La esquela de mañana CAPÍTULO 33
96%

CAPÍTULO 33

El hombre que necesitaba una profecía

No terminó.

Se detuvo.

La barra de la pantalla avanzó hasta un punto y quedó inmóvil.

Saúl miró el monitor.

Después a Noel.

—¿Qué habéis hecho?

Noel no respondió de inmediato. Comprobó otra ventana en su portátil.

—El bloqueo de preservación ordenado por el juez está aplicado en la capa de almacenamiento, por debajo de tu sesión. Puedes ordenar la retirada del legado, pero los volúmenes protegidos no aceptan la fase destructiva.

Mencía no entendió la arquitectura.

Entendió la frase.

—No puedes borrarlo.

—No he intentado borrar nada.

Tomás habló desde la puerta.

—Abre.

Saúl ignoró la orden.

—Un sistema retirado no es un sistema borrado.

—Y una mujer retenida no es una compañera de trabajo —dijo Tomás.

Saúl volvió la cabeza hacia Lúa.

—Puede irse cuando quiera.

Lúa dio un paso hacia la puerta.

Él se movió también.

No la tocó.

Volvió a quedar entre ella y la salida.

Tomás no levantó la voz.

—Apártate.

—Estoy intentando evitar que entréis mientras hay un proceso activo.

—El proceso está bloqueado.

Saúl miró el monitor.

La barra seguía inmóvil.

Por primera vez desde que Mencía lo conocía, pareció no tener preparada la frase siguiente.

Duró poco.

—Entonces dejad entrar al equipo de Vértice.

—No.

—Son los responsables de la migración.

—Ahora la responsable es la autoridad judicial que ha ordenado preservar.

Saúl soltó aire.

—Siempre acaba siendo una cuestión de quién tiene la última firma.

Mencía pensó en Inés.

En Ribera Gestión Patrimonial.

—No —dijo—. Esta empezó por una sociedad.

Saúl la miró.

Tomás no la interrumpió.

—Inés estaba investigando Ribera Gestión Patrimonial.

—Inés investigaba muchas sociedades.

—Y te llamó.

La expresión de Saúl cambió.

No mucho.

Lo suficiente.

—¿Habéis encontrado la firma?

Mencía sintió cómo Noel levantaba la vista.

La mirada de Saúl saltó hacia él.

Demasiado tarde.

—Yo no he hablado de ninguna firma —dijo Mencía.

Saúl guardó silencio.

—¿La tuya?

Él miró hacia la caja.

Mencía siguió el movimiento.

—Tampoco hemos dicho qué contiene la copia dos.

—Habéis dicho Mirador Norte.

—No esa sociedad.

Saúl no respondió.

Mencía no avanzó.

No quería regalarle a Saúl la oportunidad de ordenar toda la historia en voz alta solo porque ya no tuviera salida.

Quería una respuesta a una pregunta.

—¿Por qué sabías que Inés había encontrado tu firma?

Saúl miró el reloj.

04:31.

—Porque me llamó.

Mencía sostuvo su mirada.

Tomás no dijo nada.

La conversación se grababa desde varios puntos de la planta.

—¿Qué te dijo? —preguntó Mencía.

Saúl se pasó una mano por la cara.

—Que había encontrado documentos que no entendía.

—¿Eso dijo?

—Más o menos.

—¿Mencionó tu firma?

—Sí.

—¿Y fuiste al periódico?

Saúl no respondió enseguida.

El teléfono de Saúl llevaba conectado al archivo desde las 00:16.

No necesitaba que él confirmara para que el registro existiera.

Pero quería saber cómo contaba ahora aquella noche.

Comprendió que Saúl no estaba rindiéndose. Estaba cambiando de versión. La mentira de que había estado en casa ya no podía sobrevivir a los registros, así que empezaba a sustituirla por la historia menos culpable que todavía podía controlar.

—Fui a hablar con ella —dijo Saúl.

Lúa cerró los ojos.

Tomás permaneció inmóvil.

—Hace unas horas dijiste que estabas en casa a la una y veinte —dijo Mencía.

—A la una y veinte ya había terminado de hablar con ella.

—Pero tu teléfono seguía aquí.

—Sí.

La palabra fue pequeña.

Catorce años se desplazaron un centímetro.

—¿Y el de Inés?

Saúl miró la mesa.

—También.

—¿Por qué?

—Porque no se lo llevó.

Lúa abrió los ojos.

Mencía no hizo la siguiente pregunta deprisa.

—¿Por qué no se lo llevó?

Saúl apretó la mandíbula.

—Porque no salió.

Nadie habló.

No hizo falta.

La salida de la 01:12.

El coche.

El correo.

La llamada.

Todo lo que había ocurrido después de medianoche acababa de perder la única frase que aún pretendía mantenerlo en pie.

Mencía preguntó:

—¿Qué pasó después de que llegaras?

