CAPÍTULO 37 #2
Adrian dijo sí a cada una, en voz alta, una por una, sin prisa.
A la primera, con un asentimiento: tu apellido, tu empresa, tu departamento.
A la segunda, con una sola palabra y los ojos en los de ella.
A la tercera dijo: «Tocaré a tu puerta».
A la cuarta se le quebró la voz y la dejó pasar.
Cuando llegó a la séptima, la que decía que ninguno retendría al otro, se detuvo un momento más largo.
—Esa es la que más me cuesta —admitió.
—Lo sé.
—Si un día quieres irte...
—Me iré con la puerta abierta. Y tú no vas a perseguirme.
—No iré. —Tragó—. Pero te voy a echar de menos, y lo diré. ¿Eso entra en la frase?
—Eso entra.
Pronunció la octava, la novena enmendada, la décima. Cuando dijo «No firmamos nada», los dos miraron la hoja, y ninguno extendió la mano a un bolígrafo.
Nadie habló durante un rato. Era un silencio que no pedía ser llenado.
Lena se levantó, fue a la cocina y volvió con los dos platos que Rosa había dejado bajo el aluminio.
Los puso en la mesa, uno frente al otro, con tenedores de la barra y dos servilletas de papel.
El cordero se había enfriado un poco, pero la salsa seguía espesa y oscura, y olía a laurel y a algo dulce.
—Mi madre los dejó —dijo—. Creo que sabía que ibas a venir.
Adrian miró el plato como si fuera un documento de una especie nueva.
—¿Me están dando de comer?
—Te están dando de comer. Siéntate.
Comieron sin hablar de nada importante: de la sal, del pan que había quedado, de la campana de latón que Walter limpiaba con un trapo cada domingo.
Adrian la miró de reojo una vez, con una especie de respeto casi supersticioso, y no la tocó.
Lena notó que no se atrevía y que era mejor así.
La campana tenía su momento, y no era ése.
Cuando casi habían terminado, Lena dejó el tenedor.
—Mi madre me hizo una pregunta —dijo—. El día que les conté todo, aquí mismo. Me preguntó si te quería.
Adrian se quedó muy quieto.
—No supe contestarle. Me quedé con la boca abierta, como una niña a la que le piden la tabla del siete.
—Se miró las manos—. Llevo casi tres semanas intentando encontrar la respuesta correcta, con la forma correcta, en el orden correcto.
Y me di cuenta, escribiendo eso, de que lo que me asustaba no era contestarle a ella.
Era decirlo en voz alta y que fuera una frase más para atar a alguien.
—Lena...
—No. Déjame terminar. —Lo dijo con suavidad—.
No voy a decirlo esta noche. Todavía no.
No porque no sea cierto, sino porque quiero que lo oigas el día en que no haya ningún papel, ni siquiera ése, en esta mesa.
Pero mi madre me preguntó una cosa y yo escribí diez frases.
Las diez son la respuesta. Si no hubiera sido lo que es, no te habría llamado.
Y si no te quisiera, no me habría costado tanto.
Adrian cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, había en ellos algo que Lena nunca había visto, ni en el Halcyon ni en la nieve: la expresión de alguien que recibe un regalo y no ha aprendido todavía dónde ponerlo.
—Gracias —dijo, y la palabra le salió pequeña.
—No me lo agradezcas.
Él soltó una risa corta, húmeda, y ella también. Los dos sabían de qué frase de diciembre se estaban riendo, y de cuánto había cambiado desde entonces.
Adrian tomó la hoja con dos dedos, con la misma delicadeza con que se levanta algo que podría deshacerse.
—¿Puedo quedármela?
—No obliga a nada.
—Ya lo sé. Por eso. —La dobló en tres, despacio, y la guardó en el bolsillo interior del saco, del mismo lado donde había estado la pluma—. No la voy a poner en una caja fuerte.
—Tampoco quiero que la enmarques.
—Prometo no enmarcarla.
—Prometo ya es una palabra de contrato.
—Entonces la retiro. Quizá la enmarque.
Lena se rio otra vez, una risa que le salió del estómago, y se tapó la boca con la mano, y él la miró reír como se mira amanecer.
Danny regresó a los veinte minutos exactos.
Se asomó a la puerta de la cocina, vio dos platos casi vacíos, dos personas sin lágrimas y una mesa con migas de pan, y cerró la boca sin decir nada.
Hizo un gesto breve con la barbilla hacia Adrian, que no era una bienvenida pero ya no era un muro, y desapareció de nuevo hacia la cocina.
Lena recogió los platos. Adrian se levantó y recogió los suyos.
—No hace falta.
—Lo sé —dijo él—. Quiero.
Los llevaron juntos hasta el fregadero. Ella enjuagó; él secó, sin saber dónde iba cada cosa, y ella se lo fue diciendo sin ironía.
Al terminar, Lena cerró el grifo y apagó la luz sobre la barra.
El salón quedó en penumbra, con las sillas patas arriba como un bosque pequeño y la campana de latón brillando apenas.
—Mañana tengo un cliente en Brooklyn Heights —dijo ella, secándose las manos—. Y el jueves no tengo nada.
—El jueves —dijo Adrian.
—El jueves cenamos. Aquí.
—¿Aquí, en la mesa?
—En la mesa.
Él asintió. Se puso el abrigo sin mirarla, como quien teme romper algo si la mira demasiado.
—¿Te acompaño al tren? —preguntó—. Tú dime. Solo hasta la estación. No tengo coche; lo dejé a cinco calles.
Lena lo miró en la penumbra. Pensó en su departamento de tercer piso, en la escalera que crujía, en las diez frases que ya no estaban en su bolsillo sino en el de él.
Pensó que todo aquello era lo contrario de lo que había temido durante años: una casa que no se podía perder porque ninguno de los dos era dueño del otro.
—Sí —dijo.
Apagó la última luz. Salieron juntos por la puerta de atrás, y el callejón olía a lluvia reciente y a humo de leña, y los pasos de los dos sonaron un momento al mismo ritmo antes de que ninguno lo notara.