La esposa secreta del multimillonario Capítulo treinta y dos
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Capítulo treinta y dos

Nos quedamos paralizados de la impresión frente a todos nuestros empleados. Pero antes de que el silencio se prolongara, Laila apareció y vino a rescatarme.

—Dejádmelo a mí, ¡id!

Sin decir palabra, me subí al coche de Jhonny y, mientras él conducía, puse algo de música para aliviar la tensión. Siempre que podía, me cogía la mano o me acariciaba la pierna, y poco a poco fui recuperando la sensación de bienestar, aunque algo extraño seguía flotando en el ambiente.

Llegamos a mi piso y, al mirar el lugar, no pude evitar pensar que él siempre venía aquí por Elza.

Hicimos el amor con urgencia y ternura allí mismo, en el salón. Después fuimos a ducharnos, y cuando Jhonny salió de la cabina, me dejó un momento para lavarme. Le pedí que me trajera mi jabón íntimo, porque el de la cabina se había acabado.

—Está en el cajón de abajo del armario.

Jhonny sonrió y abrió el cajón. Se detuvo de repente, y me di cuenta de que estaba tardando demasiado. Me asomé desde la cabina y pregunté:

—¿Qué pasa? ¿No lo encuentras?

Entonces levantó un test de embarazo hacia mí.

Me quedé pálida al instante. Habían pasado tantas cosas que incluso me había olvidado de hacer la última prueba.

En realidad, no le había dado mucha importancia, porque las cuatro anteriores habían dado negativo.

Pero lo cierto era que todavía no me había venido la regla, y el miedo se apoderó de mí.

Peor aún, resultaba extraño verlo sosteniendo ese test, como si fuera una invasión de mi intimidad.

La verdad era que no sabía qué pensaría él al respecto.

Le había dicho que tomaba la píldora, y ahora tenía delante la prueba de que no era exactamente así.

¿Y si pensaba que estaba intentando atraparlo con un bebé? ¿Y si realmente estaba embarazada?

—¿Cuánto retraso llevas? —preguntó, todavía con el test en la mano.

—Un mes. Alê…

—¿Y no estabas bastante preocupada como para hacerte la prueba y asegurarte? ¿Seguir con Thomas y Eleanor, arriesgarte a algún trauma y poner en peligro la vida de mi bebé?

Respiré hondo, sintiendo el peso de sus palabras.

—¿No estás enfadado por lo de las píldoras?

—Yo no. Si dejaste de tomarlas, es porque querías un hijo mío. Y aunque me parece imprudente para tu futuro, estoy muy feliz de que decidieras por los dos, incluso en medio del caos en que se ha convertido nuestra relación.

Me quedé sin palabras un momento, intentando encontrar la manera de expresar lo que sentía.

—Espera, ni siquiera sabemos si estoy embarazada. Y dejar las píldoras no fue una decisión, fue más bien por comodidad, ya que no estábamos acostándonos por culpa de Juliete.

—¿Entonces no decidiste por nosotros?

—No he dicho eso, Jhonny. Te quiero. Estoy disgustada y triste por todo lo que está pasando, pero te elijo cada día. Y del mismo modo que mi madre perdonó a mi padre por todo lo malo que hizo, yo te perdono por un accidente.

Me miró un rato, intentando entender lo que le decía. Luego respondió:

—¿Y cómo esperas que me crea que no estás embarazada, con un mes de retraso?

—Porque tengo problemas hormonales, Jhonny. Las emociones fuertes me alteran el ciclo, por eso tomaba hormonas aunque era virgen.

—Muy bien, eso es fácil de resolver. Haces pis en este palito y, cuando tengamos el resultado, hablamos. ¿De acuerdo?

Me irritó la forma en que lo dijo.

—Uf, ¡qué maleducado! —dije, cerrando el grifo. Me envolví en el albornoz, me enrollé la toalla en el pelo y salí de la cabina, quitándole el test de la mano.

—Sal de aquí al menos para que pueda «hacer pis» en el palito —dije, poniendo los ojos en blanco.

Jhonny se rio, completamente tranquilo.

—No sé de qué te avergüenzas. Si estás embarazada, voy a ver el parto, y casi siempre sale mucho más líquido que bebé. Voy a presenciar mucho más que verte hacer pis.

Lo miré con los ojos muy abiertos antes de gritar:

—¡Sal de aquí, Jhonny!

Estaba intentando concentrarme, pero mi teléfono empezó a sonar dentro de mi bolso, que estaba en el salón.