Saúl la miró con una dureza nueva.

—Ya te he dicho que fui a hablar con ella.

—No te he preguntado para qué fuiste.

Saúl miró a Tomás.

—Esto no es un interrogatorio.

—No —dijo Tomás—. Y puedes dejar de hablar.

Saúl se rio.

Fue un sonido breve.

—Claro.

Mencía no preguntó más.

Esperó.

Saúl miró a Lúa.

—Tu padre no tenía que acabar así.

Lúa no respondió.

—No lo metas —dijo Mencía.

—Ella lo ha metido desde el primer día.

—No. Tú acabas de hacerlo.

Saúl apoyó las manos sobre la mesa.

—Inés estaba fuera de control.

Tomás dejó de moverse.

—Había decidido publicar antes de comprobarlo todo. Iba a señalar a gente por compras perfectamente legales, por sociedades interpuestas que también son legales, por una firma que no demostraba lo que ella decía.

—¿Y qué hiciste?

—Intenté detenerla.

—¿Cómo?

—Hablando.

—¿Y después?

Saúl miró la mampara.

—Me empujó.

Mencía no corrigió.

—¿Y después?

—La aparté.

Lúa hizo un sonido mínimo.

Saúl habló más deprisa.

—No iba a matarla.

—No te he preguntado qué querías hacer.

—Le di un golpe. Uno. Quería que dejara de gritar, que me escuchara. Cayó.

No describió cómo.

Mencía tampoco se lo pidió.

—¿Y murió?

Saúl cerró los ojos un segundo.

—Sí.

Tomás no pidió una confesión más limpia.

Por su silencio, Mencía entendió que no la necesitaba. Ya tenía la admisión.

Mencía sintió algo extraño.

No triunfo.

Nada parecido.

Solo la certeza insoportable de que Tadeo había esperado a una mujer que ya estaba muerta.

—Entonces empezaste a construir la salida —dijo.

—No.

—La tarjeta.

Silencio.

—La llave.

Silencio.

—El teléfono.

—Mencía.

—Leandro.

—Basta.

—Efrén.

—He dicho basta.

Tomás intervino.

—Mencía.

Ella se detuvo.

Saúl respiró varias veces.

—No construí nada —dijo—. Ellos ya tenían motivos para mentir.

Mencía pensó en las seis hojas del día anterior.

Problemas distintos.

Miedos distintos.

—Y tú los ordenaste.

Saúl levantó la vista.

—Les di una salida.

La frase quedó allí.

No una conspiración.

Una salida distinta para cada uno.

—A Leandro le pediste un correo.

—Leandro quería salvarse.

—A Efrén le diste el coche.

—Efrén llevaba años haciendo favores fuera de registro.

—A Candela le diste una certeza que no tenía.

Saúl sonrió sin humor.

—Candela necesitaba una explicación para que su informe dejara de chocar con todo lo demás.

—Y tú se la diste.

—Sí.

Tres intervenciones.

Ya demostradas.

Ahora admitidas.

No necesitaba completar Nerea y Octavio a la fuerza.

—¿Y la llamada? —preguntó.

Saúl bajó la vista.

—¿Qué quieres saber?

—Por qué catorce segundos.

Él tardó.

—Porque bastaban.

La respuesta hizo más daño que una explicación técnica.

—¿Para qué?

—Para que existiera el registro.

Mencía sintió la respiración de Lúa al otro lado del vidrio.

—¿Quién llamó a quién?

—Marqué mi número desde su teléfono.

La frase fue tan sencilla que casi no parecía capaz de sostener catorce años.

—¿Y contestaste?

—Sí.

—¿Hablaste?

Saúl negó lentamente.

—No había nadie con quien hablar.

Mencía dejó de mirar el reloj.

Aquella era la llamada inexistente.

No porque los sistemas la hubieran inventado.

Porque la conversación nunca había ocurrido.

Tomás habló.

—Saúl, abre la puerta.

Saúl miró hacia el corredor de carga.

—¿Para qué?

—Para detenerte.

—¿Y después?

—Después ya no lo decides tú.

Saúl sonrió.

—Siempre decide alguien.

—Sí.

—Y mañana será ella.

Señaló a Mencía.

—No —dijo Mencía—. Mañana habrá documentos, una investigación abierta, una rectificación y huecos donde todavía los haya.

—Eso no lo lee nadie.

—Ya veremos.

Saúl miró la pantalla inmóvil.

El proceso de retirada seguía bloqueado.

—Todo esto por las esquelas —dijo.

Lúa rompió el silencio después de varios minutos.

—No.

Saúl se volvió.

—¿No?

—Las esquelas no encontraron las pruebas. Las pruebas ya estaban.

—Las esquelas mataron a tres personas.

Lúa perdió color.

No negó.

Saúl la vio.

—Eso sí es tuyo.

