CAPÍTULO 5 — EL SEÑOR
* * *
I. El expediente
Iturriaga la esperaba en su despacho de la Jefatura a las ocho de la mañana, con un expediente gordo sobre la mesa y la ventana que daba al puerto de fondo, donde las grúas del muelle levantaban la primera carga del día.
No le ofreció café. Le ofreció el expediente, con las dos manos, como quien entrega una carga que ha llevado muchos años.
—Esto —dijo— es el nombre que no aparece.
Irati se sentó frente a la mesa, tomó el expediente y lo abrió.
Era un documento administrativo, de los que se archivan sin brillo, con el membrete de la Diputación Foral de Gipuzkoa y las hojas numeradas: escrituras, subvenciones, donaciones, actas de consejo, una veintena de años de papeles que no decían nada por sí mismos y que, juntos,
contaban la historia entera de una familia.
—La familia Alkorta —dijo Iturriaga, sin necesidad de que ella lo preguntara—.
Comerciantes de Getaria desde hace cuatro generaciones.
Su fortuna viene de la mar: primero el bacalao y el ballenero, luego el transporte, luego los negocios de puerto, luego el comercio de antigüedades.
Hoy son una de las familias más respetadas de la costa.
Y llevan veinte años siendo el «señor» del expolio norteño sin que haya un solo papel que los acuse.
Irati pasó las hojas del expediente, las escrituras, las donaciones, y fue entendiendo la arquitectura del blindaje.
La familia Alkorta no se escondía: se exhibía.
Donaban a los museos de la costa, subvencionaban el Geoparkea de la Costa Vasca, pagaban la restauración de la iglesia de Getaria, compraban el barco viejo del puerto para convertirlo en escuela de vela, financiaban becas para los chavales del pueblo.
Todo lo que hacían era público, luminoso, intachable.
Y nada de lo que hacían los relacionaba con una sola pieza de las que el mar no devolvía.
—Nunca hay prueba —dijo Iturriaga, con la voz baja—.
Siempre hay abogado. ¿Sabe cuántas veces ha tocado el nombre de Alkorta en investigaciones de patrimonio en los últimos veinte años?
Siete. ¿Sabe cuántas veces ha llegado a juicio?
Cero. Siempre hay un testigo que se calla, una prueba que no se encuentra, un certificado que no se puede impugnar, un abogado que convierte el silencio en un derecho.
La familia Alkorta no ha cometido nunca un delito: ha comprado el silencio de todos los que podían contarlo, con la moneda más eficaz que existe en esta provincia.
—¿Cuál es esa moneda? —preguntó Irati, sin levantar la vista del expediente.
—La filantropía —dijo Iturriaga—. El pueblo les debe todo: la iglesia, el museo, la escuela de vela, las becas, el geoparque.
Cuando una familia les ha dado todo, nadie quiere mirar de dónde sale el dinero.
Nadie quiere ser el que rompe el agradecimiento.
Y los que dependen de sus subvenciones, los que trabajan en los proyectos que ellos financian, no pueden permitirse hacer preguntas: el que hace preguntas, pierde el proyecto, y el que pierde el proyecto, se va del pueblo.
La filantropía, inspectora, es la mejor tapadera que existe.
No compra el silencio con miedo: lo compra con gratitud.
Y la gratitud, en un pueblo pequeño, es más difícil de romper que el miedo.
Irati cerró el expediente y se quedó un momento mirando el puerto por la ventana, las grúas, el mar gris de octubre. La familia Alkorta. El «señor» del expolio norteño. La cabeza del dinero de la costa, con el blindaje de la filantropía, el mecenazgo y la gratitud de un pueblo entero.
—¿Y el patriarca? —preguntó—. ¿Quién es?
Iturriaga se inclinó sobre la mesa y señaló una de las hojas del expediente.
—Miguel Alkorta —dijo—. Setenta y cuatro años.
El cabeza de la cuarta generación. Viudo desde hace quince años.
Tiene dos hijos: Iñigo, de cuarenta y ocho, que lleva los negocios del puerto y las antigüedades, y Maite, de cuarenta y cuatro, que es doctora en historia del arte y dirige la parte más visible de la fundación familiar, la que subvenciona los museos.
