CAPÍTULO 22
Veinticuatro Horas
Victor Hale no pidió permiso para entrar.
Nate levantó la vista del monitor justo a tiempo para ver la puerta de su oficina abrirse sin el golpe previo de nudillos, sin el aviso de su asistente, sin nada que anunciara la llegada de un hombre que, hasta ese momento, siempre se había presentado con la cortesía calculada de quien controla cada movimiento que hace en público.
Victor cerró la puerta tras de sí con un chasquido seco y se quedó allí, de pie, con un sobre de papel manila apretado contra el costado como si fuera un arma que aún no había decidido disparar.
—Señor Hale. —Nate se puso de pie despacio, buscando en la voz un tono que no delatara la alarma que ya le subía por la garganta—. No teníamos una reunión programada.
—No la necesitamos. —Victor cruzó la habitación sin esperar invitación y dejó caer el sobre sobre el escritorio con más fuerza de la necesaria. El sonido resonó como una sentencia—. Ábrelo.
Nate no se movió de inmediato. Miró el sobre, luego a Victor, calculando cada posible contenido con la velocidad entrenada de alguien acostumbrado a anticipar movimientos hostiles en una sala de juntas. Pero nada en años de negociaciones corporativas lo había preparado realmente para esto.
Abrió el sobre.
Fotografías. Una docena, tal vez más, deslizándose sobre la superficie pulida del escritorio como cartas de una baraja marcada.
Claire y él en el vestíbulo del Hotel Meridian, la noche del lanzamiento de la fundación, con las cabezas inclinadas la una hacia la otra en una conversación que claramente no era para las cámaras.
Un mensajero entregando un sobre —el primer pago del contrato, semanas atrás— en la puerta trasera de la panadería, con la fecha y la hora impresas en la esquina inferior.
Y debajo de todo, una copia, borrosa pero legible, de una página del propio contrato: la cláusula de terminación, subrayada con tinta roja.
El estómago de Nate se cerró en un puño frío.
—¿De dónde sacaste esto?
—Eso no es lo importante ahora, Nathaniel. —Victor se sentó, sin que Nate lo hubiera invitado a hacerlo, y cruzó una pierna sobre la otra con la tranquilidad insultante de un hombre que ya había ganado—. Lo importante es lo que voy a hacer con ello si no cooperas.
—Esto no prueba nada.
—Prueba que le pagaste a una panadera en dificultades para que fingiera ser tu novia durante seis semanas, justo cuando tu padre necesitaba desesperadamente convencer a mi junta directiva de que Ashford Dynamics era una empresa estable dirigida por un hombre estable.
—Victor pronunció cada palabra con la precisión de un cirujano abriendo una incisión exacta—.
Y prueba que esa cláusula de terminación tan conveniente existe precisamente porque ambos sabían, desde el principio, que esto era una actuación con fecha de caducidad.
—No sabes nada sobre lo que hay entre Claire y yo.
—Sé lo suficiente. —Victor se inclinó hacia adelante, y por primera vez desde que había entrado, algo genuinamente frío cruzó su expresión, despojado ya de cualquier máscara de cortesía—.
Sé que llevo meses sospechando que esta relación tuya olía a montaje de relaciones públicas.
Sé que mis abogados llevan semanas verificando cada detalle.
Y sé, sobre todo, que tu padre me prometió un compromiso formal con mi hija antes de que terminara el trimestre, y en cambio me he pasado los últimos dos meses viendo cómo tú te enamorabas en público de otra mujer mientras la fusión se seguía retrasando.
—Eso no tiene nada que ver con...
—Tiene todo que ver. —La voz de Victor subió apenas, lo justo para cortar la frase de Nate en seco—.
Porque yo no invierto en promesas, Nathaniel.
Invierto en garantías. Y ahora mismo, la única garantía que tengo de que esta fusión no va a colapsar por tu incapacidad de controlar tu vida personal es un puñado de fotografías que podrían destruir tu reputación, la de tu padre, y la credibilidad de todo lo que tu madre construyó.
Nate sintió que el aire de la oficina se volvía más pesado, más difícil de respirar.
Miró las fotografías esparcidas sobre el escritorio, la letra roja subrayando la cláusula de terminación, y comprendió con una claridad brutal que no estaba frente a una amenaza abstracta.
Estaba frente a un hombre que ya había decidido usar cada arma que tenía.
—¿Qué quieres, Victor?
—Quiero lo que siempre he querido. —Victor se puso de pie, alisándose la chaqueta con un gesto innecesariamente tranquilo, como si estuviera a punto de salir a almorzar y no de destruir la vida de otro hombre—.
Quiero un compromiso público, formal e irreversible entre tú y Natalie.
Quiero que se anuncie mañana por la noche, en la gala de Hale Holdings, delante de la prensa, de los inversores y de tu padre.
Y quiero que rompas cualquier cosa que tengas con la señorita Bennett antes de que el reloj termine de correr.
—¿El reloj?
Victor consultó su reloj de pulsera con una lentitud deliberada, casi teatral.
