La estratega y el conde (Deveran 2) Capítulo 31
63%

Capítulo 31

Vuelvo a mi escritorio un lunes de noviembre, todavía flaca y con el brazo tirante, y lo primero que hago al sentarme detrás de mi trinchera recuperada es algo que no había hecho en la vida: revisar una palabra.

La palabra es «debilidad». Llevo treinta años operando con una definición de ella que nunca examiné, del mismo modo que uno no examina el suelo que pisa hasta que se hunde.

Y el suelo se ha hundido. Casi me mata, hace un mes, y en la caída he tenido tiempo de mirar por vez primera de qué estaba hecho, y he descubierto que mi definición de «debilidad», la que ha gobernado cada decisión de mi vida adulta, estaba mal.

No del todo. Peor: a medias, que es como están las definiciones que más daño hacen.

Es un lujo, revisar una palabra. Requiere tiempo, salud y cierta distancia del peligro, tres cosas de las que rara vez he dispuesto a la vez.

La convalecencia me las ha dado a la fuerza: semanas tumbada, sin poder trabajar, con la mente despejándose del veneno despacio y sin nada que hacer salvo pensar.

He odiado cada minuto de esa quietud obligada.

Y le debo, lo reconozco a regañadientes, la única revisión importante que he hecho de mí misma en veintidós años.

Hay cosas que solo se piensan cuando a una la obligan a parar, y la vida, que lo sabe, rara vez nos deja parar por las buenas: nos para con un veneno.

Hago el inventario como hago todos: por columnas, con rigor, sin sentimentalismo, porque el sentimentalismo aplicado a una idea es la manera más rápida de creérsela sin haberla probado.

Primera comprobación: ¿es cierto que la debilidad mata?

Sí. Es cierto. No es una superstición de mi madre ni un trauma mío; es un hecho verificado.

Mostré un flanco —dejé que se supiera que quiero a un hombre— y alguien pagó un estilete envenenado para clavármelo por ese flanco exacto.

La cadena es real: quise, se notó, me atacaron.

Hartmere lo anunció en un salón, alguien lo oyó, alguien calculó que la mujer que ahora tiene algo que perder es una mujer a la que se puede hacer daño de un modo nuevo.

Mi debilidad, en sentido literal, casi me cuesta la vida.

En este punto, mi madre tenía toda la razón, y yo, que la creí exagerada, era la ingenua.

Me detengo aquí más de lo cómodo, porque reconocer que mi madre tenía razón es reconocer que veintidós años de disciplina no fueron paranoia, sino prudencia bien fundada.

No me arrepiento de la muralla. La muralla me trajo hasta aquí viva, cuando la estadística decía que una huérfana de los muelles no llega a los quince.

Cada ladrillo lo puse por una razón, casi siempre con nombre y cara: alguien que intentó aprovecharse de una grieta que dejé abierta por descuido o por juventud.

La debilidad, en el mundo donde crecí, es una hemorragia: si no la tapas, te desangras.

Lo escribo en la columna con letra firme, para no olvidarlo en el entusiasmo de lo que viene después.

Segunda comprobación, y aquí empieza lo que no había visto: ¿toda debilidad mata igual?

Y la respuesta, cuando la miro de frente, es no.

Un no rotundo. Porque en el mismo mes en que mostrar el flanco casi me mató por un lado, mostrarlo me salvó por el otro.

Dije el nombre de James en la fiebre —debilidad pura, descontrol absoluto, el fondo de mi rendición — y esa debilidad no me destruyó: trajo a Isolde corriendo a buscar al único hombre de Londres capaz de curarme.

Le dije «no te vayas» despierta, entregándole el arma con que podía arruinarme, y él no la usó.

Mostré mi peor cara al hombre que me ama, y en lugar de perder, gané la certeza de que era seguro mostrarla.

Dos hechos, los dos ciertos, los dos vividos en carne propia en el mismo mes: mostrar el flanco me trajo un estilete y me trajo la salvación.

No puedo descartar ninguno como falso, porque los sangré los dos.

Un pensador perezoso elegiría uno y olvidaría el otro: se quedaría con «la debilidad mata» y volvería a tapiarse, o con «mostrarse salva» y bajaría todas las guardias, y en cualquiera de los dos casos moriría, de un estilete o de una ingenuidad.

