La esposa por contrato del multimillonario CAPÍTULO 4 #2
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CAPÍTULO 4 #2

—Margot no podría ofrecerle nada que yo no pueda ofrecerle primero. —Adrian lo dijo con una calma contable. Pensaba en la cifra, en la fecha, en la forma exacta del pozo en el que ella estaba. Un pozo que él había cavado, sin intención de cavar nada.

Marcus cerró la carpeta.

—Te odia —dijo.

—Por eso es la más segura. Una mujer que me detesta no va a confundir un contrato con otra cosa. Lo que necesito es alguien que no pueda quererme. Ella no puede.

—Detestar no es lo mismo que no poder.

—No empieces.

—No empiezo. —Marcus apoyó las manos sobre la carpeta azul—.

Lo pregunto como lo que soy, que es la única persona que te lo va a decir.

Me pediste catorce candidatas que no te quisieran, y descartaste las catorce porque no te discutieron.

Y ahora eliges a la única mujer que te dijo que no delante de cuatrocientas personas.

Si lo que quieres es una esposa que no te mire con ilusión, elegiste a la que mejor te mira de frente.

Eso no es un plan, Adrian. Es una manera de querer ganar una discusión.

Adrian no se volvió. Vio, en el reflejo del cristal, la silueta de Marcus y detrás la pantalla aún congelada: su propio rostro, la mujer desenfocada, la lona caída.

—Tiene que ser alguien que no pueda ser comprada por otros —dijo—. Ella cumple la condición. Y sabe organizar un evento de cuatrocientas personas con los dedos en el auricular. Hay que fingir una boda. Ella sabe fingir sin que se note la costura.

—Es una respuesta razonable.

—Es la respuesta.

—Es una de las respuestas —corrigió Marcus, sin dureza—. ¿Es la que va en el informe?

—Es la que va en el informe.

Marcus esperó un segundo más, quizá dos, a ver si esa frase tenía otra mitad. No la tuvo. Recogió las catorce carpetas grises con un gesto de empleado doméstico, las alineó, las golpeó una vez contra la mesa para igualar los bordes y las dejó a un costado, junto a la azul.

—¿Cómo quieres que se haga? —preguntó—. Puedo preparar una propuesta formal. Una oferta por escrito, a través de Priya Nair, la abogada que…

—Nada por escrito. —Adrian se volvió por fin—. Quiero saber dónde estará pasado mañana por la tarde. Yo iré.

—¿Tú?

—Si lo hace otro, dirá que no antes de oír el precio.

—Si lo haces tú, dirá que no antes de que termines de entrar.

—Entonces tendré que hablar rápido.

Marcus soltó el aire, algo entre una risa y una rendición.

—Te lo averiguo mañana —dijo—. Y mañana tu tía te va a buscar, ya sabes para qué. No lo olvides.

—No lo olvido.

Marcus tomó el abrigo del respaldo de la silla. En la puerta se detuvo, con la mano en el marco, de espaldas a la sala. Habló sin girarse.

—De las quince, es la única que no habría dicho sí antes de que terminaras la pregunta.

—No se la hemos hecho.

—No hace falta. Ya respondió, en el video.

Se fue. El ascensor privado tardó unos segundos en cerrar sus puertas y la quietud volvió a la sala con la lentitud de un animal grande.

Adrian no se acostó. Nunca se acostaba antes de las tres, y cuando lo hacía, no usaba la cama.

Subió al piso cincuenta y nueve, al despacho.

La luz del escritorio dibujaba un círculo limpio sobre la madera, y en el centro había un solo objeto: el teléfono, boca abajo.

Se sentó en la silla de cuero, la misma en la que tantas veces lo había encontrado el amanecer, y se quedó mirando el techo sin ver nada.

Se repitió los argumentos uno por uno, en orden, como se repasa una lista de verificación antes de una firma.

Era honesta: no halagaba, no mentía, no era capaz de la clase de cortesía que cuesta una carrera.

Era ajena: ninguno de los Sinclair tenía una puerta que abrirle.

Estaba sin recursos: el primero de diciembre era una fecha que no admitía orgullo.

Era competente. Era la única que, en una terraza con cuatrocientos testigos, había leído el cielo y no su cara.

Cada argumento era cierto. Los verificó sin esfuerzo y los fue marcando. Y al final de la lista, como una columna que no suma, quedó un resto.

Encendió el monitor del escritorio. La grabación volvió a empezar sin sonido.

La terraza, las lámparas, el violeta del oeste.

Dejó correr los cuarenta segundos hasta que ella entró en cuadro, y entonces fijó la vista en su boca, no en los gestos ni en la tablet ni en la lluvia que todavía no había llegado.

Vio cómo formaba la palabra. Fue una sola, breve, sin énfasis, dicha por alguien que no pedía permiso para decirla.

No.

Hacía tres meses que nadie se la decía. Antes, en realidad, tampoco la había oído a menudo: sus abogados la reformulaban, sus socios la envolvían en condicionales, su padre la pronunciaba como quien cierra una puerta sin mirar, y su tía la usaba como arma.

Ninguno se la daba como ella: como una información.

Como una medida exacta de lo que había y de lo que no había.

Era una locura, y lo sabía. No la entendía como una atracción. Nunca la había visto sonreír. No sabía a qué sabía su café ni cómo se reía. Lo único que tenía de ella era una frase, una mirada que no bajó, y esa manera de existir por completo en el instante de decir algo que le costaría la carrera.

Se pasó la mano por la cara. Pensó en Marcus, en la ceja levantada, en la frase que había quedado a medias en la puerta. Una manera de querer ganar una discusión. Era una buena hipótesis. Era una hipótesis más cómoda que la verdad.

La verdad era que había descartado catorce mujeres porque ninguna iba a decirle que no, y que la necesidad de un contrato con alguien que no pudiera quererlo era cierta y real y estaba escrita en el informe. Pero no era la causa. Era la coartada.

La causa era más pequeña y más fea. Desde junio, desde el momento exacto en que la vio bajar de la silla con la tablet apretada contra el pecho, una parte de él, que no pedía permiso ni se dejaba convencer, había querido que volviera a decírselo.

No pensaba admitirlo en voz alta. Ni siquiera allí, solo, a las once de la noche, en un piso cincuenta y nueve donde nadie podía oírlo.

Detuvo el video en el último fotograma, ella de frente, la lona caída a sus espaldas, y apagó el monitor.

El despacho quedó a oscuras salvo por la luz de la ciudad. Adrian se recostó en la silla, cerró los ojos y se dijo, con la voz neutra con que se dictan las instrucciones, que al día siguiente se enfrentaría a su tía y que pasado mañana iría a Brooklyn.

Se dijo que era por la herencia.

No se creyó ni una sola palabra, y aun así lo dio por cerrado.