Capítulo 46
Descubro, cuando la amenaza pasa y por fin tengo tiempo de mirar mi propia vida, que llevaba años viviendo una que no había elegido, solo heredado, y que ha llegado el momento de rehacerla entera.
Es un privilegio raro, este de poder rehacer la propia vida, y soy consciente de que se lo debo, en parte, a la misma fortuna que siempre me sobró: un hombre con mis medios puede permitirse reconfigurar su existencia sin que se le caiga encima el techo, cosa que la mayoría no puede.
Vivienne no tuvo nunca esa libertad; su vida se la impusieron a los ocho años y la ha ido reformando a fuerza de trabajo y de sangre, sin margen para el lujo de elegir.
Yo tengo el margen, y durante treinta años no lo usé, por pereza, por costumbre, por no saber siquiera que existía.
Ahora lo uso, y me avergüenza un poco haber tardado tanto, y me alegra no haber tardado más.
Hay hombres que mueren en la casa amueblada que heredaron sin haber movido un solo mueble. Yo, al menos, no seré uno de ellos.
La vida que heredé era la de un conde: un título por accidente, tres muertes que me dejaron unas tierras y un asiento en unos cuantos clubes, una agenda social poblada de compromisos que cumplía por inercia y que no me daban ni alegría ni sentido.
Nunca me pregunté si la quería. Se llega a la vida de uno como se llega a una casa que se hereda amueblada: se acepta la disposición de los muebles porque estaban ahí antes, sin plantearse moverlos.
El descubrimiento de que se pueden mover me llegó despacio, viéndola a ella.
Vivienne no ha heredado nada; todo lo que tiene lo ha construido o arrebatado, y por eso trata su vida como material de trabajo, moldeable, sujeto a mejora, nunca como un destino que soportar.
Yo la miraba rehacer su mundo sin descanso —cambiar rutas, reorganizar hombres, reinventar su negocio— y un día caí en la cuenta de que si ella podía rehacer una vida hecha de necesidad, yo, que la tengo hecha de sobra, no tenía excusa para no rehacer la mía.
La libertad de reformarme la tuve siempre.
Me faltaba el ejemplo de alguien que la ejerciera para atreverme a ejercerla.
Vivienne me ha enseñado, sin decírmelo, que los muebles se mueven, que una vida se reorganiza igual que ella reorganizaría mi despensa, y me he puesto a hacerlo, con una libertad que no sabía que tenía.
Empiezo por lo fácil: renuncio a lo que no me importa.
Dimito de dos patronatos que solo servían para que hombres aburridos se dieran importancia entre canapés.
Dejo de asistir a las cenas a las que iba por deber.
Y una tarde, en el Athenaeum, mi viejo amigo Ainsworth, la persona que más se parece a quien yo era hace un año, me pide explicaciones de mi deserción social con la alarma de quien ve a un cofrade abandonar la orden.
Ainsworth y yo nos conocemos desde Oxford, y ha sido, durante veinte años, lo más parecido a un amigo íntimo que he tenido, en la medida en que dos hombres reservados y librescos pueden intimar: compartiendo hallazgos de archivo, discrepando sobre dataciones, sin tocarnos jamás una emoción.
Lo quiero, a mi manera seca. Y por eso me duele un poco lo que veo esta tarde: que Ainsworth es el espejo exacto del hombre que yo era hace un año, y que mirarlo es mirar la vitrina de la que Vivienne me sacó.
Él sigue dentro. Conservado, valioso, intacto.
No sabe que está en una vitrina, como yo no lo sabía, y no seré yo quien se lo diga, porque no hay crueldad mayor que enseñarle su encierro a quien todavía lo toma por un hogar.
—Te estás retirando de todo, Aldric —dice, sirviéndose un oporto—. Los Pembroke dicen que rechazaste su cena. Rechazaste, Aldric. Y corren rumores… —baja la voz— sobre una mujer. Una mujer de… circunstancias irregulares. Dime que son exageraciones.
—No son exageraciones —respondo, con calma—.
Voy a casarme con ella. Se llama Vivienne Deveran, dirige un negocio de importación en Wapping que es bastante menos legal de lo que la palabra «importación» sugiere, y es la persona más inteligente que he conocido, tú incluido, Ainsworth, y eso que a ti te tengo en gran estima.
Ainsworth se atraganta con el oporto.
