Capítulo 34
Es increíble que, para volver a mis raíces, haya tenido que venir con un forastero, alguien del otro lado del mundo, para disfrutar de las bellezas de Wyoming.
Cuando vengo a casa, no me queda mucho tiempo para disfrutar. Normalmente, paso más tiempo con Daylin, mi cuñado y los niños. O, de lo contrario, esquivando a los candidatos a marido que ella intenta conseguirme.
No sé cuántos años hace que no vengo a esta cascada y, ahora, me siento como si estuviera hipnotizada, sentada sobre una roca, observando los fuertes brazos de Zehab cortar el agua mientras nada.
Solo lleva un bóxer, porque no tenía traje de baño ni shorts (y esta cascada está completamente desierta).
Despojado de la ropa cara, únicamente con su belleza natural, sigue siendo tan hermoso como cuando lo conocí en el vuelo.
Quizá incluso más, porque parece salvaje con ese cuerpo delicioso de piel dorada al descubierto.
Sin lujos, relojes ni una cuenta bancaria aterradora, si cierro los ojos, puedo creer en un futuro para nosotros dos.
—Ven, miedosa. No está tan helada —me provoca mientras se acerca a la orilla, y sonrío.
—No me gusta nada el frío, especialmente el agua fría. ¿Olvidaste cómo el jacuzzi casi nos cocinaba ayer?
Veo el cambio en su expresión y sé que, al igual que a mí, mis palabras le han traído el recuerdo de la noche pasada.
Lo observo salir del agua y venir hacia mí como un cazador hambriento.
La mirada de ese hombre, cuando me observa así, sería suficiente para alimentar mis fantasías sexuales durante semanas. Es una mirada cargada de deliciosas promesas.
Se detiene frente a mí y elevo la mirada por sus piernas musculosas, pasando por su voluminoso miembro que parece estar ya duro, hasta llegar a su rostro de mandíbula marcada.
—Eres el hombre más hermoso que he visto en mi vida.
No responde.
Lo que quizá haría que otro hombre se sintiera vanidoso, a él no parece provocarle nada.
Creo que sabe que es hermoso. Sin embargo, no utiliza eso como un arma, como hacen muchas personas por el mundo.
Supongo que, después de mirarse al espejo durante treinta y cinco años, Zehab ya no le da importancia a su belleza. Soy yo quien no consigue apartar la mirada.
—Vamos al agua, pelirroja.
Como si no pesara nada, Zehab me toma entre sus brazos y eleva mi rostro lo suficiente para alinearlo con el suyo.
No me besa de inmediato. Hay algo entre nosotros, en la manera en que nos comunicamos solo con la mirada, que dice mucho más de lo que las palabras serían capaces de expresar.
Las gotas de agua brillan en su cabello negro y una de ellas se desliza por su mejilla.
La recojo con el dedo y la lamo.
—Eres una provocadora, Charlie. —Me dedica una sonrisa amplia, algo que ya noté que hace pocas veces. La mayor parte del tiempo, apenas esboza medias sonrisas irónicas.
Acerca lentamente la cabeza y el beso es suave, un contrapunto con respecto a él. Sin embargo, la ligereza con la que sus labios rozan los míos no es superficial. Es profunda y conmueve más mi corazón que los besos eróticos que ya nos hemos dado.
Alcanza partes de mi interior en las que, hasta ahora, a pesar de la pasión, Zehab todavía no había penetrado. Es un beso íntimo, del alma, no solo del cuerpo.
Cuando nuestros labios se separan, estoy temblando; rodeo su cuello con los brazos y escondo el rostro contra su pecho porque estoy segura de que, si lo miro, Zehab verá reflejado en mi cara todo lo que estoy sintiendo en este momento.
—¿Por qué esa obsesión con llevarme al agua? —pregunto para disimular, cuando comienza a caminar hacia la cascada.
—Quiero marcar cada rincón de Buffalo. Cuando recorras la ciudad y yo no esté aquí, no podrás pensar en nadie más que en mí.
—La inseguridad no combina contigo, dueño del mundo.
—No tiene que ver con inseguridad, sino con crear recuerdos. Eres mía. Nunca lo olvidarás y, si lo intentas, no te lo permitiré.
Sus palabras suenan como una profecía y me asustan más de lo que Zehab podría imaginar.
Lo que él no sabe es que no necesito que recorra conmigo cada rincón de Buffalo para que quede grabado en mi memoria.
Mi casa está dominada por su presencia. Todo en Wyoming me recordará a él cuando regrese aquí en otro viaje.
—Parece que estás haciendo planes a largo plazo —digo, sintiendo el pulso retumbarme en los oídos.
—Todo en mí gira en torno a los planes, así que puedes apostar tu vida a eso, Charlie.
Quizá lo que más me asusta de todo es que estoy comenzando a ver al hombre que existe debajo de la piel del multimillonario.
Desde lejos, Zehab parece hermoso e intocable. Inalcanzable también. Pero dejó caer algunas barreras conmigo y eso lo vuelve todavía más irresistible y peligroso para mi corazón.
—Si quieres, cuando vayamos a Turquía, puedo conseguirte tocino —dice mientras entra conmigo en el agua.
El impacto que me provocan sus palabras es todavía mayor que la temperatura de la cascada.
—¿Qué?
—Mis hermanos y yo somos ateos, pero mi madre es religiosa, así que probablemente no puedas comerlo delante de ella, pero…
Lo atraigo hacia un beso. No se parece en nada al que me dio hace poco. Es un beso casi furioso porque no quiero que insinúe promesas y, al mismo tiempo, deseo obligarlo a hacerlas.
Es un beso que le dice que me está volviendo loca en muchos sentidos y que nunca lo perdonaré si me rompe el corazón, pero también es un beso de entrega, que le confiesa que estoy completamente rendida.
Zehab toma el control del beso y ahora ya no queda nada cariñoso en la caricia, es pura lujuria.
Atraviesa la cascada conmigo entre sus brazos y sé adónde me lleva. Detrás de la caída de agua hay cuevas.
Una vez más, sube por las rocas llevándome entre sus brazos sin que siquiera se le agite la respiración.
Me deja en el suelo.
—¿Hay alguna posibilidad de que nos interrumpan? —pregunta, y mi corazón golpea con fuerza contra el pecho.
—¿Por qué? ¿Eres tímido?
—No, porque nadie más va a ver desnuda a mi mujer.