La esposa secreta del multimillonario Capítulo Diez
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Capítulo Diez

Cuando terminamos, llevé a Maju en brazos al baño y la ayudé a lavarse. No dijimos ni una sola palabra. Solo nos mirábamos y nos besábamos, como si todo lo que necesitábamos estuviera en ese contacto. Me sentía en éxtasis, más ligero de lo que jamás habría imaginado.

Cuando volvimos al dormitorio, la ayudé a vestirse y me tumbé a su lado, acomodando su cabeza sobre mi pecho. Poco a poco, el sueño comenzó a apoderarse de mí.

Pero incluso con los ojos cerrados, notaba que Maju estaba inquieta.

Su cuerpo estaba justo ahí, tan cerca del mío, pero su mente parecía estar a kilómetros de distancia.

Seguro que se estaba arrepintiendo. Quizás porque se había entregado tan rápido a alguien como yo: un completo idiota que ni siquiera se había molestado en usar preservativo.

Joder. No habíamos usado nada.

El pensamiento me despertó por completo. Me incorporé de golpe, incapaz de seguir fingiendo tranquilidad.

—¿Qué pasa? —preguntó ella, mirándome con los ojos muy abiertos.

No podía perdonarme.

—Ju, lo siento. Soy el adulto aquí, el que tiene experiencia. Debería haber sido responsable. Tú no tenías ninguna experiencia; debería haber sabido qué hacer.

Frunció el ceño, observándome con atención.

—¿Puedes decirme qué pasa para que podamos hablar? Cálmate. Respira hondo, inspira y espira, cuenta hasta diez y dime: ¿cuál es el problema?

—No usamos protección —respondí, aún sin poder mirarla a los ojos.

Para mi sorpresa, no parecía preocupada en lo más mínimo.

—¿Eso? Si tienes miedo de que intente atraparte con un bebé, tranquilo.

Eso me desconcertó por completo.

—¡Ese no sería el problema, Maju! Si te quedas embarazada, el problema no soy yo, eres tú.

Estás en tercero de carrera, te queda un año.

Estás invirtiendo mucho en tu trabajo en la oficina, y hemos empezado un proyecto con ideas increíbles tuyas.

Si logramos desarrollarlo, va a ser algo enorme.

Vas a brillar, chica. Viajarás por el mundo, te reconocerán. ¿Dónde encaja un bebé en ese futuro?

Sonrió, como si mis palabras fueran una broma.

—¿Entonces no te preocupa que pueda ir detrás de tu dinero, sino lo que yo perdería si me quedo embarazada?

—¡Por supuesto! Como tú misma dijiste, ya no estamos en el siglo XVIII. Atrapar a alguien con un bebé es tan anticuado que resulta ridículo hasta pensarlo. Nada me haría más feliz que tener un heredero, pero preferiría que ocurriera dentro del matrimonio, con estabilidad, con amor.

Me interrumpió con una sonrisa.

—Jhonny, relájate. Ya tomo anticonceptivos por problemas hormonales. En cuanto a enfermedades, me hago revisiones periódicas por el trabajo. Así que podemos tachar esas preocupaciones de la lista.

Solté el aire que ni sabía que estaba conteniendo. Me tranquilizó con tanta facilidad que casi olvidé la razón de mi pánico inicial. Cuando volví a sentarme a su lado, quise entender qué la mantenía despierta.

—Si no era eso lo que te preocupaba, ¿por qué no puedes dormir?

Dudó, pero al final se sinceró.

—Porque no puedo dejar de pensar en Juliete.

Me tensé al oír ese nombre, pero sabía que tenía que afrontarlo tarde o temprano.

—No deberías preocuparte por eso. Juliete es problema mío, y yo lo resolveré.

Pareció sopesar mis palabras un momento antes de sonreír.

—¿Aunque tenga una idea que podría resolverlo fácilmente?