La doncella Capítulo 12
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Capítulo 12

Syrrah

Así como un drei se siente atraído por el fuego, así los corazones se sienten atraídos por el amor.

— DE LAS ENSEÑANZAS PERDIDAS DE LAS ALTAS SACERDOTISAS DE AMARA

La mañana llega suavemente al Descanso del Errante: luz pálida que se filtra a través de cortinas vaporosas, el canto lejano de los pájaros, el olor a pan fresco y café que sube desde abajo.

Envuelta en mantas cálidas con el recuerdo de las caricias de Rooke aún vibrando en mi piel, casi puedo fingir que estamos en algún lugar seguro.

Pero cuando me estiro y abro los ojos, encuentro a Rooke ya vestido, observándome desde una silla junto a la ventana. Su expresión hace que mi sonrisa se desvanezca y el corazón me dé un vuelco.

—¿Qué ocurre? —pregunto, llevándome la sábana al pecho.

Su sonrisa parece forzada.

—Todo.

Se pasa una mano por el pelo, un gesto que estoy aprendiendo a reconocer como señal de que algo le preocupa.

¿Se arrepiente de anoche?

El pensamiento me golpea como un puñetazo, repentino y agudo, y me deja sin aliento.

Se me contrae el estómago, se me enfría la piel a pesar del calor de las mantas.

¿Fui solo yo quien quedó atrapada en el torbellino de todo aquello?

¿El frenesí, la alegría, el deseo puro e implacable?

Lo estudio: la rigidez de sus hombros, la tensión en torno a su boca.

Parece un hombre que se prepara para el impacto, alguien que ya ha perdido una batalla y espera perder la guerra.

—Deberíamos bajar. Jorrid estará sirviendo el desayuno.

Le permito esta retirada. Por ahora.

La sala común está tranquila bajo la luz de la mañana.

La mayoría de los clientes espectrales se han desvanecido con el amanecer, dejando solo unas pocas figuras dispersas que beben té o cerveza.

Sus formas translúcidas resultan más evidentes ahora, como escarcha en una ventana que se derrite lentamente.

Jorrid está detrás de la barra, secando metódicamente vasos que probablemente no lo necesitan. Cuando nos ve, algo cruza fugaz por su rostro: ¿compasión? ¿Tristeza? No, parece anhelo.

—Sentaos —dice, señalando los taburetes frente a él—. Os traeré algo de comer.

El desayuno que trae es sencillo pero perfectamente cocinado: huevos frescos, pan crujiente aún caliente del horno, finas lonchas de jamón ahumado. Pero dejo de disfrutar la comida cuando noto que Rooke apenas toca su plato, que la tensión emana de cada línea de su cuerpo.

En este lugar donde hay que decir la verdad, no estoy segura de querer conocer la respuesta a la pregunta que deseo hacer.

—Háblame de tu posada —le digo a Jorrid, intentando romper el extraño ambiente que se ha cernido sobre nosotros—. ¿Cómo acabaste aquí, en el Laberinto?

La mano de Jorrid se detiene, su expresión se vuelve distante.

—Mi hermana fue secuestrada, como tantos otros. Luché para entrar en los juegos, decidido a salvarla.

Se le tuerce la boca.

—Fracasé, por supuesto. Su partida ya se había jugado. Cuando no pude marcharme, negocié con el Dios Embaucador, y él accedió a concederme este favor. Así que construí este lugar. Convertí mi fracaso en algo útil.

—Lo siento. ¿Cómo se llamaba?

—Se llama...

Un silencio antinatural cae sobre la sala; el tintineo de los vasos y los murmullos espectrales se acallan de golpe. El aire se espesa, la presión aumenta como antes de una tormenta. Incluso la luz parece atenuarse, las sombras alargándose de forma antinatural por el suelo.

Jorrid se queda paralizado, los nudillos blancos sobre la barra.

—Vaya, vaya —dice una voz demasiado familiar—. ¿No es esto acogedor?

El Dios Embaucador se materializa a mi lado, ocupando la silla vacía como si hubiera estado allí todo el tiempo. Su máscara cambia sutilmente entre expresiones: las eternas líneas de risa se profundizan, luego se relajan, luego se retuercen en algo parecido a una mueca burlona.

—Kasaros —dice Jorrid; el nombre le cae de los labios como una maldición.

—Mi fracaso favorito —responde Kasaros con un gesto perezoso—. Todavía jugando a posadero para los perdidos y los condenados, ya veo.

Los clientes que quedan se retiran, sus formas espectrales pegadas a las paredes, desvaneciéndose aún más hasta casi desaparecer por completo.

—Tu juego, tus reglas, mi señor —dice Jorrid mientras recoge un vaso con cuidadosa precisión—. Simplemente saco el mejor partido de la mano que me han repartido.

