CAPÍTULO 14
Cabo Loran
—Se nota, ¿sabes? —dijo Priya por teléfono, la noche anterior, con esa franqueza que Claire tanto necesitaba y tan poco quería escuchar en ese momento—.
Cuando dos personas están tensas, se nota.
Y ustedes van a pasar tres días encerrados en un resort de lujo con banqueros que se dedican a leer microexpresiones para ganarse la vida.
Claire no había tenido una respuesta entonces.
Tampoco la tenía ahora, dos horas después de aterrizar en el aeródromo privado de Cabo Loran, mientras el aire salado le alborotaba el cabello y observaba a Nate —tres metros por delante de ella, hablando con el gerente del resort con una cordialidad perfectamente calibrada— sin poder decidir si todavía estaba enfadada con él o solo agotada de estarlo.
Cabo Loran era, tenía que admitirlo, obscenamente hermoso.
Un promontorio rocoso que se hundía en un océano de un azul casi irreal, un resort de villas dispersas entre pinos retorcidos por el viento, senderos de piedra que bajaban hasta calas privadas donde el agua rompía en espuma blanca.
El tipo de lugar diseñado para que la gente rica se sintiera, durante unos días, dueña del mundo entero.
También era, según había explicado Danielle en el vuelo, el peor lugar posible para fingir mal una relación.
—Es un retiro pequeño —había dicho, sin levantar la vista de su tableta—.
Cuarenta invitados, máximo. Todos ejecutivos, todos socios potenciales de la fusión con Hale Holdings.
No hay prensa, pero hay algo peor: gente que se conoce entre sí desde hace veinte años y que no tiene nada mejor que hacer en tres días que observarse mutuamente. Si hay grietas, las van a encontrar.
Había grietas. Claire lo sabía. Llevaban cinco días sin hablarse de verdad desde que ella había descubierto la transferencia bancaria que saldaba, sin su consentimiento ni su conocimiento, buena parte de la deuda de la panadería.
Cinco días de conversaciones estrictamente funcionales, de miradas que se esquivaban con una precisión casi coreografiada, de un silencio que pesaba más que cualquier grito.
Y ahora estaban aquí, en un paraíso de postal, obligados por un contrato con cláusulas de asistencia obligatoria a fingir, delante de cuarenta desconocidos con información privilegiada sobre lenguaje corporal, que todo entre ellos iba exactamente como debía.
—Claire.
La voz de Nate, a su lado de nuevo, la sacó de sus pensamientos. Había terminado su conversación con el gerente y ahora la miraba con esa expresión cuidadosamente neutra que Claire ya sabía reconocer como una máscara, no como calma real.
—¿Sí?
—La cena de bienvenida es en dos horas. Terraza principal, vista al mar. —Hizo una pausa—. Va a estar Marcus Webb ahí.
—¿Y ese quién es?
—El director financiero de Hale Holdings. Y el mejor amigo de infancia de mi padre.
Claire entendió el mensaje sin que hiciera falta explicarlo más. Este es el hombre que le contará a tu padre si algo no cuadra.
—Entendido —dijo, con más resignación que entusiasmo—. Sonreiré. Tomaré tu mano cuando corresponda. Diré cosas encantadoras sobre la vista.
—Claire.
—¿Qué?
Nate abrió la boca, como si fuera a decir algo más, algo que no tenía que ver con la logística del evento. Pero la cerró de nuevo, y en su lugar solo asintió, con una brevedad que a Claire le dolió más de lo que hubiera querido admitir.
—Gracias —dijo él, en cambio.
Ella no respondió. Se limitó a seguir caminando hacia la villa que les habían asignado —una sola villa, por supuesto, otra decisión de Danielle en nombre de la coherencia narrativa—, con la sensación incómoda de que ambos estaban actuando incluso cuando nadie los observaba.
La cena de bienvenida transcurrió, durante la primera media hora, sin sobresaltos.
Claire sonrió en los momentos correctos, aceptó una copa de vino blanco que apenas tocó, escuchó con atención fingida las anécdotas de un hombre llamado Alistair sobre un yate que había estado a punto de comprar en Mónaco.
Nate estaba a su lado, una mano ocasionalmente en su espalda baja, exactamente como el manual indicaba, y por un rato pareció que la actuación iba a sostenerse sin fisuras.
Fue Marcus Webb quien encontró la primera grieta.
—Nathaniel —dijo, con la copa de whisky balanceándose entre los dedos, la sonrisa demasiado ancha para ser del todo inocente—, tu padre me comentó que estabas más callado de lo habitual en la última reunión de junta. ¿Todo bien por casa?
—Todo perfectamente bien —respondió Nate, con la fluidez profesional de quien lleva toda la vida practicando respuestas exactas para preguntas incómodas.
