La falsa novia del CEO CAPÍTULO 17
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CAPÍTULO 17

Tiempo Prestado

Nate tenía harina hasta el codo y no parecía tener la menor idea de qué hacer al respecto.

—Se supone que tienes que incorporarla, no atacarla —dijo Claire, conteniendo la risa mientras observaba cómo él golpeaba la masa contra la encimera con la misma concentración feroz que probablemente reservaba para las negociaciones de fusiones millonarias.

—La estoy incorporando.

—La estás castigando por algo que le hizo tu padre.

Nate levantó la vista, y por un instante la mirada que le dedicó tuvo tanto de sorpresa genuina como de algo más suave, algo que llevaba semanas apareciendo con más frecuencia de la que Claire quería admitir.

—Eso ha sido innecesariamente preciso.

—Soy panadera. Desarrollamos un sexto sentido para la ira reprimida a través de la masa.

Él soltó una risa breve, real, sin ningún rastro del control que Claire había aprendido a reconocer detrás de casi todo lo que Nate hacía en público, y volvió a intentarlo, esta vez con menos fuerza, doblando la masa sobre sí misma con un movimiento torpe que ella corrigió apoyando las manos sobre las suyas sin pensarlo demasiado.

—Así —dijo, guiándolo—. Empuja, dobla, un cuarto de vuelta. No es una pelea, Nate. Es más como... una conversación.

—Nunca había pensado en el pan como algo con quien se puede conversar.

—Es que nunca habías hecho pan de verdad. Solo lo habías comido en rebanadas perfectamente cortadas en algún desayuno de directorio.

—Culpable —admitió él, sin dejar de mirarla, y Claire sintió el calor subirle por el cuello, no por la cercanía del horno, que llevaba encendido toda la tarde, sino por la manera en que Nate la observaba cuando creía que ella estaba demasiado concentrada en la masa como para notarlo.

La panadería estaba cerrada desde hacía dos horas, las luces del local reducidas a la lámpara sobre la mesa de trabajo y el resplandor cálido del horno, y afuera, Rivermill se había quedado en ese silencio particular de las calles residenciales después del anochecer, interrumpido solo de vez en cuando por el paso ocasional de algún coche.

No había fotógrafos. No había reporteros esperando la pregunta incómoda perfecta.

No había nadie observándolos, evaluando si el ángulo de sus manos entrelazadas resultaba lo bastante convincente.

Solo estaban ellos dos, harina, y una hogaza de pan que probablemente saldría deforme del horno, y a Claire le sorprendió lo poco que eso le importaba.

—¿Por qué esto? —preguntó Nate, después de un rato, mientras ella le enseñaba a formar la masa en una bola apretada—. Podrías haberme dicho que no cuando te pregunté si podía quedarme esta noche.

—Podría haberlo hecho.

—¿Por qué no lo hiciste?

Claire se tomó un momento antes de responder, no porque no supiera la respuesta, sino porque decirla en voz alta la hacía sentir peligrosamente expuesta.

—Porque me gusta esto —dijo finalmente, con la vista fija en la masa entre sus manos en lugar de mirarlo a él—. Esta versión. Sin cámaras, sin guion, sin nadie mirando para juzgar si somos convincentes o no.

—A mí también me gusta —dijo Nate, en voz baja, y había algo en su tono que hizo que Claire levantara la vista a pesar de sí misma.

Él la observaba con una expresión que no tenía nada de calculado, nada del control cuidadoso que ella conocía de las galas y las ruedas de prensa.

Tenía una mancha de harina en la mejilla, el cabello ligeramente despeinado de habérselo apartado de la frente con el dorso de la muñeca, y por un instante, Claire pensó que aquel era, sin ninguna duda, el hombre más real que había visto nunca, mucho más que el ejecutivo impecable de los titulares de sociedad.

Eso la asustó más de lo que quería admitir.

—Tienes harina en la cara —dijo, en lugar de cualquier otra cosa que hubiera estado a punto de decir, y extendió la mano para limpiarla, un gesto pequeño, automático, que se prolongó un segundo más de lo necesario.

Nate no se apartó. Se quedó quieto bajo el contacto de sus dedos, con una quietud que a Claire le pareció, de repente, mucho más elocuente que cualquier palabra.

—Claire.

—¿Sí?

Él pareció a punto de decir algo, la boca entreabierta, los ojos fijos en los de ella con una intensidad que le cortó la respiración, y por un momento Claire sintió que el aire entre ellos se volvía denso, cargado de algo que ambos llevaban semanas esquivando con cuidado quirúrgico, algo que tenía nombre pero que ninguno de los dos se había atrevido a pronunciar en voz alta, porque pronunciarlo tenía consecuencias que ninguno de los dos sabía cómo enfrentar todavía.