Miguel Alkorta es un hombre que no habla en público desde hace años: son los hijos los que llevan la cara.
Pero todo lo que se decide, se decide con él.
Y hay una cosa que le va a interesar: la fundación Alkorta ha financiado, en los últimos cinco años, tres proyectos de arqueología subacuática en la costa de Gipuzkoa.
Proyectos oficiales, con permisos, con memoria. Ninguno de ellos encontró nada.
Irati se quedó muy quieta, con el expediente en las manos, las palabras de Iturriaga instalándosele en la cabeza con la solidez de una llave.
—Tres proyectos de arqueología subacuática financiados por la familia —repitió—.
Proyectos oficiales, con permisos, que no encontraron nada.
—Levantó la vista—. Esa no es filantropía, comisario.
Es un plano. La familia Alkorta no financia la arqueología para encontrarla: la financia para saber dónde miran los arqueólogos, para controlar qué se busca y qué no se encuentra.
Es el mismo mecanismo que el mecenazgo: financian la investigación para dirigirla, y la dirigen para que no encuentre lo que ellos saben que hay.
Iturriaga asintió, despacio, con esa media sonrisa de los que ven a un colega llegar a la misma conclusión que ellos llevan años sosteniendo.
—Exacto —dijo—. Y por eso le he dado el expediente esta mañana.
Porque usted, inspectora, tiene algo que yo no tuve cuando empecé con este nombre: una pieza que el mar ha entregado.
Un cadáver que el mar no ha escondido. Y una frase, el cuaderno, que alguien ha escrito con la intención de que nosotros la leyéramos.
—Se quedó mirándola un momento—. La familia Alkorta lleva veinte años sin dejar ni una sola prueba.
Pero esta vez, alguien ha querido que el caso exista.
Y si alguien ha querido que el caso exista, entonces hay una grieta en el blindaje.
Y las grietas, inspectora, son lo único que yo no he conseguido encontrar en veinte años.
Irati guardó el expediente en la carpeta que llevaba y se quedó mirando el puerto por la ventana, las grúas, el mar, la línea de acantilados de Getaria al fondo.
La familia Alkorta. La cueva de la Dama.
La fábrica en el mar. La pieza que el mar había entregado.
El restaurador muerto que había visto las luces en la cueva.
Todo el mapa, pensó, se estaba cerrando alrededor de un nombre que llevaba veinte años sin aparecer en ningún papel, y que ahora, por primera vez, tenía una pieza, un cadáver y una frase apuntando hacia él.
—¿Y el abogado? —preguntó—. El que ha blindado a la familia durante veinte años. ¿Quién es?
Iturriaga se quedó mirándola un momento, y luego dijo, con la voz baja de los que nombran una cosa que lleva años pesándoles:
—Un hombre de Donostia llamado Aitor Egiguren —dijo—.
Despacho propio, clientes de alto nivel, impecable reputación.
Es el abogado de la familia Alkorta desde hace treinta años, y ha sido el que ha convertido el silencio en un derecho en las siete ocasiones en que el nombre de la familia ha tocado una investigación.
No ha perdido nunca. Y no ha ganado nunca en los tribunales: ha ganado siempre en los pasillos.
Es el tipo de abogado que no deja rastro, inspectora.
El tipo que sabe que los casos se ganan antes de llegar a los juzgados.
Irati se quedó mirando el expediente, la hoja donde Iturriaga había anotado el nombre del abogado, y sintió que el mapa del caso, que hasta entonces había estado formado por piezas sueltas —el cadáver, la pieza, la leyenda, la cueva, la fábrica—, empezaba a tener un centro de gravedad:
la familia Alkorta, su mecenazgo, su abogado, su silencio de veinte años.
El «señor» del expolio norteño tenía por fin un nombre, una cara y una fortaleza.
Y la fortaleza, como todas las fortalezas, solo se tomaba desde dentro.
—¿Y las siete ocasiones? —preguntó—. Las investigaciones que tocaron el nombre de la familia. ¿De qué eran?
