LA ESPOSA CAUTIVA DE LA REINA NEGRA Capítulo 20 — Mía, por elección #3
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Capítulo 20 — Mía, por elección #3

—Míreme —dije.

Obedeció.

—No lo convierta en para siempre.

—Intentaré—

—No.

Su boca se cerró.

—Diga la verdad completa.

La cicatriz de su palma rozó mis dedos.

—Quiero convertirlo en para siempre —admitió—. Quiero cerrar las puertas, destruir el documento de anulación y colocar suficientes hombres alrededor para que nadie pueda llevársela.

El miedo recorrió mi cuerpo, pero no retiré la mano.

—Continúe.

—También sé que, si lo hago, la perderé aunque permanezca físicamente dentro de mi casa.

—Sí.

—Así que no lo haré.

—¿Aunque tenga miedo?

—Tendré miedo de todos modos.

—¿Aunque crea que tengo razón al marcharme?

La pregunta la hirió.

—Sí.

—¿Aunque ame a otra persona algún día?

Sus pupilas se contrajeron.

—No sé si puedo responder eso sin mentir.

—Entonces no mienta.

Victoria respiró lentamente.

—No la encerraría.

—¿Qué haría?

—Desearía destruir a esa persona.

—Victoria.

—Pidió verdad.

—No basta con evitar la cerradura si utiliza otra forma de castigo.

—Lo sé.

—¿Qué haría?

—Me alejaría antes de hacer algo que no pudiera reparar.

—¿Y si no puede?

—Llamaría a Camila.

A pesar de todo, una risa breve escapó de mí.

Victoria levantó una ceja.

—No es gracioso.

—Camila estará encantada de saber que se convirtió en su cuidadora emocional.

—Preferiría recibir otro disparo.

—Probablemente.

La risa desapareció, pero dejó un espacio menos opresivo entre nosotras.

—No sé si esto funcionará —dije.

—Yo tampoco.

—No confío completamente en usted.

—No debería.

—Todavía la odio algunas veces.

—Lo sé.

—Y todavía deseo besarla.

La respiración de Victoria cambió.

—Eso también lo sé.

—Arrogante.

—Observadora.

Me incliné hasta quedar cerca de su rostro.

—¿Puedo?

Victoria me miró como si la pregunta fuera un idioma que todavía estaba aprendiendo.

—Sí.

La besé.

Su boca estaba fría y seca por el oxígeno, pero respondió con una delicadeza que no asociaba a la mujer capaz de ordenar una ejecución sin elevar la voz.

No levantó las manos.

No intentó acercarme más.

Me aparté apenas.

—Puede tocarme.

Victoria colocó una mano sobre mi nuca. La presión fue ligera, suficiente para sostener, no para impedir la retirada.

Volví a besarla.

Esta vez la tensión apareció. Su respiración se volvió más profunda y sus dedos se deslizaron hacia mi cabello, recordando quizá todas las veces que había deseado hacerlo sin saber preguntar.

Cuando me alejé, abrió la mano inmediatamente.

—Gracias —dijo.

—No agradezca cada contacto.

—Todavía no sé qué cosas puedo asumir.

—Ninguna.

—Eso parece poco práctico.

—Aprenderá a preguntar sin convertirlo en un interrogatorio.

—No prometo rapidez.

—Ya noté que es lenta cuando la lección amenaza su ego.

—Lucía.

—Eso no sonó como advertencia.

—Era una queja.

—Mejor.

El médico entró y terminó el momento. Victoria necesitaba descansar, nuevas pruebas y varias horas de observación.

Antes de salir, me llamó.

—El documento de anulación sigue siendo suyo.

—Lo sé.

—No lo destruya.

—No pensaba hacerlo.

La respuesta produjo dolor y aprobación al mismo tiempo.

—Bien —dijo.

Regresé al palacio al final de la tarde.

La luz del día revelaba más daños que la oscuridad. Había ventanas cubiertas, paredes perforadas y jardines pisoteados por vehículos y hombres armados.

