CAPÍTULO 24 #2
Hubo un segundo de silencio, el último, y después el salón estalló en aplausos.
Una ovación sincera, ancha, de esas que sorprenden al que las recibe.
Alguien lanzó un vítor. Las lámparas de cristal temblaron con el estruendo.
Adrian bajó los tres escalones sin ver nada, con la copa todavía en la mano, y se encontró de pronto frente a ella, tan cerca que podía contarle las pestañas.
Lena no dijo nada. Le puso la mano en la mejilla y lo miró, y en esa mirada Adrian leyó todo lo que ninguno de los dos se había dicho todavía: la respuesta, el perdón anticipado por lo que fuera que le faltaba confesar, la certeza de haber sido visto por completo.
Por un instante, en medio de doscientas cincuenta personas, estuvo seguro de que no quedaba nada por esconder.
Al otro lado del salón, en la mesa principal, Margot Sinclair dejó su copa intacta sobre el mantel, con el mismo gesto con que se cierra un libro. Alzó los ojos hacia Julian. Fue un movimiento mínimo, de apenas un grado. Su hijo se puso en pie y se abotonó la chaqueta.
Adrian no lo vio. Estaba demasiado ocupado con lo que tenía delante.
A Lena le temblaban las manos y no sabía cómo disimularlo.
Se las colocó a la espalda y se quedó mirando la copa de champán que alguien le había puesto en los dedos, mientras a su alrededor la gente se levantaba, se abrazaba, le tocaba el brazo, repetía la frase como se repite una canción nueva.
Qué bonito. Qué valiente. Se nota que es de verdad.
Ella decía gracias a todos. No oía ninguna palabra.
Lo mejor que me ha pasado. Lo había dicho delante de todos. Lo había dicho con aquella voz que sonaba a puerta abierta.
Adrian había sido arrastrado hacia el centro de la sala por un racimo de inversores y una anciana de la junta que quería fotografiarse con él.
Lena lo vio inclinarse para escucharla, con una sonrisa que le llegaba hasta los ojos, y le pareció que algo se aflojaba dentro de su pecho, un nudo que había llevado tanto tiempo que ya lo creía anatomía.
Sentía a la vez una felicidad tan intensa que casi le dolía y una vergüenza pequeña, sorda, cada vez que recordaba el «mañana» con que había aplazado la mitad de su confesión.
Lo que él tuviera que decir sobre el contrato era, seguramente, una corrección, un matiz, alguna cláusula de la que se avergonzaba.
Podía esperar. Todo podía esperar, esta noche.
Se retiró hacia el borde de la sala, junto a una de las columnas de mármol, donde la luz era menos dura, para recuperar el aliento. El murmullo del salón llegaba allí como el mar desde una playa. Se apoyó en el mármol frío, cerró un momento los ojos.
—Es difícil no emocionarse, ¿verdad?
Los abrió. Julian Sinclair estaba a su lado, con una copa en la mano y la sonrisa de siempre.
Alto, atlético, con esa elegancia sin esfuerzo de los que nunca han tenido que ganársela.
Se había acercado sin que ella lo viera, y Lena sintió, antes de pensar, que su cuerpo se ponía en guardia: el mismo aviso seco que le había recorrido la espalda la noche del dos de noviembre, cuando descubrió que el plano de asientos de la cena de inversores no era el que ella había aprobado.
—Julian.
—Lena. —Inclinó la cabeza—. Felicidades. Ha sido un brindis impresionante.
—Gracias.
—De verdad. Yo no creía que fuera capaz.
Lo dijo con una cordialidad impecable, y fue precisamente la impecabilidad lo que la inquietó. Julian no hablaba de Adrian. Nunca hablaba de Adrian sin que sonara a cálculo.
—Si has venido a decirme que también te ha parecido conmovedor —dijo ella, con ligereza—, ya lo hiciste.
—No he venido a eso. —Bajó la voz, sin dejar de sonreír.
Alguien pasó cerca con una bandeja, y Julian esperó a que se alejara—.
Te lo diré con franqueza, porque creo que la mereces.
Hay algo que tienes que ver. No me corresponde a mí y no me hace ninguna gracia, pero mi madre no me va a perdonar que te lo diga, y aun así no me parece justo que lo sigas ignorando.
Lena sintió el frío en la nuca.
—Si es otro plano de asientos —dijo.
Julian soltó una risa breve, casi simpática.
—Esta vez no. —Giró la copa entre los dedos—. Es sobre tu familia. Sobre Hart's Table. Hay un papel en el que figura una empresa. —Hizo una pausa que pareció calculada al milímetro—. Ledger Street Holdings.
El nombre le cayó encima como una gota de agua helada.
Lena no se movió. Sintió, nítidamente, que el ruido de la sala se alejaba, y que en medio de ese hueco había aparecido una imagen: un membrete en una carta de Brightwater, el nombre en letra pequeña, que ella había visto en octubre, y que Adrian había descrito como una formalidad contable.
Un trámite. No tienes de qué preocuparte.
Y ella, que tantas veces había leído entre líneas lo que nadie decía, había tragado aquella formalidad con la misma gratitud con la que se traga el agua después de la sed.
—No sé de qué hablas —dijo, y le salió demasiado firme.
—Lo sé. Por eso te lo digo. —Con un gesto casi galante, señaló hacia el fondo del salón, hacia un arco de piedra discreto junto al que había una pequeña puerta de caoba—.
No es un sitio para hablar aquí. El guardarropa está vacío a esta hora.
Lo tengo todo ahí, en una carpeta. No tienes que creerme. Solo léelo, y decide por tu cuenta.
—¿Por qué haces esto?
Julian tardó en responder. Algo cruzó su rostro, una expresión que Lena no supo clasificar en ese momento y que más tarde, con la memoria afilada por la rabia, reconocería sin esfuerzo: la satisfacción serena de quien ha esperado mucho tiempo y ve, por fin, cómo se abre la puerta.
—Porque en esta familia —dijo— todo el mundo se pasa la vida ocultándose cosas. Y tú, Lena, eres la única que no se lo merecía.
Se apartó un paso. Le dedicó una última sonrisa, cortés, perfecta. Y se alejó hacia el centro del salón, sin prisa, mezclándose con los invitados, hasta que su espalda se perdió entre los trajes.
Lena se quedó donde estaba, con la copa en la mano.
A lo lejos, entre las cabezas, vio a Adrian, riendo, rodeado de gente, con la mano de una anciana en el brazo.
Él volvió la cabeza en ese instante y la buscó con la mirada, y la encontró.
Le sonrió. Era la sonrisa de la tarima, la de la primera vez.
Ella se la devolvió.
Luego dejó la copa sobre la mesa más cercana, con un cuidado exagerado, como si pudiera romperse, y caminó hacia el arco de piedra.