—Siempre el sirviente obediente.

La máscara de Kasaros cambia, su sonrisa se ensancha de forma imposible.

—Dime, ¿todavía lloras por la pequeña Valentina?

La expresión de Jorrid se endurece, un músculo le salta en la mandíbula mientras se niega a responder.

Observo cómo Kasaros parece perder interés en el posadero.

Tamborilea con los dedos sobre la barra, y cada golpe envía ondas a través de la madera como piedras arrojadas a un estanque.

Tararea suavemente para sí mismo, luego vuelve su atención hacia mí, sus ojos ardientes clavados en mí con una fijeza inquietante.

Ladea la cabeza, curioso como un pájaro.

—¿Estás disfrutando de mi hospitalidad, doncella?

Resisto el impulso de encogerme. En cambio, le sostengo la mirada con firmeza, aunque el corazón me martillea en el pecho.

—He disfrutado muy poco desde que me arrancaron de mi mundo.

Kasaros ríe, un sonido como campanillas de cristal en un huracán.

—¿Arrancada? Querida mía, solo escojo a los dignos. A los especiales. A aquellos cuyos mundos han desperdiciado sus dones.

Se inclina hacia delante, su máscara ahora a centímetros de mi rostro.

—¿De verdad echas tanto de menos tu jaula?

Sus palabras dan en el blanco, y no puedo reprimir un estremecimiento.

—Déjala en paz —dice Rooke, con voz baja y peligrosa. Se mueve para interponerse parcialmente entre el Dios y yo, aunque de poco serviría si Kasaros decidiera actuar.

—Qué galante.

Kasaros vuelve su mirada ardiente hacia Rooke.

—El valiente protector.

Su máscara cambia de nuevo, la sonrisa se vuelve cruel.

—Dime, capitán Rooke, ¿has encontrado lo que viniste a buscar? ¿Esa querida hermana que estás tan desesperado por rescatar?

Rooke se tensa, un músculo le salta en la mandíbula.

—Mi búsqueda continúa.

—¿Ah, sí?

Kasaros mira alrededor con teatralidad.

—Qué extraño. No veo ningún rastro de ella.

Se inclina hacia delante, bajando la voz a un susurro teatral.

—Quizás deberías buscar con más ahínco. O quizás...

Su máscara cambia de nuevo, la sonrisa ahora afilada como una cuchilla.

—Quizás sea hora de decir la verdad.

Miro a Rooke, confundida por la repentina rigidez de sus hombros, por cómo sus dedos se cierran en puños.

—Después de todo —continúa Kasaros, dándole un toque en el pecho a Rooke con un dedo largo—, las mentiras tienen consecuencias en mi Laberinto. Como bien sabes.

Rooke se estremece y un nudo frío se me instala en el estómago.

—¿De qué está hablando? —pregunto, mirándolos alternativamente.

Kasaros junta las manos con deleite.

—¡Oh! ¿Secretos entre amantes? Qué delicioso.

Se vuelve hacia Jorrid.

—Posadero, conoces las reglas de mi establecimiento. Aquí se dice la verdad, ¿no es así?

La expresión de Jorrid se tensa aún más.

—Es el precio del santuario.

—En efecto.

Kasaros se vuelve hacia nosotros, apoya los codos en la mesa y descansa la barbilla sobre los dedos entrelazados.

—Así que, Capitán, cuéntanos más sobre esa hermana que buscas. ¿Cómo se llama?

La pregunta queda suspendida en el aire, pesada y peligrosa. Observo a Rooke, percibo su lucha, veo el dolor grabado en su rostro.

—Su nombre —comienza Rooke, y se detiene. Sin darse cuenta, se lleva la mano al pecho.

—¿Sí? —lo incita Kasaros, inclinándose hacia delante con avidez—. Continúa.

Rooke cierra el ojo visible; el dolor le marca líneas profundas alrededor de la boca.

—No tengo hermana.

Sus palabras me golpean como un puñetazo.

—¿Qué?

—No tengo hermana —repite, aún sin mirarme—. Nunca la tuve.

Sacudo la cabeza como si pudiera quitarme esas palabras de encima, hacer que signifiquen otra cosa.

—Pero dijiste... me contaste...

—Mentí.

Por fin me mira, y el dolor en sus ojos me corta la respiración.

—Vine al Laberinto por mi hermano, Keo. Lo retiene el Rey del Inframundo. El precio de su libertad es una novia.

—Yo. Pretendías entregarme a tu rey.

—Sí.

Esa única palabra destroza todo lo que creía saber. Cada caricia, cada beso, cada momento de ternura... todo construido sobre mentiras. El desayuno se me convierte en ceniza en el estómago mientras los recuerdos vuelven con un nuevo y horrible contexto.

