La cuidadora y la mujer de negro (La Cuidadora 4) 6. Pesadillas
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6. Pesadillas

—¿Tienes que irte tan pronto? —le pregunté sin poder disimular la angustia en mi voz. No quería que Esteban me dejase sola con los niños y la obra del cobertizo a medio terminar.

—No puedo aplazar más los viajes. Sabes que tengo que supervisar la construcción de los campos eólicos y solares. Además, tengo que reunirme con las diputaciones para negociar nuevos proyectos.

—¿Y no puedes hacerlo por Zoom?

—Los contactos personales son muy importantes. He estado todo el verano en casa, ya no hay obras dentro y solo queda el estudio en el cobertizo.

—Los niños tienen que adaptarse al nuevo colegio, Mariano y su cuadrilla son un desastre con la obra del cobertizo y luego está esa mujer de negro.

—¿Elvira? Es solo una pobre anciana. Está un poco loca, pero no es peligrosa.

—Pero Amalia me ha contado que nos puede echar mal de ojo. Lo hizo con una familia marroquí y tuvieron que mudarse…

Esteban puso los ojos en blanco. No comprendía mi desesperación, tampoco la angustia que sentía cada vez que me dejaba sola.

—Eso son supersticiones. Galicia, sobre todo estos pueblos rodeados de bosques, está llena de leyendas. Cuentos de meigas y trasgos, pero son solo cuentos, Lucía.

Me abrazó y, al poder refugiarme en sus brazos, me sentí mucho mejor.

Los niños estaban en la escuela, por lo que aproveché para darme un baño relajante. Salí del cuarto de baño y sentí un frío que me helaba todo el cuerpo. Esteban estaba trabajando en el salón. Me acerqué a él y me quité el albornoz lentamente.

—Lucía, tengo que trabajar.

—No te molestaré mucho —le dije mientras lo abrazaba con mi cuerpo desnudo.

Nos tumbamos en el suelo y me puse sobre él. Llevábamos un rato en esa postura cuando, al girarme hacia el ventanal que daba al jardín y al río, vi a Elvira.

—¡Dios mío! —grité asustada y corrí a taparme.

—¿Qué pasa ahora? —refunfuñó mi marido.

—¡He visto a Elvira en la ventana!

—Creo que te estás obsesionando. No hay nadie —dijo mientras se acercaba al cristal.

—La he visto, te lo aseguro.

—Es absurdo. Tendría que saltar la puerta de madera y llegar hasta aquí. Elvira tiene más de ochenta años.

—Es una bruja.

—No existen las brujas. Creo que deberías regresar a terapia. Me han hablado de una psicóloga muy buena que hay en Pontevedra.

—No estoy loca. La he visto con mis propios ojos. ¿Te olvidas de lo que pasó la última vez que tuve una intuición?

—Eso es distinto. Esa familia estaba loca, su jardín daba al nuestro.

—Elvira es peligrosa, tenemos que hacer algo. Voy a hablar con la alcaldesa.

—Haz lo que quieras —dijo mientras se iba a la ducha un poco contrariado.

Me vestí. Estaba tiritando. La calefacción todavía no estaba terminada, aunque el fontanero tenía que venir al día siguiente.

Encendí la estufa del salón, me tumbé en el sillón y comencé a leer.

Era mejor que no me obsesionara, pero desde que Sofía había desaparecido en Pontevedra no podía sacarme ese asunto de la cabeza.

3. Elvira

Elvira era una mujer corriente, algo hosca. Tenía el pelo gris, siempre peinado en un moño; vestía por completo de negro, sin importar la época del año. Era una solterona típica de las zonas rurales de España, pero, para la mayoría de los vecinos del pueblo, la anciana practicaba las malas artes.

Escuché que alguien llamaba a la puerta. Esteban se había marchado esa misma mañana a Soria y no iba a regresar hasta el viernes, lo que significaba cuatro días sola con los niños.

Observé por la cámara de la entrada y vi que se trataba de Amalia.

—¡Empuja! —le dije mientras apretaba el botón de apertura.

Amalia entró. Su pelo morado brilló bajo la luz de los halógenos. Vestía de forma moderna para una mujer de unos setenta y nueve años, siempre maquillada y sonriente.

—¡Ola, meu amor!

—¿Quieres un café?

—Me vendría muy bien. Esta noche apenas he pegado ojo.

—Lo siento mucho.

—Cosas de viejas —comentó mientras se acercaba a la isla de la cocina y se sentaba en una banqueta.

—Si quieres, nos ponemos en la mesita.

—Mejor —dijo Amalia, bajándose de la banqueta con dificultad y sentándose en el sillón.

—¿No has traído a Charly?

—Pensé que no querías que te manchara el suelo —bromeó.

—Saray tiene que venir a limpiar, al menos no tengo que ocuparme también de eso. Los tres niños me dejan agotada y, por tercer día consecutivo, Mariano no ha venido a acabar el cobertizo.

La mujer negó con la cabeza.

—No hay formalidad. Yo reformé hace años la cocina y todavía me acuerdo del trauma que supuso para mí.

Amalia había trabajado en la Diputación toda su vida. Era viuda; su esposo había muerto antes de que se jubilara. No habían tenido hijos, pero ella había decidido regresar al pueblo y dejar Orense, donde había vivido mucho tiempo.

—Bueno, al menos creo que mañana viene el de la caldera y ya podremos utilizar el suelo radiante.