—Una contrabandista —dice, cuando se recompone—. Te vas a casar con una contrabandista. ¿Sabes lo que dirán?
—Con exactitud. Llevo semanas oyéndolo. Dirán lo que dices tú, con menos cariño.
—Me encojo de hombros—. Y me da lo mismo, Ainsworth, y esa es la parte que no vas a entender, porque hace un año tampoco la habría entendido yo.
Toda la vida he cumplido las reglas de este mundo por miedo a lo que dirían si no las cumplía.
Y he descubierto, ya cumplidos los treinta, que «lo que dirán» es un tirano que gobierna sobre un reino de nada.
La gente cuyo qué dirán me aterraba no me importa.
Sus opiniones deciden mi vida y no me importan sus personas.
Es absurdo, cuando lo miras de frente: entregarle el timón de tu existencia a un jurado cuyos miembros, uno por uno, te resultan indiferentes.
—Es la sociedad, Aldric —dice Ainsworth, escandalizado—. No un jurado cualquiera. Te cerrará puertas.
—Que las cierre. —Bebo—. He mirado detrás de esas puertas, Ainsworth.
Llevo treinta años detrás de ellas. No hay nada.
Salones donde se dice lo mismo cada temporada, matrimonios de conveniencia que se aburren con elegancia, hombres como nosotros que confunden no haber vivido con haberse comportado.
Yo he encontrado, del otro lado de la puerta que tú temes que se cierre, algo que aquí dentro no existe: gente que se juega la vida por lo que quiere.
Prefiero esa compañía. Aunque huela a brea.
—No te reconozco, Aldric —dice Ainsworth, y hay pena en su voz, la del amigo que siente perder a otro—. El hombre que yo conocía citaba a Cicerón, coleccionaba colofones y no habría cruzado la calle por nadie. ¿Qué te ha hecho esa mujer?
—Despertarme. —Lo digo sin dramatismo, porque es la verdad literal—.
El hombre que conocías no estaba vivo, Ainsworth.
Estaba muy bien conservado, que es distinto.
Como esos manuscritos que tanto admiramos los dos: intactos, valiosos y muertos desde hace siglos.
Ella me sacó de la vitrina. Duele salir de la vitrina, no te voy a mentir; se está muy cómodo ahí dentro, sin polvo, sin roces.
Aunque una vez fuera, cuando notas el aire, comprendes que estar conservado y estar vivo son cosas opuestas, y que llevabas media vida confundiéndolas.
Ainsworth guarda silencio, y sé que no me sigue, y no le culpo, porque yo tampoco me habría seguido hace un año.
Ainsworth me mira como se mira a un hombre que ha perdido el juicio, y comprendo, con una punzada de cariño, que lo he perdido para su mundo y lo he encontrado para el mío, y que esos dos verbos, para lo que a mí me importa, son el mismo.
Lo segundo que reconfiguro, después de soltar lo que no quiero, es encontrar por fin para qué sirvo.
Porque he vivido de erudito, y mi erudición, tan vasta, tan cuidada, no había servido nunca para nada salvo para mi propio placer y para aburrir a las visitas.
Toxicología histórica, procedencias de manuscritos, la manera en que un documento traiciona a quien lo falsifica: saberes exquisitos e inútiles, ornamentos de una mente ociosa.
Hasta que salvé a Vivienne de un veneno con una nota al margen de 1660, y hundí a Ravenscroft con unos registros de donaciones, y comprendí que mi saber inútil era, en el mundo correcto, un arsenal.
Es una de las alegrías más inesperadas de todo este cambio, la de descubrir que sirvo.
He pasado la vida con una vaga vergüenza de mi propia utilidad, o falta de ella; era el conde que no gestionaba sus tierras, el erudito cuyos estudios no interesaban a nadie salvo a otros tres eruditos, un hombre que consumía más de lo que aportaba y lo sabía.
Los de mi clase disimulamos esa vergüenza llamándola ocio, o vocación, o refinamiento, aunque debajo late la sospecha incómoda de ser, en el fondo, prescindibles.
Vivienne me ha curado de esa sospecha del modo más simple: dándome un problema real que solo yo sabía resolver.
No hay medicina para el alma como sentirse necesario, y yo, a los treinta y un años, la he probado por vez primera, y ya no quiero desengancharme.
