La esposa a la que engañó con su amante (Su matrimonio en crisis nº 82) Prólogo
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La esposa a la que engañó con su amante (Su matrimonio en crisis nº 82)

La esposa a la que engañó con su amante (Su matrimonio en crisis nº 82)

Por Ella Amafa

© inepub.com

Prólogo

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Heather

La casa del lago es idea de Penelope.

—Un fin de semana de parejas —anunció en la cena de la fundación del mes pasado, mientras su mano buscaba el brazo de Kirk como si le perteneciera—. Los cuatro. Sin teléfonos, sin trabajo, solo vino, agua y tiempo para nosotros.

A Kirk se le iluminó la cara, como siempre que Penelope sugiere algo.

—Suena increíble. Heather, ¿a que suena increíble?

Sonaba agotador. Pero sonreí y asentí, como siempre, y ahora aquí estamos, cuatro personas en una casa pensada para dos parejas a las que de verdad les gusta estar juntas.

El viaje duró tres horas, con Kirk y Penelope en los asientos delanteros, intercambiando historias y terminándose las frases mientras Grayson y yo íbamos atrás como niños a los que llevan al campamento de verano.

De vez en cuando, Penelope se giraba para incluirnos —«Heather, tienes que oír esto» o «Gray, cuéntales lo del barco»—, pero la conversación siempre acababa volviendo a ellos dos.

Cuando llegamos, ya me había aprendido de memoria el dibujo del reposacabezas que tenía delante.

—Es precioso —suspira Penelope mientras pisa el embarcadero.

El lago se extiende ante nosotros, todo luz dorada y suaves ondas, una vista de postal.

—Kirk, ven a ver esta puesta de sol.

Él está a su lado en un instante, con la mano en la parte baja de su espalda mientras contemplan el agua desde el borde. Parecen un anuncio de algo: relojes de lujo, whisky caro, o esa felicidad que solo se compra con dinero.

Grayson aparece a mi lado en el porche, con un vaso de whisky ya en la mano.

—Querrá fotos —dice en voz baja, solo para mí—. Al menos una docena. Desde distintos ángulos.

—Kirk sugerirá aprovechar la luz del atardecer.

—Y luego se pasarán cuarenta minutos buscando la foto perfecta mientras nosotros...

—Esperamos.

Casi sonríe. Casi.

—Ya has pasado por esto.

—Unas cuantas veces.

Nos quedamos en un silencio cómodo, viendo a nuestros cónyuges posar con la puesta de sol de fondo. Penelope ladea la cabeza; Kirk le coloca el pelo. Ella se ríe de algo que él dice, una risa clara que llega hasta aquí, y él sonríe como si hubiera ganado algo.

Hacen buena pareja, pienso. No solo ahora, sino siempre. Son el mismo tipo de persona: magnéticos, naturales, de esos que entran en una habitación y al instante se convierten en el centro de atención.

En las fiestas, gravitan el uno hacia el otro como estrellas binarias, alimentándose de la energía del otro, con sus risas en perfecta armonía, haciendo que todos los demás nos sintamos como extras en su película.

Grayson y yo somos los rincones silenciosos que dejan atrás.

—¿Cuánto tiempo lleváis casados? —pregunto, aunque ya sé la respuesta. Solo estoy cansada del silencio.

—Ocho años. —Da un sorbo al whisky—. ¿Y tú?

—Diez.

—Enhorabuena.

—¿Lo es?

La pregunta se me escapa antes de poder contenerla. Grayson se vuelve para mirarme, mirarme de verdad, y por un momento me siento vista como no me he sentido en meses.

—No lo sé —dice al fin—. Ya te contaré cuando lo averigüe.

La cena es todo un espectáculo orquestado por Penelope.

Ha preparado algo elaborado —lubina con alcaparras, verduras asadas, una salsa que ha necesitado tres cazos distintos— y Kirk se ha autoproclamado sumiller, descorchando botellas y soltando comentarios sobre taninos y terruño como si se presentara a un programa de cocina.

—Esto marida de maravilla con el pescado —dice mientras sirve una copa generosa a Penelope—. Notas cítricas, un toque mineral.

—Se te da tan bien —le sonríe por encima de la copa—. Grayson nunca sabe qué vino elegir. Coge el primero que pilla.

—Porque el vino es vino —dice Grayson con calma—. Al final, todos hacen lo mismo.

—Qué respuesta tan típica de Grayson —Penelope pone los ojos en blanco, pero con un deje cortante—. Nada de romanticismo. Ninguna apreciación por las cosas refinadas.

—Aprecio muchas cosas.

—Dime una.

—El silencio.

Kirk se ríe —demasiado fuerte, para aliviar la tensión— y desvía la conversación hacia el barco que quiere alquilar mañana. Muevo la lubina de un lado a otro del plato mientras observo cómo se despliega la dinámica, un baile que he visto cien veces.

Kirk y Penelope: inclinados el uno hacia el otro, tocándose sin parar, retroalimentándose hasta que prácticamente están actuando para un público de dos.

Grayson: callado, observador, soltando algún que otro comentario seco que Penelope ignora o esquiva.

Yo: sonriendo, asintiendo, preguntándome cuándo me convertí en un personaje secundario de mi propia vida.

—Heather, estás muy callada esta noche —la atención de Penelope se clava en mí, repentina e intensa—. ¿Va todo bien?

