La esposa por contrato del multimillonario CAPÍTULO 3 #2
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CAPÍTULO 3 #2

—Necesito una copia del artículo.

—Está preparada. Y una copia de los estatutos de VFH. Y una nota con las fechas, que ya he calculado.

—Perfecto.

—Adrian.

Se detuvo en la puerta.

—Léelo otra vez esta noche —dijo Harold—. Con calma. Cuando no tengas prisa.

—Esta noche voy a tener muchísima prisa.

—Ya lo sé —respondió el abogado—. Por eso te lo pido.

Adrian asintió, una sola vez, y salió. En el pasillo, la secretaria de Harold le tendió una carpeta delgada. Pesaba menos de lo que él había esperado. Pensó que eso era injusto: algo que podía costarle su empresa no debería caber en tan poco papel.

Hasta ese momento había sido el hombre que dirigía Vale Hospitality Group: una cadena de hoteles en medio mundo, un directorio que le tenía miedo y un apellido que abría puertas antes de que llegara.

En el ascensor, mientras bajaba cuarenta y un pisos en un silencio de espejos, comprendió que acababa de dejar de ser eso. Ahora era un hombre con una fecha.

El coche lo esperaba en la esquina, con el motor encendido y las luces de emergencia parpadeando.

Marcus Bell abrió la puerta desde dentro antes de que el chófer pudiera hacerlo.

Llevaba la tableta en las rodillas, el traje gris sin una arruga y la expresión neutra que adoptaba cuando prefería no preguntar.

—Al edificio —le dijo Adrian al chófer, y se sentó. El coche arrancó sin ruido hacia el norte, entre autobuses y mensajeros en bicicleta.

Marcus esperó tres cuadras. Adrian lo sabía, porque Marcus siempre esperaba. Esa discreción formaba parte de lo que lo hacía valioso. Nunca había terminado la frase de nadie.

—¿Cómo ha ido? —preguntó por fin.

Adrian le tendió la carpeta. Marcus la abrió y leyó. Era un lector rápido, de los que absorben una página con una sola pasada de ojos. Al llegar a la tercera hoja alzó una ceja, algo que casi nunca hacía.

—El quince de marzo —dijo.

—Sí.

—Y seis meses de Seasoning Period después de la boda.

—Sí.

—Y tres fiduciarios con dos votos.

—Y el Bloque pasa a VFH si falla cualquiera de las tres. —Adrian miró por la ventanilla. Un vendedor de pretzels cerraba su carrito en una esquina—. Margot no va a votar a mi favor.

—No —confirmó Marcus.

—Harold votará lo que diga el artículo.

—Y el artículo dice «matrimonio verdadero de hecho». —Marcus releyó la línea—. Eso es subjetivo. Podría usarse en contra de cualquiera.

—Lo usarán en contra de mí. —Adrian dijo esto sin dramatismo, como quien describe el clima—. Tendré que construir un matrimonio que resista el examen de Margot. Seis meses, con ella mirando.

—¿Y tu padre?

—No lo sé.

Era la verdad, y le molestó decirla en voz alta. Le molestó aún más el pequeño silencio que siguió, en el que ambos pensaron lo mismo y ninguno lo dijo.

Marcus cerró la carpeta. Adrian sabía lo que venía: una pregunta prudente, de las que se hacen a un jefe que acaba de recibir una mala noticia, para darle la oportunidad de hablar de ello o de no hablar.

—No es una pregunta —se adelantó—. Es una instrucción.

—Te escucho.

—Necesito que me prepares candidatas.

Marcus no dijo nada. Esperó, con las manos quietas sobre la carpeta.

—Candidatas a esposa —aclaró Adrian—. Quiero una lista.

Mujeres que puedan firmar un acuerdo, mantener la boca cerrada y representar un papel durante un año sin enredarse.

Que no estén ligadas a nadie de mi entorno.

Que no sean vulnerables a Margot, ni a Julian, ni a nadie que quiera comprarlas por la espalda. Y que no confundan lo que esto es.

—¿Y qué es?

—Una transacción —dijo Adrian—. Con fecha de vencimiento.

Marcus asintió despacio.

—Quieres compatibilidad legal, solvencia, discreción y ausencia de sentimientos.

—Y que sea presentable. Va a tener que sentarse a mi lado en cenas con gente que me conoce desde que llevaba pañales.

—Cuántas.

—Las que hagan falta.

—Adrian. —Marcus bajó la voz, aunque el cristal que los separaba del chófer era grueso—. Una lista así no se improvisa. Hay que investigar. Hay que verificar que nadie tenga deudas con tu familia, ni antecedentes con la prensa, ni un exnovio con un contrato editorial. Dame una semana.

—Tienes hasta esta noche.

—Es imposible.

—Entonces, hasta mañana por la mañana.

Marcus lo miró. Adrian le sostuvo la mirada. Era una de esas veces en que, entre ellos, la jerarquía se quedaba en suspenso y solo quedaban dos hombres que se conocían demasiado.

—Hoy es quince de septiembre —dijo Adrian, con calma—.

El plazo vence en seis meses, y después de la boda hay otros seis.

No voy a pasar el otoño buscando a alguien con quien casarme como quien busca un apartamento.

Quiero decidir esta semana, firmar antes de que acabe el mes y casarme en octubre.

Cada día que pierdo es un día menos que tengo para que esto parezca verdad.

—¿Y si ninguna sirve?

—Sirve alguna. Siempre sirve alguna, si buscas lo suficiente.

El coche se detuvo en un semáforo. Un grupo de turistas cruzó con las cámaras al cuello, mirando los edificios hacia arriba, con esa expresión maravillada que Adrian había aprendido a no reconocer en sí mismo.

En el cristal reflejado vio su propia cara: tensa, pálida, con las ojeras que le dejaba cada noche de insomnio.

Parecía un hombre al que una fecha acababa de morderle el cuello.

—Voy a prepararte catorce —dijo Marcus.

—¿Por qué catorce?

—Porque con menos no vas a creer que has mirado bien. Y con más vas a perder el tiempo.

Adrian casi sonrió. Casi.

—Que sean buenas.

—Serán buenas. —Marcus tecleó algo en la tableta y la apoyó en el regazo—. ¿Criterios de exclusión?

—Cualquiera que me caiga bien.

Marcus alzó la mirada. Adrian ya había vuelto a mirar por la ventanilla.

—Era una broma —añadió.

—Ya lo sé —dijo Marcus, con voz tan neutra que no dejaba claro si lo había creído.

El semáforo cambió. El coche avanzó. Arriba, en alguna parte, el edificio de cristal y acero que llevaba su apellido en la fachada se alzaba contra un cielo sin una sola nube. Adrian pensó que debía de ser un día perfecto para cualquiera que no estuviera obligado a casarse.

Sacó el móvil, abrió el calendario y buscó marzo. Contó hacia atrás. Después contó hacia delante. Las dos cuentas daban la misma conclusión, y ninguna le dejaba margen.

—Marcus.

—Dime.

—Tráeme candidatas.