Antes de que pudiera reaccionar, Jhonny se ofreció a traerlo, y aproveché para correr al baño y hacer pis en el recipiente.

Cuando regresó, ya había tirado de la cadena y había colocado el recipiente con la orina en el lavabo.

Me estaba secando las manos cuando me pasó el teléfono.

Lo cogí y contesté la llamada de número desconocido mientras lo veía sumergir el palito en el recipiente.

—¿Diga?

—Maju. Daniel me dijo que podía llamarte y que contestarías.

—¿Daniel? ¿Quién habla?

—Eduardo, tu abuelo.

Las manos empezaron a temblarme. Sin pensarlo mucho, salí del baño, dejando a Jhonny atrás con el palito meado. Fui directa al salón, intentando ordenar mis pensamientos.

—¿Podría llamar en otro momento? Ahora no me viene bien.

—¿Podemos vernos mañana? Te enviaré la dirección por mensaje.

—De acuerdo, ¿a qué hora?

—¿Te vendría bien a las nueve?

—Sí, me vendría bien. Se lo haré saber a mi asistente…

Antes de que pudiera terminar, la voz emocionada de Jhonny llegó desde el baño:

—¡Embarazada! ¡Es positivo, mi amor!

Vino corriendo al salón, sonriendo de oreja a oreja, completamente eufórico.

—¿Estás embarazada, Maju? —preguntó mi abuelo al otro lado de la línea.

Colgué el teléfono sin responder. No podía lidiar con eso en ese momento.

Antes de que pudiera pensar en nada más, Jhonny me agarró por la cintura, me levantó del suelo y empezó a darme vueltas por la habitación, riéndose como un loco.

Acabé riéndome con él también, pidiéndole entre risas que me bajara.

—¿Tienes idea de lo feliz que me has hecho? —dijo, sin soltarme.

—¿De verdad no estás enfadado?

—Te quiero, Ju. Ya quiero a nuestro bebé que está aquí dentro —puso la mano sobre mi vientre, que obviamente todavía no abultaba nada—. Siempre he querido tener un hijo. ¡Tres, en realidad!

Me eché a reír, pero él continuó, emocionado:

—Tendremos que organizarnos bien con este primero, para que puedas compaginarlo con la universidad. ¡Ni se te ocurra dejar de estudiar por un hijo! Pero para los demás, ya estarás graduada y seremos expertos en esto.

—Oye, espera. ¿Qué es eso de que vamos a poblar el mundo nosotros dos solos?

—Solo tres, Ju. ¡Por favor! ¡Dime que me darás esa alegría! Soy hijo único y siempre quise tener hermanos. Y tú también eres hija única. No dejemos que nuestro hijo se sienta solo.

Respiré hondo, todavía intentando asimilar todo aquello.

—Disfrutemos primero de este embarazo. Tengamos a este, veamos cómo nos va, y dentro de unos tres años volvemos a hablarlo, ¿vale?

—¡Vale! Tengo que contárselo a Elza, a Sheila, a todo el mundo...

—¡Jhonny, cálmate! —lo frené en seco—. Solo se lo diremos a Laila y a Leandro, después de confirmarlo con un análisis de sangre y de ver al médico.

Me miró confundido, así que le expliqué:

—Si mis cálculos son correctos, estoy de seis semanas. Tenemos al menos otras seis hasta pasar la zona de riesgo. Los abortos espontáneos son frecuentes en los primeros tres meses. Y hay algo más: si Eleanor y Thomas se enteran, podrían intentar hacernos daño.

Asintió, tomándose en serio mi preocupación. Pero enseguida su expresión volvió a iluminarse.

—¿Seis semanas, entonces? Es el tiempo que tenemos para resolver todo con esos dos y después gritar nuestra alegría a los cuatro vientos.

Sonreí, con el corazón más ligero.

—Seis semanas... Podemos empezar a celebrarlo en esa habitación de ahí.

—¿No le hará daño al bebé? —preguntó, realmente preocupado.

—Seguro que no. ¡Estoy convencida de que desde el principio de los tiempos la gente ha tenido sexo con mujeres embarazadas! —bromeé.

Me miró boquiabierto y yo me eché a reír. Fingiendo asombro, me tomó de la mano y me llevó al dormitorio.

—Vaya, vaya. He oído que la libido aumenta durante el embarazo, así que te dejaré usar ese argumento.

Me desternillé de risa y me dejé caer en la cama, tirando de él para besarlo apasionadamente. Esa noche, celebramos al bebé en camino de todas las formas posibles.