La dama del norte (Costa Vasca 2) III. El cadáver del guarda
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III. El cadáver del guarda

La llamada llegó a la una de la madrugada, cuando Irati acababa de meterse en la cama después de una tarde entera de papeles. Era el ertzaina de guardia de la comisaría de Getaria, con la voz tensa de los que han encontrado algo que no deberían haber encontrado.

—Inspectora —dijo—. Lamento llamarle a esta hora. Hay un cadáver en la lonja del puerto de Getaria. Un guarda del almacén portuario. Lo han encontrado hace una hora, entre las cajas del muelle, y por las señales que tiene en el cuello, parece que no ha muerto por causas naturales.

Irati llegó a la lonja en veinte minutos, con el abrigo puesto por encima de la ropa de casa y el coche oficial corriendo por la carretera vacía de la noche.

La lonja del puerto de Getaria era un edificio grande, con la puerta abierta y las luces encendidas, y los agentes habían acordonado la zona con las cintas de plástico que ondulaban con el viento de la madrugada.

El olor del mar, de la sal y del pescado, se mezclaba con el olor de la noche, y por un momento, Irati se quedó en la puerta, mirando las luces, las cintas, los agentes, y supo que el caso, que llevaba cinco días avanzando con la cautela de los mapas, acababa de dar un salto que no había previsto.

El cadáver estaba entre las cajas del muelle, cubierto con un plástico, con la cara expuesta y los ojos abiertos al techo.

Era un hombre de unos sesenta años, de rostro duro y manos grandes, con la ropa de trabajo de los que llevan años en el puerto.

A su lado, una linterna apagada y una tabla de partes del almacén, con las anotaciones de la noche.

—Se llamaba Andoni Zabaleta —dijo el ertzaina de guardia, con la voz baja—.

Sesenta y dos años. Guarda del almacén portuario desde hace veinticinco.

Conocía el puerto como la palma de su mano, y todos lo conocían a él: era de los que saludan a todo el mundo y a los que nadie ve.

Lo ha encontrado el vigilante de la noche, que pasaba la ronda y ha visto la luz de la linterna apagada en el suelo.

Irati se acercó al cadáver, con el cuidado de las escenas en las que no se sabe si el peligro sigue dentro, y miró las señales del cuello.

No eran marcas de dedos: eran las mismas señales que había visto en la autopsia del restaurador.

La misma congestión cervical. La misma firma.

El mismo método, aplicado con la misma fuerza y la misma frialdad, en el cuerpo de un hombre que no tenía relación con las piezas, ni con la leyenda, ni con la cueva.

—Maddi viene hacia aquí —dijo, sin levantarse—. Hasta que llegue, que nadie toque nada. Y necesito saber una cosa: qué hacía el guarda aquí a esta hora, y por qué estaba en el almacén cuando no le tocaba estar.

El ertzaina de guardia consultó la tabla de partes del almacén, la que estaba al lado del cadáver.

—Tenía la guardia de la tarde, de tres a once —dijo—.

La tabla dice que terminó a las once, y que dejó el relevo al vigilante de la noche.

Pero el vigilante dice que cuando llegó a las once, no vio a Zabaleta salir.

Y que la puerta del almacén, la trasera, la que da al muelle de carga, estaba entreabierta, con la cerradura forzada.

Irati se quedó muy quieta, con la tabla de partes en las manos, el olor del mar y del pescado alrededor, el viento de la madrugada moviendo las cintas de plástico.

—¿Forzada? —preguntó.

—Forzada —dijo el ertzaina—. Y no es la primera vez, inspectora.

He hablado con el vigilante: en las últimas tres semanas, ha habido dos entradas más en el almacén, siempre de noche, siempre por la puerta trasera.

No se denunciaron porque no faltaba nada: las cajas estaban en su sitio, la mercancía estaba completa, no había señales de robo.

El guarda, Zabaleta, decía que eran chavales del puerto, que buscaban un sitio donde estar. Y no quiso denunciar.

Irati miró la tabla de partes, las anotaciones de la noche, el cadáver del hombre que había visto dos entradas en el almacén y no había querido denunciarlas.

La pieza del puzzle, pensó, se le colocó con una claridad que le dejó el pecho vacío: Andoni Zabaleta era el primer testigo que habría podido señalar la furgoneta.

El primer hombre que había visto entrar a alguien en el almacén de noche, dos veces, sin querer decir nada.

Y alguien, esta noche, había decidido que su silencio no era suficiente.

—¿Quién sabía que el guarda había visto las entradas? —preguntó Irati, con voz firme.

El ertzaina se quedó mirándola un momento, y luego dijo, con la voz baja:

—Todo el puerto, inspectora. Zabaleta lo contaba en el bar del puerto, a quien quisiera oírlo: que los chavales entraban en el almacén de noche, que no faltaba nada, que él no quería líos con nadie.

Era un hombre de buen humor, de los que cuentan las cosas para que la gente se ría.

Si alguien ha querido callarlo, no le ha costado nada saber que hablaba: lo sabía todo el pueblo.

Irati se quedó mirando el cadáver, la cara del hombre que había contado demasiado, la tabla de partes con las anotaciones de la noche, y sintió que el miedo le subía por la espalda con una claridad que no le había conocido desde los casos grandes.

