CAPÍTULO 20
El Patrón De Claire
El teléfono de Nate vibró por tercera vez en diez minutos, y por tercera vez él lo giró boca abajo sobre el mostrador sin mirar la pantalla, como si el gesto pudiera borrar lo que fuera que estuviera escrito ahí.
Claire siguió amasando. El ritmo de sus manos —empujar, doblar, girar— era lo único en la panadería que no había cambiado en la última media hora.
—¿Vas a contestar eso? —preguntó, sin levantar la vista.
—No es nada importante.
Era la cuarta vez que decía "no es nada" esa tarde, y cada vez sonaba menos convencido de ello.
Claire conocía a Nate lo suficiente ya —seis semanas de contrato, de fotos posadas, de cenas ensayadas— como para reconocer la diferencia entre el hombre que entraba a Rivermill y se quitaba, literalmente, la corbata en la puerta, y este otro: rígido dentro de su propia piel, con la mandíbula tensa y los ojos fijos en un punto que no era ella.
Había llegado veinte minutos tarde. No había dicho por qué. Cuando ella le ofreció el primer pan de la tanda —un ritual pequeño que se había vuelto, sin que ninguno lo nombrara, algo parecido a un saludo—, él lo aceptó sin probarlo, lo dejó junto a su codo y no volvió a mirarlo.
—Nate.
—¿Mm?
—Estás aquí, pero no estás aquí.
Él pareció despertar de algo. Le dedicó una sonrisa corta, la clase de sonrisa que Claire había visto usar en fotografías de prensa, útil y vacía.
—Perdón. Día largo.
—¿Quieres hablar de eso?
—No hay nada que hablar.
Ahí estaba otra vez. La frase se cerraba como una puerta, y Claire sintió la vieja costumbre de su cuerpo: el modo en que el estómago se le encogía un poco, el modo en que sus manos, sin que ella lo decidiera, amasaban con más fuerza de la necesaria.
Conocía esa sensación. La había sentido antes, en otra cocina, con otro hombre que también decía que no había nada que hablar, hasta que un día sí lo había, y ese día él ya se había ido.
Se obligó a soltar la masa. Se limpió las manos en el delantal.
—Cuando pagaste parte de la deuda del banco sin decírmelo —dijo, con más calma de la que sentía—, tampoco había nada que hablar. Hasta que lo hubo.
Nate levantó la mirada entonces, y por un segundo algo cruzó su expresión —culpa, quizá, o cansancio, o las dos cosas enredadas— antes de que él la enterrara bajo esa calma entrenada que usaba en las salas de juntas.
—Esto no tiene nada que ver con eso.
—¿Con qué tiene que ver, entonces?
—Claire.
Solo su nombre. Ninguna explicación detrás. El teléfono volvió a vibrar sobre el mostrador, un zumbido corto y terco, y esta vez Nate sí lo miró, apenas un segundo, antes de guardárselo en el bolsillo interior del saco sin decir una palabra.
Ese gesto —ese apartar la pantalla de su vista como quien esconde algo de un niño— fue lo que hizo que algo se cerrara dentro de Claire.
No fue un pensamiento razonado. Fue más viejo que eso, algo que vivía en el cuerpo antes que en la cabeza: se está alejando, tiene un secreto, y los secretos de los hombres como él nunca terminan bien para las mujeres como yo.
—Sabes —dijo, y oyó su propia voz volverse más filosa de lo que había planeado—, si vas a mentirme, al menos podrías intentar hacerlo mejor. Se te da bien fingir en público. Aquí se te da fatal.
—No te estoy mintiendo.
—Me estás ocultando algo. No es lo mismo, pero tampoco es tan distinto.
—Es complicado.
—Todo contigo es complicado. —Se sorprendió a sí misma por la dureza de la frase, pero no la retiró—.
Los contratos son complicados. Los horarios son complicados.
Tu padre es complicado. Y cada vez que algo se pone complicado, tú simplemente...
—hizo un gesto vago con la mano, un gesto que abarcaba el silencio, la puerta cerrada, el teléfono guardado— desapareces detrás de esa cara que pones para los inversores.
—Eso no es justo.
—Puede que no. —Claire volvió a la masa, porque necesitaba que sus manos hicieran algo que no fuera temblar—. Pero es lo que veo.
Nate se quedó callado un momento demasiado largo. Cuando volvió a hablar, su voz había perdido el filo defensivo y sonaba, por primera vez esa tarde, genuinamente cansado.
—Hay cosas que todavía no puedo contarte. No porque no confíe en ti. Porque si las digo en voz alta antes de tiempo, las vuelvo reales de una manera que no puedo controlar.
Era, pensó Claire después, probablemente lo más honesto que le había dicho en toda la tarde.
Y aun así no fue suficiente para deshacer el nudo que ya se había formado en su pecho, porque una frase así — hay cosas que no puedo contarte — era exactamente la clase de frase que Daniel solía usar, en otra vida, justo antes del final.
—Está bien —dijo ella, y la palabra salió más fría de lo que pretendía—. No tienes que contarme nada. No es como si esto fuera real.
Vio cómo la frase le llegaba. Vio el modo en que Nate cerraba los ojos un segundo, como si ella lo hubiera golpeado en un lugar que ya estaba magullado.
—Claire...
—Tengo que terminar esto antes de cerrar. —Señaló la masa con la barbilla, sin mirarlo—. Puedes irte si tienes cosas complicadas que atender.
