La esposa por contrato del multimillonario CAPÍTULO 23 #2
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CAPÍTULO 23 #2

Pensó en Priya. En su voz seca, en aquella sala de reuniones de Brooklyn, con el bolígrafo marcando una línea: no firmes un anexo que no hayas leído.

Pensó en el día de la firma, cuando Adrian le dijo que el documento le obligaba a él y no a ella, y ella lo creyó, porque tenía una deuda, un padre con un infarto y una familia a punto de perder el local.

Pensó en un nombre que había visto en el aviso de cesión del banco, un nombre largo y vulgar, Ledger Street Holdings, y en cómo lo había apartado del pensamiento con el mismo gesto con que se aparta una cortina.

Pensó en una frase suya, la de diciembre, cuando le dio las gracias por el día en que la fecha límite pasó sin ruido, y en cómo él respondió: no me las des.

Todas esas cosas estaban allí, en una fila, esperando a que alguien las contara.

Y Lena comprendió, con una claridad que la dejó sin aire, que no eran preguntas.

Eran respuestas. Que las llevaba semanas guardando, con cuidado, como se guardan los billetes de un viaje que uno no está seguro de querer hacer.

Y que Adrian estaba a punto de decirle lo que costaba el viaje.

Lo vio abrir la boca. Y vio, nítida, la otra versión de esa noche: una en la que él hablaba y ella escuchaba, y después ya no había cocina, ni limón, ni «quiero que sea real».

Una en la que mañana, a esa hora, no habría gala.

Una en la que lo que acababa de decirle quedaría reducido a algo que él había tardado demasiado en confesar.

Tenía miedo. Se lo reconoció a sí misma con una honestidad brutal, de las que no se reconocen en voz alta. No miedo de lo que él pudiera decir. Miedo de perder esto antes de haberlo tenido una noche entera.

Se levantó, rodeó la isla y le puso la mano en la boca.

No fue un gesto brusco. Fue casi una caricia: los dedos sobre los labios, la palma contra la mandíbula áspera, el pulso latiéndole en la muñeca.

—No —dijo.

Adrian la miró. Tenía los ojos muy abiertos y algo en ellos que ella no quiso interpretar.

—Lo que sea —dijo Lena—, puede esperar hasta mañana.

—Lena…

—Mañana, Adrian. Con luz. Con café. Con el pelo peinado y la cabeza despejada. —Le temblaba la voz, y no hizo nada por disimularlo—. Esta noche no quiero un contrato en la habitación. Es la única regla que te he pedido. Déjame tenerla una noche.

Retiró la mano despacio. Él no se movió. Sus labios, donde habían estado los dedos de ella, parecían los de alguien que acaba de recibir una orden y no sabe si agradecerla.

—Es importante —dijo.

—Lo sé.

—Es… tendría que habértelo dicho antes.

—Lo sé. —Y, aunque no lo sabía, aunque en realidad lo sabía todo y no quería saber nada, se obligó a mirarlo a los ojos—. Mañana.

Hubo un silencio largo. Lena sintió que la cocina entera contenía el aliento, el reloj de pared, la nevera, el bizcocho a medio comer.

Vio algo cruzar la cara de Adrian, rápido, como una sombra que pasa por un cristal.

Y reconoció en esa sombra una emoción que no esperaba y que le dio un pinchazo de vergüenza: alivio.

Él se alegraba. No de que ella callara. De que se lo hubiera permitido.

Y ella, que lo vio, no dijo nada.

—Mañana —repitió Adrian, en voz muy baja—. Después de la gala.

—Después del desayuno.

—Después del desayuno.

Lena asintió. Le tendió la mano, y él la tomó. Tenía los dedos fríos, a pesar de la calidez de la cocina.

—Ven —dijo ella—. Es tu último día de treinta y cuatro.

Adrian no durmió.

Estaban en la cama de él, la del cuarto grande de la planta cincuenta y nueve, con las cortinas abiertas y la ciudad entrando a rayas por las lamas de la persiana.

Lena dormía de lado, con el rostro hundido en la almohada y una mano abierta sobre su pecho, justo encima del corazón.

Respiraba despacio. Tenía el ceño relajado, un mechón de pelo pegado a la mejilla.

Nunca había dormido tan cerca de nadie. Desde enero lo hacía a veces, cuando ella elegía quedarse, y cada vez le parecía un hecho nuevo, impensable. Pero esa noche el peso de la mano de Lena sobre su esternón era distinto. Parecía que lo sujetaba, como se sujeta algo que podría irse.

El reloj de la mesilla marcó las doce.

Treinta y cinco años. El plazo de Everett vencía a esa hora, exactamente: el primer día de la edad prohibida.

Lo había contado y recontado durante seis meses, como un hombre que mira un cronómetro descender, y ahora que lo cruzaba no sintió nada.

El matrimonio estaba hecho desde octubre.

La fecha no significaba nada. Lo que quedaba era la Review, y los seis meses de Seasoning Period que acababan en abril, y tres fiduciarios que lo juzgarían.

Y una cosa más. Una que Lena le había pedido que dejara para la mañana.

Es importante. Se lo había dicho en voz alta. Tendría que habértelo dicho antes. Y ella había contestado lo sé, y él no había sabido si eso era una absolución o un aplazamiento. Quiso creer que era lo primero. Sabía que era lo segundo.

Podría haber insistido. Era su derecho, incluso su deber.

Habría bastado con apartar la mano de ella, con decir no, ahora, con nombrar la palabra Schedule y dejar que cayera lo que tuviera que caer.

En lugar de eso la había dejado hablar. Había sentido su alivio subir por el pecho como una marea tibia, y se había avergonzado, y había aceptado el aplazamiento con una gratitud que le revolvía el estómago.

Se quedó mirando el techo. A su lado, Lena murmuró algo ininteligible y se acercó un centímetro. Él no se movió.

Pensó en Marcus. En su cara de la mañana de febrero, cuando lo había mirado sin la mínima concesión y le había dicho: Cada día que pasa es un día que ella tendrá derecho a reprocharte.

Pensó en Margot, que habría dado un año de su vida por saber lo que estaba ocurriendo en ese dormitorio.

Pensó en la gala, en el discurso que ya tenía escrito y que no iba a pronunciar, porque lo que quería decir esa noche no cabía en tres párrafos.

Pensó que le estaba mintiendo a la mujer que dormía con la mano sobre su corazón.

Y pensó que mañana, al despertar, se lo diría. Con café, con luz, con el pelo peinado. Como ella había pedido.

Cerró los ojos. No consiguió dormirse.

A las cinco y cuarto, la persiana empezó a ponerse gris.

Una franja muy fina, apenas un hilo, sobre la silueta del edificio de enfrente.

A las cinco y media, un pájaro cantó en alguna parte, absurdamente, a cincuenta y nueve pisos de altura.

A las seis menos diez, Adrian apartó con cuidado el mechón de pelo de la mejilla de Lena y se quedó mirando cómo la luz le subía por la cara.

Faltaban pocas horas para que amaneciera del todo. Después sería mañana.