El entramado no se estaba limitando a tapar las huellas del expolio: estaba limpiando la costa.

El restaurador que había visto las luces en la cueva.

El guarda que había visto las entradas en el almacén.

Dos testigos, dos silencios, dos cadáveres con la misma firma.

El círculo, pensó, se estaba cerrando con violencia, y la violencia era la señal de que el circuito se sentía amenazado.

Y la pregunta que le ardía en el pecho era: ¿por qué ahora? ¿Qué había cambiado en las últimas semanas para que el circuito empezara a limpiar la costa? ¿Qué había roto la normalidad del silencio que llevaba veinte años funcionando?

La respuesta, Irati lo supo con una certeza que le heló la sangre, tenía un nombre: la pieza.

La pieza que el mar había entregado. La pieza que no había desaparecido como las demás.

La pieza que se había quedado fuera del circuito, con el cadáver del restaurador al lado, en una poza de Zumaia, esperando a que alguien la encontrara.

Y si la pieza había roto la normalidad del silencio, entonces alguien había querido romperla. Y ese alguien, pensó Irati, mirando el cadáver del guarda en la lonja del puerto de Getaria, no era el que estaba limpiando la costa: era el que había puesto la pieza en el camino de la inspectora.

Se quedó un momento en la puerta del almacén, mirando las cintas de plástico que ondulaban con el viento de la madrugada y las cajas del muelle que se alineaban en la penumbra.

La luz del puerto, a esa hora, era una luz de neón sucio, de las que aplastan los colores y dejan las cosas planas, y sobre esa luz, las cajas del almacén parecían un paisaje de siluetas grises, sin vida, esperando a que alguien las abriera.

—¿Han mirado dentro? —preguntó, señalando el almacén.

—Hemos hecho el barrido de la escena —dijo el ertzaina—. Pero no hemos abierto las cajas: esperábamos la orden. Son cajas de mercancía del puerto, de las que se cargan y se descargan todos los días. A simple vista no hay nada raro.

Irati entró en el almacén, con la linterna encendida y los guantes puestos, y recorrió las hileras de cajas, leyendo los rótulos de las guías, las etiquetas de origen, los sellos de los controles.

La mayoría eran cajas de pescado congelado, de conservas, de mercancía del puerto.

Pero al fondo del almacén, junto a la puerta trasera que el vigilante había encontrado entreabierta, había una hilera de cajas distintas: cajas de madera, de las de transporte de obras de arte, con las esquinas reforzadas y las etiquetas de las empresas de transporte de mercancías de alto valor.

—Estas —dijo, con la voz baja—. Estas cajas no son del puerto.

Son cajas de transporte de obras de arte.

—Se arrodilló junto a una de ellas, con la linterna encendida, y leyó la etiqueta—.

«Madera, productos varios, destino Róterdam».

—Levantó la vista hacia el ertzaina—. No es un almacén de pescado, agente.

Es una estación de tránsito. Las cajas de arte entran por la noche, se camuflan con la mercancía del puerto y salen con guías de productos varios hacia el norte de Europa.

El guarda no vio una entrada: vio la línea de producción entera. Y por eso lo han callado.

El ertzaina se quedó mirando las cajas, con la luz del neón sucio alrededor, y luego dijo, con la voz que se le había quedado plana:

—¿Y cómo no hemos visto esto antes, inspectora? ¿Cómo ha podido funcionar durante años, a la vista de todos?

Irati se quedó mirando las cajas, la etiqueta de Róterdam, la línea de producción que había estado funcionando bajo las narices de todos.

—Porque las cajas no roban —dijo—. Las cajas tienen guías, etiquetas, sellos.

Son mercancía legal que sale de un puerto legal con papeles legales.

Lo ilegal no está en las cajas: está en lo que hay dentro, en lo que declaran y en lo que no declaran, en el certificado de Basáñez que convierte lo robado en auténtico.

El circuito no se esconde: se camufla. Usa los puertos, las guías, los sellos, la normalidad del tráfico diario.

Y la normalidad, agente, es la mejor tapadera que existe.

Nadie mira lo que todos los días está delante de los ojos.

Salió del almacén y se quedó en el muelle, con el viento de la madrugada en la cara y las cintas de plástico ondulando a sus espaldas.

El cadáver del guarda, la etiqueta de Róterdam, las cajas de madera del fondo del almacén: todo el mapa se estaba cerrando con una claridad que le dolía en el pecho.

La lonja de Getaria no era solo un punto de salida: era el eslabón logístico de la operación, el lugar donde las piezas de la cueva se camuflaban con la mercancía del puerto y se lanzaban hacia el norte de Europa con papeles legales.

Y el hombre que había visto ese eslabón, el que lo había contado en el bar del puerto a quien quisiera oírlo, estaba muerto en la lonja, con la misma firma que el restaurador que había visto las luces en la cueva.

—Que nadie toque las cajas —dijo, al fin, al ertzaina—.

Necesito un equipo de patrimonio aquí mañana por la mañana, con orden de registro.

Y necesito la lista de las guías de salida del almacén en los últimos cinco años, con los destinos.

Si el almacén ha sido la estación de tránsito de la operación, las guías son el mapa de la mercancía.

Y el mapa de la mercancía, agente, nos va a llevar directamente al comprador.

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