Iturriaga abrió el expediente y fue señalando las páginas con el dedo, con la memoria de quien ha vivido cada una de esas páginas.
—La primera, hace veintidós años: una denuncia de un buceador de Mutriku que dijo haber visto una red de extracción en un pecio del litoral.
Se archivo por falta de pruebas: el buceador no quiso comparecer al final, y su abogado era el mismo que la familia.
La segunda, hace diecisiete años: un cargamento de monedas incautado en un control de carretera, con guía falsa.
El transportista declaró que no sabía quién le había contratado, y la investigación se estancó.
La tercera, hace doce años: un informe de Patrimonio de la Diputación que señalaba irregularidades en los permisos de una de las empresas del puerto de Getaria.
El informe se archivó después de una conversación entre el director de la empresa y Egiguren.
—Levantó la vista hacia Irati—. Y así, las siete.
Siempre el mismo patrón: una investigación que arranca, un testigo que se echa atrás, una prueba que no se encuentra, un informe que se archiva.
Y siempre, detrás, el mismo abogado, la misma familia y el mismo silencio.
Irati cerró los ojos un momento, con el puerto al fondo de la ventana, y sintió el peso de los veinte años de silencio instalándosele en los hombros.
—Y nunca nadie siguió la cadena del dinero —dijo—. Nunca nadie miró hacia Lisboa. Nunca nadie preguntó de dónde salía el dinero de las donaciones.
Iturriaga la miró un momento, con una sombra de cansancio en los ojos.
—Esa es la parte que no me perdono —dijo—.
Las siete ocasiones, las perseguimos por el lado del patrimonio, por el lado de las piezas, por el lado de los testigos.
Y nunca miramos el dinero. Porque en esta provincia, inspectora, el dinero de las familias grandes se da por supuesto: nadie pregunta de dónde sale el dinero que paga la iglesia, el museo o las becas.
Es el privilegio de los que han estado siempre.
Hasta ahora. Ahora tenemos a Leire siguiendo la cuenta de Lisboa.
Y si Leire cierra el círculo, tendremos lo que nunca tuvimos en veinte años: la prueba de que el mecenazgo es el lavado.
Irati guardó el expediente y se levantó, con el puerto al fondo de la ventana y la determinación instalándole en el pecho.
—Entonces —dijo—, lo hacemos por los dos lados a la vez.
El patrimonio, desde fuera, con las piezas y los testigos.
Y el dinero, desde dentro, con la cuenta de Lisboa y las sociedades pantalla.
—Miró a Iturriaga—. Y esta vez, comisario, no se nos escapa ninguna de las dos líneas.
Porque el «señor» del norte lleva veinte años ganando en los pasillos, y los pasillos, al final, siempre terminan en un despacho.
Y los despachos, cuando se les mira de frente, no tienen dónde esconderse.
Iturriaga asintió, despacio, con esa media sonrisa de los que ven la chispa en los ojos de un colega.
—Los despachos —repitió—. Ya lo verá, inspectora.
El de Egiguren, en Donostia, no tiene ni una sola mancha.
Pero los despachos no se manchan con la tinta: se manchan con las visitas.
Y las visitas al despacho de Egiguren, en treinta años, han sido siempre las mismas: la familia Alkorta, el puerto de Getaria y los intermediarios que no quieren que se sepa su nombre.
Si alguna vez conseguimos una orden de registro para ese despacho, no la necesitaremos para encontrar papeles.
La necesitaremos para encontrar el mapa de las visitas.
Y el mapa de las visitas, inspectora, es el mapa del circuito entero.
Irati salió del despacho de Iturriaga con el expediente bajo el brazo, el nombre de la familia Alkorta y el nombre del abogado Egiguren instalados en el mapa del caso, y supo que la fortaleza, por primera vez en veinte años, tenía una grieta por donde entrar.
La pieza. El cadáver. La frase del cuaderno.
El dinero de Lisboa. La cueva de la Dama.
Todo el mapa se estaba cerrando alrededor del «señor» del norte, con una lentitud de losas que no se apilan, que se cimentan.
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