No parecía una fortaleza invencible.

Parecía una casa que había sobrevivido a sus dueños.

Marina seguía inconsciente, pero sus constantes habían mejorado. Me senté junto a ella y le conté que papá estaba vivo, que Elena había sido detenida y que Beatriz ya no volvería a decidir dónde viviría.

—No sé si podrás escucharme —dije—, pero no voy a esconder lo que siento para que despiertes sin culpa.

Su rostro permaneció inmóvil.

—Estoy furiosa. Me entregaste, mentiste y aceptaste un matrimonio que dependía de borrarme. También intentaste salvar a papá y te enfrentaste a Beatriz cuando pudiste seguir obedeciendo.

Tomé su mano.

—Ninguna verdad cancela la otra.

El monitor continuó marcando su pulso.

—Cuando despiertes, no volverás a mi casa como si nada. Tendrás tu propio abogado, tu propia cuenta y un lugar lejos de Beatriz. Después decidirás quién eres sin ocupar el lugar de otra persona.

Sus dedos se movieron.

No abrió los ojos, pero la reacción bastó para llamar a Alma.

Mi padre recibió la noticia desde su habitación. Estaba más fuerte, aunque todavía necesitaba ayuda para sentarse.

—Quiero verla —dijo.

—Cuando Alma lo permita.

—Es mi hija.

—Y eso no le da autoridad médica.

Gabriel me miró con algo parecido a orgullo.

—Teresa realmente estaría—

—No.

Se detuvo.

—Cierto.

—Puede decir que usted está orgulloso. No utilice a mamá para hablar por los muertos.

—Estoy orgulloso.

La frase me hizo bajar la mirada.

—También estoy enfadada con usted.

—Puede sentir ambas cosas.

—Eso intento.

Le entregué una copia de su declaración testamentaria y una lista de preguntas que debía responder ante abogados independientes.

—¿Esto es un interrogatorio?

—Es responsabilidad.

—¿Qué ocurrirá si alguna respuesta me incrimina?

—Decidirá si confiesa voluntariamente o espera que el archivo lo haga por usted.

—Podría ir a prisión.

—Sí.

—Acabo de recuperar mi libertad.

—Y otras personas la perdieron por decisiones en las que participó.

Gabriel observó las páginas.

—No eres la niña que dejé.

—Nunca tuvo derecho a esperar que siguiera siéndolo.

—No.

Firmó la autorización para entregar sus testimonios a los abogados.

No lo perdoné.

Tampoco lo abandoné.

Durante los días siguientes, el palacio dejó de responder a un solo nombre.

Los trabajadores eligieron representantes. La seguridad fue dividida entre equipos independientes. Mercedes conservó las rutas antiguas, pero tuvo que documentarlas ante un comité donde ninguna familia poseía mayoría.

Camila protestó por cada reunión desde su silla de ruedas.

—La democracia es insoportablemente lenta —dijo durante la tercera sesión.

—Eso significa que funciona —respondí.

—También significa que tres personas sin experiencia pueden bloquear una evacuación.

—Por eso existen protocolos técnicos.

—Los protocolos no disparan.

—Ese es parte del objetivo.

Victoria regresó una semana después.

No llegó con un convoy ni con hombres formando un corredor. Solo Ríos conducía el vehículo, y Alma viajaba junto a ella para impedir que ignorara las indicaciones médicas.

Esperé en la entrada.

No porque fuera mi deber.

Porque quería verla regresar.

Victoria bajó lentamente. Llevaba un traje negro más simple, sin arma visible y con una venda pequeña cerca de la frente.

Sus ojos recorrieron el patio, las cámaras nuevas y los símbolos retirados de las puertas.

—Cambió mi casa —dijo.

—Ahora pertenece a una fundación administrada por varias personas.

—Cambió la casa que antes era mía.

—Sí.

—No me gusta.

—Puede vivir en otra propiedad.