—Las amenazas son mías.

—Y los muertos.

—No.

La respuesta de Lúa fue firme.

Saúl sonrió.

—Qué fácil.

Mencía vio lo que intentaba.

Otra suma.

La autora de las amenazas.

Las víctimas de las amenazas.

Por tanto, la asesina.

La historia cerrada.

—¿Por qué Nerea? —preguntó Mencía.

Tomás la miró.

Ella continuó antes de que pudiera detenerla.

—Si Lúa era la asesina, ¿por qué tú sabías que Nerea tenía un grabador antes de que la policía lo encontrara?

Saúl no respondió.

—¿Por qué preguntaste por él?

—Todo el mundo sabía que Nerea grababa reuniones.

—No.

Saúl miró a Lúa.

Mencía entendió que no iba a obtener una confesión ordenada de cada muerte.

No la necesitaba.

—Cuando apareció la primera esquela —dijo—, supiste que alguien había encontrado la noche de Inés.

Saúl guardó silencio.

—Y si hablaban, cada mentira se caía por separado.

Nada.

—Necesitabas que no hablaran.

Saúl la observó.

—Necesitaba que la historia no volviera a empezar.

—Así que hiciste que la hora pareciera real.

La mandíbula de Saúl se tensó.

—Una hora no mata a nadie.

Mencía recordó su propia frase.

Una tarjeta no es una persona. Una hora no es una historia.

—No —dijo—. Una persona sí.

—Después de Nerea, todos creyeron.

No fue una negación.

—Octavio salió corriendo solo —continuó Saúl—. Efrén escondió sus cosas solo. Candela confesó porque se asustó. Yo no fabriqué sus decisiones.

—Pero utilizaste la secuencia.

—La secuencia ya existía.

—La convertiste en una profecía.

Saúl miró la esquela impresa que seguía en una esquina de la mesa.

Su nombre.

Su hora.

—La gente cree antes en una profecía que en una coincidencia.

—Y tú necesitabas que creyeran.

Saúl no respondió.

Mencía comprendió el título sin necesitar escribirlo.

No había habido ninguna profecía.

Había habido un hombre que necesitaba una.

A las 04:42, el sistema entró en espera segura.

Noel levantó la mano.

—Ya no está escribiendo.

Tomás reaccionó de inmediato.

—Abre la puerta, Saúl.

Saúl miró la consola.

Después a Lúa.

—Ven.

Le agarró el antebrazo.

Lúa intentó soltarse.

Tomás dio un paso.

—Suéltala.

Saúl abrió la puerta del corredor de carga.

Mencía vio el chaleco doblado.

La credencial.

La salida que había preparado.

—No vas a desaparecer —dijo.

—Tadeo también estaba donde todo el mundo podía verlo.

Y tiró de Lúa hacia el corredor.

La puerta interior se abrió al mismo tiempo desde el control policial.

Todo ocurrió deprisa.

Tomás entró con dos agentes.

Lúa se dejó caer hacia un lado en cuanto Saúl aflojó la mano.

Saúl corrió.

No hacia Mencía.

Hacia carga.

No llegó.

Dos agentes lo interceptaron antes de la primera puerta.

Hubo un golpe de cuerpos contra la pared.

Órdenes.

Una mano contra el suelo.

Después quietud.

Mencía no vio sangre.

Vio a Saúl Neria de rodillas, esposado, respirando demasiado deprisa.

Vivo.

Tomás se acercó a Lúa.

—¿Estás bien?

Ella asintió.

—Sí.

—¿Te ha hecho daño?

—No.

Mencía permaneció en la sala exterior.

No cruzó hasta que Tomás la miró y asintió.

Entonces entró.

Saúl levantó la cabeza al verla.

—Publicarás igual.

—Sí.

—Aunque falten cosas.

—Sí.

—Entonces no has aprendido nada.

Mencía se detuvo.

—He aprendido a decir cuáles faltan.

Tomás se llevó a Saúl.

A las 05:12, la adquisición forense del servidor original continuaba.

El proceso de retirada no había destruido los volúmenes protegidos.

A las 05:36, Mencía volvió a su despacho.

Actualizó la rectificación.

Una sola línea.

Saúl Neria ha sido detenido con vida.

No añadió la confesión.

Formaba parte de una diligencia todavía abierta y no la necesitaba para contar que Saúl había sido detenido.

A las 06:19:41, Lúa apareció en la puerta.

No dijo nada.

Mencía miró la pantalla.

El texto estaba preparado.

Las copias externas coincidían.

Noel tenía la mano cerca del control de contingencia.

Tomás estaba a unos metros, hablando por teléfono.

06:19:52.

Mencía pensó en todas las veces que una hora había parecido decidir el destino de alguien.

06:19:57.

No esta vez.

06:19:59.

La edición esperó el último segundo.

Y llegó viva.