—Tienes veinticuatro horas, Nathaniel. A partir de ahora.
—Se acercó un paso más al escritorio, bajando la voz hasta un registro que resultaba más amenazante que cualquier grito—.
Si mañana a esta hora no tengo la confirmación de que el compromiso se anunciará en la gala, dos cosas van a suceder al mismo tiempo.
La primera: estas fotografías, junto con una copia certificada de ese contrato, llegarán a cada redacción financiera de Meridian City antes de que se ponga el sol.
Tu reputación, la de tu padre, la credibilidad de Ashford Dynamics ante cualquier inversor que valore la palabra empeñada: todo eso arde en un solo ciclo de noticias.
Nate no dijo nada. No podía. Sentía cada palabra de Victor caer como un golpe calculado, uno tras otro, sin darle tiempo de recuperar el aliento entre uno y el siguiente.
—La segunda —continuó Victor, y aquí, por primera vez, algo genuinamente cruel se asentó en su expresión— es que voy a asegurarme personalmente de que la pequeña panadería de la familia Bennett no sobreviva la semana.
Tengo contactos en el banco que sostiene su préstamo, Nathaniel.
Tengo contactos en el ayuntamiento que podrían encontrar, de pronto, media docena de infracciones sanitarias que nadie había notado en veinte años.
No necesito destruir a esa mujer directamente.
Solo necesito quitarle el suelo bajo los pies, y créeme, sé exactamente cómo hacerlo sin que mi nombre aparezca en ningún documento.
—Eso es extorsión.
—Eso es negocios, cuando la otra parte deja de cumplir su palabra.
—Victor recogió las fotografías del escritorio, una por una, con la misma calma metódica con la que las había extendido, y las devolvió al sobre—.
Tu padre me prometió una alianza sólida.
Tú me la vas a entregar, con o sin tu consentimiento entusiasta.
La única variable que queda por decidir es cuánto va a costarte llegar hasta ahí.
Nate rodeó el escritorio, cada músculo de su cuerpo tenso con la necesidad física de hacer algo, de detener esto de alguna manera, aunque no tuviera ni la más remota idea de cómo.
—Dame más tiempo. Una semana. Puedo arreglar esto de otra forma, puedo hablar con la junta, puedo...
—Veinticuatro horas, Nathaniel. —Victor ya caminaba hacia la puerta, el sobre otra vez bajo el brazo, sin siquiera detenerse a mirar atrás—. No es una negociación. Es un plazo. Úsalo bien.
La puerta se cerró tras él con la misma frialdad silenciosa con la que se había abierto, y Nate se quedó solo en medio de su oficina, con el corazón golpeándole el pecho a un ritmo que no reconocía como propio.
Miró el reloj de su escritorio. Las 6:14 de la tarde.
Veinticuatro horas significaban que el plazo terminaba mañana, casi a la misma hora, en el momento exacto en que la gala de Hale Holdings estaría en pleno apogeo, con Gerald esperando en primera fila una confirmación que él aún no sabía cómo iba a poder darle sin destruir todo lo que le importaba de verdad.
Se dejó caer en la silla, con las manos temblando apenas lo suficiente como para notarlo.
Su primer instinto —el instinto que llevaba toda una vida entrenando, el que su padre le había inculcado sin darse cuenta de que también lo estaba envenenando— fue empezar a calcular.
Llamar a los abogados. Buscar una salida legal, una maniobra, algo que pudiera desactivar la amenaza de Victor sin necesidad de involucrar a nadie más.
El teléfono seguía sobre el escritorio, con la pantalla iluminada por una notificación silenciosa: un mensaje de Claire, enviado hacía apenas diez minutos, preguntándole si seguía en pie la cena del jueves.
Nate lo miró durante un largo instante.
Contarle la verdad significaba admitir que la había puesto en peligro sin que ella lo supiera.
Significaba explicarle que Victor Hale tenía el poder de destruir la panadería de su madre en cuestión de días, y que la única salida que Gerald y Victor le estaban ofreciendo era un compromiso público con otra mujer que borraría, de un solo anuncio, todo lo que habían construido juntos.
No contarle nada significaba protegerla del pánico, del miedo, de la sensación de estar otra vez a merced de decisiones que un hombre rico tomaba sin consultarla.
También significaba, aunque Nate no estaba todavía preparado para admitírselo del todo, seguir exactamente el mismo patrón que llevaba destruyendo silenciosamente su vida desde hacía años: decidir solo, actuar solo, y presentarse ante las personas que amaba únicamente cuando el problema ya estuviera resuelto o ya fuera demasiado tarde para cambiarlo.
Apagó la pantalla del teléfono sin responder al mensaje.
Fuera, la ciudad seguía encendiéndose contra el atardecer, ajena por completo a que, en algún punto de la Torre Ashford, un reloj invisible acababa de empezar a correr, y a Nate ya no le quedaban veinticuatro horas para decidir qué clase de hombre quería ser.
Le quedaban veinticuatro horas para decidir a quién estaba dispuesto a perder.