Capítulo 7
Hace tres días que me hice los análisis y hoy han salido los resultados, perfectamente normales. Y se suponía que tardarían una semana en estar listos.
Y hace tres días que Nico no deja de sonreír con su moto eléctrica. Safira incluso apartó el sofá y la estantería para que Nico tuviera más espacio, aunque creo que no le importó porque la moto no hace demasiado ruido y mantiene entretenido a mi hijo.
También se pasa el día hablando de Pedro y de un tal Júnior, que sé que es Júlio, el hermano mayor de Pedro.
Está deseando volver a verlos a los dos para jugar otra vez.
Cada vez que Nico dice eso, Safira grita un «¡Dios me perdone!
¡Dios me libre! ¡La sangre de Jesús tiene poder!
». ¿Te imaginas si se entera de que Nico jugó con el futuro jefe del cártel?
Tuve que pagar el alquiler porque el casero casi monta un escándalo aquí, delante de la puerta. ¡Adiós a doscientos dólares!
Necesito que mi madre cuide de Nico y cocine. Después de la discusión se calmó un poco, está ocupándose de la casa y siendo más «educada» al hablar. Aunque Nico tenga muchísimas ganas de jugar con Pedro y Júlio, necesito aprovechar esta etapa tranquila de Safira para trabajar y ahorrar dinero.
Si consigo doscientos dólares por noche, en diez días tendré dinero para alquilar un estudio. Ya me lo he metido en la cabeza: ni siquiera voy a esperar a reunir una buena cantidad.
Mari me ayudará con Nico, tendré dinero para un techo y comida, no necesitamos lujos, y entonces viviré mi vida.
Hay gente que vive con menos que eso. Conseguiré salir adelante. Poco a poco iré construyendo mi vida.
—Adiós, amor de mi vida —beso la mejilla de Nico—. Mamá te quiere.
—¡Yo también te quiero, mamá! —me besa la cara varias veces; sabe que me hace gracia y empieza a reírse conmigo—. ¡Te quiero!
—Volveré más tarde. Pórtate bien.
—Vale. —Entrelazamos nuestros meñiques.
Me levanto y miro a Safira.
—Ya se va a su trabajo nocturno —canturrea—. Me gustaría ver tu uniforme.
—Lo verás cuando me lo den —sonrío—. Y no te preocupes, volveré a casa con un abrigo largo.
—Menos mal. No quiero que los vecinos hablen de ti. Al final, solo quiero lo mejor para ti. No quiero que te juzguen.
Tú eres quien me juzga. Solo tú.
—Que tengas un buen día —fuerzo una sonrisa.
—Que tengas una buena noche, Jade.
Mañana discutiremos, me hará chantaje emocional, fingiré que me arrepiento, tendré dos días de paz y el ciclo volverá a empezar.
Oh, Ander, ¡ayúdame a salir de esto!
Ya estoy en el club, en una especie de camerino de las strippers, pero estoy sola; las demás mujeres ya han salido a actuar.
Ahora que tengo más tiempo, observo mi cuerpo en un espejo enorme.
Nunca me había fijado en lo grande que tengo el culo ni en lo gruesos que son mis muslos. Con este vestido escotado reparo mucho más en mi cuerpo y me siento... guapa.
Nunca me he mirado al espejo con admiración. Mi madre siempre me ha controlado y me menosprecia, aparte de que mi ropa siempre me queda enorme.
Pero ahora, fijándome mejor, entiendo por qué Safira insiste tanto en que llamo la atención. Incluso creo que el vestido que usaba para las pruebas no me favorecía nada.
—¡Guau! —miro hacia la puerta, donde está Emília—. Mujer, ¡estás todavía más guapa y tienes un culazo!
—Creo que he encontrado el modelo adecuado —me da vergüenza, pero recuerdo que tengo que dejar de comportarme así—. ¿Ya ha llegado Ander?
—Sí, ya está aquí. ¿No vas a decirle tu nombre de verdad?
