Capítulo 36
El olor de la carne asándose hace que me ruja el estómago.
Mi cuñado, Dax, preparó una cantidad inmensa de costillas, tanto de cerdo como de res, hasta el punto de que parece que va a repartir comida para toda la ciudad.
Cocina muy bien y, con solo recordar el sabor, se me hace agua la boca.
Las risas de los niños mientras corren de un lado a otro son como música para mí. Cuando paso largos períodos sin venir a casa, los extraño.
—Estoy pensando en dejar el apartamento de Denver —le digo a mi hermana.
—¿Qué?
—Cuando estoy en tierra y puedo venir a Estados Unidos, prefiero quedarme cerca de ustedes.
—¡Gracias a Dios! Cuando lo alquilaste, no quise meterme porque sabía que necesitabas un tiempo lejos de esta ciudad.
—Sí, es verdad, realmente lo necesitaba. Pero ¿sabes algo que noté? Nadie vuelve a mencionar los asuntos del pasado. Mamá, papá y el dolor que él nos causó quedaron atrás.
—Porque nuestra ciudad está formada, en su mayoría, por buenas personas, Charlie.
No somos perfectos, pero nos queremos y nos respetamos.
Nadie quiere ver infeliz a nuestra familia, y fue una suerte que el escándalo tuviera que silenciarse obligatoriamente, porque, de lo contrario, la prensa no nos habría dejado en paz.
—Entonces, ¿por qué mamá quiso que cambiáramos el apellido de todos modos? Nunca hablaron de nosotras, Daylin.
—Sabes la razón. Ella lo odiaba y llevó ese odio dentro de sí hasta el momento de su muerte. Nunca lo perdonó. No hablemos más de eso, Charlie. No soy psicóloga, pero sé por experiencia lo que es un matrimonio saludable, y el de nuestros padres nunca lo fue.
—Él le mintió.
—Sí, le mintió, pero ¿quieres saber lo que realmente pienso? Antes de que él muriera, ella ya sabía la verdad. No conseguía dejarlo. Ni vivir con él ni vivir sin él. El amor que nuestra madre sentía por papá no era bueno para ella, Charlie.
—¿Y algún amor lo es?
—Sí, lo es. La pasión nos vuelve temporalmente locas.
No existen los pensamientos a largo plazo ni las consecuencias.
Lo único que importa es estar con esa persona, pero, después de algunos meses, inevitablemente llegamos a una bifurcación donde solo hay dos caminos posibles.
O no deseas únicamente el cuerpo de esa persona y pasa a convertirse en tu para siempre, sin importar si terminan juntos o no, o te das cuenta de que no hay nada más que deseo sexual.
—Entonces, ¿no crees en el amor a primera vista?
—No soy la persona más indicada para responderte eso, hermana.
Sabes que Dax y yo estamos juntos desde que aparecieron los primeros habitantes de la Tierra —bromea, porque sé que fueron amigos durante años antes de convertirse en pareja—, pero creo que sí, que pueden existir casos especiales en los que una pasión ya sea amor.
—Ningún hombre había conseguido provocarme siquiera mariposas en el estómago hasta que Zehab irrumpió en mi vida como una tormenta.
—¿Ni siquiera con el piloto idiota te sentiste así? —pregunta, porque ahora ya conoce toda la verdad sobre Easton.
—No. Salir con él fue como marcar una casilla en la lista de cosas que había que hacer en la vida, ¿sabes?
—Qué horror.
—Hablo en serio. Vivía sola, viajaba por todo el mundo y veía a algunas azafatas con pareja, enamoradas. Cuando él me invitó a salir, pensé: ¿por qué no?
—¿No conseguiste leerlo?
—Ignoré mis instintos.
—¿Y con Zehab?
—No consigo leer absolutamente nada en su rostro.
—¿Igual que con la familia?
—Sí. ¿No es una locura? Cuando lo conocí durante el vuelo, eso fue lo que más me sorprendió. Lo miraba y no conseguía descifrarlo.
—Tal vez porque no debe ser así, quizá tienen que conocerse poco a poco.
—Bueno, si ese era el plan del destino, ese barco ya zarpó.
—Al menos tuvieron una cita antes de acostarse. Y vaya primera cita, por cierto, ¿eh? ¿Que un hombre te lleve a almorzar a Marsella en su avión privado? ¡Guau!
—Y además me dejó pilotarlo —comento, soñadora.
—Dios, Charlie, estás muy enamorada. No voy a perder el tiempo diciéndote que vayas despacio, pero sabes que siempre estaré aquí, ¿verdad?
—Sí, lo sé. Pero estaré bien, solo estoy disfrutando de la vida —me miento a mí misma, porque sus palabras penetraron profundamente en mi mente: “pueden existir casos especiales en los que una pasión ya sea amor”.
La llegada de mi sobrina de dos años, Ellie, que viene corriendo como una astronauta borracha y me pide que la cargue, interrumpe nuestra conversación.
—Baila, tía.
Ahora estamos afuera y la música country que Daylin puso en cuanto llegamos sale por el altavoz que Dax instaló en el patio. Desde donde estamos, veo a Zehab conversando con mis sobrinos, que gesticulan como dos pulpos mientras su padre revisa la parrilla.
Daylin va a la cocina y, cuando regresa, trae la tercera fuente de comida. Sé que preparó maíz asado con mantequilla, ensalada de repollo, pan de maíz, frijoles horneados[16], puré de papas y que todavía tendremos pastel de manzana de postre.
Quería preparar pollo frito, pero no la dejé.
—Hay comida para un batallón.
—¡Tengo hambre! —se queja Ellie.
—Tú siempre tienes hambre —digo, y ella suelta una risita.
—Sí, si hay algo que mis hijos heredaron de Dax es que todos son unos glotones —dice mi hermana—. Y, respecto a la comida, por el tamaño de Zehab, dudo que coma poco.
—Gracias por no haberle puesto carne de cerdo a los frijoles horneados —digo, porque le pedí por mensaje que no lo hiciera. Nuestra madre siempre les ponía tocino o cerdo ahumado.
—No hay problema. Pero ¿estás segura de que a él no le molesta que Dax esté cocinando costillas de cerdo junto con las otras carnes?
—Sí. Zehab no es musulmán, es ateo. Simplemente no le gusta la carne de cerdo.
—Nadie es perfecto.
Deja la fuente de puré de papas sobre la mesa y me quedo sorprendida por la cantidad que preparó. Daylin adivina lo que estoy pensando porque dice:
—Como si no hubieras crecido en Wyoming, Charlie. ¿Olvidaste que, cuando éramos niñas, en casa nunca había menos comida que esta?
Es verdad.
Incluso cuando el dinero escaseaba, siempre había comida en abundancia.
Siento que alguien me observa y, cuando giro la cabeza, veo que Zehab está mirándome.
Mueve el rostro apenas un milímetro para concentrarse en Ellie, que está en mis brazos jugando con mi cabello. Después, nuestras miradas vuelven a encontrarse.
—Estás hipnotizada —me bromea mi hermana, creo que atrapándome con las manos en la masa.
—No puedo evitarlo.
—Y tampoco hace falta que lo hagas, Charlie. Si mi intuición es correcta, tu pasión es correspondida.