Así que reconfiguro también eso. Le propongo a Vivienne, y ella acepta con un brillo en los ojos que me dice que llevaba tiempo esperando que yo lo propusiera, que mi biblioteca y mi cabeza se pongan al servicio de su negocio: que yo sea el hombre que verifica la autenticidad de un documento antes de que ella cierre un trato, el que detecta un veneno, el que lee en unos libros de cuentas la mentira que un socio esconde.
Un conde erudito al servicio de una contrabandista.
Es el empleo más impropio que podría tener un hombre de mi cuna, y es el primero que voy a desempeñar con la sensación de servir para algo.
Mis antepasados, otra vez, se revuelven. Que se revuelvan otra vez.
Me hace gracia imaginar la reacción de la larga fila de condes de Casworth que me precedieron, todos retratados en el rellano de la escalera con la misma expresión de tedio distinguido, ante la noticia de que su último descendiente ha decidido emplear el saber de la familia en ayudar a una contrabandista a no ser estafada en sus tratos.
Se horrorizarían. Y se equivocarían al horrorizarse, porque ninguno de ellos hizo jamás con su privilegio algo tan útil como lo que yo voy a hacer con el mío.
Heredaron, gastaron, se aburrieron y murieron estimados.
Yo voy a coger todo lo que me dieron sin merecerlo —el tiempo, los libros, la educación ociosa— y a convertirlo, por fin, en algo que sirva a alguien.
Es la primera vez que el apellido Casworth va a ganarse el pan.
Y hay un tercer cambio, el más hondo, que no se ve desde fuera y que es el que me reconfigura.
Durante toda mi vida me definí por negación: era el que no tenía familia, el que no había buscado el título, el que no encajaba en su mundo, el último de una línea que se apagaba conmigo.
Mi identidad entera era una lista de ausencias.
Y ahora, por primera vez, empiezo a definirme por lo que sí soy: el hombre que Vivienne eligió, el socio de Marcus, el que va a fundar, contra todo pronóstico y contra el apagón de mi apellido, una familia nueva que no hereda de nadie porque la estamos inventando desde cero.
Reparo en la simetría con Vivienne, otra vez, porque los dos, cada uno por su lado, veníamos definidos por una carencia.
Ella era la que no debía querer; yo, el que no tenía a nadie a quien querer.
Su herida era una prohibición; la mía, un vacío.
Y al encontrarnos, sin proponérnoslo, nos hemos curado el uno al otro la carencia contraria: ella ha hallado a alguien a quien por fin se permite querer, y yo he hallado por fin a alguien a quien querer.
Somos, me río al pensarlo, la pareja más improbable y más lógica de Londres: dos soledades de origen opuesto que encajan justo porque sus huecos son complementarios.
Donde a ella le sobraba muralla, a mí me faltaba gente.
Nos hemos repartido los excedentes. Dejo de ser el final de algo. Empiezo a ser el principio.
Esa noche, en Ashfield, escribo en mi diario, que llevo desde los diecinueve años, una entrada distinta de todas las anteriores.
Las de antes registraban una vida que observaba pasar.
Esta registra una que por fin sucede. Anoto los cambios igual que quien hace inventario de una mudanza: lo que suelto, lo que conservo, lo que estreno.
Y al final, tras dudar un momento, cambio el encabezamiento que he usado durante doce años.
Donde siempre ponía «Diario de James Aldric, conde de Casworth», tacho el título, el heredado, el que me define por un accidente, y dejo solo el nombre.
James Aldric. El que Vivienne dice cuando me quiere.
Miro el nombre desnudo, sin el título encima, y me parece, por vez primera, que ese soy yo.
El conde de Casworth fue siempre un disfraz que me quedaba grande, un papel que me repartieron sin audición; James Aldric, a secas, es el hombre que hay debajo del disfraz, el que a nadie le importó nunca hasta que una contrabandista de los muelles decidió que le importaba.
Me quedo con el nombre a secas. El título seguiré usándolo donde haga falta, como una herramienta; ya no como una identidad.
Mi identidad, a partir de esta página, es más corta y verdadera, y cabe entera en las dos palabras que ella pronuncia cuando me llama.
Es, comprendo cerrando el cuaderno, la reconfiguración entera resumida en un renglón: he dejado de ser lo que me tocó, para empezar a ser lo que elijo.