—No creo que importe. Ni siquiera quiero decírselo. Jade es una persona aburrida.
—¿Cuántos años tiene tu hijo?
—Dos.
—Haces esto por él, ¿verdad?
—Sí. Todo por él.
—Ander te está esperando.
Esta vez voy sola hasta el despacho de Ander. Me detengo delante de la puerta, pensando si llamar o entrar sin más. Al final prefiero llamar antes de pasar.
Su voz, ordenándome que entre, ya me provoca un escalofrío, no de miedo, sino de ansiedad, de nerviosismo... Entro en el despacho.
—Hola, Daniele. —Está de pie, trasteando con algo en la estantería.
Aprieto las manos a ambos lados del cuerpo, reuniendo un valor que no sé de dónde he sacado, levanto la cara y lo miro.
Es la primera vez que me permito observar de verdad a Ander, sin apartar los ojos al segundo siguiente por miedo o vergüenza.
El tiempo parece congelarse cuando mi vista se centra en su rostro.
Es absurdamente guapo.
Los mechones gruesos y oscuros de su pelo caen ligeramente despeinados sobre la frente, enmarcando unos rasgos fuertes e intensos.
Pero son sus ojos los que me dejan clavada en el sitio.
Dios, ¿cómo no había reparado antes en lo inmensos que son?
De un azul gélido, penetrante y afilado como una cuchilla, contrastan de forma arrolladora con su piel ligeramente bronceada.
La mandíbula, perfectamente definida, está cubierta por una barba oscura y corta que le da un aire todavía más masculino e indomable.
Mi mirada baja, sin mi permiso, hasta la camisa negra que lleva, desabrochada lo suficiente para mostrar el pecho ancho y las líneas oscuras de los tatuajes que marcan su piel.
Es la personificación pura y brutal de la masculinidad.
Inevitablemente, el rostro de Mateo invade mi mente, pero la comparación resulta ridícula.
Al lado de la presencia imponente, la madurez y el magnetismo letal de Ander, mi ex no es más que un crío insignificante.
Mateo parece un niñato, un cobarde diminuto que necesitaba usar los puños contra una mujer para intentar demostrar una fuerza que no tenía.
Ander no necesita violencia física para dominar una habitación; su simple postura, esa calma depredadora, ya desprende un poder absoluto que me hace temblar.
El corazón me da un vuelco desacompasado, retumbándome en los oídos, mientras un calor vergonzoso se apodera de mi cuerpo. Y entonces me golpea la realidad: estoy fascinada por Ander.
Por primera vez en tres años, después de todo el infierno de golpes, del trauma y del terror que viví, estoy aquí de pie, en silencio, maravillada en secreto por la belleza de un hombre.
Imbécil.
¡Idiota!
Los insultos gritan en mi propia cabeza y me odio al instante por ello.
Me muerdo con fuerza el interior de la mejilla, intentando convertir ese calor estúpido en dolor.
¿Qué me pasa? Es un proxeneta. Y aquí estoy, casi babeando por una cara bonita y un cuerpo musculoso, sintiéndome atraída exactamente por el tipo de oscuridad que juré evitar.
Soy una hipócrita estúpida, condenada a cambiar el infierno de un niñato violento por los brazos de un demonio seductor.
—¿Has terminado la inspección? —casi me atraganto con su pregunta—. No te pongas nerviosa. Me alegra que por fin me hayas mirado sin ninguna vergüenza. Empezaba a deprimirme porque nunca te fijabas en mí o siempre apartabas la mirada. ¿Te gusta lo que ves?
—Bueno, yo... —trago saliva.
—Ángel sigue siendo tímida. —Esta vez no lo dice con aquel tono burlón—. Hoy te has esmerado, ¿eh?
Se acerca a mí y me pone las manos en la cintura.
—¿Todo esto para mí? —siento su aliento caliente rozarme el cuello antes de que sus dientes muerdan el lóbulo de mi oreja y tiren despacio de la piel.
