.

Pero Nico no necesita saber nada de mis tormentos, solo necesita mi amor.

Abro los ojos y obligo a mis hombros a relajarse. Acerco mi silla a la suya, quedando justo a la altura de sus ojos. Esbozo la sonrisa más dulce y segura que consigo encontrar dentro de mí y llevo una mano a su rostro, acariciándole la mejilla regordeta.

— Mi amor... —Mi voz sale suave para calmarle el corazoncito—. La guardería es un sitio seguro, donde harás amigos.

— ¿Amigos? —repite, todavía desconfiado.

— Sí, muchos. —Abro mucho los ojos, poniendo una expresión de sorpresa exagerada que le encanta—.

Mamá ya ha visto un poco el sitio y hoy va a conocerlo todavía mejor.

Las profesoras no son malas, ¡son estupendas!

Cantan la canción de la rana que no se lava el pie, ayudan a pintar con pintura de colores en las manitas y, lo mejor de todo, allí hay un montón de niños de tu edad con los que puedes jugar a correr.

Mis palabras empiezan a captar su atención. Mencionar la pintura y la música siempre funciona. Pero la inseguridad que le ha metido su abuela todavía resiste un poco. Mira el plato de plátano y luego me mira a mí.

— Tu abuela no sabe nada de lo que hay en la guardería.

Si te dice cualquier cosa, haz como si no fuera nada, ¡ni la escuches!

¿Te acuerdas de que mamá dijo que ella no sabe lo que dice?

—Asiente—. La guardería es increíble, te va a encantar.

Mamá nunca te dejaría en un sitio malo. ¿Verdad que no?

—Niega con la cabeza y empieza a sonreír.

Suelto una risita suave y le doy un pequeño pellizco cariñoso en la punta de la nariz—.

¡Y allí hay hora de la merienda! Es lo más divertido.

Te sentarás en una mesita pequeñita, como tú, con tus amiguitos. ¿Y sabes qué prepara la cocinera?

— ¿Qué? —Sus ojitos brillan, y la ansiedad por fin deja paso a la curiosidad infantil.

— Hace bizcocho de zanahoria, panecillos de queso calentitos, sopa, macarrones. ¡Todo para llenarte la tripita! He visto fotos y te las voy a enseñar. ¡Es precioso, Nico! Te va a encantar. —Le hago cosquillas en la barriga y el maravilloso sonido de su risa por fin llena la cocina.

Mi corazón se calma al oír su risa.

— ¿Hay bizcocho de plátano?

— Algunas veces sí. —Le cojo el tenedor de la mano, pincho un trozo de plátano y se lo acerco a la boquita—.

Nadie le va a hacer daño a mi Nico. Mamá nunca te dejaría en un sitio malo, ¿vale?

—Asiente—. Vas a jugar, vas a merendar cosas ricas y después, cuando se vaya el sol, mamá estará en la puerta esperándote para darte el abrazo más fuerte del mundo. ¿Trato hecho?

Mastica el plátano despacio, procesando la información. Su carita se relaja por completo. Me mira con esa confianza pura e incondicional que me da fuerzas para enfrentarme al mundo entero.

— Trato hecho, mamá.

— Ahora cómetelo todo para ponerte muy fuerte y tener energía para gastar con tus nuevos amiguitos.

Mientras vuelve a atacar el desayuno, ahora animado y moviendo las piernecitas bajo la mesa, lo observo en silencio. Safira ya no nos mira. La rabia que siento hacia ella sigue ardiendo en el fondo de mi pecho, pero mi determinación es mil veces mayor.

Voy a sacarlo de esta casa de locos. Le daré la oportunidad de ser simplemente un niño normal, feliz y libre. Y nadie, absolutamente nadie, va a impedírmelo.

He pasado por la guardería para conocer mejor el sitio y me he sentido segura para dejar allí a mi hijo.

También le he dejado muy claro a Safira que, si atormenta a mi hijo metiéndole ideas equivocadas sobre la guardería, desapareceré de su vida.

Por cómo ha retrocedido, parece que la amenaza ha surtido efecto.

Pero sigue sin tener sentido. Safira se quejaba de ser la niñera y ahora que he encontrado un sitio también se queja. ¿O es que solo quiere hacerme la vida imposible?

— ¿Has conseguido hablar con tu hermana? —le pregunto a Emília cuando vuelve a la «recepción». En cuanto he llegado parecía preocupada; le pregunté si estaba bien y me dijo que estaba intentando contactar con su hermana pequeña, pero aún no lo había conseguido.

— Me ha dicho que está ocupada, que luego me llama.

Fiesta de la universidad. —Se encoge de hombros—.

Pero no sé, estaba rara. Da igual. —Sacude la cabeza, como si con eso pudiera quitarse de la cabeza a su hermana—.

Al menos me ha devuelto la llamada. He tardado porque estaba hablando con Ander.

—Me enseña el móvil—. Ha dicho que no vendrá, pero quiere hablar contigo mañana.