La edad del Ibuprofeno Capítulo 21 Cuando te paran #2
73%

Capítulo 21 Cuando te paran #2

Cuando una amiga se rompe un poco delante de ti, lo primero que haces es intentar reconstruirla deprisa con frases optimistas y posibilidades futuras, aunque todavía esté sangrando emocionalmente encima de la mesa.

—Pero Bea, tú encuentras trabajo donde quieras. —Tienes una agenda de contactos brutal. —Te van a fichar enseguida. —Eres buenísima. —Además ahora los perfiles senior están súper valorados…

En cuanto Pilar dijo aquello, incluso ella misma puso cara de no creérselo demasiado.

Bea sonrió por primera vez con algo parecido a sinceridad. Nos miró unos segundos antes de negar lentamente con la cabeza.

—No, chicas. De verdad que no va por ahí.

Había algo distinto en su voz ahora. Más tranquila, como si después del golpe inicial hubiera empezado ya a pensar en voz alta por primera vez.

Se quitó las gafas y las dejó encima de la mesa mientras jugueteaba distraídamente con la taza.

—Estoy perdida —admitió finalmente—. Y sinceramente… creo que llevaba mucho tiempo perdida sin querer verlo.

Nadie interrumpió.

Porque aquella frase ya no hablaba solo del despido.

Hablaba de algo mucho más grande.

—El otro día, volviendo a casa después de la reunión, pensé una cosa horrible —continuó—. Que llevaba años funcionando en automático.

Lucía la miraba atentamente.

Pilar había dejado incluso de mirar alrededor por si aparecía algún hombre atractivo, lo cual en ella equivalía a concentración máxima.

Bea suspiró.

—Yo también me había dado cuenta de que estaba desactualizada.

Rosa abrió la boca inmediatamente.

—Pero qué dices…

—No, escucha. No desactualizada técnicamente. Eso se aprende. Me refiero a otra cosa.

Se quedó buscando las palabras adecuadas.

—El mundo ha cambiado muchísimo y yo seguía viviendo exactamente igual que hace quince años. Los mismos horarios. Las mismas reuniones. Las mismas dinámicas absurdas. Entraba al banco antes de las ocho y salía cuando ya era de noche… ¿para qué?

Nadie contestó.

Porque todas conocíamos perfectamente esa vida.

La vida de ir sobreviviendo semanas enteras sin preguntarte demasiado si todavía te gusta cómo vives.

—Y luego me di cuenta de otra cosa todavía peor —dijo sonriendo apenas—. Que si no me hubieran echado yo jamás habría tenido el valor de parar.

La palabra quedó ahí: parar.

Casi sonaba revolucionaria.

Bea bebió un poco de agua antes de continuar.

—Tengo cuarenta y nueve años. Estoy sola. No tengo hijos. La casa está pagada. No tengo a nadie dependiendo económicamente de mí… visto fríamente, tampoco es una tragedia.

—Bueno, emocionalmente sí lo es —murmuró Lucía.

Bea asintió.

—Sí. Claro. El ego lo tengo completamente destrozado.

Eso nos hizo reír un poco a todas y el aire se alivió apenas unos centímetros.

—Pero económicamente puedo respirar una temporada —continuó—. Entre la indemnización y los ahorros puedo pensar qué quiero hacer realmente con mi vida sin volver corriendo a meterme en otro despacho igual.

Pilar apoyó los codos en la mesa.

—¿Y qué quieres hacer?

Y entonces ocurrió algo muy bonito.

Porque Bea, por primera vez desde que la conocíamos, no tenía una respuesta preparada.

Se quedó mirando hacia el ventanal del restaurante, donde la gente paseaba bajo los árboles de septiembre con bolsas, cafés y vidas ajenas.

Y sonrió muy despacio.

—No tengo ni idea – y lo dijo con una sonrisa.

La frase no sonó aterradora.

Sonó libre.

—Lo único que sé —añadió— es que no quiero volver a un banco. No quiero volver a esos horarios, a esas reuniones, a vivir pegada al móvil y a sentir que siempre llego tarde a mi propia vida.

El silencio esta vez fue distinto, cálido, comprensivo.

Bea se encogió ligeramente de hombros.

—Supongo que ahora me toca recuperarla.

Y entonces, sin planearlo, empezamos a aplaudir.

Primero Lucía. Luego Pilar. Después todas.

Un aplauso pequeño y absurdo en mitad de un brunch lleno de gente perfectamente desconocida.

