La Cura Secreta del Playboy Capítulo 7
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Capítulo 7

Revian y sus tres amigos acababan de llegar al edificio de departamentos de Michele. Revian había conducido la motocicleta de Alice, mientras que los otros tres habían llegado juntos en auto. Se estacionaron exactamente al mismo tiempo que Michele entraba al estacionamiento y bajaba de su vehículo.

Revian, que estaba a punto de acercarse a saludarlo, frenció el ceño de repente al ver a Michele prácticamente hundiendo el rostro en la chaqueta que tenía en la mano. Mirando a su amigo como si hubiera perdido la cabeza por completo, Revian se acercó y le dio una palmada en el hombro desde atrás.

¡Plac!

—¿Qué demonios haces oliendo tu propia chaqueta? Pareces un completo pervertido —comentó Revian.

Michele se tensó al instante, sintiendo una oleada de pánico en el pecho. Sintiéndose de lo más ridículo, soltó rápido la chaqueta a un costado, sosteniéndola con normalidad mientras se giraba para enfrentar la mirada desconcertada de Revian.

—N-nada. Solo pensé que mi chaqueta olía mal —tartamudeó Michele, intentando negar con desesperación lo que acababan de atraparlo haciendo.

—¿En serio? —preguntó Revian, entornando los ojos con evidente sospecha.

—Tch, sí, en serio. Haces demasiadas preguntas, bicho raro —espetó Michele a la defensiva, pasando rápido a su lado para dirigirse al vestíbulo del edificio.

Los otros tres chicos, que acababan de bajar del auto, se acercaron a Revian, quien seguía allí parado, congelado.

—¿Qué te pasa, Rev? —preguntó uno de ellos, dándole una palmada en el hombro.

—Ni idea. Ese tipo perdió la cabeza —murmuró Revian, sacudiendo la cabeza antes de seguir a Michele al interior.

Michele prácticamente ardía de la vergüenza. Que Revian lo atrapara con las manos en la masa oliendo su propia chaqueta hacía que quisiera que se lo tragara la tierra. Se frotó el rostro con brusquedad, sintiendo que realmente estaba perdiendo el sentido de la realidad.

«No puedo creer que acabe de hacer eso», gimió Michele para sus adentros, sumido en la vergüenza.

¡Ding!

Las puertas del elevador se abrieron. Michele salió y se dirigió a su departamento.

Antes de abrir la puerta, su mirada se desvió hacia el departamento de Alice, justo enfrente, notando que estaba cerrado firmemente.

Segundos después, los pasos pesados de sus amigos resonaron en el pasillo mientras lo alcanzaban y entraban en fila a su casa.

—¿Cuál es la demora, viejo? Ve a empacar tus maletas. Nos vamos mañana, ¿verdad? —dijo Revian, dándole otra palmada en la espalda.

—Sí —gruñó Michele, entrando.

En un principio habían planeado comenzar el viaje al día siguiente, pero decidieron adelantar la salida para esa misma tarde, así podrían amanecer en su destino y empezar las vacaciones de inmediato sin desperdiciar la luz del día.

Adentro, Michele estaba ocupado sacando su ropa y acomodándola con cuidado en una maleta.

Sus amigos, en lugar de ofrecerle ayuda, se dedicaban a desordenar su impecable departamento.

Estaban holgazaneando por ahí, partiendo cacahuates y arrojando las cáscaras con descuido mientras bromeaban entre ellos.

—Deberían haberse quedado esperando en casa de Revian. ¿Por qué demonios se arrastraron hasta acá solo para volver un basurero mi sala? —espetó Michele, lanzándoles una mirada letal.

—Epa, ¿por qué tan de mal humor, El? ¿Estás deprimido porque Alice no viene? Tú fuiste el que le dijo que no —retrucó Vendi, otro de sus amigos, con una risita burlona.

—¡Eso no tiene nada que ver! Saben que odio el desorden. Es un nido de bacterias —discutió Michele, mirando su sala con desagrado.

—Los doctores y su germofobia, viejo —se burló Revian, todavía masticando felizmente sus cacahuates.

A pesar de que a Michele lo habían obligado a entrar en el campo de la medicina, las estrictas reglas de higiene inculcadas por sus padres médicos estaban profundamente arraigadas en su ADN.

Solo había un hábito poco saludable que se negaba por completo a abandonar, aun consciente de las consecuencias médicas: el alcohol.

¡Clic!