—Nada —dijo él finalmente, apartando la vista hacia el horno—. Creo que el pan está listo para hornear.

Claire soltó el aire que no sabía que había estado conteniendo, con una mezcla de alivio y decepción que la incomodó por lo contradictoria que resultaba.

—Sí —dijo—. El pan.

Metieron la hogaza en el horno juntos, con una coreografía torpe que terminó con las manos de ambos rozándose sobre la bandeja caliente, y cuando cerraron la puerta del horno, Claire se encontró sentada en uno de los taburetes altos junto a la encimera, con Nate frente a ella, los dos con las manos todavía cubiertas de restos de harina, sin nada que hacer más que esperar.

—Cuéntame algo que no sepa de ti —dijo él, apoyando los codos en la encimera.

—Eso es muy amplio.

—Elige tú, entonces.

Claire lo pensó un momento, jugando con un mechón de harina que se había quedado en el dorso de su mano.

—Mi madre solía decir que el pan no perdona la prisa —dijo finalmente—. Que si intentas apurarlo, si lo fuerzas a levantarse antes de tiempo, sale denso, sin vida. Tiene que fermentar a su propio ritmo, o no sirve de nada.

—Suena a metáfora.

—Todo en una panadería es metáfora, tarde o temprano.

—Claire sonrió, algo triste—. Ella decía eso cuando yo era pequeña y quería que las cosas pasaran más rápido de lo que debían.

Los deberes, las vacaciones, crecer. Y ahora...

—se encogió de hombros— ahora me encuentro pensando en ello constantemente.

En cómo hay cosas que no se pueden apresurar sin que se estropeen.

Nate la observaba con una atención que Claire sintió física, como una mano sobre la piel.

—¿Y en qué estás pensando ahora mismo que no se puede apresurar? —preguntó él, en voz baja.

La pregunta quedó suspendida entre ellos, y Claire supo, con una claridad que le dolió en algún lugar bajo el esternón, exactamente a qué se refería.

Supo también que si respondía con honestidad, si dejaba que las palabras que llevaba semanas conteniendo salieran por fin, algo cambiaría de manera irreversible entre ellos.

Algo que ya no podría deshacerse con una firma ni con seis semanas de plazo.

Pensó en el contrato guardado en algún cajón de su apartamento, en esa cláusula que el abogado había leído con voz aburrida el día de la firma, como si no fuera nada, como si no llevara implícita la posibilidad de que todo esto —el pan, la harina, la risa fácil, las manos que se buscaban sin permiso— terminara de golpe en el instante exacto en que uno de los dos dijera en voz alta lo que ambos ya sabían.

—En nada —mintió Claire, apartando la mirada hacia el horno, donde el pan empezaba a llenar la panadería con su aroma—. Solo estaba divagando.

Vio, por el rabillo del ojo, cómo algo se apagaba levemente en la expresión de Nate, una decepción contenida que él no dejó traslucir del todo, pero que Claire reconoció de todas formas, porque probablemente era un reflejo exacto de lo que sentía ella misma.

—Claro —dijo él, con una ligereza que sonaba demasiado cuidadosa para ser real—. Divagando.

El temporizador del horno sonó entonces, un timbre agudo que rompió el silencio cargado entre ambos, y Claire se levantó demasiado rápido, agradecida por la excusa, mientras Nate se quedaba un momento más sentado, observándola moverse por la cocina con una expresión que ella no se atrevió a mirar directamente.

Sacó el pan del horno —dorado, ligeramente irregular, con una corteza que crepitaba suavemente al enfriarse— y lo dejó sobre la rejilla junto a la ventana, y por un momento, ninguno de los dos dijo nada, ambos mirando la hogaza como si contuviera algo más importante que masa y levadura.

—Deberíamos comerlo mientras está caliente —dijo Claire finalmente, con una voz que sonó más firme de lo que se sentía.

—Deberíamos —coincidió Nate, y algo en la manera en que lo dijo, en la distancia cuidadosa que ambos mantenían ahora entre sus cuerpos, le dijo a Claire que él también sabía exactamente lo cerca que habían estado, hacía apenas unos minutos, de decir algo que ninguno de los dos podría retirar después.

Cortó dos rebanadas, todavía humeantes, y le entregó una, y cuando sus dedos se rozaron al pasar el plato, ninguno de los dos comentó el pequeño escalofrío que ambos sintieron, ni el silencio que se instaló después, cómodo y tenso al mismo tiempo, como todo lo demás entre ellos últimamente.

Fuera, Rivermill seguía dormido bajo la noche, ajeno por completo a que, en una pequeña panadería con las luces bajas, dos personas que se habían prometido no sentir nada real estaban cada vez más cerca del borde de algo que ninguna cláusula legal podría contener del todo.