La estratega y el conde (Deveran 2) Capítulo 14
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Capítulo 14

Vivienne Deveran me ha invitado a un baile, y he aceptado sin entender por qué me invita ni por qué acepto, que es el estado en que transcurre, de un tiempo a esta parte, la mayor parte de mi vida.

La invitación llegó por nota, en su letra pequeña, con una economía de palabras que ya reconozco como suya: «Baile de los Wexford, jueves.

Venga. Traiga la boca cerrada y los ojos abiertos».

No es una nota romántica, sino una orden de reconocimiento, del tipo que un general daría a un explorador, y justo por eso la obedezco: porque no finge ser otra cosa, y porque «los ojos abiertos» es una instrucción que sé cumplir mejor que ninguna.

He dedicado la tarde previa, como es mi costumbre ante cualquier terreno desconocido, a documentarme.

He repasado la genealogía de los Wexford, sus alianzas, sus pleitos; he memorizado quién está enemistado con quién y desde cuándo.

Lo he hecho por el placer erudito de hacerlo, sin sospechar que uno de esos datos polvorientos iba a resultar, esta noche, la moneda más valiosa que he puesto jamás sobre una mesa.

Los datos son así: uno los acumula por avaricia de coleccionista, y un día, uno entre mil, sirve para algo que no esperaba.

Es la lotería del anticuario, y esta noche, sin saberlo todavía, llevo el billete premiado en el bolsillo.

Comprendo, en cuanto entro en el salón de los Wexford, que se me ha traído a presenciar algo.

Vivienne no baila, no charla, no busca marido ni aliados evidentes.

Vivienne trabaja. Y verla trabajar en su elemento —no el almacén, sino este, el salón, que es su otro almacén— es una de las experiencias más instructivas que he tenido, y he asistido a la apertura de tumbas egipcias.

Yo, en sociedad, soy un desastre, y lo asumo con la serenidad del que ha hecho las paces con sus limitaciones. —¿Caza usted, Casworth? —me tantea un caballero de patillas entusiastas.

—No he tenido ocasión —respondo—. Aunque me apasiona la historia de la cetrería. ¿Sabía que en la Persia sasánida un buen azor valía más que un caballo, y que se escribieron tratados enteros sobre el temperamento de las aves de presa?

El caballero descubre, de pronto, a un conocido urgente al otro extremo de la sala.

Poco después, una matrona me presenta a su hija casadera; busco algo amable que decir y, como la muchacha calla y el abanico no, elogio el abanico: la simetría del varillaje, el gusto del país de seda.

Ofendo a las dos a la vez, madre e hija, y ni siquiera averiguo por qué, aunque sospecho que el error ha sido, como casi siempre, dirigir mi entusiasmo al objeto y no a la persona.

No me apena. Hace años que renuncié a la ambición de encajar en estas salas, y la renuncia, lejos de dolerme, me ha traído una libertad que los que encajan no conocen: la de no tener nada que perder aquí.

Un hombre a quien no le importa su reputación en un salón es, en cierto sentido, el más libre del salón, porque es el único al que la maquinaria del prestigio no puede mover.

Peverell haría cualquier cosa por un asiento en un comité.

Yo no haría nada por nada de lo que aquí se compra, y esa indiferencia, que ellos leen como torpeza, es en realidad mi única forma de riqueza.

Me retiro, como siempre, al perímetro, junto a una mesa de refrescos, y desde ahí hago lo único que se me da bien en una sala llena de gente: observar.

Y lo que observo es magnífico.

Vivienne se mueve por el salón como una corriente por un cauce que ella misma ha excavado.

No dice casi nada; hace decir a los demás.

Saluda a la condesa de Halverne con una calidez de tres segundos exactos, ni más ni menos, y la condesa, halagada, le presenta a un caballero grueso al que Vivienne dedica una frialdad igual de medida, y el caballero grueso, picado, se esfuerza el resto de la noche en merecer una segunda mirada que ella no piensa concederle, y en ese esfuerzo comete la indiscreción que ella buscaba desde el principio.

Lo veo pasar y no entiendo el mecanismo, del mismo modo que un profano ve funcionar un reloj sin entender el escape.

Entiendo solo que hay un mecanismo, y que ella es a la vez la relojera y el tiempo.