—Solo cansada del viaje.

—Deberías haber conducido un rato. Kirk y yo nos habríamos hecho compañía en la parte de atrás —le guiña un ojo a mi marido—. Ya habríamos encontrado cómo entretenernos.

Es broma. Obviamente es broma. Pero algo en cómo lo dice —esa posesividad despreocupada, dar por hecho que Kirk preferiría su compañía a la mía— me revuelve el estómago.

—Me mareo en la parte de atrás —dice Kirk, y suena a disculpa.

—¿Desde cuándo? —pregunto.

—¿Qué?

—¿Desde cuándo te mareas en el coche? Fuimos a Vermont el otoño pasado y fuiste atrás durante todo el viaje.

Él parpadea.

—Eso fue diferente.

—¿Cómo?

—Las carreteras eran... más rectas.

Penelope se ríe, con una risa luminosa que desvía la atención.

—Heather, eres tan literal. Es adorable.

Alarga la mano sobre la mesa y me la aprieta.

—Deberíamos hacer esto más a menudo. Los cuatro. Es tan agradable relajarse de verdad, ¿no crees?

Miro a Grayson al otro lado de la mesa. Me observa con una expresión que no logro descifrar del todo, algo parecido al reconocimiento, quizás. Como si él también viera las mismas grietas que yo.

—Claro —digo—. Muy agradable.

Después de cenar, Kirk sugiere una hoguera.

—Hay un sitio para hacer fuego junto al agua —dice Penelope, que ya está recogiendo las mantas—. Grayson, coge los malvaviscos. Heather, hay más vino en la bodega.

Da órdenes como un general, y todos nos ponemos en formación. Así funciona con Penelope: ella decide y todos los demás ejecutan. Kirk lo llama «liderazgo». Yo lo llamo agotador.

Para cuando vuelvo con el vino, el fuego ya arde y Kirk y Penelope se han apropiado de las sillas buenas, las que tienen cojines, orientadas hacia el agua. Grayson echa leña a las llamas, el rostro bañado en tonos naranjas y dorados.

Me acomodo en el banco de madera cercano. Es más duro de lo que parece.

—Hay sitio aquí —ofrece Kirk, señalando vagamente hacia su silla.

—Estoy bien.

—¿Segura? Hace más calor junto al...

—Estoy bien, Kirk.

Algo cruza por su rostro —molestia quizás, o confusión—, pero Penelope ya lo arrastra a una conversación sobre la gala de la fundación del mes que viene, y el momento pasa.

Grayson se sienta en el banco a mi lado.

No cerca. Sin tocarnos. Solo... presente.

—Ya está planeando lo que te vas a poner —dice en voz baja, señalando con la cabeza hacia donde Penelope gesticula con énfasis ante Kirk—. Seguramente el de él también.

—Déjame adivinar: cree que debería llevar algo de colores más vivos.

—Cree que te escondes en los tonos neutros.

—Me gustan los tonos neutros.

—Lo sé —toma un sorbo de su bebida—. A mí también.

Nos quedamos en silencio, mirando el fuego, mientras Kirk y Penelope debaten si el tema de la gala debería ser «Viejo Hollywood» o «Elegancia Moderna». Sus voces se entrelazan sin esfuerzo: se interrumpen, construyen ideas, se ríen de bromas que no parecen incluirnos.

—¿Puedo preguntarte algo? —la voz de Grayson es baja, solo para mí.

—Claro.

—¿Alguna vez sientes que te casaste con alguien a quien no terminas de entender?

La pregunta cae como una piedra en agua quieta.

—Sí —digo, antes de poder pensarlo mejor—. Todo el tiempo.

—Yo también.

No nos miramos. No acusamos recibo del peso de lo que acabamos de admitir. Simplemente nos quedamos ahí sentados, dos personas calladas en un banco duro, mientras nuestros cónyuges brillantes y magnéticos iluminan la oscuridad sin nosotros.

«Los opuestos se atraen», solía decir mi madre. «Necesitas a alguien que te equilibre».

Kirk me equilibraba. Era todo lo que yo no era: seguro de sí mismo, encantador, sociable sin el menor esfuerzo. Me enamoré de cómo me hacía sentir visible, como si su luz bastara para los dos.

Pero últimamente he empezado a preguntarme si simplemente vivo a su sombra.

Y por la expresión de Grayson, creo que él se pregunta lo mismo.

Esa noche me despierto a las dos de la madrugada con la cama vacía. El lado de Kirk está frío.

En algún lugar debajo de mí, amortiguado por el suelo, algo que podrían ser voces. Bajas. Dos, quizás. O el viento del lago, o las viejas tuberías que crujen mientras la casa se enfría, como hacen las casas viejas.

Kirk no podía dormir, seguramente. Nunca puede en una cama que no es la suya. Estará abajo asaltando la nevera, o en el porche con el móvil, con esa manía suya de responder correos del trabajo a horas en las que nadie debería estar despierto.

Pienso en bajar. Luego pienso en lo lejos que quedan las escaleras, en lo calentitas que están las mantas, y en que solo acabaría plantada en una cocina a oscuras viendo a mi marido comer lubina fría.

Así que me doy la vuelta y cierro los ojos, y cuando por fin oigo sus pasos en la escalera, ya estoy medio dormida otra vez.