La Cuidadora Epílogo corto
100%

Epílogo corto

El quince de octubre de dos mil veintiocho, en el auditorio de la Fundação Marlene Aparecida dos Santos, en Curitiba, Beatriz Pereira de Oliveira, diez años, nieta de Renato Aparecido de Oliveira, hizo una intervención de tres minutos sobre lo que era estudiar en el Colégio Medianeira.

Habló de un libro que estaba leyendo. Habló de una amiga nueva. Habló de una materia de matemática que no le gustaba y de otra de portugués que le gustaba mucho. Habló de su madre, de Cristina, sentada en la segunda fila del auditorio con un vestido azul.

No habló del abuelo. No lo sabía.

En la tercera fila, del lado derecho, había una silla reservada con una tarjeta blanca encima del almohadón, escrita a mano, con mi letra:

Para Júlia.

La silla quedó vacía toda la noche.

Cuando Beatriz terminó la intervención, todo el mundo aplaudió. Yo también. Helena, a mi lado, aplaudió. Mariana, en el escenario, aplaudió. Tati, que había venido desde São José para la ceremonia, aplaudió de pie.

Miré la silla vacía.

Pensé que, en algún lugar del estado de São Paulo, dentro de un penal que no conocía personalmente, una mujer de cuarenta y pico de años, que había sido mi casi enemiga y mi casi aliada y mi casi hermana por motivos que no caben en ninguna palabra única, tal vez estaba, en aquella misma hora, acostada en una litera, leyendo un libro cualquiera, sin saber que tenía una silla reservada.

Pero tal vez lo sabía.

Júlia siempre supo más de lo que parecía.

Me senté. Empezó la intervención siguiente. Mariana subió al micrófono para anunciar la próxima beca del ciclo de dos mil veintinueve.

Y en algún momento de aquel auditorio, con las luces amarillentas sobre el rostro de Beatriz en el escenario y Cristina llorando bajito en la segunda fila y la silla vacía de la tercera del lado derecho y Helena a mi lado hojeando el programa del evento como si dos años antes no me hubiera salvado la vida tres veces en tres conversaciones distintas —

en algún momento de aquel auditorio, entendí, por primera vez desde el dieciséis de mayo de dos mil veintiséis, que ya no era la enfermera de la Fazenda Boa Vista.

Era otra cosa.

Todavía no tenía nombre.

Pero era mía.