Hay una belleza particular en ver a alguien hacer con maestría absoluta aquello para lo que ha nacido, sea tornear madera, descifrar un códice o, como ella, mover a treinta personas por una sala sin que ninguna advierta que la mueven.

Es la belleza de la competencia llevada al límite, y me conmueve más que cualquier rostro, porque un rostro es un accidente y la maestría es una biografía entera hecha visible en un gesto.

Vivienne Deveran, trabajando este salón, es lo más hermoso que he visto en Londres, y sospecho que soy el único de los presentes capaz de verlo, porque los demás miran a la mujer y yo miro la obra.

Me acerco lo justo para oírla, cuando pasa cerca de mi rincón, trabajar a un tal lord Peverell, que por lo que deduzco le disputa a alguno de sus intereses cierto contrato de fletes.

—Milord Peverell —dice ella, con una inclinación exacta—, qué placer. Justo comentaba la duquesa de lo mucho que se echa de menos su criterio en el comité del puerto. Una lástima que su rango no le dé asiento en él. Con lo que usted entiende de estas cosas.

Y se aleja, dejando la frase clavada. Peverell se queda rumiando dos venenos a la vez: el halago —la duquesa lo aprecia— y la herida —su rango no le basta para el comité—.

Y yo, que no sé nada de comités del puerto, sé lo suficiente de la naturaleza humana para reconocer que Vivienne acaba de convertir a un rival en un hombre que pasará semanas obsesionado con conseguir un asiento en lugar de con disputarle a ella el contrato.

Lo ha desviado. Con una sola frase, lo ha mandado a librar otra guerra.

Cuento tres maniobras como esa en la primera hora, cada una tan limpia que la víctima sale agradecida.

A la condesa de Halverne le siembra una inquietud sobre cierta amistad, y la condesa se lo agradece como si le hicieran un favor.

A un banquero nervioso le retira su atención en el momento exacto en que más la buscaba, y el banquero, por recuperarla, deja caer el dato que ella quería.

No alza la voz. No amenaza. No promete. Solo administra, con precisión de boticario, dosis mínimas de calidez y de frío, y las personas, calentadas o enfriadas al grado justo, hacen solas lo que ella necesita.

Es gobierno sin trono. La forma de poder más pura que he visto, porque no deja huella: mañana ninguno de ellos recordará haber sido movido.

Es entonces cuando reparo en la anomalía, porque reparar en anomalías es mi único talento social y también el único intelectual.

Llevo un rato observando quién cede el paso a quién, quién saluda primero, dónde se sienta cada cual, porque un salón, para un historiador, es un fósil vivo: cada gesto de cortesía es el residuo de una razón antigua, casi siempre olvidada por quienes la obedecen.

Y hay una deferencia que no me cuadra. Toda la sala trata al marqués de Ainsley como superior en precedencia al conde de Wexford, nuestro anfitrión, hasta el punto de que Wexford, en su propia casa, le cede a Ainsley el primer puesto en cada ritual menudo de la velada.

Es raro. Un anfitrión no cede la primacía en su propia casa salvo que una precedencia superior lo obligue.

Espero a que Vivienne vuelva a pasar cerca, y quebranto por un momento la orden de la boca cerrada.

—¿Puedo hacerle una pregunta de ignorante? —murmuro—. ¿Por qué todos, incluido el anfitrión, tratan al marqués de Ainsley como si tuviera precedencia sobre esta casa?

Vivienne se detiene apenas, sin mirarme, manteniendo la coreografía.

—Porque la tiene —responde en voz baja—. La marca de Ainsley es más antigua. Se remonta a una concesión de la Corona del siglo quince. Es sabido.

—Ah. —Considero la información, y la cotejo con lo que sé, que en este punto concreto resulta ser bastante—.

Es que ahí está lo curioso. Esa concesión existió, sí.

Solo que la anularon. La leí el mes pasado, en un pleito sucesorio de 1690: la rama que ostentaba la precedencia de Ainsley se extinguió, y el título pasó por vía colateral a los actuales, que la heredaron sin la prelación, porque la prelación era personal de la primera rama y no se transmitía.

En derecho, el marqués de Ainsley de hoy no tiene precedencia sobre nadie de esta sala.

La ejerce porque su abuelo la ejercía, y el abuelo la ejercía porque nadie ha vuelto a leer el pleito de 1690 en ciento veinticinco años.

Toda esta deferencia se sostiene sobre una costumbre que perdió su fundamento hace siglo y cuarto.

