Capítulo 20 Todo sigue
Llegué a la oficina más seria de lo normal. Y eso, en Wild , equivalía prácticamente a llevar un cartel luminoso encima de la cabeza.
Porque allí todos vivíamos permanentemente entre el sarcasmo, la cafeína y la neurosis funcional.
Cuando entré, Nico levantó la vista del ordenador.
—Uy.
—¿Qué? —pregunté dejando el bolso.
—Cara de “he llorado escuchando una canción absurda en el coche”.
—Todavía no he llegado a esa fase.
—Entonces es grave.
Intenté sonreír, pero no me salió demasiado bien. La verdad es que me sentía extrañamente vacía.
Como si hubiera dormido poco, llorado demasiado y dejado una parte importante de mí facturada rumbo a Bali.
Mi reloj vibró. “Nivel de energía bajo.”
—Tú hoy tampoco ayudas.
—¿Le estás hablando otra vez al reloj? —preguntó Claudia desde el fondo.
—Tenemos una relación complicada.
Eva apareció entonces saliendo de su despacho con un café en la mano.
Y en cuanto me vio, supo inmediatamente que algo iba regular.
Eso era lo peor de las amigas de verdad: te leen la cara antes incluso de que tú entiendas qué te pasa.
No preguntó nada delante de nadie.
Simplemente se acercó, me cogió suavemente del brazo y dijo:
—Ven.
Y me llevó literalmente de la mano hasta su despacho.
Cerró la puerta detrás de nosotras y se quedó mirándome durante un par de segundos. No hizo preguntas ni intentó buscar las palabras adecuadas. Simplemente abrió los brazos, y eso fue suficiente.
Sentí cómo toda la entereza que había logrado mantener desde Barajas se deshacía de golpe.
No fue una reacción escandalosa ni especialmente dramática; al contrario, llegó de esa forma callada y profunda con la que suelen romperse las cosas importantes.
Porque hay lágrimas que nacen de la tristeza y otras que aparecen cuando ya no queda energía para seguir fingiendo que estás bien.
Y aquellas pertenecían claramente a la segunda categoría.
De esa manera silenciosa y cansada que tienen las personas que llevan demasiadas horas intentando sostenerse. Eva me abrazó fuerte mientras yo escondía la cara un momento en su hombro. Y me sorprendió muchísimo lo reconfortante que resultó aquello.
Porque a cierta edad una ya no espera que alguien la consuele físicamente.
Se supone que somos adultas funcionales, mujeres resolutivas. Madres. Directoras. Gente que organiza cenas y responde correos y sabe dónde están las pólizas del seguro.
Pero de pronto allí estaba yo: llorando en el despacho de mi amiga un martes por la mañana porque mi hija se había ido al otro lado del mundo.
Eva me acarició el pelo suavemente.
—Ay, Marisa…
—Estoy haciendo un ridículo tremendo.
—No. Estás siendo madre.
Eso me hizo llorar todavía un poco más.
Ella esperó, sin prisa. Como hacen las personas que saben acompañar bien.
Cuando conseguí recomponerme mínimamente, me pasó un pañuelo y se sentó enfrente con el café entre las manos.
—Escúchame una cosa —dijo—. Lo que está haciendo Lucía es maravilloso.
Yo suspiré secándome la cara.
—Ya lo sé.
—No, pero escúchame de verdad. Tú sabes la cantidad de gente que llega a los cuarenta arrepentida de no haberse atrevido nunca a vivir cosas así.
Miré la mesa intentando no volver a llorar.
—Va a aprender muchísimo. Y va a volver distinta.
Ahí levanté la vista inmediatamente.
—Eso no me tranquiliza nada.
Eva sonrió con muchísima ternura.
—Porque las madres queréis que los hijos crezcan… pero tampoco demasiado.
Me quedé callada. Porque tenía razón.
Y porque quizá ese era el verdadero problema: que una parte de mí seguía esperando encontrar a Lucía sentada en la cocina al volver a casa aunque supiera perfectamente que ya no estaba allí.
Fuera del despacho se escuchaba la oficina funcionando otra vez: conversaciones, teclados, risas, alguien peleándose con la impresora. Todo seguía.
Y quizá eso era precisamente lo más extraño de los cambios importantes: que el mundo no se detenía ni un segundo para darte tiempo a entenderlos.
Ese día no quise comer con nadie. Ni menú rápido, ni conversaciones de oficina y mucho menos escuchar a Nico quejarse de clientes mientras intentábamos decidir entre poke o comida tailandesa.
Necesitaba aire. O quizá necesitaba exactamente lo contrario: vaciarme un rato.
Nuestra agencia estaba muy cerca de Parque de El Retiro y, por primera vez en muchísimo tiempo, entendí perfectamente por qué la gente pasea sola por los parques entre semana. Porque hay momentos en los que uno necesita literalmente retirarse del mundo un rato.
Así que salí andando sin rumbo fijo.
Madrid tenía ya esa luz rara de principios de septiembre donde el verano empieza a rendirse lentamente aunque siga haciendo calor al sol.
Los árboles del Retiro todavía estaban verdes, pero el aire había cambiado ligeramente. Más suave y cansado.
La gente paseaba despacio, todo un ecosistema compuesto de turistas, jubilados, madres con carritos o gente haciendo deporte con una energía que me resultaba ofensiva emocionalmente.
Mi reloj vibró: “Sería un buen momento para caminar unos minutos.”
—Gracias, ahora eres coach espiritual.
Metí las manos en los bolsillos y seguí caminando por los bulevares amplios sin pensar demasiado hacia dónde iba. Y eso era exactamente lo que necesitaba: no pensar.
Durante unos minutos aparqué las preocupaciones.
Las reales y las imaginarias. Dejé de proyectar catástrofes improbables, de calcular riesgos y de visualizar a Lucía atravesando medio planeta mientras yo intentaba acompañarla mentalmente desde el sofá de casa.
Si había llegado al hostal, si estaba comiendo bien o si se había perdido tres veces antes de encontrar el camino correcto eran asuntos que, por primera vez, tendrían que resolverse sin mi intervención.
Por una vez, decidí concederle el beneficio de la duda al universo.
Pasé junto al estanque grande viendo las barcas moverse lentamente sobre el agua y me senté un rato bajo unos árboles enormes donde varias personas leían completamente solas. Y me gustó esa imagen de adultos descansando de sí mismos durante un rato.
Saqué el móvil por pura inercia y la pantalla me devolvió dos correos, tres mensajes de trabajo, un mensaje de Álvaro preguntando si estaba mejor. Y una foto de Lucía desde Doha sonriendo delante de una puerta de embarque con cara de absoluta felicidad.
Debajo había escrito: “Sigo viva ❤ ️ ”
Eso me hizo sonreír por primera vez en todo el día. Apoyé la cabeza hacia atrás cerrando los ojos unos segundos. A lo lejos alguien tocaba música y los árboles se movían apenas con el viento. Madrid seguía funcionando alrededor como siempre.
Y poco a poco sentí que aquella angustia inmensa de la mañana empezaba a transformarse en otra cosa más soportable, no lo llamaría tranquilidad exactamente.
Pero sí algo parecido a aceptar que los hijos no son realmente tuyos para siempre.
Solo los acompañas un tramo.