Pero completamente sincero, porque en el fondo todas entendimos lo mismo en ese momento: que quizá lo verdaderamente valiente no era aguantar eternamente.

Quizá lo verdaderamente difícil era atreverse a parar antes de desaparecer dentro de una vida que ya no reconocías del todo.

Y algo cambió en la mesa después de aquello, como si al verbalizarlo, al admitir en voz alta que estaba perdida y que quizá eso no era necesariamente una tragedia, Bea hubiera aflojado por fin una tensión que llevaba años sujetando sin darse cuenta.

Fue Lucía la primera en lanzarse.

—Tía, entonces ahora tienes que hacer cosas.

Bea arqueó una ceja.

—¿Cosas?

—Sí, cosas de persona en crisis elegante. Viajar sola. Irte a sitios remotos. Encontrarte a ti misma en un bosque escandinavo.

Pilar empezó inmediatamente a animarse.

—¡Exacto! Tienes que irte a Islandia a ver auroras boreales.

—Porque claramente no hay suficientes señoras deprimidas congelándose en silencio por el mundo —contestó Bea.

—No, escucha —insistió Pilar ya completamente entregada al concepto—. Imagínate: tú, un jersey gordito, una cabaña de madera, vino tinto, nieve…

—Y un vikingo disponible —añadió Lucía.

Eso ya nos hizo reír.

Rosa levantó un dedo como una profesora de primaria.

—Yo creo que deberías hacer el Camino de Santiago.

Bea la miró horrorizada.

—Rosa, cariño, me han despedido, no me ha visitado la Virgen.

—Pues yo conozco gente a la que le cambió la vida.

—Y los pies. Porque acabaron sin uñas.

Pilar seguía inspiradísima.

—O mejor todavía: retiro espiritual en Bali.

—No puedo con vosotras —murmuró Bea riéndose ya de verdad.

—Con masaje, yoga y un australiano divorciado llamado Craig —añadió Lucía.

—Los australianos divorciados siempre se llaman Craig —dije.

—O Scott —apuntó Pilar.

Rosa, que intentaba sinceramente ayudar, empezó a ponerse nerviosa viendo que el brainstorming degeneraba.

—A ver, en serio. Algo bonito. Algo que siempre hayas querido hacer.

Bea se quedó pensativa un segundo.

Lucía se inclinó hacia delante emocionada.

—¡Aprende cerámica!

—¿Por qué las crisis femeninas siempre acaban en cerámica? —pregunté.

—Porque aparentemente todas queremos fabricar cuencos cuando tocamos fondo emocionalmente —contestó Pilar.

Ya estábamos todas llorando de risa, incluida Bea, lo cual fue un alivio enorme.

Porque por primera vez desde que había llegado parecía respirar con normalidad.

—O espera —dijo Lucía de pronto iluminándose—. ¡Hazte instructora de buceo!

—Lucía, Bea tarda tres días en contestar un WhatsApp. No la veo viviendo en Maldivas enseñando a alemanes a respirar bajo el agua.

—Pues una amiga de mi prima dejó Deloitte y ahora tiene alpacas en Galicia —dijo Rosa completamente seria.

La mesa entera se quedó callada un segundo.

—¿Perdón? —preguntó Pilar.

—Tiene alpacas.

—¿Pero cómo aparece una alpaca en una conversación financiera?

Rosa empezó a reírse ya ella también.

—Pues oye, parece feliz.

—Claro. Comparativamente una alpaca probablemente da menos problemas que un comité ejecutivo —dijo Bea.

Pilar golpeó la mesa emocionada.

—¡YA LO TENGO! Bea, abre una librería-café para mujeres divorciadas emocionalmente sofisticadas.

—¿Y qué venderíamos exactamente? —preguntó Bea.

—Vino, libros y odio elegante hacia los hombres.

Lucía añadió:

—Y velas que huelan a trauma superado.

La camarera nos miraba desde lejos probablemente convencida de que llevábamos alcohol en el café. Y en medio de todo aquello, entre ideas absurdas, alpacas gallegas, vikingos emocionales y cerámica terapéutica, Bea empezó a reírse de verdad.

Con lágrimas en los ojos y el maquillaje ligeramente corrido, todas entendimos que estaba todavía un poco rota, pero ya no estaba sola dentro de la caída.

La incertidumbre seguía sentada a su lado, solo que ahora había vino, amigas y carcajadas alrededor. Quizá su vida seguía patas arriba, pero por primera vez desde que había llegado, Bea parecía capaz de imaginar que eso no tenía por qué ser necesariamente el final de algo.