—Qué curioso —Marcus se giró hacia Claire, con esa mirada evaluadora de quien lleva décadas negociando y sabe leer una habitación mejor que la mayoría—.
Porque hace un minuto, cuando pensaban que nadie los miraba, ustedes dos parecían estar a un continente de distancia el uno del otro.
Y ahora están aquí, sonriendo como si acabaran de conocerse en un anuncio de joyería.
El silencio que siguió duró solo un segundo, pero a Claire le pareció una eternidad. Sintió la mirada de al menos tres personas más girarse hacia ellos, atraídas por el filo en la voz de Marcus, el tipo de filo que en ese mundo pasaba por entretenimiento.
Nate fue quien reaccionó primero.
—Marcus —dijo, con una risa breve, calculada al milímetro—, si esperas encontrar drama en cada silencio entre dos personas que llevan juntas ocho meses, te vas a decepcionar con casi todos los matrimonios que conoces.
Hubo risas dispersas, del tipo que se dan por cortesía más que por gracia genuina. Pero Marcus no soltó el hilo del todo.
—¿Y tú qué dices, Claire? —preguntó, directamente—. ¿Todo bien?
Claire sintió el pulso acelerarse. Todas las miradas convergían en ella ahora, esperando, y supo, con esa certeza fría que a veces llega en los peores momentos, que cualquier vacilación sería suficiente para que la pregunta de Marcus dejara de ser un chiste social y empezara a ser una sospecha real.
Así que hizo lo único que se le ocurrió.
Se acercó a Nate, deslizó la mano por su brazo con una naturalidad que no sentía en absoluto, y alzó la vista hacia él con una sonrisa que esperó que se leyera como afecto y no como pánico contenido.
—Todo perfecto —dijo, mirándolo a los ojos—. Aunque debo admitir que este hombre trabaja demasiado. A veces tengo que arrastrarlo físicamente lejos del teléfono.
Nate la miró con una sorpresa que solo duró una fracción de segundo antes de que su propia máscara se ajustara alrededor de ella.
—Es cierto —dijo, cubriendo la mano de Claire con la suya, un gesto que en cualquier otro contexto habría parecido tierno y que en este solo era, pensó Claire, extraordinariamente bien ejecutado—. Ella tiene razón. Estoy trabajando en ello.
Marcus, aparentemente satisfecho —o al menos lo suficientemente aburrido como para dejarlo pasar—, se encogió de hombros y volvió a su whisky, retomando la conversación con Alistair sobre el yate de Mónaco.
Claire soltó el brazo de Nate en cuanto la atención general se desvió. Sintió las manos temblarle ligeramente, un residuo de adrenalina que tardó varios minutos en disiparse.
Nate se inclinó hacia ella, la voz baja, solo para sus oídos.
—Terraza privada. Diez minutos. Tenemos que hablar de verdad.
No fue una pregunta.
La terraza privada de la villa daba directamente al acantilado, con una vista que en cualquier otra noche habría dejado a Claire sin aliento por razones completamente distintas a las que sentía ahora.
El sol ya se había hundido en el horizonte, dejando tras de sí una franja de naranja desvaneciéndose en púrpura, y el sonido de las olas rompiendo abajo, contra las rocas, llenaba el silencio con algo que casi parecía paz.
Nate estaba de pie junto a la barandilla cuando ella salió, la corbata ya aflojada, la chaqueta abandonada en algún lugar dentro de la villa.
Parecía, por primera vez desde que Claire lo conocía, genuinamente cansado.
No la fatiga controlada y elegante que exhibía en las juntas directivas, sino algo más crudo.
—Casi nos descubren ahí dentro —dijo Claire, cerrando la puerta de cristal tras de sí.
—Lo sé.
—Marcus no es tonto.
—No, no lo es. —Nate se giró hacia ella—.
Por eso necesitamos que esto —hizo un gesto vago entre los dos— deje de sentirse como se sintió esta noche.
Porque si él lo notó, otros también lo harán, y no puedo permitirme que la fusión colapse por una discusión que empezó con dinero que ni siquiera debería haber sido un problema.
Algo en Claire se tensó de inmediato.
—¿Ni siquiera debería haber sido un problema?
Nate cerró los ojos un instante, como si se diera cuenta, tarde, de lo que acababa de decir.
—No quise decir eso.
—¿Entonces qué quisiste decir?
—Quise decir... —Se pasó una mano por el cabello, deshaciendo el peinado perfecto que Danielle sin duda había supervisado personalmente—.
Quise decir que lo hice mal. No el gesto.
La forma. —Hizo una pausa, buscando las palabras con un cuidado que Claire no le había visto antes—.
Vi un problema. Tenía la capacidad de resolverlo.
