La cuidadora y la mujer de negro (La Cuidadora 4) 5. Encuentro desafortunado #2
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5. Encuentro desafortunado #2

El hombre se sacó el palillo de la boca y ordenó a sus hombres que bajaran el material.

Miré el cobertizo al fondo. La hiedra que lo cubría en parte ya estaba rojiza y la sombra de los dos castaños le daba un aspecto bucólico, perfecto para inspirarme, pero sabía que hasta la primavera no podía esperar que aquel lugar estuviera del todo terminado.

Tomé mi Toyota y para recorrer los escasos dos kilómetros que me separaban de un supermercado cercano. Quería hacer la compra antes y no podía cargar con los chicos y las bolsas.

Apenas pasaba por el estrecho camino bordeado de muros de piedra cuando Elvira salió de la nada y tuve que frenar en seco. La anciana no pareció asustarse, pero me clavó sus ojos negros como si quisiera atravesarme con la mirada. Entonces golpeó el capó con el puño.

—¡Lo siento, no era mi intención! —le dije mientras bajaba la ventanilla.

—¡Maldición! Tu casa tiene un meigallo y toda tu familia.

Me asusté al escuchar esas palabras, pero estaba tan furiosa que le contesté:

—¿Qué le pasa? ¿Por qué quiere hacernos daño?

— Miña nena, eu non quero mal para os seus fillos. Están en peligro, váyanse de Cerdedo y no metan a esa gente en su casa. La Pena está maldita, esa bruja la maldijo hace mucho tiempo.

La mujer entró en un campo y desapareció entre la niebla que rodeaba el camino. Tardé un momento en recuperar el aliento antes de salir hacia el colegio.

Llegué tarde. Los tres me esperaban en la puerta con los brazos cruzados.

—No sabes ni venir a recogernos a tiempo —se quejó Alberto.

Sabía que sus palabras se me clavaban como puñales. Nos dirigimos al pequeño supermercado y llegamos a casa justo antes de que comenzara a diluviar.

Mientras guardaba la compra en la nevera y la despensa, no podía dejar de pensar en lo que me había dicho Elvira. Aquella mujer se había colado en mi vida y estaba a punto de entrar de lleno en mis pesadillas.

6. Pesadillas

Aquella tarde se me hizo muy larga en La Pena. Para rematar, una tormenta se acercaba al pueblo y, a las once de la noche, cuando los niños ya llevaban un par de horas en la cama y yo estaba hablando por videollamada con Esteban, comenzó a llover.

—Dentro de tres días estoy en casa. Aguanta. Al menos ya está el cobertizo en marcha de nuevo.

—Eso me mantendrá entretenida, pero esa mujer me ha hablado y llevo toda la tarde muy nerviosa.

—¿Elvira?

—Sí, casi la atropello y me dijo que la casa estaba maldita. No sé si sería mejor coger un piso en Pontevedra.

—Tonterías. No existen las casas malditas. Compramos esas ruinas a buen precio y estamos construyendo una casa de ensueño. No quiero que mis hijos vivan en un piso, ni aunque sea junto al mar.

Esteban parecía tajante y podía entenderlo. Su vida había cambiado mucho en los últimos años y necesitaba algo de estabilidad.

—Armonía puede echarte una mano, es una buena vecina, y también Amalia. Mientras esté fuera, apóyate en ellas y olvídate de Elvira.

—Está bien, lo intentaré.

—Te tengo que dejar. Estoy reventado y mañana va a ser un día muy largo. Te quiero. Mañana llamaré antes para poder hablar con los niños, los echo mucho de menos.

—Ellos a ti también.

Después de colgar, noté cómo el silencio de la casa me atenazaba.

La lluvia y el viento golpeaban los cristales y subí a la habitación con la linterna del teléfono.

Intenté leer un poco para tranquilizarme y lo conseguí.

El calorcito de la manta, las letras sobre el papel color hueso y los nervios del día me vencieron.

De repente, me desperté como si hubiera escuchado un ruido. Sentí mucho frío. El vaho salía de mis labios y la oscuridad era casi total. Tenía que comprar una de esas lamparitas que se ponían en los enchufes para no quedarme en completa oscuridad, me dije.

Me levanté y revisé la casa. No había nada extraño. Estaba a punto de volver a la cama cuando escuché un fuerte golpe. Me acerqué a la cocina y se oyó de nuevo. Di un respingo y aparté los visillos de la ventana. Había luz en el cobertizo.

—¡Mierda! Se la deben de haber dejado encendida los obreros —me dije mientras pensaba qué hacer.

Por un lado, me parecía una locura salir al jardín en medio de la oscuridad mientras llovía de forma torrencial; por otro, temía que se hubieran dejado también alguna de sus máquinas encendidas y terminara produciéndose un cortocircuito a causa de la tormenta.

Al final me puse una gabardina de Esteban que me quedaba grande y cogí un paraguas. Pisé el césped empapado, que enseguida me caló las zapatillas de estar por casa.

—¡Joder! —exclamé al sentir los dedos fríos y húmedos.

Recordé lo calentita que estaba en la cama y la mala idea que era salir en plena noche a apagar la luz.

Abrí el cobertizo y vi la lámpara de obra colgando de una de las vigas de madera. Antes de apagarla, comprobé que no habían avanzado demasiado. Al día siguiente tendría que hablar seriamente con Mariano, pensé. Me di la vuelta y apagué la luz, pero, antes de salir del cobertizo, choqué con algo.

Volví a encenderla y vi una trampilla disimulada en el suelo. Encendí la linterna del teléfono y la abrí. No se veía mucho, pero distinguí unas escaleras.

—¿Qué es esto? —me pregunté en voz alta.

No habíamos visto esa trampilla antes. Tampoco nos había dicho nada el de la inmobiliaria.