Justo en medio de sus bromas, todos se giraron hacia el ruidoso alboroto que venía de la puerta principal. Unos pasos rápidos avanzaron directo hacia la habitación de Michele.

—¡Muy bien, ya estoy lista! ¿Nos vamos ahora? —intervino Alice, apareciendo en el marco de la puerta y sonriéndoles a los chicos uno por uno.

Michele la recorrió con la mirada de pies a cabeza al instante. Estaba vestida en modo vacaciones total: shorts de mezclilla, una playera de manga corta, una gorra de béisbol y las gafas de sol puestas sobre la cabeza. El ceño de él se frunció en un nudo apretado.

—¿A dónde crees que vas? —exigió saber Michele, completamente desconcertado.

—Voy al viaje con ustedes, obvio. Ni loca me voy a perder toda la diversión. Además, ya lo arreglé con mami —respondió Alice con ligereza, quitándose las gafas de sol y enganchándolas en el cuello de su playera.

—Espera, ¿cuándo hiciste eso? —preguntó Michele, todavía descolocado.

—Hace un rato, cuando estaba en la mansión. La llamé y usé tu nombre, y tu trabajo en el Hospital Alferoz, como garantía —admitió Alice con una tranquilidad indignante.

¡Pum!

La confesión tan fresca de Alice dejó a Michele completamente estupefacto. La audacia descarada de esta chica: ella era la que quería ir al viaje y, sin embargo, había usado la reputación y la carrera de él como garantía en lugar de dar la cara ella misma.

—¡¿Estás loca?! ¡Eres un peligro andante! —gritó Michele, pasándose una mano por el cabello con profunda frustración mientras fulminaba con la mirada a la pequeña chica que permanecía de pie con confianza en el umbral de su puerta, sosteniendo una maleta color lila.

Revian se acercó con aire desenfadado y pasó un brazo por los hombros de Alice, atrayéndola en un medio abrazo.

—Tranquilo, El. Lo importante es que tu novia viene, ¿no? ¿O de verdad querías dormir solo en este viaje sin nadie a quien abrazar? —se burló Revian, sonriéndole de oreja a oreja.

Michele ignoró por completo la pregunta. Tenía los ojos fijos como láser en el brazo que Revian había pasado sobre Alice. Acortando la distancia en un par de pasos rápidos, Michele apartó la mano de Revian del hombro de ella sin pizca de piedad.

—Cuidado con tus manos —advirtió Michele, con la mirada gélida.

Luego tomó a Alice por la muñeca y la jaló detrás de él, usando su amplia figura para proteger por completo el cuerpo mucho más bajo de ella.

Revian estalló en carcajadas ante la demostración tan evidentemente posesiva, mientras Alice se limataba a quedarse allí, parpadeando con inocencia y en total confusión.

—¡Ja, ja, ja! Mírate nada más, poniéndote celoso por un abrazo. Cuando salías con Engeline, yo hacía eso todo el tiempo y nunca decías ni una palabra —se rió Revian, sumamente divertido por el cambio tan repentino en la actitud de Michele hacia su "nueva chica".

—Ella es diferente. No las compares —espetó Michele con irritación.

—Sí, sí, lo que digas, viejo. Ya nos vamos. Nos vemos frente a mi edificio a las cinco en punto de la tarde. No lleguen tarde. Vámonos —dijo Revian, reuniendo al resto de los chicos.

—¡Cuida bien a tu chica, El! —se burló Vendi mientras salía por la puerta.

Observándolos marchar, Michele soltó un bufido y volvió a empacar su maleta. Sus ojos seguían encendidos de irritación. En el fondo, él estaba igual de confundido sobre por qué ver que otro tipo tocaba a Alice había hecho que la sangre le hirviera con tanta intensidad.

—Te ayudo a empacar, Michele —ofreció Alice, poniéndose de cuclillas a su lado mientras él doblaba la ropa.

—Tch. Si un tipo te pone las manos encima de la nada, se supone que debes plantarle un pisotón, apartarle la mano de un golpe o, literalmente, arrojarle agua hirviendo. ¿Por qué te quedaste ahí parada como una estatua? —exigió saber Michele, girándose hacia la chica.

Ella solo se le quedó mirando, con su adorable rostro contraído por el desconcierto.

—¿Eh? ¿Por qué haría eso? Ni siquiera fue un abrazo de verdad. Además, tú hiciste algo mucho peor: literalmente me besaste de la nada. ¿O ya se te olvidó?