CAPÍTULO 36 #2
Lena se acercó. Al otro lado del cristal, calle abajo, bajo la luz ámbar de las farolas recién encendidas, venía gente.
Al principio pensó que era un error, una excursión, un grupo que se había equivocado de dirección.
Pero eran demasiados. Venían de las dos esquinas, en parejas, en grupos, con paraguas plegados aunque aún no llovía, caminando con esa lentitud deliberada de quien sabe adónde va y no quiere parecer apurado.
Reconoció primero al señor Delgado, ochenta y un años, estibador jubilado, con su gorra de lana y su bastón de caña, que llevaba treinta y cinco ocupando la mesa cuatro sin que nadie se lo hubiera pedido jamás.
Detrás de él, las hermanas Pereira, del segundo piso de la calle Van Brunt, que en toda su vida no habían cenado fuera más de dos veces al año.
Luego la señora Brennan y su estofado de los jueves, que esa noche era viernes.
Luego tres hombres del sindicato con sus chaquetas de trabajo.
La maestra Ortiz y cinco colegas de la escuela.
Un sacerdote joven al que Lena nunca había visto, pero que traía a la cintura un cinturón con una cruz de madera.
Una familia entera, con abuelos y niños, que cruzaba la calle en fila.
—¿Quién les avisó? —murmuró.
—Nadie —dijo Rosa. Tenía los ojos muy abiertos y las manos quietas en el delantal—. Yo no llamé a nadie. Tu padre no llamó a nadie.
—Yo no he llamado a nadie —confirmó Walter, desde el atril, con una voz rara.
Entonces se abrió la puerta, y el señor Delgado entró golpeando el suelo con el bastón como siempre, y se quitó la gorra, y dijo al aire, sin dirigirse a nadie:
—Mesa cuatro. Si no es molestia.
Después ya no se pudo contar. Entraron todos a la vez, con el frío de la calle pegado a los abrigos y esa alegría torpe de quien ha hecho algo sin ensayarlo.
Lena corrió a las mesas, Rosa gritó hacia la cocina que subieran todo lo que hubiera, y Walter, que no se había movido del atril, abrió el libro de reservas por una página en blanco y empezó a escribir nombres con su letra de maestro, sin levantar la vista, para que nadie viera cómo le temblaba la barbilla.
En media hora no quedaba una silla libre.
Subieron las plegables del almacén. Después los taburetes de la barra.
Después una banca que Lena ni sabía que existía y que Danny sacó del depósito en brazos, sudando, gritando algo en italiano a un ayudante.
El salón, ese salón enorme que durante seis meses había sonado hueco, se llenó de voces, de platos, de risas, de olor a pan caliente y a salsa de tomate.
Alguien aplaudió, sin motivo, y otros lo imitaron, y duró un momento breve y desordenado.
Fue entonces cuando la periodista, la de los termos, cruzó la calle.
Se detuvo en el umbral, con la grabadora en la mano y un gesto de duda en el rostro. Lena la vio desde el fondo del salón, con una bandeja de vasos en equilibrio. Dejó la bandeja en una mesa y fue hasta la puerta, secándose las manos en la falda.
—Señorita Hart —dijo la mujer—. Solo un comentario. Cualquiera. Para la edición de mañana.
Lena la miró. No había malicia en ella; solo el cansancio de quien lleva dos semanas esperando bajo un toldo ajeno. Detrás, en el salón, alguien reía a carcajadas.
—No tengo ningún comentario —dijo Lena—. Pero hay una mesa para tres al fondo, junto a la ventana. Si les apetece cenar, la cocina está abierta hasta las once. El estofado es muy bueno.
La periodista parpadeó. Luego, por un instante, algo se movió en su cara, algo que podía ser sorpresa, o vergüenza, o las dos cosas.
—No sé si podemos aceptar...
—Se paga la cuenta completa —dijo Lena, con una media sonrisa—. Aquí nadie regala nada.
La mujer se quedó un momento más en el umbral.
Después guardó la grabadora en el bolso y volvió a cruzar la calle.
Lena, desde la puerta, la vio hablar con sus compañeros.
Un hombre se encogió de hombros. El otro recogió el termo.
Y tres minutos después los tres atravesaron la calle con las manos en los bolsillos, y Walter, sin una palabra, los condujo a la mesa del fondo.
A las nueve empezó a llover, fina y mansa, exactamente como había dicho el radar. El ruido en los cristales se mezcló con el rumor del salón y no estorbó a nadie.
Lena iba y venía entre las mesas con una fuente en cada mano cuando una mano firme le tomó el codo. Danny. Se había quitado el gorro, tenía el pelo pegado a la frente y la cara roja de cocina, y la miraba como la miraba cuando eran niños y ella le cubría una travesura.
—Sale otro estofado para los de la prensa —dijo—. Pidieron repetir.
—Cóbrales completo.
—Ya lo hice. —Sonrió de lado, rápido, antes de que ella pudiera responder, y volvió a ponerse serio—. Oye. Quería decirte una cosa.
—Dime.
—Lo que haga falta. —Danny miró hacia un lado, a la sala llena, y luego otra vez a ella—. Con lo que sea. Contigo. No te voy a preguntar por qué, ni voy a decirte que lo piense mejor, ni voy a poner esa cara. Dime qué hace falta y lo hago.
Lena se quedó sin palabras. Hacía semanas que no le pedía a nadie nada, porque pedir era el punto exacto por el que se había roto todo, y de pronto ahí estaba su hermano pequeño, con una espátula en el bolsillo y los antebrazos quemados, ofreciéndole algo que no era una limosna ni una deuda. Un lugar a su lado.
—Gracias —dijo, y la voz le salió más ronca de lo que quería.
—No me des las gracias —respondió Danny, y por un instante Lena creyó oír otra voz detrás de esa frase, un eco que no sabía de dónde venía. Pero él ya se alejaba hacia la cocina, gritando una orden a un ayudante, y el eco se disolvió.
Lena se quedó parada en medio del salón.
Desde ahí lo veía todo. A Walter, en el atril, anotando nombres con la mano más firme que antes.
A Rosa, descalza de pronto, porque se había quitado los zapatos detrás de la barra, riendo con la señora Brennan.
Al señor Delgado, con la servilleta atada al cuello, probando el primer bocado como si fuera el primero de su vida.
A las hermanas Pereira, compartiendo una copa.
A la maestra Ortiz brindando con un vaso de agua.
A los tres periodistas, en la mesa del fondo, callados, comiendo, con la cámara guardada.
Y en la pared, sobre la barra, quieta, la campana de latón. Nadie la había tocado esa noche. Esperaba su turno, como quien sabe que le llegará.
Lena respiró hondo. Hacía mucho tiempo que no sentía eso en el pecho, esa cosa ancha y tibia que no era alivio, porque el alivio es el fin de algo, y esto, en cambio, parecía el comienzo.
Nadie la había rescatado. Todos habían pagado su cuenta.
Nadie le había dicho que ella lo merecía, ni que no lo merecía.
Solo habían venido, uno tras otro, y se habían sentado a su mesa.
En el salón lleno, bajo la lluvia, Lena Hart comprendió que no estaba sola.
No lo dijo en voz alta. Recogió las fuentes, sonrió a la señora Brennan, y siguió trabajando.