La esposa por contrato del multimillonario CAPÍTULO 19 #3
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CAPÍTULO 19 #3

—Quiero que me digas qué quieres tú. No lo que dice el contrato. No lo que conviene. Qué quieres, esta noche, aquí.

Él guardó silencio un instante largo. Ella vio cómo se le movía el músculo de la mandíbula, esa pequeña pelea interna que había aprendido a reconocer; vio las manos, que se abrieron y se cerraron a ambos lados del cuerpo.

—A ti —dijo—. No a la esposa que contraté. A ti.

No era una frase hermosa. Era una frase torpe, dicha por alguien que no había tenido práctica en decir cosas verdaderas. Por eso le creyó.

—Entonces estamos de acuerdo —dijo Lena.

Se acercó el medio metro que quedaba. Le puso la mano abierta sobre el pecho, sobre la camisa, donde dos meses antes había sentido un latido como el de un animal atrapado, y notó que ahora el corazón le golpeaba con la misma fuerza, pero que él no se apartaba. Esta vez no se apartó.

La besó ella. Despacio, sin contar segundos.

Fue un beso muy distinto al de noviembre.

Sin público, sin tradición, sin ninguna cuchara tintineando contra el cristal.

Sentía en él una precaución casi reverente, la de alguien que sostiene algo que cree que podría caerse, y luego, poco a poco, a medida que ella respondía, la precaución cedió.

Las manos de Adrian, que siempre le habían parecido tan controladas, subieron a su rostro con un temblor casi imperceptible. Ella sonrió contra su boca.

—Estás temblando —murmuró.

—Estoy nervioso.

—Tú.

—Yo.

—Qué bien —dijo Lena—. Así somos dos.

La llevó hasta la cama de latón sin prisa, como si el tiempo se hubiera vuelto una sustancia espesa que ninguno quería atravesar deprisa.

Afuera, la nieve seguía cayendo sobre West 44th con un silencio de algodón; adentro, la luz de la lámpara de pie dibujaba círculos dorados en la pared.

Ella le desabrochó los botones de la camisa uno a uno, con una concentración casi ridícula.

Él la ayudó con la cremallera del vestido, con las manos que ahora ya no temblaban pero tampoco tenían la seguridad calculada de otras veces.

Se descubrieron como se descubre una ciudad bajo la nieve: despacio, con asombro, reconociendo formas que creían conocer.

La piel de él era cálida y tenía una cicatriz fina en las costillas que ella recorrió con un dedo, y él le dijo, sin que le preguntara, que se la había hecho a los diez años, en un internado, cayendo de un tejado al que nadie le había mandado subir. Ella lo besó allí. Él cerró los ojos.

No hubo nada de teatral en lo que vino después.

Hubo paciencia, y una curiosidad mutua que tenía algo de deuda saldada; hubo un momento en que ella dijo su nombre y él lo repitió, como quien oye por primera vez un idioma que ha estado estudiando en secreto; hubo una risa corta y sorprendida en mitad de todo, y después un silencio denso, hondo, en que los dos dejaron de pensar.

Lena sintió que algo que había mantenido en tensión durante meses, quizá durante años, se aflojaba por fin.

No era solo placer. Era el alivio de ser vista de cerca y no desear esconderse.

Después se quedaron tumbados, con las piernas entrelazadas, bajo una colcha pesada que olía a cedro. Ella apoyó la cabeza en su hombro. Podía oír su corazón, que iba bajando de ritmo con una lentitud casi infantil.

—No sé cómo se hace esto —dijo Adrian, en voz baja, al techo.

—¿Qué?

—Esto. Quedarse.

—Lo estás haciendo bien.

Se hizo un silencio. Lena pensó que quizá él se levantaría, que iría a la sala, a su sillón, a su insomnio de costumbre, como había hecho tantas veces: un hombre que no sabía dormir en una cama junto a otra persona y que lo sabía y que se castigaba por saberlo.

Esperó, con el cuerpo en tensión, a que se moviera.

No se movió. Su respiración se hizo más lenta. Más pesada. Una mano suya, que descansaba sobre su cintura, perdió poco a poco la fuerza, y se quedó allí, abierta, cálida.

Lena levantó un poco la cabeza. Tenía los ojos cerrados.

La cara, sin el ceño, parecía de otro. Más joven.

Casi desprotegida. Un hombre de treinta y cuatro años que, por lo que ella sabía, no había dormido una noche entera en meses, y que acababa de quedarse dormido en la cama de su abuelo, con la nieve cayendo sobre una ciudad cerrada, como un niño al que alguien por fin ha dicho que puede dejar de vigilar.

Alargó la mano hacia la mesita de noche, donde había dejado el teléfono, por pura costumbre.

La aplicación del radar se abrió sola, con su mancha violeta ya adelgazada y desplazándose hacia el este.

Faltaban dos horas para que cediera. Se quedó mirándola un momento.

Luego apagó la pantalla, volvió a dejar el teléfono en la mesita, bocabajo, y apoyó de nuevo la cabeza donde estaba.

Por primera vez desde octubre, nadie la miraba. No había nada que ensayar, ni un tono que ajustar, ni una escena que sostener. Había un hombre dormido y una ventana llena de nieve, y la certeza, tranquila y total, de que lo que acababa de pasar no había sido una actuación.

No tenía a quién demostrárselo. Y descubrió que no hacía falta.