La esquela de mañana EPÍLOGO
100%

EPÍLOGO

Tadeo Barral

Cinco meses después, Tadeo Barral volvió a ocupar la portada de El Diario de Sendaña .

Esta vez no había esposas.

Ni cámaras rodeándolo.

Ni un titular construido alrededor de la palabra culpable .

Solo su nombre.

TADEO BARRAL

Debajo, una frase que Mencía había discutido durante casi una hora con el equipo jurídico.

La sentencia dictada en revisión deja sin efecto su condena, reconoce que las pruebas sobre las que se sostuvo el caso quedaron gravemente comprometidas y recoge que la nueva investigación atribuye la muerte de Inés Alvar a Saúl Neria.

No decía que el periódico hubiera absuelto a Tadeo.

No podía.

No decía que una portada devolviera catorce años.

No podía.

No decía que todo estuviera reparado.

Eso habría sido otra mentira.

Mencía llegó a la redacción a las seis menos diez.

Ya no necesitaba estar allí a esa hora.

Lo hacía algunas mañanas.

No todas.

Había dejado de convertir las 06:20 en una ceremonia privada.

El reloj volvía a ser un reloj.

No siempre.

Pero casi.

Noel estaba en Sistemas cuando la vio pasar.

—Hoy no hay nada programado.

—No he preguntado.

—Por eso te lo digo.

Mencía siguió andando.

—Empiezo a echar de menos cuando me tenías miedo.

—Nunca te tuve miedo.

—Eso es peor.

La portada estaba abierta en una pantalla del centro de la redacción.

La fotografía era la misma que habían utilizado cinco meses atrás.

La completa.

Tadeo cubriendo a Lúa adolescente mientras avanzaban entre periodistas.

La mochila roja.

No habían vuelto a recortarla.

Mencía se detuvo delante.

Durante años aquella imagen había demostrado algo que no estaba dentro de la fotografía.

La culpa.

La vergüenza.

La necesidad de esconderse.

Después habían descubierto que demostraba otra cosa.

Un padre protegiendo a su hija.

Ni siquiera eso era toda la verdad sobre Tadeo.

Había sido testarudo.

Había ocultado una fuente.

Había presionado a Inés.

Había escrito mensajes que, aislados, podían sonar como amenazas.

Había creído demasiadas veces que tener razón justificaba la forma de defenderla.

La diferencia era que ahora todo eso podía existir al mismo tiempo que su inocencia.

Quizá eso era lo más difícil de aprender.

Una persona no necesitaba ser sencilla para ser inocente de un crimen.

A las seis y doce llegó Lúa.

No había avisado.

Mencía la vio desde el otro extremo de la redacción.

Llevaba el pelo más corto.

La mochila era negra.

La roja seguía existiendo solo en las fotografías de archivo.

Lúa se quedó junto a la entrada.

No parecía saber si tenía derecho a avanzar.

Mencía fue hacia ella.

—Pensaba que vendrías más tarde.

—Yo pensaba que no vendría.

—También.

Lúa miró la portada.

—Mi abogada dice que no debería hablar contigo de casi nada.

—La mía probablemente diría lo mismo si le preguntara.

—¿Tienes una?

—Ahora tengo varias personas que me dicen lo que no debo hacer. Lo llaman comité.

Lúa sonrió apenas.

Fue suficiente.

Su propia causa seguía abierta.

Los accesos no autorizados.

Las amenazas.

La utilización de las necrológicas para forzar confesiones.

La Fiscalía había separado desde el principio aquellas conductas de los homicidios y de la investigación contra Saúl.

Mencía no sabía cómo terminaría.

Lúa tampoco.

No hablaban de eso.

No porque no importara.

Porque ya no era una historia que pudiera resolver el periódico.

Saúl seguía en prisión provisional.

La investigación por la muerte de Inés se había convertido en una causa mucho más grande de lo que Mencía había imaginado aquella primera mañana.

Mirador Norte.

Las sociedades.

Los movimientos de suelo.

Los contratos.

La descontaminación.

Las comunicaciones internas.

La investigación de las muertes recientes avanzaba por expedientes separados.

Nerea.

Octavio.

Efrén.

Tomás se había negado hasta el final a permitir que nadie escribiera «tres asesinatos iguales».

No lo eran.

La policía había conseguido vincular a Saúl con cada uno mediante recorridos, accesos, comunicaciones y pruebas distintas.

No una profecía.