Victoria me miró.

—¿Quiere que lo haga?

La pregunta era real.

Pensé en el miedo que todavía recorría mi cuerpo al imaginar las puertas cerrándose, en el testamento oculto y en la forma en que aquella casa había vigilado incluso mis silencios.

—Quiero habitaciones separadas —dije—. Cerraduras interiores que solo yo controle. Ninguna cámara dentro de espacios privados.

—Aceptado.

—Su despacho no será un centro de vigilancia.

—Ya no tengo acceso al sistema general.

—Mercedes dijo que intentó conseguirlo desde la clínica.

Victoria miró hacia la galería.

—Quería comprobar si estaba segura.

—Y no pidió.

—No.

—¿Qué aprendió?

—Que Mercedes disfruta negándome permisos demasiado.

La mujer mayor apareció detrás de la puerta.

—Llevo cuarenta años esperando.

Victoria no sonrió, pero algo se suavizó en su rostro.

—Preguntaré la próxima vez —dijo.

—Entonces puede quedarse durante la recuperación —respondí—. Después decidiremos si compartir esta casa tiene sentido.

—¿Decidiremos juntas?

—Sí.

—Eso significa que podría pedirme que me marche.

—Sí.

Victoria miró las torres.

—Aceptado.

Entró sin que nadie inclinara la cabeza.

El palacio pareció distinto al no reconocer una única reina.

Durante las semanas siguientes, aprendimos la forma menos hermosa de permanecer cerca.

No hubo una transformación limpia.

Victoria despertaba algunas noches convencida de que una puerta estaba cerrada. Entraba en los corredores con un arma antes de recordar que ya no podía llevarla dentro de las zonas privadas.

La primera vez, encontró a dos agentes independientes apuntándole.

Estuvo a punto de despedirlos.

No tenía autoridad para hacerlo.

Odiaba esa parte.

Yo también despertaba esperando encontrar guardias dentro de mi habitación. Revisaba ventanas, cerraduras y paredes antes de aceptar que nadie había entrado.

Una noche descubrí a Victoria sentada en el suelo al otro lado de mi puerta.

No había llamado.

Abrí.

—¿Cuánto tiempo lleva ahí?

—Veintisiete minutos.

—¿Por qué no pidió entrar?

—No sabía si quería verla o comprobar que seguía dentro.

—Eso es inquietante.

—Lo sé.

—¿Y qué decidió?

Victoria levantó los ojos.

—Quería verla.

—Entonces pregunte.

—¿Puedo entrar?

Me aparté.

Se sentó en una silla, no sobre mi cama. Permanecimos en silencio mientras la tormenta golpeaba las ventanas.

—Elena pidió hablar conmigo —dijo.

—¿Lo hará?

—No sé.

—¿Qué quiere?

—Afirma que puede indicar dónde ocultó Isabela la última parte de la lista.

—Puede mentir.

—Probablemente.

—También puede saberlo.

—Sí.

—¿Quiere verla para obtener información o porque una parte de usted todavía necesita escuchar que algo fue real?

Victoria no respondió inmediatamente.

—Ambas.

La honestidad dolió.

—Entonces no voy a prohibírselo.

Sus ojos se movieron hacia mí.

—¿Le molestaría?

—Sí.

—¿Se marcharía?

—Dependerá de lo que haga con ese encuentro.

—¿Quiere acompañarme?

—No.

—¿Por qué?

—No voy a convertirme en testigo de cada relación que necesita terminar.

—Ya terminó.

—Entonces demuéstrelo sin utilizarme.

Victoria asintió.

Visitó a Elena dos días después.

No pregunté por cada palabra al regresar.

Ella me contó lo necesario.

Elena había ofrecido la ubicación de varios archivos a cambio de protección dentro de la prisión y una visita mensual.

Victoria aceptó protegerla de los hombres de Adrián si cooperaba.

Rechazó las visitas.

—¿Le dolió? —pregunté.

—Sí.