Es fascinante, ¿verdad? Un salón entero inclinándose ante un privilegio difunto.

Vivienne se queda quieta.

Es una quietud que ya conozco, la que le he visto dos veces: cuando le señalé las ineficiencias del mapa y cuando le pregunté por qué yo era la excepción.

La quietud de una mente muy rápida a la que acaban de entregarle una pieza que reordena el tablero entero.

Solo que esta vez no hay incomodidad en ella.

Hay otra cosa. Se vuelve, despacio, y me mira de frente por primera vez en toda la noche, y en sus ojos hay un brillo que no le había visto: el del cazador al que le acaban de mostrar un paso de montaña que ignoraba.

He aprendido a medir a esta mujer por sus quietudes, ya que sus palabras van siempre calculadas y sus quietudes no.

Y esta es distinta de las otras dos. Cuando le señalé los errores del mapa, se quedó quieta a la defensiva, como quien encaja un golpe.

Cuando le pregunté por qué era yo la excepción, se quedó quieta con miedo, igual que quien se asoma a un pozo.

Esta quietud no tiene ni defensa ni miedo: es la del apetito puro, la de una inteligencia que huele una presa nueva.

Y veo que verla así, encendida por un dato que le he dado yo, me produce un orgullo desproporcionado y absurdo, el del que ha logrado, por fin, arrancarle una chispa a la estatua.

—Repítame eso —dice—. La fecha del pleito. Y la vía colateral.

—1690. Cámara de los Lores, comité de privilegios. La rama principal se extinguió con la muerte del cuarto marqués sin descendencia varón. La prelación era un honor personal concedido a él y a sus herederos directos, no un atributo del título. Puedo traerle la referencia exacta el jueves.

—Tráigamela. —Y entonces sonríe, apenas, con una comisura, la sonrisa que colecciono—. ¿Sabe lo que acaba de hacer, milord?

—No del todo. Sospecho que le he sido útil, lo cual me alegra sin que sepa bien la magnitud de la alegría.

—Me ha entregado la llave de esta sala. —Habla deprisa, para sí tanto como para mí—.

Media aristocracia le debe favores a Ainsley por el peso que le da su precedencia.

Una precedencia que no existe. El día que yo decida demostrar, con su pleito de 1690 en la mano, que el marqués lleva un siglo cobrando una autoridad que no le corresponde, no hundo a un hombre: reordeno la jerarquía de deudas de medio Londres, y me sitúo, sin ruido, en el punto exacto donde nace el nuevo orden.

—Me mira, y el brillo se le acentúa—. Usted no entiende el juego.

Y por eso ve el tablero mejor que quienes llevamos toda la vida jugándolo.

Nosotros vemos las fichas. Usted ve las reglas, y que una de ellas está podrida.

—Es lo que hago —digo, algo abrumado por la vehemencia de su interés, que es la primera vez que se dirige a mí sin muro—. Leo las reglas viejas. Casi nadie las lee. La gente juega, no lee. Y en las reglas viejas está siempre el error que todos han acordado no mirar.

—Sí —dice, muy quieto todo en ella salvo esa mirada—. Eso es justo lo que está siempre en las reglas viejas.

Y por un instante, en mitad del baile de los Wexford, con Peverell rumiando su comité al fondo y Ainsley inclinándose sobre una precedencia difunta, Vivienne Deveran me mira como si yo fuera el único otro habitante de un país cuyo idioma nadie más habla.

Es una mirada de dos segundos, y vale por todas las que me han dirigido en treinta y un años, porque en ella no hay cálculo.

Vivienne me ha mirado toda la noche, toda nuestra relación, calculando; es su manera de mirar, la que aplica al mundo entero.

Esta no calcula. Se le ha escapado, igual que se le escapó aquel «para mí» del otro día, y como todo lo que se le escapa a una mujer que no deja escapar nada, vale el doble por lo que le ha costado retenerlo hasta ahora.

Dura poco. Vuelve el muro, vuelve la coreografía, vuelve el trabajo.

Solo que lo he visto. Y me voy a casa esa noche, cruzando un Mayfair que huele a cera y a intriga, con la certeza nueva y peligrosa de que hay una llave que abre a esa mujer, y de que la llave no es el halago, ni el poder, ni el cortejo, sino esto: darle una regla vieja que nadie más ha sabido leer.