Tres investigaciones.

Candela había declarado durante horas.

Leandro durante más.

Ambos tendrían que responder por lo que hicieron catorce años atrás.

Ninguno volvió a pedir que su parte desapareciera del periódico.

Eso Mencía lo consideraba una forma mínima de progreso.

—¿Has leído la resolución? —preguntó.

Lúa asintió.

—Entera.

—¿Dos veces?

—Cuatro.

—Sigues teniendo un problema.

—Lo heredé.

Mencía miró la fotografía.

—¿Qué te parece el titular?

—No hay titular.

—El nombre es el titular.

—Ya.

Lúa tardó unos segundos.

—Me gusta.

Mencía no respondió.

No quería convertir aquella frase en más de lo que era.

A las seis y diecisiete, Noel se acercó.

—Necesito una decisión.

—Mala hora.

—Precisamente.

Le mostró una pantalla.

El archivo histórico del periódico.

La noticia de hacía catorce años seguía indexada.

El titular antiguo todavía aparecía en búsquedas.

La pieza que Mencía había firmado.

La cronología.

La fotografía recortada.

Todo.

Durante los últimos meses, el equipo había añadido un aviso provisional en la parte superior:

ESTA INFORMACIÓN FORMA PARTE DE UNA COBERTURA POSTERIORMENTE RECTIFICADA.

Ahora que existía una sentencia de revisión que dejaba sin efecto la condena, podían sustituirlo por un enlace permanente.

Noel tenía dos opciones preparadas.

La primera ocultaba la noticia antigua de las búsquedas internas y externas.

La segunda la mantenía accesible, pero colocaba antes del titular una advertencia visible con enlaces a la rectificación, la nueva resolución y la explicación editorial.

—¿Cuál? —preguntó.

Mencía no necesitó pensarlo.

—La segunda.

Lúa la miró.

—¿La vas a dejar?

—Sí.

—Sigue diciendo que mi padre era culpable.

—Sí.

—Sigue teniendo tu firma.

—Sí.

Noel permaneció en silencio.

Mencía señaló la pantalla.

—Si la borramos, dentro de diez años alguien podrá decir que nunca publicamos eso.

Lúa observó la vieja noticia.

—Yo querría borrarla.

—Lo sé.

—Durante años habría dado cualquier cosa por no verla.

—Lo sé.

Lúa se volvió hacia Mencía.

—Entonces ¿por qué?

Mencía buscó la respuesta menos bonita.

—Porque ocurrió.

No añadió nada.

Lúa volvió a mirar la pantalla.

La fotografía recortada seguía allí.

Un hombre agachando la cabeza.

La versión equivocada de una imagen verdadera.

—Pon la fotografía completa al lado —dijo Lúa.

Noel miró a Mencía.

Ella asintió.

—Sin sustituir la otra.

Lúa tardó.

—Las dos.

—Las dos.

Noel tomó nota.

—Aviso permanente, enlaces a rectificación y resolución, y comparativa de imagen recortada y original.

—Sí.

—Esto va a ser una pesadilla de diseño.

—Para eso te pagamos.

—No me pagáis para esto.

—Entonces estás creciendo profesionalmente.

Noel se fue murmurando algo.

Lúa miró el reloj.

06:19.

—Todavía lo miras.

Mencía también.

—Sí.

—Pensaba que dejarías de hacerlo.

—Yo también.

La portada de Tadeo estaba preparada.

No había cuenta atrás.

No había ningún trabajo oculto esperando en una cola antigua.

Solo la edición normal de un lunes.

06:20.

La página se actualizó.

Tadeo Barral apareció en portada.

Vivo solo en una fotografía.

Muerto desde hacía casi dos años.

Sin posibilidad de leer la resolución.

Sin posibilidad de entrar en una redacción y exigir que alguien reconociera que llevaba razón.

Mencía sintió la injusticia sin intentar convertirla en una frase útil.

Lúa tampoco habló.

Pasaron varios segundos.

Después dijo:

—Él habría odiado esta foto.

Mencía la miró.

—¿Por qué?

—Porque salía fatal.

Mencía soltó una risa.

La primera de aquella mañana.

Lúa también.

Duró poco.

Lo suficiente.

A las seis y veintisiete, Tomás llamó.

Mencía contestó.

—¿Has dormido alguna vez desde que terminó esto?

—No es asunto policial.

—Hoy sí.

—¿Qué pasa?

—Nada urgente.

—Eso es nuevo.