La verdad incómoda, la que exige pensar en vez de creer, es que los dos hechos conviven, y que mi trabajo no es elegir entre ellos, sino entender por qué no se contradicen aunque lo parezca.

Me detengo en esa contradicción, porque una contradicción, en mi oficio, no es un callejón sin salida: es una señal de que la categoría está mal trazada.

Cuando dos hechos verdaderos se contradicen, no es que uno mienta; es que los he metido a la fuerza en la misma casilla, y la casilla es demasiado tosca.

«Debilidad» es una casilla demasiado tosca.

Contiene dos cosas distintas que yo llevo la vida confundiendo.

Reescribo la definición, despacio, con la letra pequeña que reservo para lo que importa.

Hay una debilidad que es una grieta en la muralla frente al enemigo: por ahí entra el estilete.

Y hay una debilidad que es una puerta abierta al aliado: por ahí entra el auxilio.

Son el mismo gesto —bajar la guardia, mostrar lo blando— y producen resultados opuestos, y la diferencia no está en el gesto, sino en quién hay al otro lado.

Mostrarle el flanco a un enemigo es suicidio.

Mostrárselo a la persona correcta es la única forma que existe de no estar sola.

Y yo, entrenada para ver enemigos en todas partes, para no fiarme de nadie, para tratar cada puerta como una grieta, me he pasado la vida tapiando por igual las grietas y las puertas, defendiéndome tan bien de los enemigos que me quedé también sin aliados, a salvo de todo y de todos, en una fortaleza perfecta y vacía.

He vivido en esa fortaleza tantos años que había dejado de notar que estaba vacía; el vacío, cuando es constante, se vuelve invisible, se confunde con el aire.

Hizo falta que alguien encendiera una luz dentro —un conde con un libro, un té sin azúcar, una tarde tranquila— para que yo viera, de pronto, las dimensiones de lo deshabitado que tenía.

No se echa de menos lo que no se conoce.

Yo no añoraba la compañía porque no la había probado de adulta; creía que la fortaleza vacía era, sin más, cómo era la vida, igual que un pez no echa de menos el aire.

Y entonces alguien me sacó un momento a la superficie, respiré otra cosa, y ya no puedo volver a creer que el agua era todo lo que había.

Mi madre tenía razón en la mitad. Me enseñó a ver la grieta, y eso me salvó la vida muchas veces.

No me enseñó a ver la puerta, porque ella nunca encontró la suya; el hombre al que le abrió la puerta resultó ser una grieta, y murió creyendo que la lección era tapiar.

Le heredé la lección entera, la buena mitad y la mala, y he necesitado un veneno para separarlas.

Ahora que las he separado, tengo un problema nuevo, más complejo que el viejo, y me gusta, porque los problemas complejos son mi alimento y llevaba un mes sin comer.

Noto, mientras formulo el problema, que algo en mí se ha curado además del brazo.

Durante semanas, tumbada, me sentí inútil, y la inutilidad me daba más miedo que la muerte, porque yo soy lo que hago, y si no hago, no soy.

Ahora, con un problema digno delante —cómo tener a James sin que tenerlo me mate—, vuelvo a ser yo.

La estratega no se apagó con el veneno. Solo estuvo esperando, como esperan las brasas bajo la ceniza, a que le echaran encima algo que valiera la pena quemar.

Y este problema lo vale. Es el mejor que me han planteado nunca, porque por primera vez el premio, si lo resuelvo, no es dinero ni poder ni supervivencia. Es una vida. Una.

El problema es este: no puedo cerrar la puerta que es James, porque cerrarla me devolvería a la fortaleza vacía, y he visto la fortaleza vacía de cerca, tumbada y muriéndome, y he decidido que prefiero cualquier peligro a volver a ella.

Y no puedo dejar la puerta indefensa, porque por esa misma puerta ya entró un estilete.

Luego la solución no es cerrar ni es abrir.

La solución es lo que hago con cada cosa valiosa que poseo y que alguien podría querer robarme: defenderla.

James no es una debilidad que eliminar. Es un activo que proteger, el más valioso que tengo, y los activos valiosos no se tapian: se blindan, se vigilan, se rodean de defensas proporcionales a su valor.

La conclusión me serena como no me serenaba nada desde antes del ataque.

Tengo, por fin, un plan que no exige renunciar a lo que quiero.

Voy a querer a James Aldric, decidido, sin volver a fingir que no.