Déjame adorarte, había susurrado al despertarme por tercera vez. Déjame colmarte de amor, mi Syrrah.

¿Había estado evaluando mi valor? ¿Comprobando que la mercancía fuera del gusto de su amo?

De pronto lo entiendo todo.

—Tus quemaduras, el pecado que mencionaste. Fueron por las mentiras que dijiste en este juego.

—Sí.

Me levanto tan rápido que el taburete cae hacia atrás. Rooke alarga la mano hacia mí, pero Jorrid se adelanta y le atrapa el brazo con un agarre de hierro.

—Aquí no —dice el posadero con voz dura como el acero—. Este es un lugar de verdad, cazador. ¿Creíste que podías traer tus mentiras a mi posada sin consecuencias?

—Nunca pretendí... —comienza Rooke, pero lo interrumpo con una risa que suena áspera y amarga.

—¿Nunca pretendiste qué? ¿Engañarme? ¿Usarme? ¿Hacer que confiara en ti solo para venderme a otro amo?

Las palabras me saben a veneno.

—¿Alguna de tus palabras fue verdad? ¿O todo fue una actuación para seducirme y entregarme a tu rey?

—Syrrah, por favor...

—No.

Retrocedo mientras se me nubla la vista con lágrimas que me niego a dejar caer.

—No digas mi nombre así. Como si te importara.

—¡Sí me importa!

Intenta levantarse, pero Jorrid lo mantiene sujeto.

—No tenía que ser así. No esperaba...

—¿No esperabas qué? ¿Que fuera una persona en lugar de un premio? ¿Que me creyera tus bonitas mentiras sobre libertad y elección?

Se me quiebra la voz.

—¿O que fuera tan estúpida como para caer en tu encanto? ¿Como para querer amarte?

Las palabras quedan suspendidas en el aire entre nosotros, afiladas como cristal roto.

—Syrrah...

Por el rabillo del ojo veo a Kasaros observándonos; su máscara es ahora una muestra de puro deleite mientras bebe nuestro dolor como si fuera vino fino.

—Qué fascinante —murmura, tamborileando con un dedo largo sobre la máscara—. Tanta pasión, tanto dolor. Hace que el juego sea mucho más... entretenido.

Me vuelvo hacia él con una furia que nunca antes había sentido ardiéndome por dentro.

—¿Eso es todo lo que somos para ti? ¿Entretenimiento? ¿Jugar con las vidas de la gente, con sus corazones?

Ladea la cabeza, pensativo.

—¿Qué más podría ser, pequeña novia? El universo es vasto y la eternidad es... tediosa. Vuestras breves vidas son las chispas que iluminan la oscuridad sin fin.

Se levanta, irguiéndose sobre la mesa.

—Pero el juego continúa, independientemente de lo que sintáis. El final aguarda. La elección permanece.

Nos mira a ambos.

—Aunque quizás no sea la elección que esperáis.

Y entonces desaparece, no gradualmente, sino de un parpadeo al siguiente, sin dejar más que el eco de su risa.

Se acabó. Se acabó aguantar a hombres que creen que pueden decidir mi destino.

Se acabó ser un peón en el juego de otro.

Quiero rebelarme, destruirlo todo, rugir contra las injusticias que me han infligido.

Todos los hombres que he amado me han traicionado.

Primero mi hermano al morir, luego mi padre al deshacerse de mí, y ahora Rooke.

Mi corazón no puede soportar otra traición.

Me doy la vuelta y echo a correr. Atravieso la sala común, paso junto a los clientes espectrales que parecen inclinarse a mi paso, y salgo al laberinto que hay más allá. Corro hasta que me tiemblan las piernas y me arden los pulmones, hasta que el sonido de mis propios sollozos ahoga todo lo demás.

Cuando por fin me detengo, no tengo ni idea de dónde estoy.

Los muros del laberinto se alzan a mi alrededor, tan fríos e implacables como la verdad que acabo de descubrir.

Apoyo la espalda contra la piedra y me deslizo hasta quedar sentada en la tierra, abrazándome las rodillas.

Las lágrimas caen libremente, pero no hago ademán de secármelas.

Estúpida, me reprendo. Estúpida por confiar en él. Estúpida por creer que alguien como él podría querer a alguien como yo.

Toda mi vida, los hombres han decidido mi destino. Mi padre, que me entregó al templo. Los sacerdotes, que me ataron con votos. Y ahora Rooke, que planea entregarme a otro amo.

Pero esta vez... esta vez será diferente.

Me pongo de pie y me seco las últimas lágrimas. Todavía llevo las botas robadas de Eryn y la daga de Peitr en la cadera.

Que vengan: Magnus, Rooke, el mismísimo Rey del Inframundo. Se acabó ser el premio de nadie. Voy a salvarme yo sola.