La mujer tomó la taza de café y una pastita.

—Ojalá tuviera yo ese suelo. Mi casa es una nevera durante todo el invierno.

—Puedes poner…

—No, para lo que me queda, no pienso hacer una reforma nunca más.

—Pero si se te ve estupenda.

La mujer sonrió coqueta.

—Ya te he enseñado las fotos de cuando era joven. Mis ojos verdes causaban furor, pero ahora soy un amasijo de piel, grasa y artritis.

A Amalia siempre le gustaba quejarse de sus achaques y de su mal aspecto para que los demás la halagáramos un poco.

—No me importa irme de este valle de lágrimas y reunirme con mi Paco, que en paz descanse.

Dudé un momento, pero al final me atreví a contarle lo que había sucedido el día anterior.

—¿De verdad? ¡Esa bruja loca se está atreviendo demasiado! Llama a la Guardia Civil.

—Prefiero hablar con ella. Puede que esté perdiendo la cabeza.

Amalia frunció el ceño y todas las arrugas de su cara se acentuaron.

—¿Sabes cómo se llamaba antes esta casa?

—La Pena, creo que me dijeron.

—Sí, La Pena… Pero ese nombre tiene toda una historia detrás.

—¿Una historia?

Amalia entornó los ojos y supe que estaba a punto de contarme el pasado de aquel lugar. No estaba segura de querer escucharlo.

4. La Pena

En esta casa vivían dos hermanas que se dedicaban a cultivar sus tierras y explotar la madera de sus parcelas.

Ana y Andrea habían tenido novios de jóvenes, pero estos se habían marchado a América para hacer fortuna y jamás regresaron a por ellas.

Eran dos mujeres bondadosas y apreciadas por todo el mundo.

Algunas personas sentían lástima por ellas por no haber podido casarse, pero parecían felices y todo lo que emprendían prosperaba.

Si criaban cerdos, estos eran los mejores de la comarca; lo mismo sucedía con los conejos, la huerta y hasta sus campos de maíz.

Algunas viejas del lugar, envidiosas, comenzaron a acusarlas de practicar la brujería y haberse casado con el demonio.

El cura, don Anselmo, siempre las defendía porque eran dos de las parroquianas más fieles.

Durante un largo y duro invierno, llegaron dos cartas a esta casa.

Eran de los antiguos novios que se habían marchado a América treinta años antes y nunca habían vuelto.

Las hermanas ya comenzaban a peinar canas, pero eso no disminuyó la ilusión que sintieron al ver los sobres y el remite de Caracas.

Leyeron las cartas y se quedaron asombradas.

Los dos amigos habían llegado hasta La Habana, donde el barco hacía escala.

De allí partieron hacia Venezuela, pero a muchos de los emigrantes no se les permitió desembarcar y los abandonaron en la Guayana Británica.

Comenzaron a trabajar en unas minas, pero, cuando intentaron atravesar la selva para llegar a Venezuela, los encerraron en un presidio y los obligaron a realizar trabajos forzados durante cinco años.

Lograron escapar y refugiarse en Brasil, donde trabajaron en el caucho, ahorraron algo de dinero y finalmente pudieron llegar a Venezuela.

La fortuna les había sonreído por fin y habían montado una exitosa empresa de construcción, aunque siempre habían pospuesto el viaje de regreso. Ahora se proponían volver a por las dos hermanas.

Ana y Andrea se prepararon para que sus vidas cambiaran para siempre, pero un día una mujer que las quería mal se cruzó con ellas y les dijo:

—La buena fortuna os ha acompañado todo este tiempo, pero no veréis a vuestros hombres.

Las dos hermanas pidieron al cura que les quitase de encima aquella maldición. Don Anselmo, que en aquella época era todavía un joven sacerdote, no les hizo mucho caso y les mandó hacer unas penitencias para que se calmaran un poco.

A los pocos meses, sus antiguos pretendientes aterrizaron en Barajas. Tomaron un coche y, cuando estaban a punto de llegar a Soutelo de Montes, se salieron de la carretera en una curva y se estrellaron contra un árbol. Los dos hombres murieron en el acto.

Cuando las hermanas se enteraron, se vistieron de luto riguroso y todo el mundo comenzó a llamar a aquella casa La Pena.

Mientras Amalia terminaba de contarme la historia, notaba que el vello de mis brazos se erizaba. Aquellas paredes habían visto muchas lágrimas y no quería que las próximas fueran las mías.

Las dos hermanas murieron muchos años más tarde, una poco después de la otra.

Durante los últimos años de sus vidas, la buena fortuna desapareció de repente.

Sus árboles se quemaron, sus animales caían enfermos y tuvieron que venderlo casi todo menos aquella casa, que poco a poco iba deteriorándose, un par de campos pequeños con eucaliptos, un campo de maíz y el huerto de detrás.

La Pena se quedó desierta durante más de veinte años, hasta que Esteban la compró y nosotros la reformamos.

Ahora aquella casa maldita era donde queríamos pasar el resto de nuestra vida.

5. Encuentro desafortunado

Apenas se había ido Amalia, tras contarme aquella historia tan tenebrosa, cuando sonó el timbre. Era Mariano y su cuadrilla de marroquíes.

—Señora, por fin hemos podido liberarnos. En dos días terminamos el cobertizo.

Lo miré con cierta incredulidad.

—Ya saben dónde están todas las cosas. Yo voy al colegio a recoger a los niños.