CAPÍTULO 11
La Boda
—Repita conmigo —dijo el funcionario sin levantar los ojos del formulario—. «Yo, Lena Hart…»
—Yo, Lena Hart —repitió ella.
—«…te tomo a ti, Adrian Vale…»
—…te tomo a ti, Adrian Vale…
Lo dijo con la voz de las reuniones con proveedores, la que no se quiebra, y supo por la forma en que el hombre de al lado se enderezó que él también había reconocido el tono.
El funcionario tenía la cara cansada de quien ha casado a mil parejas desde las ocho de la mañana y a ninguna le ha preguntado por qué.
Detrás de él, un arco de flores de plástico enmarcaba la pared beige de la sala de ceremonias número tres, y Lena, que en otra vida habría arrancado ese arco con sus propias manos, tuvo que apretar los dientes para no corregirlo.
—«…como esposo, para amarte y respetarte…»
—…como esposo…
Dos días antes habían estado en esa misma oficina, de pie ante la ventanilla cuatro, con los pasaportes sobre el mostrador de formica.
La ley de Nueva York exigía que ambos acudieran en persona a pedir la licencia, y Adrian Vale, que no había hecho una cola desde la adolescencia, había esperado cuarenta minutos en una silla de plástico junto a una pareja de estudiantes con globos, sin tocar el teléfono, con una expresión de monje.
Firmaron. Pagaron la tasa, treinta y cinco dólares, que él había insistido en abonar con tarjeta y ella en abonar en efectivo, de modo que acabaron pagando mitad y mitad como dos compañeros de piso.
El empleado les explicó que debían esperar veinticuatro horas antes de poder casarse, como si el Estado quisiera asegurarse de que dudaran un día entero.
No habían dudado. Habían esperado, que no era lo mismo.
—«…hasta que la muerte nos separe» —dijo el funcionario con el mismo tono con el que habría leído una lista de compras—. Aquí la fórmula es opcional, pero la mayoría la usa.
—Omítala —dijo Adrian.
—Omítala —confirmó Lena, y el funcionario tachó algo sin mirar.
Ocurrió entonces lo único que ninguno de los dos había ensayado: Priya Nair, que estaba de pie a la izquierda de Lena con un ramillete de rosas blancas que se había negado a que faltara («nadie se casa sin flores, ni siquiera tú, ni siquiera así»), soltó un resoplido que sonó como una tos.
Al otro lado, Marcus Bell, el asistente de Adrian, un hombre de cuarenta y un años con cara de enterrador compasivo, se miró los zapatos con una concentración extraordinaria.
Los dos testigos no se habían dirigido la palabra desde que se saludaron en la puerta.
Marcus parecía a punto de pedir perdón por algo.
Priya parecía a punto de no concedérselo.
—Las alianzas —dijo el funcionario.
Marcus sacó una cajita. Dos bandas de oro liso, sin una piedra, sin una inscripción.
Lena las había elegido entre las seis bandejas que Marcus le había hecho llegar, descartando diamantes, filigranas y un modelo que parecía una soga: la más sencilla.
«No quiero nada que haya que devolver», había dicho entonces, y Adrian, que ya había aceptado cuatro de sus cinco condiciones esa semana, no discutió la quinta.
El anillo le quedó justo. Lo notó fresco, un poco ajeno, como una llave de un cuarto que no era el suyo.
La mano de Adrian, cuando ella le puso el suyo, estaba tan fría como la suya.
—Por el poder que me confiere el estado de Nueva York —dijo el funcionario— los declaro marido y mujer. Puede besar a…
Lena giró la cara hacia él y Adrian inclinó la cabeza.
Fue un beso corto, seco, ensayado con la exactitud de un movimiento de ajedrez.
Tuvo tiempo de notar el olor del jabón en su cuello, el leve roce de una mejilla recién afeitada, un minúsculo corte bajo la mandíbula que él se había hecho esa mañana y que ella, por alguna razón, quiso señalarle y no señaló.
Los labios de Adrian se apoyaron en la comisura de los suyos medio segundo y se retiraron.
No sintió nada. Lo anotó como un dato.
Priya aplaudió una sola vez, sola, en el silencio. Después levantó las rosas, como pidiendo disculpas.
—Siguiente —dijo el funcionario, con la voz que se dirige a la sala de espera.
En el pasillo, mientras Marcus se ocupaba de los papeles, Lena sacó la libreta negra del bolso y buscó, por el calendario de bolsillo, la página del dieciocho.
Escribió la fecha de hoy en la parte superior.
Luego, contando con el dedo sobre el papel, escribió otra, abajo, subrayada dos veces: 18 de abril.
Ciento ochenta y dos días.
—¿Eso es una cuenta atrás? —preguntó Adrian detrás de ella.
—Es una agenda.
—Hoy empieza —dijo él, bajando la voz para que el pasillo no lo oyera—. El plazo del Artículo X. La Prueba, como la llama Finch. Los seis meses.
—Lo sé. Me lo explicó usted. Tres veces.
—Y yo le dije que a partir de hoy, en público, tendremos que tutearnos.
Lena guardó la libreta. Lo miró de arriba abajo: traje azul marino, corbata sobria, el corte pequeño bajo el mentón y una palidez que ningún barbero disimula. Era la primera vez que lo veía sin la armadura completa. Le faltaba algo; no sabía qué.