Y voy a construir, alrededor de ese querer, la muralla más formidable que he levantado nunca, no para tapiarlo dentro, sino para que ningún otro estilete vuelva a acercarse a él ni a mí por ese flanco.

Es la primera vez en mi vida que voy a fortificar algo para poder tenerlo, en lugar de tapiar algo para no tenerlo.

Hay una simetría en esto que me habría hecho gracia si no me hubiera costado casi la vida entenderla.

Toda mi carrera la construí sobre una asimetría: yo veía a los demás y ellos no me veían a mí, yo sabía de ellos y ellos no de mí, y esa ventaja era mi arma.

James rompió la asimetría; me vio, supo de mí, y en lugar de usar la ventaja, me la devolvió.

Y ahora yo, que fabriqué toda mi seguridad negándole la puerta a todos, voy a construir una seguridad nueva del revés: no una que me proteja de que me vean, sino una que proteja a la persona que me ve.

Es más difícil. También es, por vez primera, una seguridad que da calor en vez de quitarlo.

Toco la campanilla. Aparece Wren, que lleva un mes mirándome como se mira algo que casi se pierde.

Lo miro y veo, en su cara curtida, el mes que le he hecho pasar.

Wren no es de los que dicen las cosas, aunque las lleva escritas: llevo nueve años siendo, para él y para todos estos hombres, algo más que una jefa; soy la cabeza sin la cual el cuerpo no sabe adónde ir, y estuve a punto de faltarles.

Comprendo, viéndolo, otra cosa que la debilidad me ha enseñado: que yo también era, para otros, un flanco.

Que mi muerte no me habría dolido solo a mí.

Que llevo la vida creyéndome sola, y resulta que hay una fila de gente para la que yo era la puerta que les daba calor, aunque yo, ocupada en no dejar entrar a nadie, no me hubiera enterado de que dejaba salir algo hacia ellos.

—Reúne a los hombres —le digo, y oigo con satisfacción que mi voz ha recuperado el filo—.

A todos. Wren, alguien pagó un estilete para matarme, y ese alguien sigue ahí fuera creyendo que ha fallado por mala suerte.

Va a descubrir que no fue mala suerte. Va a descubrir lo que le pasa a quien intenta cobrarme lo que quiero.

—Abro el libro de registros, y en la primera página, junto a la columna nueva que dibujé la noche antes de casi morir, empiezo a trazar otra, encabezada con una sola palabra—.

Tráeme todo lo que Marcus haya averiguado sobre el estibador falso.

Y manda recado al conde de Casworth: dile que tengo un veneno que analizar y una venganza que planear, y que recuerdo que se ofreció.

—¿Al conde, señorita? —Wren titubea, porque en nueve años nunca me ha visto llamar a nadie de fuera para un asunto de sangre—. ¿Lo va a meter en esto? Es un lord. Estas cosas manchan.

—Ya está metido, Wren. Se metió solo el día que cruzó esa puerta buscando un libro. —Cierro el registro—. Y no lo meto yo en mi mundo: lo reconozco en él. Ese hombre sabe más de venenos que todos los médicos que Marcus pueda comprar. Un arma así no se desperdicia por escrúpulos de clase. Llámalo.

Marcus, que ha subido al oír que me he levantado, aparece en la puerta a tiempo de cazar la última orden.

—¿Ya estás dando órdenes? —gruñe, aunque el alivio le desborda la voz—. Hace una semana no te tenías en pie.

—Hace una semana no tenía a quién cazar. —Lo miro—. Ahora sí. Siéntate, hermano, que hay trabajo. Y trae lo que hayas averiguado, que sé que no has parado.

—No he parado. —Se sienta, y por un instante volvemos a ser lo que siempre fuimos, la cabeza y el puño—. Tengo tres nombres. Uno huele.

Wren sonríe por primera vez en un mes, esa sonrisa fea y leal que le conozco.

—¿Vuelve usted, señorita?

—Vuelvo, Wren. —Miro la ventana, el río, el mundo al que regreso siendo, por vez primera, una mujer que tiene algo que perder y ha decidido no perderlo—.

Vuelvo distinta. Que es peor para nuestros enemigos, no mejor.

Antes solo me defendía a mí. Ya sabes lo cuidadosa que era defendiéndome a mí.

Imagina lo que voy a ser ahora que defiendo, además, lo que quiero.