Un latigazo violento y delicioso palpita justo entre mis piernas.
Reprimo un gemido y cierro los ojos—. Intentas luchar, intentas esconderte, pero no consigues liberarte de tu propia naturaleza.
—Se aparta apenas lo necesario para mirarme directamente a los ojos—. Y eso me pone de la hostia.
¿Antes se quejaba de mi pudor y ahora le gusta? ¿Es alguna clase de juego enfermizo para dejarme todavía más confundida y excitada, pedazo de imbécil?
—Y la santita también tiene carácter —sonríe—. Sé lo que están cotilleando ahí fuera. Emília ya me ha preguntado si solo quiero follarte o si quiero volverte loca poco a poco. La respuesta es que solo necesitas ser tú misma.
—¿Qué? —la pregunta confusa se me escapa de inmediato, con los labios temblando bajo el peso de su mirada.
—No vas a cambiar. Ese modo tuyo de retraerte, ese pudor que hace que te pongas roja entera y cierres las piernas, por desgracia, me pone como un puto animal.
—Baja la mirada a mis pechos, que suben y bajan deprisa por mi respiración descontrolada—.
No debería gustarme. Si fueras atrevida, si te ofrecieras como las mujeres de abajo, no tendría el menor interés en tocarte.
La verdad es que ni siquiera me gusta el sexo casual.
Soy un hombre de familia, ángel. —Suelta una risa irónica al pronunciar la última frase, burlándose del propio peligro que desprende.
—Entonces, ¿qué voy a hacer aquí? —pregunto con la voz quebrada, sin entender el rumbo peligroso de la conversación.
—Serás completamente mía. —Trago saliva—. Siéntate.
Señala el sofá de cuero oscuro que hay en un rincón del despacho.
Camino hasta allí rezando para que no me fallen las rodillas, porque siento su presencia imponente justo detrás de mí, como un depredador siguiendo a su presa. Nos sentamos uno al lado del otro, demasiado cerca. El calor que desprende el cuerpo de Ander me envuelve.
—No vas a bailar ahí abajo, como ya te había dicho —empieza a explicar—.
Me han contado la excusa de que fingirás ser camarera para los demás, y está bien, puedes montar tu teatrillo.
Nadie en este club tiene cojones para cuestionar lo que pasa en mi despacho.
Creo que ya has entendido lo que quiero de ti.
—¡No soy prostituta! —mi defensa sale de inmediato, casi como un grito.
Suelta una risa baja mientras su mano se desliza hasta detenerse en mi muslo.
—Mira qué mente tan sucia se esconde detrás de tanta santidad. Ni siquiera había pensado en eso, Daniele. No he hablado de sexo. —La cara me arde—. He hablado de exclusividad. Quiero que me entretengas con tu compañía. El sexo será solo una consecuencia, una consecuencia jodidamente buena.
—Yo... y-yo no... —balbuceo, respirando de forma desacompasada mientras su pulgar dibuja círculos lentos y torturadores sobre mi muslo desnudo.
—Ah, sí, mi ángel. Nosotros vamos a follar.
—Inclina el cuerpo, con el rostro tan cerca del mío que percibo el aroma embriagador de su perfume mezclado con alguna bebida alcohólica y, de una forma extraña, me gusta—.
Aquí, en este sofá, en mi cama, en un motel, en el asiento trasero de mi coche, en cualquier sitio.
Está más claro que la luz del día. Yo te atraigo de una forma que te aterra y tú me atraes de una manera demencial.
Estoy jodidamente cachondo por ti, y no puedes ocultar que ahora mismo tienes el coño palpitando por mí.
—Ander es brutalmente directo, explícito, usa palabras sucias que me desmontan por completo cuando debería asustarme, hacerme huir—.
Algún día, y espero que sea pronto, estaremos juntos, sudados, sin rastro de esa timidez tuya.