—Tendremos que tutearnos —corrigió ella—. Lo anoto.
—Gracias. —Una pausa—. Estás… —No terminó la frase. Se contuvo, como si el verbo, de pronto, no figurara en el contrato.
—¿Sí?
—Lista. Estás lista.
—Por supuesto que estoy lista, Adrian. Es un evento. —Era la primera vez que lo llamaba por su nombre, y la palabra le salió con una naturalidad que no esperaba—. Los eventos me salen bien.
Priya se acercó con las rosas y sin sonreír. Abrazó a Lena fuerte, un instante, y al soltarla le susurró al oído, sin mover los labios:
—Te quiero. Y sigo pensando que has firmado algo que no has leído.
—Hoy no, Pri.
—Hoy no —concedió Priya—. Pero algún día.
Y se alejó por el pasillo sin mirar atrás, con el ramillete.
El Salón Ivy había cambiado desde la noche de la tormenta, pero no tanto como hubiera deseado.
Los mismos helechos en macetas de bronce, las mismas maderas claras; solo que ahora, entre las plantas, alguien había colocado doscientas peonías blancas y las lámparas bajaban a media luz.
Al otro lado del ventanal, la terraza se veía vacía y limpia: nuevas columnas de acero, un techo de cristal que ya no necesitaba lona.
Lena evitó mirarla. Contó, en cambio, a la gente: ciento veinte invitados, ninguno suyo.
Inversores. Consejeros. Directores de hoteles de tres continentes.
Una periodista de sociales a la que habían permitido entrar con una sola cámara.
Era el mismo hábito de siempre: contar para no pensar.
La habían avisado de que no se inmiscuyera.
El equipo de eventos del Meridian había organizado todo con una eficacia que ella, profesionalmente, admiraba y, personalmente, aborrecía.
Había una fila de camareros junto a la barra que no estaba alineada.
Había un cartel con el nombre de una mesa mal rotulado en el rincón izquierdo.
Y las manos le picaban, como a un cirujano al que obligan a mirar.
—Respira —murmuró Adrian a su lado, sin mover la boca, con la mano en la parte baja de su espalda. El contacto era firme, de propietario educado—. Sonríe un poco.
—Ya sonrío.
—Sonríes como si cobraras por hora.
—Cobro por proyecto.
Él casi se rió. Fue un sonido breve, involuntario, que se le escapó por la nariz, y varias cabezas se volvieron hacia ellos con la expresión de quien ve algo prometedor. Adrian se enderezó. La mano en su espalda se apretó un poco más, como pidiendo perdón.
Recibieron a la gente en una fila que se movía despacio, a la manera de una hilera de monjes. Cada apretón de manos era un examen. Lena los iba superando uno a uno, sonriendo, dando las gracias, repitiendo «Lena, sí, encantada» como una frase en un idioma que había estudiado a toda prisa.
Margot Sinclair llegó la tercera.
Tenía sesenta y dos años, un cabello gris recogido sin un solo mechón fuera de su sitio y la clase de sonrisa que no es un gesto sino un tratado. Vestía de un verde oscuro tan caro que parecía discreto.
—Querida —dijo, y tomó la mano de Lena entre las dos suyas, secas y frías—. Bienvenida a la familia. Qué vestido tan práctico.
Lena bajó la vista a su vestido de seda marfil, comprado en una tienda de Park Slope y arreglado por ella misma la noche anterior con un hilo que no hacía juego.
—Gracias, Margot. Lo compré para no estrenar nada que no pudiera volver a ponerme.
—Sensata. Me gustan las mujeres sensatas. —La sonrisa no se movió—. Me dicen que usted organizaba bodas, ¿verdad? Debe de ser un cambio estar de este lado de la lista de invitados.
—Es un cambio, sí. Aquí nadie me ha preguntado todavía por el presupuesto.
Hubo una pausa mínima. Algo brilló en los ojos de Margot, curiosidad, quizá, o una nota mental. Adrian, a su lado, no se movió.
—Los Vale somos una familia de tradiciones —dijo Margot—. Y de plazos. Seis meses pasan volando, ¿no cree?
—Eso he oído.
—Disfrútelos.
Se alejó con paso lento, despacio. Lena sintió el contacto frío de sus dedos persistir un momento en la piel, como una huella.
Julian llegó después. A diferencia de su madre, sonreía de verdad, y eso lo hacía más difícil de leer. Treinta y seis años, traje a medida, apretón de manos firme con pausa justa. Miró la alianza de Lena, un segundo, con una atención tasadora que no hizo ningún esfuerzo por disimular.
—Primo —dijo a Adrian, abrazándolo con una palmada—.
Enhorabuena. De verdad. —Y a ella—: Lena, qué placer.
Mis felicitaciones. Si necesitas ayuda con la cena de inversores del dos de noviembre, avísame; mi oficina tiene toda la lista de invitados y las preferencias de cada uno. Te ahorraría trabajo.
—Qué amable —respondió Lena—. Lo tendré en cuenta.
—Es solo que sé cómo son —dijo Julian, con una sonrisa cálida—. Y tú acabas de llegar.