—Acostúmbrate.

Tomás le contó que la sentencia de revisión ya se había incorporado formalmente a las actuaciones y que la familia podía tramitar las siguientes medidas de reparación y rectificación registral a través de sus abogados.

No dio detalles.

Mencía no se los pidió.

—¿Has visto la portada? —preguntó.

—Sí.

—¿Y?

—Has puesto lo que dice la resolución.

—Es lo que suelo intentar.

—Ahora.

Mencía sonrió.

—Ahora.

Colgó.

Lúa seguía junto a la pantalla de archivo.

No miraba la portada.

Miraba la noticia antigua.

La que había ayudado a condenar públicamente a su padre.

Mencía se colocó a su lado.

—Hay una cosa que nunca entendí —dijo Lúa.

—Muchas.

—Una.

—¿Por qué quitaste «no le vi la cara»?

La pregunta había estado entre ellas desde la primera conversación.

Mencía podría haber explicado el cierre.

El espacio.

La presión.

La sensación de que aquella duda ya estaba superada por el conjunto.

El deseo de que el texto fuera más limpio.

Su ambición.

El director esperando.

La portada.

Todo era cierto.

Nada lo justificaba.

—Porque estorbaba —dijo.

Lúa la miró.

La misma palabra que había utilizado cinco meses atrás.

—Sí.

—¿Y lo sabías entonces?

Mencía pensó.

—Sabía que estorbaba al texto.

—No a la verdad.

—No pensé la diferencia.

Lúa volvió a mirar la noticia.

—Eso da más miedo que si la hubieras odiado.

Mencía entendió.

—Sí.

Durante unos segundos escucharon la redacción.

Un teléfono.

Una cafetera.

Teclas.

Una puerta que se cerraba.

Nada extraordinario.

El reloj marcaba las 06:34.

No esperaba nada de esa hora.

La dejó pasar.

—¿Quieres que retiremos tu foto de la comparativa? —preguntó.

Lúa frunció el ceño.

—¿Qué?

—La mochila roja. Eras menor.

—Ah.

—No —dijo Lúa—. Déjala.

—¿Seguro?

—Sí.

—Puedes cambiar de opinión.

—Lo sé.

Eso también era nuevo.

No tomar una respuesta como definitiva solo porque acababa de recibirla.

Lúa se puso el abrigo.

—Me voy.

—Vale.

—Tengo que ir a ver a mi abogada.

—Menos vale.

Lúa dio unos pasos.

Después se volvió.

—No la perdono.

Mencía la miró.

La frase ya no dolía igual.

—Lo sé.

—Pero ya no necesito que cambie el artículo viejo.

Mencía miró la pantalla.

El aviso.

La rectificación.

La resolución.

Las dos fotografías.

—No.

—Necesito que se vea lo que hicieron.

—Sí.

Lúa asintió.

—Entonces déjelo.

Se marchó.

Mencía volvió a su despacho.

Sobre la mesa había una impresión de la portada.

TADEO BARRAL

La guardó en una carpeta.

No en un marco.

No quería convertirla en una absolución personal.

Abrió después el archivo histórico y buscó la noticia de hacía catorce años.

Seguía allí.

Su nombre al final.

Los párrafos demasiado seguros.

Las dudas que faltaban.

Ahora, antes de poder leerla, aparecía una advertencia.

Esta cobertura fue rectificada. La condena de Tadeo Barral ha quedado sin efecto. Consulte aquí la documentación posterior y la explicación editorial.

Mencía abrió el enlace.

La primera imagen era la fotografía completa.

Tadeo.

Lúa.

La mochila roja.

Debajo estaban las dos versiones.

No una sustituyendo a la otra.

Las dos.

Mencía cerró el navegador.

No había corregido el pasado.

Eso tampoco podía hacerse.

Solo había conseguido que ya no pudiera leerse sin su corrección.

A las siete y doce empezó la reunión de portada del día siguiente.

Mencía llegó tarde.

Nadie comentó nada.

Se sentó.

Escuchó las propuestas.

Preguntó qué estaba confirmado.

Preguntó qué no.

Preguntó de dónde salía cada cifra.

Alguien respondió:

—Eso todavía no lo sabemos.

—Entonces ponedlo.

La reunión siguió.

Fuera, la portada con el nombre de Tadeo empezaba a circular por la ciudad.

Por primera vez, su nombre no iba acompañado de una historia que pretendía saberlo todo.