No era lo que quería decir. Lo supo incluso mientras lo decía, sintió la parte razonable de sí misma protestando en algún rincón lejano de su cabeza — esto es desproporcionado, no sabes qué está pasando, podría ser cualquier cosa —, pero la otra parte, la parte más vieja y más asustada, ya había tomado el timón, y esa parte solo sabía una cosa: mejor cerrar la puerta ella primero.
Nate se quedó un momento más, como si fuera a decir algo, a insistir, a quedarse a pesar de todo.
Pero el teléfono vibró una vez más, y esta vez algo en su rostro se endureció de un modo distinto —no evasivo, sino urgente— y Claire supo, con una certeza fría, que fuera lo que fuera, iba a ganarle a ella.
—Tengo que atender esto —dijo él—. Hablamos mañana.
—Claro.
La campanilla de la puerta sonó al cerrarse detrás de él. Claire se quedó sola con la masa, con el pan que él no había probado, y con la sensación —tan familiar que casi dolía menos que antes— de haber visto venir el golpe justo antes de que llegara.
El apartamento de Claire olía a té de jengibre y a la vela de vainilla que Priya siempre encendía apenas cruzaba la puerta, como si fuera suya y no de Claire.
—Entonces —dijo Priya, sentada con las piernas cruzadas sobre el sofá, la taza entre las manos—, ¿le dijiste que no era real?
—Le dije que podía irse.
—Que es tu manera elegante de decir lo mismo.
Claire se dejó caer en el otro extremo del sofá y se cubrió la cara con las manos un momento.
—No sé por qué lo dije. Salió antes de que pudiera pensarlo.
—Yo sí sé por qué lo dijiste.
Algo en el tono de Priya hizo que Claire bajara las manos y la mirara.
—No empieces.
—Claire.
—En serio, no.
—Nate estuvo distraído contigo una tarde.
Guardó su teléfono. Dijo que había cosas de las que no podía hablar todavía.
—Priya contó los hechos con los dedos, uno por uno, con la paciencia irritante de alguien que ya había tenido esta conversación antes, en otra versión, con otro nombre en el lugar de Nate—.
Y tu primer instinto, tu instinto automático, fue asumir que te estaba dejando fuera.
Que se estaba yendo. Que era Daniel otra vez con otra corbata.
—No es lo mismo.
—No, no lo es. Pero tú lo trataste como si lo fuera.
Claire abrió la boca para protestar y no encontró nada que decir que no sonara, incluso para sus propios oídos, como una excusa.
—Tiene secretos —dijo finalmente, más suave—. Tiene un teléfono que no quiere que yo vea y una cara que pone cuando cree que nadie lo está mirando, y esa cara da miedo, Priya. Da miedo porque yo ya vi esa cara antes, en otro hombre, justo antes de que todo se derrumbara.
—Lo sé. —Priya dejó la taza sobre la mesita y se acercó lo suficiente para tomarle la mano—. Y por eso no te estoy diciendo que estés loca por tener miedo. Te estoy diciendo que el miedo no te está dejando esperar a ver qué es verdad antes de decidir que ya sabes cómo termina la historia.
—¿Y si sé cómo termina?
—¿Lo sabes? ¿O solo sabes cómo terminó la última vez?
La pregunta se quedó suspendida entre ellas, sin respuesta fácil, y Claire sintió que algo incómodo se removía en su pecho, algo que se parecía demasiado al reconocimiento.
—Tú siempre haces esto —continuó Priya, con menos filo ahora, con algo más parecido a la ternura—.
Alguien se pone raro, alguien guarda silencio, y en tu cabeza ya escribiste el final antes de que la otra persona termine la frase.
Con tu casera. Con ese proveedor que se retrasó un pago.
Y ahora con Nate, que, para que conste, ha hecho más por ti en seis semanas de lo que Daniel hizo en dos años.
—Eso no es justo.
—Puede que no. Pero tampoco es falso.
Claire se quedó mirando su propia taza, el vapor que ya casi no subía. Cuando volvió a hablar, su voz salió más pequeña de lo que hubiera querido.
—No sé cómo dejar de hacerlo. El pensamiento ni siquiera se siente como un pensamiento. Se siente como algo que ya sé, como hechos.
—Lo sé. —Priya le apretó la mano—. Por eso te lo digo yo, en vez de esperar a que te des cuenta sola.
Porque desde afuera se ve clarísimo, Claire.
Y algún día, si no cambias esto, vas a estar tan segura de que alguien te está dejando que ni siquiera vas a esperar a escuchar por qué.
Vas a irte primero. Y quizás, solo quizás, te vas a equivocar.
El silencio que siguió no fue incómodo, exactamente. Era el tipo de silencio en el que algo se asienta, despacio, contra la voluntad de una.
—¿Y si no me equivoco? —dijo Claire al fin, tan bajo que casi se perdió bajo el zumbido de la nevera—. ¿Y si por una vez tengo razón, y él realmente se está guardando algo que va a terminar con todo esto?
Priya no respondió enseguida. La miró con una compasión que dolía más que cualquier reproche.
—¿Es eso lo que te asusta? —preguntó, suave—. ¿O te asusta más tener razón que estar equivocada?
Claire no contestó. No porque no supiera la respuesta, sino porque, por primera vez en mucho tiempo, tuvo miedo de decirla en voz alta.
—Tengo miedo de tener razón —susurró finalmente, mirando el fondo de su taza como si ahí hubiera algo que leer—. Tengo miedo de que un día vaya a mirarlo a la cara y voy a descubrir que tenía razón desde el principio.
Priya no dijo nada. Solo se acercó más y la abrazó, y Claire dejó que lo hiciera, aunque una parte de ella —la parte vieja, la parte asustada— seguía, en algún rincón silencioso, contando los días hasta que la otra corbata cayera.