Y lo resolví, de la misma manera en que resuelvo todo: rápido, en silencio, sin consultar a nadie.
Es lo que hago en la empresa. Es lo que he hecho toda mi vida.
—No es una empresa, Nate. Era mi bakery. Era mi historia con mi madre. Era algo que me correspondía resolver a mí, aunque tardara más, aunque me costara más.
—Lo sé.
—¿Lo sabes de verdad, o solo lo estás diciendo porque Marcus casi nos delata hace diez minutos?
La pregunta salió más afilada de lo que pretendía, pero Claire no se disculpó por ella. Necesitaba saberlo.
Nate se acercó un paso, no lo suficiente para invadir su espacio, pero sí lo suficiente para que ella sintiera el peso de su atención completa.
—Lo sé de verdad —dijo, con una voz que había perdido por completo el barniz profesional—.
Llevo cinco días pensando en esto, Claire.
No en cómo arreglarlo para que Danielle deje de mandarme correos preocupados.
En cómo arreglarlo contigo. —Tragó saliva—.
Crecí viendo a mi padre resolver todo con dinero y control, y jurándome que yo sería distinto.
Y luego, en el primer momento en que de verdad me importó alguien, hice exactamente lo mismo que él.
Vi un problema tuyo y decidí, sin preguntarte, que sabía mejor que tú cómo resolverlo.
Eso no fue generosidad. Fue control disfrazado de generosidad.
Y lo siento. No por el dinero. Por no haberte preguntado primero.
Por no haber confiado en que tú también sabías cómo salvar tu propia vida.
El viento agitó el cabello de Claire, y por un momento ella no dijo nada, dejando que las palabras de Nate se asentaran, buscando en ellas la grieta de la insinceridad que esperaba encontrar y no encontrando ninguna.
—Eso es lo más honesto que me has dicho desde que firmamos ese contrato absurdo —dijo finalmente.
—Es la verdad.
—¿Y cómo sé que la próxima vez que veas un problema mío no vas a volver a resolverlo tú solo, sin decírmelo?
Nate no respondió de inmediato. Cuando lo hizo, no fue con una promesa fácil ni con una garantía vacía.
—No lo sé —admitió—. Es un patrón viejo.
No va a desaparecer de la noche a la mañana solo porque lo reconozca en una terraza con vista al mar.
Pero puedo prometerte que la próxima vez, antes de actuar, voy a preguntarte.
Aunque me cueste. Aunque cada instinto en mí me diga que resolverlo yo mismo es más rápido, más limpio, más seguro.
Claire sintió que algo en su pecho, algo que llevaba cinco días cerrado con una firmeza casi física, empezaba a aflojarse, aunque no del todo.
No estaba lista para perdonarlo por completo —una disculpa, por sincera que fuera, no borraba de un plumazo años de desconfianza heredada de otro hombre, en otra vida—, pero sí sintió que la distancia entre ellos, esa distancia que Marcus Webb había detectado con precisión incómoda, se había reducido en algo real.
—No te perdono del todo —dijo, con una honestidad que la sorprendió a ella misma—. Pero te creo. Eso ya es algo.
—Es más de lo que esperaba, sinceramente.
—No te acostumbres.
Una sonrisa, pequeña pero genuina, cruzó el rostro de Nate, y por un instante, con el sonido de las olas de fondo y el último resplandor púrpura desapareciendo tras el horizonte, Claire sintió que estaban, por primera vez en días, en el mismo lugar de verdad, sin guion, sin cámaras, sin Danielle susurrándoles instrucciones al oído.
Se acercó, sin pensarlo del todo, y él hizo lo mismo, y por un momento la distancia entre ambos se redujo a nada, el aire cargado de una pregunta que ninguno de los dos había pronunciado todavía en voz alta pero que flotaba entre ellos con una claridad casi física.
El teléfono de Nate sonó.
El sonido, estridente en el silencio de la terraza, los sobresaltó a ambos como una descarga eléctrica. Nate se apartó, con una disculpa silenciosa en los ojos, y sacó el teléfono del bolsillo.
Claire vio cómo el color abandonaba su rostro en cuanto miró la pantalla.
—Es mi padre —dijo, con una voz que había perdido, de golpe, toda la suavidad de hacía un instante—. Nunca llama a esta hora.
Deslizó el dedo para contestar, llevándose el teléfono al oído, y Claire observó, con un nudo repentino en el estómago, cómo la expresión de Nate se transformaba, segundo a segundo, en algo que no había visto antes en él.
Algo parecido al miedo.
—¿Padre? —dijo Nate, y su voz sonó, por primera vez desde que Claire lo conocía, genuinamente insegura—. ¿Qué pasa?
El viento siguió soplando desde el mar, indiferente, mientras Claire esperaba, con el corazón acelerado, a que él dijera algo más.